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miércoles, 10 de febrero de 2010

Así hablaba Zaratustra... del superhéroe.

“He visto hoy a un hombre sublime: un hombre elevado, un penitente del espíritu. ¡Cómo se ha reído mi alma de su fealdad! Con el pecho elevado, igual que ésos que contienen el aliento: así estaba de pie, ahí, en silencio. (…) Ni la risa ni la belleza conoce todavía. (…) [El hombre sublime] debe olvidar su voluntad de héroe: un ennoblecido debiera ser para mí y no sólo un sublime… ¡El propio éter debiera alzarlo, al desprovisto de voluntad! Ha vencido bestias, ha resuelto enigmas: pero debiera también redimir ahora a sus bestias y enigmas; debiera ahora convertirlos en criaturas celestiales. Todavía no ha aprendido su conocimiento a reír y a estar sin celos; todavía su pasión torrencial no ha sido apaciguada en la belleza. (…)
Todo mal esperaría de ti: es por eso que quiero de ti el bien. ¡De verdad que me he reído con frecuencia de los débiles, que se creen buenos porque tienen las zarpas cojas! A la virtud de la columna debieras tender: más bella se hace cada vez y más delicada, pero en sus adentros, más dura y resistente, en cuanto más se alza.
Sí, tú, hombre sublime: un día deberás ser bello y poner delante del espejo tu propia belleza. ¡Entonces tu alma se estremecerá de divinas ansias; y habrá adoración en tu vanidad! Éste es, pues, el secreto del alma: por primera vez, cuando el héroe la haya abandonado, se le acercará, en ensueños… el Super-héroe [der Ueber-Held].
Así hablaba Zaratustra.”

Friedrich Nietzsche: Así hablaba Zaratustra. Primera parte, “De los sublimes”.



Cubierta de la primera edición de Así habló Zaratustra: un libro para todos y nadie. Nietzsche nos saluda -a nosotros, los hombres venideros- en 1883; nos saluda desde lejos, y nos deja un mensaje en el epígrafe "De la chusma": a pesar de que "la vida es fuente de alegría", "dondequiera vaya a beber la chusma, la fuente queda emponzoñada". Pues hemos sido capaces de tomar la palabra "superhombre" entendiendo en ella justo lo que no tiene sentido que entendamos: "hombre multiplicado", "humano extrapotente", "Hombre del Mañana"... ¡pero todavía "hombre"!

viernes, 4 de diciembre de 2009

Volumen II. Recapitulación y apuntes previos.

[Una interpretación filosófica de Watchmen. Preámbulo.]

"El cine religioso relacionado con las 'religiones secundarias' [mitológicas] puede considerarse hoy en auge, si es que como religiosas, en sentido secundario, consideramos (...) la mayor parte de películas que se ocupan de 'extraterrestres', de 'encuentros en la tercera fase', incluso de Superman. Si puede hablarse de una fe creciente en esta nueva demonología mitológica (secundaria), habrá que decir también que han sido (o están siendo) el cine y la televisión el principal instrumento de su propagación; habrá que decir que el cine [quizás también el cómic, en lo que tenga de boceto de secuencia cinematográfica y no más bien de cómic] no actúa, en este terreno, tanto como re-producción de una religiosidad previa, como con-formador de la nueva religiosidad demonológica." BUENO, Gustavo. "Qué significa cine religioso". En El Basilisco. 2ª época, n. 15, 1993, pp. 15-28.


Estas lecturas han venido callando, hasta ahora, una afirmación que puede no tener pies, pero que sí -quiero pensar- tiene parte de cabeza: la afirmación de que la ficción de superhéroes sólo pudo configurarse, ya entrado el siglo XX, como una "expresión pop" -y "a la americana"- de la fractura histórica de la idea judeocristiana del mundo como Creación; la afirmación de que el arte del cómic recogió para conveniencia de su público, durante el paso de las historietas "pulp" al género de superhéroes, una muy ambigua y sucedánea respuesta -una respuesta disfrazada, y provisionalmente válida en tanto disfrazada- al naufragio, frente al panorama del siglo XX y sus males, de la expectativa de la Justicia del Dios veterotestamentario (a la sazón, un Dios americano y pasado por el último alambique del deísmo moderno). Estas tesis aparecían como notas al margen en nuestro intento de hacernos con una interpretación filosófica de Watchmen y de sacar a luz sus vínculos expresivos con el tiempo en que todavía se producen y leen -o leemos- cómics de superhéroes.




¿Cuál era, entonces, el fondo del argumento que veníamos hilando? Dábamos a entender que, al montar su espectáculo alrededor de las figuras de papel de los "superhombres", las ficciones (super)heroicas recogieron a su manera, para el mundo de las masas del Hombre americano -nuestro mundo-, la fractura de esas comprensiones escatológicas del triunfo final del Bien y la Justicia en la historia universal, o lo que es igual, la desvalorización de todo valor supremo, la "muerte de Dios" anunciada por F. Nietzsche en el umbral del siglo XX. Y decíamos que, sin embargo, es característico de la representación superheroica el enfrentar esa crisis mediante una "cura en falso" -necesariamente en falso- de la parálisis que la prosigue: pues justamente la escenificación aparatosa de una apariencia provisional (impostada) de "salud", vigor y resolución moral -por tanto, el disfraz y el disimulo- y no más bien el regreso sin anestesias a las consecuencias y causas de la crisis, dará el "tono general" de composición de la ficción superheroica.

Descubríamos que esta nueva forma de ficción, en su modo de "dirigirse al lector/autor" e introducirlo en su dinámica de composición, estuvo y estará atrapada, pese a su apariencia adolescente, en una maraña de deudas y disimulos fundacionales -o, mejor dicho, fundamentales- que, andando el tiempo, se delatarán en algunas de las páginas que hacen de Watchmen una obra maestra en su arte y un "cómic adulto". El primero de estos disimulos es ése que permite dar por sabida y -así- por olvidada una fraudulenta "restauración pop" de la idea metafísica del Ser Supremo a través de la figura del "héroe supremo suprahumano" -una restauración de la idea del Dios, al menos, en tanto sostén necesario (al tiempo que obsceno y disimulado) del espectáculo superheroico y su sentido moralizador inmediato: una restauración o "prórroga" que será preparada, quizás inadvertidamente, tras las bambalinas de la escena superheroica, en esa parte de escena oculta a la vista por el artificio desde la que, en el momento oportuno, se hará salir el "deus ex machina" para contento del espectador.

Nuestra lectura defenderá que, haciéndose cargo del carácter fraudulento y ambiguo de esa "restauración pop" del Dios ajusticiador a la que juega como una trilera la ficción de superhéroes, la obra que aquí comentamos mostrará en sus episodios vertebrales -cap. IV "Relojero", cap. VI "El abismo te devuelve la mirada", cap. IX "La oscuridad del simple ser"- el hilo que lleva de la fingida presencia (sobre el papel) del "superhombre (super)heroico" hasta la idea del Dios que "está ausente del mundo", y justamente ausente no sólo en el papel -porque sólo así deja lugar sobre éste a la representación superheroica- sino ausente del mundo en que ha sido posible componer y presentar con éxito notable esa ficción -ya fuera del papel.


En el intento de extraer de Watchmen el esbozo de una "genealogía" del género de superhéroes, topábamos con que, bajo la "apariencia atlética" y resuelta de la intervención superheroica, está acallada (sobre el papel) una constelación de cuestiones indecisas, o más bien, esquivadas: justamente aquellas cuestiones entre las que, lo quiera o no, se va formando moralmente el hombre medio del siglo XX, al menos, antes de prestarse a la ficción de las páginas de los superhéroes; cuestiones que, independientemente de que reciban o no formulación, tienen su peso en la configuración biográfica del hombre medio que será inmediatamente requerido (como público o autor) por la ficción superheroica. Al regresar hasta la novela Gladiator de Philip Wylie [véase Hugo Danner, o el hombre que pudo ser Superman (I)] y entenderla desde su reapropiación en el Superman de Action Comics en 1938, tuvimos que constatar, para nuestra sorpresa, el ascendente de un claro "signo errático" sobre el conjunto de la biografía del "hermano gemelo de Clark Kent", un joven norteamericano llamado Hugo Danner que, capaz de los prodigios propios del superhéroe supremo, se encuentra, empero, siempre adelantado y maniatado por una perplejidad irrebasable ante su destino en el mundo del Hombre americano y bajo la carga de su "Weltschmerz". En esas consideraciones perseguíamos ya localizar un cierto "giro", un "plus de ficción" introducido en el eje espectador-escena, que no tuviese que reducirse a la entrada de los superpoderes en la dinámica de la "acción" y que, sin embargo, fuese decisivo para la correcta configuración del espectáculo superheroico como tal, tanto en el cómic como en el cine.

Lo que nos interesa investigar, entonces, no es tanto si en el cómic de superhéroes se diluye o no una pedagogía de "los valores del American Way" -manifiestamente es así, con muchas variantes. Incluso un cómic marcadamente "reactivo" frente al "American Way of Life" como el Agujero negro [Black hole] de Charles Burns puede contener "pedagogía beatnik (contracultural)" para jóvenes irresueltos, estando muy lejos de la ficción superheroica -aunque seguirá siendo pedagogía del Hombre americano, en la medida en que sea "beatnik". Si hay algo que nos debe llamar la atención no es la respuesta manifiesta, sino el modo en que se echa tierra encima de las cuestiones que ataban las manos al amigo Hugo Danner, "el hombre que pudo ser Superman"; por tanto, debemos recuperar las preguntas que ya no se manifiestan en las respuestas gritadas, inevitable y manifiestamente tendenciosas. Porque estas nuevas ficciones, al constituirse en 1938 como un "pasatiempo", juegan ya a "romper heroicamente" esas cuestiones y apartárselas -en apariencia- como el Edipo de la película Edipo rey de Pasolini se deshace del enigma de la Esfinge -es decir: a empellones, despeñando a la Esfinge. Eso es lo que podría resultar significativamente ejemplar y delator: ante todo, porque, como recuerda Chesterton, el enigma sobrenatural de la Esfinge fue uno de los horrores del mundo pagano, pero no del mundo judeocristiano. Y sin embargo, tras la "muerte de Dios", ese enigma vuelve a hacerse su lugar en la vida del hombre medio de las masas del siglo XX, que lo acallará a fuerza de (super)empellones heroicos -o eso querría.


Y llegábamos a poner estas notas al margen tras ejecutar la maniobra que una detenida lectura de Watchmen nos obliga a hacer en la habitual relación espectador-escena sobre la que descansa el género de superhéroes: gracias a que Watchmen, como ficción en la que se juega a romper, mediante la imitación y la participación de los unos por los otros, las diferencias entre los cómics de superhéroes (de papel) y los "superhéroes" realmente posibles (de carne mortal o inmortal), llega a envolver con sus temas y sus preguntas -precisamente por ser éstos aquellos sobre los que el superhéroe no puede sino pasar de puntillas- nuestra relación de participación en el espectáculo superheroico, o lo que es igual, el modo en que nuestra mirada se prende, desde el anfiteatro, en la representación superheroica.

En sus corolarios, Watchmen acabará ofrececiendo unas muy cabales pistas desde las que sopesar y resituar con jovialidad las figuras y recursos propios del género de superhéroes -como ya hará el propio Moore, junto a Bennet y Veitch, en Supreme. Pero la primera "demolición" del conjunto de la ficción superheroica como "para-hagiografía pop" que esta obra nos permite poner en marcha es, antes que cómica, filosófica -y, sólo entonces, cómica-: los superhéroes, vistos como pretendemos verlos a través de Watchmen, resultan ser un fenómeno más de la ambivalente solución (cinematográfica y "pop") del Hombre americano a las tradicionales cuestiones judeocristianas sobre el sentido del Mal y el sufrimiento de los justos, y por tanto, sobre el sentido de la Creación y el de la vida humana. Sobre esto -veremos- no dejan de pronunciarse los Vigilantes en algunos de los pasajes que, aportando menos a la "acción" -el misterio sobre el asesinato del Comediante-, aportan más al sentido de la obra. A esos pasajes regresaremos en breve -si no nos extraviamos, como nos acaba de ocurrir.

lunes, 18 de mayo de 2009

“¿Qué pide el Señor de ti?” (puente)

DEBE de haber allá en el cielo cierto dios -un dios panzudo, cínico, cuya ocupación es la de disponer para cada una de las almas destinadas al paritorio un conjunto de circunstancias tan bien adecuadas a su carácter que harán que el resultado de su vida, en el triunfo o en la derrota, quede pendiente del más fino de los hilos. Así debió de sentirse Hugo al regresar a casa desde la Gran Guerra. [Gladiator, cap. XVI]


Al resumir más atrás el relato sobre la vida errática de Hugo Danner, “el hombre que pudo ser Superman”, no estábamos haciendo sólo eso: pretendíamos, ante todo, hablar de los obscenos antecedentes de la ficción superheroica y su reaparición en Watchmen. Daré por sentado a partir de ahora que o bien ya han leído la novela Gladiator de Philip Wylie o bien son ustedes de esos lectores que no encuentran en el conocimiento previo de trama y desenlace un asalto a la “experiencia personal (e intransferible) de la lectura”. Voy a tener que adelantarles el desenlace de Gladiator, para mostrar hasta qué punto era necesario que el género superheroico echase tierra encima de una posible lectura de este desenlace -justamente la que mejor encajaría en la trama de Watchmen- para poder levantarse como lo que es, para exhibirse con la apariencia magnífica de un entretenimiento que pone a salvo a su joven lector -al menos, durante la ficción- de la crisis de figuras éticas, el desmoronamiento comunitario y la irresolución moral que proliferan alrededor del Hombre americano [véase Superhéroes y crisis (...) ]; para poder levantarse, en definitiva, encima del olvido y el disimulo, con la complicidad culpable del lector (nota 1).


¿Cuál era -decíamos- la “gran tarea” que correspondía reclamar a Hugo Danner, aquélla que estaba hecha a la medida de sus fuerzas sobrehumanas y podía, en definitiva, darle la clave del “auténtico comienzo” de su biografía? ¿Qué “gran fin” podía actuar como un imán sobre la figura de un “gran yo” que se le había perdido a Hugo en medio de los caminos del mundo como una aguja en un pajar? Hugo había nacido dotado de los "atributos milagrosos" que darían después tanto juego a Superman; pero, a diferencia de él, se encuentra perplejo ante ellos y carece de una comprensión de su "propósito". A falta de una "misión", Hugo se encuentra abandonado a la zozobra y el desconcierto. ¿Qué “propósito” era el único plenamente acorde con su “secreto“ [sus capacidades sobrehumanas] y capaz de ofrecerle la figura completa y plenamente desarrollada de su persona? En el último capítulo de Gladiator, el “gran propósito” de Danner quedaba, por fin, al descubierto, como si hubiese sido “desenterrado“ junto a las ruinas mayas en lugar de haber sido improvisado: Hugo no es -y por eso no pudo ser- el reformador del viejo género humano, sino el comienzo de una nueva (Super)humanidad, libre de las miserias que atan a los hombres del presente: la estirpe de los Nuevos Titanes, los Hombres del Mañana. El "verdadero propósito" de Hugo alcanzaba desde siempre una talla que hasta ese momento él mismo no se había atrevido a afrontar: había pensado como Hombre la tarea del superhombre (?), y por eso el conocimiento de esa tarea se le había escapado. En el último capítulo de la novela se ha despejado por fin la que él ha tomado como incógnita central de su existencia: la incógnita sobre el "gran propósito" que puede corresponder plenamente a ese "don".

Parecería que a partir de ahí su biografía quedaba resuelta, "resuelta" como cuando se resuelve un acertijo al que se ha estado dando vueltas mucho tiempo o se resuelve uno mismo a actuar: Hugo ya sabría qué hacer y cómo evitar que el mundo le impida ser quien es, obligándole a enmascararse perpetuamente bajo un “yo simulado”. Para sorpresa y quizás disgusto del lector, la trama de Gladiator no se extiende, tras ese descubrimiento colosal, hasta el triunfo final de Hugo Danner como patriarca de los Nuevos Titanes, sino que concluye abruptamente tras un par de páginas, sin que algún cabo suelto ofrezca una posibilidad de continuación: Hugo es fulminado por un rayo que parece lanzado por algún dios altitonante -un Dios que no admite enmiendas a la Creación-, y los papeles que contienen la fórmula del "supersuero" arden y se deshacen en la tempestad. Pero el desenlace conclusivo de Gladiator, en buena parte anunciado desde sus primeros capítulos [el "¿Y qué pasa con Dios?" del capítulo IV], no será aceptado como tal por el público estadounidense, por motivos que estamos intentando aclarar.

La muerte de Hugo Danner cancelaba toda posibilidad de seguir adelante en el espectáculo de la intervención de sus fuerzas sobrehumanas en la ortopedia del mundo del siglo XX. Para dilatarse en ese espectáculo había, por tanto, que ir más allá del final escrito por Wylie, esquivarlo en alguna forma, aunque eso sólo fuese posible retrasando el cierre trágico de la trama mediante un truco de ilusionismo, olvidándose de éste provisionalmente -pues pudiera darse que, como en Edipo Rey, el final ya hubiera sido sentenciado por el progreso de la lógica dramática. Algunos de los lectores inmediatos de Gladiator, entre ellos los padres de Superman -y muy posiblemente el reformador Stan Lee- saltarán a la escena para reclamar una continuación que pudiese conducir hasta un "buen" final, hacia un clímax más adecuado a la adulación del público y montado sobre un espectáculo más llevadero: un espectáculo en el que el Hombre del Mañana pudiese "reformar el mundo" allí donde Hugo Danner, nacido con las mismas potencias milagrosas que él, había fracasado. Y no es poco el interés que al lector le va, siquiera por medio del consuelo ficticio, en el triunfo del Hombre del Mañana. De modo fraudulento, pero con el consentimiento de todos los espectadores, el final de Gladiator se convertirá después en el comienzo del nunca concluso género superheroico.


Ahora vamos a tratar de localizar el punto de apoyo que permite hacer fuerza para desviar el final de Gladiator hacia el montaje del género superheroico. De alguna manera, intentaremos hacernos cargo de la preguntas clásicas "¿qué va con la condición de superhéroe?" o "¿cómo se reconoce a un superhéroe sobre la escena?" -podríamos decir: por su traje, por sus superpoderes, por su carácter caballeresco, por su origen excepcional, etcétera- desviándolas hacia otras cuestiones, cuestiones sobre el "salto" o la "pirueta" que la ficción debe dar para comenzar a revestirse de un "tono superheroico" y esquivar -provisionalmente- el final de Gladiator: ¿qué aparato escénico permite que Clark Kent se transforme en el primer superhéroe, cuando Hugo, su hermano gemelo, no tuvo ocasión de adoptar ese papel? ¿Cómo fue posible montar la primera ficción superheroica alrededor del "don secreto" de Clark Kent [sus fuerzas sobrehumanas] y evitar, al tiempo, que ese "don" lo marcase con la mala estrella de Hugo Danner?

Aquí vamos a proponer una respuesta a estas preguntas haciendo un baile entre Watchmen y From Hell. Si ambas obras contienen algún tipo de "desmontaje" del género de superhéroes, de su genealogía y su peculiar máquina teatral, entonces no evitarán comprometerse con una respuesta a esas cuestiones. Por supuesto, leer esas dos obras conjuntamente no nos permite fundirlas, sino examinar una secuencia de "evoluciones" entre ellas. Interpretar Watchmen como una fuga abierta en 1986 hacia un "más allá del género de superhéroes", hacia un terreno menos sujeto a la trampa de sus fundamentos, nos permite encontrar en From Hell -una obra que Moore y Campbell comienzan a preparar alrededor de 1988, en el año del centenario del Destripador- una prospección del fondo de muchos otros fenómenos propios de nuestro tiempo, entre los que el género de superhéroes aparecería sólo como uno más. Si a lo largo de la trama de Watchmen la pregunta "¿quién vigila a los vigilantes?" se transforma en "¿quién vigila los cielos?" [véase nuestro "Viaje psicodélico por los tentáculos del calamar"] ahora el título del capítulo IV de From Hell nos plantea otra pregunta, que -creemos- no deja de estar alineada con las anteriores: "¿qué pide el Señor de ti?".

domingo, 26 de abril de 2009

La sangre, lo verosímil y la transfiguración del superhéroe (I).

[El significado de la violencia en la trama de Watchmen y la renuncia al espectáculo superheroico. La sangre como símbolo de la diferencia entre lo finito y lo infinito.]



(...) Frente al acompañamiento de efectos aparatosos al gusto del público del teatro superheroico, Watchmen toma su propia decisión acerca de la "resolución de conflictos por la vía de la lucha de antagonistas": sujetarla de nuevo, hasta donde sea posible, a la condición vulnerable del cuerpo mortal y a la finitud de las fuerzas del hombre. El cuerpo prodigioso e indestructible del Dr. Manhattan servirá como elemento de contraste de esas limitaciones, y sus superpoderes no serán ya pretexto para la introducción de ningún espectáculo o desenlace que se ajuste al ofrecido por las figuras superheroicas al uso; antes bien, la aparición de esos superpoderes colaborará en la puesta en claro del significado histórico de la presencia de la ficción superheroica en nuestro presente y de la relación general entre ellas y la nostalgia por la ausencia de una "divinidad ajusticiadora" en la culminación de los tiempos modernos -culminación que puede considerarse nuestro horizonte histórico, y que define, al mismo tiempo, el marco de problemas en el que se construye la ficción de esta obra y su posible interpretación, lo que se ha llamado su "postmodernidad". A lo largo de los capítulos III y IV de Watchmen, al tiempo que la trama sigue los pasos del Dr. Manhattan hasta su exilio en Marte, se va haciendo emerger ante el lector una divergencia irreversible entre dos aspectos de la ficción superheroica que habían resultado, justamente en lo que urdidos en ella como su soporte, inseparables -inseparables en ella, se entiende. Al producirse dicha divergencia, se separan -porque quizás nunca habían llegado a estar unidos- los dos hilos que, en tanto complicados, daban lugar a la trama superheroica: los fines de los hombres históricos -los hombres del Sueño Americano- y la mirada del único ser con superpoderes conocido, que al final se revelará, por efecto de esa divergencia, extrañamente cercano a la totipotencia de un Dios de los justos y extraño a toda esperanza de los hombres mortales. Siguiendo esa misma decisión, las páginas de Watchmen reducen las escenas de "acción" según una medida creíble y recuperan en ellas una violencia verosímil, o en otras palabras, una violencia que, practicada y padecida por cuerpos humanos, resultará contundente, cruenta y desigual, y tan alejada del adorno poético o la hipérbole como esa otra violencia que es posible entre los hombres existentes, frente a la de los cuerpos superheroicos. Este giro del "tono de discurso", precisamente por estar aplicado ahí donde se juega todo el sentido de la entrada en escena del superhéroe -ni más ni menos que en la acción, especialmente en el sentido de acción violenta, la que corresponde enfrentar a los hombres de acción-, será suficiente a la hora de sacar a luz la tramoya de sus ficciones. Es más: el modo en que se presente esta violencia determinará si estamos manteniéndonos en la ortodoxia del género o si, al contrario, comenzamos a ponerlo patas arriba: pues sólo mediante determinado tratamiento de dicha violencia, cuya fórmula secreta se patentó inadvertidamente junto a la primera historieta de Superman y era desconocida en los antecedentes "pulp" del género, puede componerse ficticiamente una figura superheroica. Según la lectura que aquí desarrollaremos, la primera entrada en escena de la sangre en Watchmen -casualmente o no marcada por la compañía de una sonrisita amarilla- pone en marcha ante el espectador un reloj que, como el tiempo de una comedia, corre en contra del encumbramiento de todo superhéroe, y todavía más, en contra del propio género de superhéroes y del papel de éstos en el mundo contemporáneo. La mirada del espectador queda, en el mismo proceso marcado por la sonrisa y la mancha de sangre, en parte rota junto al ídolo y en parte recuperada para un tiempo carente de superhéroes y valores superheroicos: "el nihilismo perfecto y la recuperación del sentido tras el nihilismo". ¿Cómo es esto, y -por fin, como prometíamos exponer en el encabezamiento- qué tiene que ver la sangre con ello?


miércoles, 1 de abril de 2009

Hugo Danner, o el hombre que pudo ser Superman (II)

[Gladiator: la ambiciosa vida de un superhombre sin limitaciones. Acerca de la vida errática de Hugo Danner y su necesario olvido en el género de superhéroes.]

Presentemos entonces el argumento de la novela, sin adelantarles sobre ella más de lo estrictamente necesario -de lo necesario para poder hablar, en páginas venideras, sobre las convergencias entre los personajes de Watchmen y el tal Hugo Danner; de lo necesario para poder afirmar que la ficción de superhéroes está describiendo un ciclo completo entre esos dos hitos, para regresar a su punto de partida después de casi 50 años.
A sabiendas de que su esposa, una devota metodista, se encuentra en buena esperanza de su primer hijo, Abednego Danner, un profesor de Bioquímica residente en una pequeña ciudad de Colorado (Estados Unidos), inyecta a escondidas en el cuerpo de la mujer un suero con el que había conseguido “perfeccionar“ los materiales genéticos de algunos animales, produciendo en sus organismos una multiplicación espontánea de su fuerza muscular, su velocidad y su resistencia a las agresiones del entorno, o en otros términos, “una aceleración al nivel del individuo de la evolución natural de la especie“. Tras unos meses, y sin que en la mujer se hayan manifestado los efectos del suero, el niño nace sano y es recibido con alegría por el matrimonio. El pequeño Hugo Danner mostrará ya muy tempranamente “cualidades especiales“ que confirman la feliz obra del suero sobre su material genético. Sorprendido por su curiosidad precoz, su padre tendrá que descubrirle de dónde provienen esas “ventajas“ que le convertirán en un “dios entre los hombres“. Después de que el pequeño Hugo se haya dado a conocer entre sus vecinos ayudando a rescatar al conductor de una camioneta volcada cerca de su casa -levantando en vilo el vehículo-, su padre le insiste, además, en que oculte esas potencias extraordinarias, para evitar que sus vecinos, granjeros supersticiosos, recelen de él, tomándolo por una excepción al orden natural de la Creación:
-¿Me odiarían?
-Porque te temen, hijo. (...) Algún día encontrarás un fin para toda esa fuerza -un fin grande y noble- y entonces podrás hacer uso de ella y sentirte orgulloso. Hasta ese día, tienes que humillarte como el resto de nosotros. No debes pavonearte o hacer con ella trucos baratos. Entonces sólo serías un payaso. Espera tu momento, hijo, y podrás sentirte satisfecho por ello. (...) En cuanto más fuerte y grande eres, más dura te resulta la vida. Y tú eres el más fuerte de todos, hijo.
El corazón del niño de diez años ardió y titiló. “-¿Y qué hay de Dios?” -preguntó.
“-No sé gran cosa acerca de Él” -susurró su padre.
[cap. IV de Gladiator -la traducción es nuestra]



El pequeño Hugo comprende entonces que debe fingir ser quien no es, al menos hasta encontrar el “propósito“ que debe dar un sentido a la posesión de esas potencias sobrehumanas y extraer de él su “verdadera identidad“ para bien del mundo. A partir de ahí hace lo posible por pasar desapercibido entre sus vecinos, y no es hasta poco antes de que abandone la pequeña ciudad para tomar cursos en una escuela universitaria lejos de su ciudad natal cuando vuelve a presentarlo la novela: “un hombre que porta la promesa de un joven dios. Hugo con dieciocho años. Sus emociones brillaban en sus ojos como acero candente en un molde oscuro. La gente evitaba esos ojos; contenían una determinación ante la que las almas comunes empequeñecen” [cap. V de Gladiator]. Tan pronto Hugo llegue al campus universitario y se encuentre bajo su propio arbitrio, fuera de la casa de sus padres y -por fin- en persecución de su “destino”, buscará en la competición deportiva una primera manera de introducirse en el mundo adulto. Moderando sus tremendas fuerzas corporales, Hugo se convierte sin esfuerzo en el jugador más brillante del equipo de fútbol americano de su colegio universitario -de ahí el título de la novela: los “gladiadores“ son los jugadores de fútbol americano- y uno de los jóvenes más populares de su residencia. Mas, cansado de tomar parte en una “ficción“ -ficción porque en ella tiene que fingir, de nuevo, ser quien no es- en la que no encuentra una empresa a la altura de sus fuerzas, no tarda en ceder al encanto de un interminable “Weltschmerz” [término alemán introducido por Wylie que podría traducirse como “dolor del mundo“, esto es, dolor por el hecho de encontrarse en un mundo dado, enfrentado a él], y en enredarse en una dialéctica sin fin en la que se anuncia lo que será a partir de entonces su trayectoria errática. Hugo Danner, en su primera salida al mundo, ha sido “esquivado por la grandeza” [cap. VIII]; y si ha tenido ocasión de comenzar a proporcionarse, bajo su propia responsabilidad de adulto, una figura moral, una interpretación de sí a la que pudiese confrontarse esa “verdadera identidad” -la “verdad identitaria“que le aguarda desde el día de su infancia en que se le reveló el secreto de sus orígenes- también ha descubierto que, en contra de lo que le cabía esperar, el mundo que le ha tocado en suertes jamás había estado detenido a la espera de su llegada, reservando para él un “lugar” a su medida. Es en ese primer naufragio cuando su “don” se comienza a convertir en su “triste sino”, en el pretexto de su renuncia:
“No es eso. Es mi cabeza la que está cansada, no mi cuerpo. Cansada de abrirse paso a golpes y siempre salirse con la suya. Pero no, no estoy fanfarroneando. Y sé que ninguno de ellos puede pararme. Tú lo sabes. Ése es mi don -y mi maldición.” [cap. IX]

¿Es él quien está de más en el mundo, o es el mundo el que resulta demasiado mediocre como para alojar a un hombre “excesivo”, a un campeón prodigioso como él? Tal es la dificultad en la que el mismo Danner tiende a atraparse. En esa dificultad toma ya una decisión y se excusa de ella: decide desentenderse del mundo y se excusa en su pertenencia a un “mundo mejor”. Quizás, al otro lado del espejo, muchos lectores de la novela se sintieron unidos al personaje en esa desgracia, aunque sus “méritos“ fuesen otros y perteneciesen a otro plano de ficciones y engaños. Ficción que, para un público inmediato que toma parte en ella, se convierte en adulación.

En las vacaciones de verano de ese mismo año, Danner visita Nueva York con sus compañeros de equipo para asistir a una fiesta. Borracho, acaba separado del grupo por los tejemanejes de una mujer y pierde el tren de vuelta. Buscará trabajo en la ciudad al objeto de reunir el dinero necesario para pagar el resto de sus estudios universitarios. Respondiendo a un anuncio, acaba exhibiéndose durante unos meses como “hombre forzudo” en el espectáculo de variedades de un sórdido club. Convive mientras tanto con una jovencita a la que él mismo presenta como una “fulana” [“a tart“], que le acabará abandonando. ¿Les parece a ustedes que un superhéroe podría perder el tiempo de esa manera? Tras esa primera ruptura, se reincorpora a sus estudios y se licencia. De nuevo, Danner debe enfrentarse al enigma de su destino y su irresolución: su “identidad” y su “gran fin” parecen estar disolviéndose en una serie de episodios discontinuos y más enlazados por casualidades o imprevistos que por el “gran fin“ que el mundo debiera proporcionar a un superhombre. Tras un cambio de capítulo, la narración vuelve a dar un salto. Hugo se ha enrolado como marinero de un buque mercante, y después de un año de viajes, desembarca en Francia, donde, sentado junto a la barra de una cantina, le sorprende el anuncio del estallido de la Gran Guerra de 1914:
“se vio a sí mismo cargando en medio de la batalla, luchando hasta agotar su munición, hasta romper su bayoneta; entonces, se revelaría como un titán, completando monstruosas hazañas con sus solas manos. Y con sus dientes.” [cap. XI]





Danner tomará parte en la guerra de trincheras contra Alemania, poniendo su “don“ a disposición de la Legión Extranjera francesa. En la batalla, las balas de las ametralladoras rebotan contra su pecho. Los gases venenosos y las explosiones de las granadas apenas consiguen aturdirlo. Salta muy por encima de las trincheras -hasta perderse de vista- y cae desde el cielo nocturno sobre la retaguardia alemana, interrumpiendo las líneas de suministros y regresando con prisioneros bajo sus brazos. Pero la guerra continúa su desarrollo durante cuatro años pese a la intervención del superhombre: “Había valido por mil, quizás por diez mil hombres, pero no podía valer por millones. No podía envolver un continente entero con sus brazos y oprimirlo hasta someterlo. Había demasiada gente, demasiado estúpida como para hacer algo más que temerlo y odiarlo. Ahí sentado, se dio cuenta de que su ilusa fe en él mismo y el universo se había desfondado.” [cap. XV]

Si antes de la Gran Guerra le había faltado al joven Danner una empresa a la altura de sus fuerzas, ahora el mundo le acababa de poner delante una que excedía su capacidad; una empresa que, sin embargo, sí se encuentra a la altura de su “don” -la “verdad“ sobre él mismo que ha debido ocultar desde su infancia- y en la que se le promete la “grandeza“ que, ejerciendo ese don ante el mundo, le corresponde conquistar. El dilema que opera como fondo de su biografía y que se convierte en la trampa de la que no escapará nunca se ha completado ya: cuando pueda hacer suya una empresa y resolverla exitosamente, ésta será insignificante (en relación a su “don“, a su “verdad identitaria“); cuando ésta se encuentre a la altura de su “don”, su complicación será excesiva, y la intervención de Danner no podrá ser decisoria, crucial -como él pretende que sea. En todo caso, el dilema se resuelve en la perplejidad y la desmoralización, en una indagación sin fin de las razones para emprender algo; después, en la continuación de su trayectoria errática y solitaria y en la pérdida de cualquier compromiso. El joven Danner, verdugo y víctima de su propia compulsión hacia la grandeza, no encuentra nada que le satisfaga en su propio mundo. Al regresar a los Estados Unidos tras la Gran Guerra, el joven no puede evitar preguntarse, tumbado sobre una cama, “si en realidad le importa algo o alguien“ [cap. XVIII]. Esto, desde luego, le iguala en parte al Adrian Veidt de Moore y Gibbons, que sólo en Alejandro Magno es capaz de encontrar una referencia para su figura biográfica. Al tomar ambos como su “verdad identitaria” -su “condición personalísima” e ineludible- la posesión de un exceso de poder, los dos se obligan a construir toda su vida en torno a la búsqueda de una intervención decisiva sobre el mundo, una intervención que introduzca en sus tiempos una transformación proporcional a la que ellos mismos representan, gracias a ese “exceso de poder”, en relación a sus contemporáneos. Entre ellos dos (1930-1986) Superman ha abierto en la ficción un paréntesis que los distancia, pero bajo el que sigue omitiéndose una cuestión que, en lo que omitida, parece estar dando la clave de la consolidación del género de superhéroes, y que reintegrará a Danner en la trama de Watchmen mucho tiempo después. La pregunta podría venir por aquí: cuando se dice de Superman [véase ACTION COMICS n. 1] que como “una maravilla física y un prodigio mental, está destinado a cambiar el destino de un mundo“ -algo que, en parte, puede que haya conseguido-, también se ha olvidado añadir algo a la categórica afirmación. ¿Qué sería de Superman si por un momento el mundo -a través de sus autores- volviese a sugerirle el dilema que merma las fuerzas morales de Danner? ¿Seguiría haciendo lo que hace o volvería al punto de ambigüedad e irresolución moral en que se quedó atrapado Danner, y en el cual no podía fingir contar con ese “plus de ficción“ que le hubiese convertido en el Superman que conocemos? ¿Podría Superman quedar maniatado por Clark Kent si la perplejidad (perplejidad ante su propio nihilismo o perplejidad ante el vacío de su propio mundo) que desfonda las ilusiones de Danner no hubiese quedado “olvidada“ por sus autores en el camino -el camino que va desde Danner hasta Superman?

Sospechemos lo peor: ¿y si Superman no fuese otra cosa que un Danner disfrazado -literalmente o no- y recauchutado, pero que bajo el disfraz de su empresa “contra el mal y la injusticia”, sigue “deshinchándose”, sigue ocultando el dilema que hizo del “don” de éste una “maldición”, un triste sino? La desmoralización que mantiene a Danner en su trayectoria errática pudo ser, gracias a la libertad de la ficción, eludida por el primer superhéroe: esto es justo lo que le permite ser el Superman que conocemos y separarse de Danner, con un “plus“ de disimulo, olvido y ficción. Mas, ¿y qué hay de los lectores, que no están sujetos a la lógica ficticia? ¿No es cierto que también ellos, como espectadores, han tenido que colaborar con ese “plus” de disimulo, olvido y ficción, cuando fuera de la ficción quizás el mundo contemporáneo en que tienen que vivir no se haya olvidado, ni por un momento, de volver a sumirlos en la desmoralización [“el abismo“, la “culminación del nihilismo“] que ya empezaba a reflejarse en los lectores de Gladiador y en el personaje de Wylie? Si esto es así, Superman habría quedado infectado, en toda su consistencia, de un germen que no se manifiesta en él -precisamente para que pueda ofrecer la apariencia “atlética” y aseguradora que debe ofrecer-, pero que se estaría reproduciendo de modo espontáneo en el mundo que rodea sus ficciones; ese germen es el que pasa, a través del género de superhéroes, hasta los personajes de Watchmen, apropiándose de ellos en un círculo enfermizo en el que las máscaras, en sustitución de la “superverdad“ o “verdadera identidad“, les privan de sus rostros; un círculo ficticio en el que el lector, rodeado de nihilistas conscientes, ya no tiene espacio para evitar toparse de frente con la desmoralización que se cebó en Danner, y en el que la cura exige no seguir simulando en la línea nihilista del “juego de verdades e identidades“. Según nuestra posición frente a los personajes de Watchmen, la cura pasaría por las verdades más cotidianas; y la culminación mortal de la enfermedad, en la transformación de los (cómics de) superhéroes en los náufragos de los cómics de piratas, y de los náufragos en cadáveres andantes. [Ya se verá con más detalle. Vuélvase de momento a “El abismo te devuelve la mirada“, en contraste con la serie “Amantes de Hiroshima“.]

¿Y dónde habíamos dejado a Hugo Danner? De regreso en Nueva York tras la capitulación alemana de 1918, y continuando un nuevo capítulo de su vida errática; ahora a punto de desesperar de la llegada del “gran fin“ que le corresponde a su “superverdad“, como corresponde la cerradura a la llave:
“¿Qué harías si fueses el hombre más fuerte del mundo, la cosa más fuerte del mundo, más poderosa que la máquina? -Se obligó a intentar dar respuestas a esa pregunta retórica.- Yo habría... Habría ganado la guerra. Pero no lo hice. Conduciría el mundo con mi sola mano. Literalmente: con mi sola mano. Despreciaría el universo y lo transformaría según mis propios fines. Sería un criminal. Abriría de par en par los bancos y violaría sus cámaras. Mataría y destruiría. Sería como una plaga secreta e invisible. Haría lo necesario para expulsar el crimen de la tierra; sería un superdetective, que perseguiría y castigaría sumariamente a todo criminal, hasta que nadie se atreviese a cometer una felonía. ¿Qué haría? ¿Qué haré?” [cap. XVII]


Dicho esto, lo siguiente que hará Danner será conseguir un empleo humilde en una fábrica, en la que su extraordinaria capacidad para el trabajo le acabará enfrentando a sus compañeros; tras perder su puesto, y recurriendo a la recomendación del padre de un amigo, pasa a ser empleado de un banco. Tras un accidente en el que se ve obligado a forzar la puerta de acero de la cámara acorazada de éste sin más ayuda que la de sus manos, se hace sospechoso a los ojos de la policía y es despedido; entonces prueba suerte como peón de labor en una granja apartada de la ciudad, en la que convive con un granjero avaro y la joven esposa de éste, con la que mantiene una aventura. Allí pasa algunos meses en paz, hasta que la mujer descubre el “don” de Hugo y, abominándolo, rechaza a su amante: de nuevo, su don sobrehumano se convierte en la maldición que lo convierte en un monstruo a los ojos de los hombres.

Hugo escapa y aprovecha para visitar a sus padres en Colorado, a quienes no veía desde antes de su paso por la universidad; se da la coincidencia de que, poco antes de su llegada, su padre ha caído gravemente enfermo. En su lecho de muerte, el viejo profesor le pide a su hijo que le relate cómo ha hecho uso del “don” para mejorar el mundo; y Hugo, ante sus preguntas, elige ahorrar a su padre el conocimiento de su verdadero papel en la Gran Guerra: mintiéndole, le dice que fue él quien puso fin a la guerra, y se compromete a continuar su tarea de “mejora del mundo” en América, dirigiéndose a Washington para expulsar la corrupción de la política y el Gobierno. Cuando su padre expira, Hugo sabe que le ha consolado con mentiras. Debe, por tanto, dirigirse a la capital de los Estados Unidos para cumplir su palabra.


Danner recoge las notas de trabajo de su padre que contienen la fórmula del suero que le proporcionó su portentoso cuerpo y se marcha de Colorado, para emprender una tarea de “criba política” en Washington que, de nuevo, le enfrenta a la mediocridad de su mundo. Descubriendo allí engaños e intrigas, incapaz de hallar una “causa política“ que esté a la altura de su conciencia y su integridad, Hugo comprenderá finalmente que las instituciones de su país no admitirán ninguna reforma significativa, y que tampoco él, a través de una violencia solitaria, sería capaz de forzar su renovación. A punto de dejarse llevar por un arrebato de ira, Danner toma una decisión:
“Si el mundo no lo quería, él dejaría atrás el mundo. Quizás él era una amenaza para éste. Quizás tendría que matarse. Pero su corazón, ardiente y atacado, se negaba una vez más a abandonar. (...) Hugo Danner haría todo lo posible hasta el final. Mientras, se apartaría de la civilización que le había torturado. Se iría lejos y encontraría un nuevo sueño.” [cap. XXII]

Atraído por un anuncio de prensa, se unirá como aventurero a una expedición arqueológica que marcha hacia la península de Yucatán con el propósito de estudiar las ruinas mayas; y, para su sorpresa, allí, entre las pirámides olvidadas, trabará amistad con un hombre -un estudioso universitario- que, como su propio padre, no encuentra nada monstruoso en su “don”. A él le confesará el secreto sobre su origen, y de él recibirá, por fin, una aclaración final sobre la tarea que se le había escurrido durante tanto tiempo, y en pos de la cual había vagado: hacer uso del suero bioquímico preparado años atrás por su padre y probado sobre él para levantar una sociedad independiente, apartada de todas las civilizaciones, y compuesta únicamente por hombres y mujeres tan poderosos como él mismo:
“(...) Cuerpos perfectos, mentes de intelectuales, tu propia fuerza. ¿No lo ves, Hugo? Tú no eres el reformador del viejo mundo. Eres el comienzo de uno nuevo. Empezaremos con mil como tú. Viviendo por vuestra cuenta, multiplicándoos; produciréis vuestras propias artes e industrias e ideas. ¡Los Nuevos Titanes! Entonces, lentamente, dominaréis el mundo. Conquistaréis y borraréis del mundo todas esas cosas a las que nos oponemos tú, y yo, y todos los hombres con inteligencia. Al final, estaréis vosotros solos, en la cúspide.” [cap. XXIII]

Al día siguiente, soberbiamente excitado pero lleno de dudas, Hugo recoge las notas de su padre y escala una montaña que descolla entre las selvas del Yucatán. Allí debe tener lugar su desafío al mundo mediocre que ha conocido, y el anuncio poético de un Nuevo Mundo. Desde el risco más alto, bajo un cielo tormentoso, Danner hace jirones su ropa, y en medio de la lluvia y el anuncio del trueno, se dirige al Dios que, hasta ese momento, le había mantenido oculto su gran destino:
“¡Y ahora dime, Dios -Dios, si es que hay un Dios! ¿Puedo desafiarte? ¿Puedo desafiar Tu mundo? ¿Es ésta Tu voluntad? ¿O eres, como toda la especie humana, impotente? ¡Oh, Dios!”



Y entonces, un espantoso fenómeno natural, sobre el que no vamos a dar más detalles, se produce como respuesta al desafío del superhombre y como gran cierre de la novela por medio de la salida del (posible) deus ex machina -posible para los deístas y los agnósticos. Cuando lean ustedes ese último capítulo descubrirán de qué fenómeno se trata, y podrán decirme si no determina una resolución ambigua de la trama -tan ambigua como la aparición de la sonrisa/posible marca del Relojero a lo largo de Watchmen, cuando se forma justamente allí donde debe formarse para sugerir algo. ¿Casualidad o Providencia del Dios (americano)? Volveremos sobre ello. Lo que no han de perder de vista es que, finalmente, no han bastado las “potencias milagrosas” (las mismas del primer Superman) para extraer de Danner una (super)verdad superheroica. Habría que omitir muchos pasajes de los pasajes de Gladiator que hemos citado -especialmente los que inciden en la desmoralización y la desesperación de Hugo- para dar lugar a la ficción del Hombre del Mañana a partir del personaje de Wylie; mas, después de la omisión, se seguiría en deuda con esos pasajes. Entre Danner y Superman se abre, desde luego, una falla: hay que dar un salto, pasar el umbral de un género nuevo. Ese salto tiene que contar con la complicidad del público, asumir las condiciones históricas en que éste puede colaborar con la ficción y tomar parte en ella, dejarse seducir por el autor y darle pábulo: pues si en la lógica de la ficción -dentro de ella- no han sido suficientes las portentosas potencias de Hugo Danner para convertirlo inexorablemente en Superman, de manera análoga, tampoco fuera de la ficción el paso entre un público juvenil que lee Gladiator de Philip Wylie en 1930 y que después se entrega a la ficción de Superman en 1938 sería parte de una secuencia mecánica. Entre medias han de actuar y mediar algunos elementos del entorno histórico de la ficción, y obran las presiones de algunos nuevos significados -o pérdidas de significados- que marcan la dirección en que ésta -la ficción- debe continuar; componentes que permiten al intercambio entre escenario y público extenderse por esa vía, despejando el camino y convocando a las masas para la inmediata función. El hombre medio del Sueño Americano decide asistir al espectáculo o no, decide seguir leyendo la Biblia -como el abuelo de Hollis Mason- o comenzar a leer cómics de superhéroes -como hace el propio Mason en 1938. Es necesario, decíamos, un olvido y una decisión que dé una apariencia nueva a aquel personaje excesivamente dotado que no encuentra su propósito en el mundo de comienzos de siglo: pero una decisión tomada no en abstracto, sino en el mundo del Sueño Americano, a partir de contenidos propios de su realidad histórica. Quizás sólo en la América contemporánea podía convertirse Hugo Donner en Superman, porque quizás sólo en su tejido ideológico esa crisis del “Sueño del Hombre americano” de los años treinta [véase “Superhéroes y crisis (...)”] se compensaría y aliviaría produciendo ese nuevo género de ficción, entre otros posibles -pero posibles sólo en América. Bajo una desmoralización creciente, ese hombre medio, en lugar de recurrir a una inexistente “América eterna“ para tomar de su “arquetipo” las referencias necesarias a la hora de responder así o asá a la crisis, tendrá que configurar esa respuesta a partir de los materiales que ya tiene a mano: una cura -en falso o no- “a la americana” que reafirma ciertos componentes del proyecto universal en crisis -descartando otros- y vuelve a asentar la realidad del Hombre americano, delatando lo que éste es cuando abandona el teatro de la ficción -pues, alrededor de él, una solución no-ficticia estará ya teniendo lugar, curando en falso (o no) esa desmoralización. Del mismo modo que la juventud de una América desmoralizada podría haber aceptado después de 1930 otro género de ficciones sobre el papel del cómic -o quizás haber insistido en sus prácticas religiosas, o quizás haber reinventado un secesionismo antifederalista y antiyankee, etcétera-, y sin embargo acabó aceptando a los superhéroes, también la novela Gladiator podría haber tenido otra repercusión y ser interpretada en otra dirección, de modo que ahora no se tuviera que citar como antecedente del género superheroico: ¿qué tal como antecedente de un inexistente género supererrático, supererótico o superlibertino? ¿O eso ya lo inventó Henry Miller?

[Pueden descargar en este enlace el texto original de Gladiator]

martes, 2 de diciembre de 2008

Prólogo y presentación: qué intenta hacer este trabajo.
Motivación y clave de nuestra lectura de Watchmen.


Todo este ensayo de lectura pone en ejercicio una tesis de partida: nuestro presente todavía no ha reflexionado suficientemente sobre cuáles fueron y siguen siendo el alcance histórico de la aparición de los superhéroes y las razones de su inmediato asentamiento en la América contemporánea, y tampoco sobre cómo este género pudo hallar tan buen acomodo, como una invención más del Modo de vida americano, en la "cultura popular" de algunos de los países occidentales que se han aventajado en la construcción del mundo histórico que se configuró tras el final de la II Guerra Mundial. Al dejar entre comillas el sintagma "cultura popular" estamos justamente atacando uno de los prejuicios en que más habitualmente tropezamos al querer deshacernos de la apariencia de transparencia y vanidad de ciertos fenómenos históricos "cotidianos", en los que, se diría, nada queda oculto a los que están más directamente inmersos en ellos. Ni siquiera los participantes de primera mano en acontecimientos excepcionales requieren en medio de la acción de una conciencia clara sobre el carácter transcendental de sus actos, que está siempre un paso por delante de toda conciencia. ¿Qué podían o necesitaban saber sobre la relación entre sus actos y la llegada de la "Era atómica" los miembros de la tripulación del bombardero Enola Gay, cuando lanzaron sobre Hiroshima un artefacto cuyo poder les era desconocido? Probablemente sólo el paso del tiempo permita situar los acontecimientos en su lugar, porque sólo en ese paso reciben su transcendencia y su plena significación; y sin embargo, tampoco basta el mero paso del tiempo a la hora de descubrir éstas y decidirlas. ¿Sabían Jerry Siegel y Joe Shuster, los padres del Superman de 1938, cuán largo sería y hasta dónde podría conducir el hilo ficticio que habían entresacado de la trama de su propio mundo? ¿Acaso podían saber que en esas primeras viñetas de Superman estaba ya reclamando su lugar una figura de ficción antes desconocida y que, en definitiva, en eso que sería la obertura del género superheroico se alumbraba un nuevo modo de decir las cosas, de dirigirse al hombre medio de nuestro tiempo y de abundar en las decisiones y las indecisiones propias del American Way? A este nivel de la conciencia histórica sobre lo que se está haciendo realmente y con qué consecuencias no podemos hablar sin más de "responsabilidad" o "irresponsabilidad". Quizás nosotros tampoco seamos capaces de tomar la medida a los superhéroes, 70 años después de su invención, por más que sea nuestro propósito aquí el de presentar una lectura de Watchmen practicada en esa dirección. Como otras expresiones de las bellas artes, las figuras ficticias populares del cómic y los géneros de discurso que las desarrollan contribuyen a la decantación queda y prolongada del estilo de nuestra época, faltándoles el estrépito y el ritmo con el que lo hacen las grandes sacudidas revolucionarias. Por supuesto, el género de ficción de los superhéroes no puede dejar de pertenecer a su tiempo, por más que quiera negarse desde la "crítica" de éste su "valor cultural", rechazándolo por quedar necesariamente unido a las industrias del entretenimiento del cómic, el cine y las series televisadas -podría incluso pensarse que sus contenidos ficticios están esencialmente determinados por la escala de mercado en que deben moverse esos formatos para resultar rentables, como determinados están los contenidos musicales de la música popular desde la llegada de los receptores de radio y los reproductores de discos a los hogares de las nuevas clases medias. En este trabajo partiremos de la hipótesis de que la ausencia de los superhéroes en museos o en galerías de arte contemporáneo aporta ya suficientes razones para su estudio. Mientras se diga que los superhéroes forman parte de la "cultura de masas" y que expresan el nihilismo popular de la "Era postmoderna", en la que la exigencia industrial de entretenimiento frívolo, doctrina vulgar y espectáculo neutro desplaza cualquier desarrollo de asuntos de relevancia política, histórica o religiosa, entonces no se dejará aparecer nada que pueda comprenderse: se aplicará al fenómeno las categorías de "cultura pop" y "Postmodernidad" y se borrará cualquier otra pista dejada por la fuente de su popularidad. Nosotros estamos intentando, al defender una determinada lectura de la novela gráfica Watchmen, revelar algo sobre los vínculos entre el género de superhéroes y ciertos aspectos de nuestro mundo contemporáneo, que es llamado por algunos "postmoderno" desde la suposición de que en él han culminado ya los procesos característicos de la Modernidad histórica -la época que se va imponiendo en Occidente a partir del Renacimiento, y que tendría algunas de sus mejores expresiones en la Revolución francesa, el despliegue de las ciencias naturales y la maquinización capitalista del trabajo- o, también, en la convicción de que por medio de ese "post-" se estaría anunciando que, en la situación de "agotamiento" de la historia en que presuntamente hemos quedado encarrilados, ya nada relevante alcanzaría a tener lugar. Siguiendo esa doctrina, afirmaríamos que, bajo el ascendente de ese signo "postmoderno", nuestro mundo ya no volverá a alojar acontecimientos de la talla de los que le dieron forma a lo largo del siglo XX, pese a las intenciones de "hacer historia" de los exaltados; toda intervención que pretendiese tener algo de crucial quedaría, incluso cuando supusiera la muerte de muchos hombres, convertida en performance [interpretación, actuación, ejecución pública de una pieza no del todo escrita], en una emisión de gestos por interpretar y sin sentido definido que, en el mejor de los casos, sólo alcanza a llamar la atención de un público que se olvida de ellos tan pronto finaliza la función. Si al exponer dicha opinión quisiéramos hacernos cargo de las palabras del Comediante, diríamos que su "todo es una broma" se convierte, desde el punto de vista "post-", en la frase "todo el ser histórico se reduce a ser broma".

La "obviedad" y cotidianeidad de algunos de los fenómenos propios de una época como -un caso extraído de nuestros días sería el de la inundación de todos nuestros espacios vitales por la tecnología electrónica de la información- nos hace olvidar que en ellos está dado todo un rastro de mediaciones previas. Por ejemplo, el fenómeno del lanzamiento de las primeras bombas atómicas y la posibilidad histórica que se inaugura con ese acontecimiento parece haber quedado encubierto como un "hecho más" a contar en nuestro presente, envuelto en "la oscuridad de lo obvio" que impide verlo en todo su carácter de signo epocal: justamente porque insistimos en verlo desde una perspectiva "humanista" o "humanitaria" muy moderna, que ofrece el reverso amable de las condiciones histórico-políticas en que se preparó su lanzamiento -pues, por paradoja, ningún país que no estuviese políticamente, como Estado, en la línea histórica de la Ilustración europea y la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano podría haber dejado lugar al desarrollo moderno de las tecnologías y las ciencias que se manifiesta en ese lanzamiento: se habría quedado, como el Japón del primer siglo XIX, en condiciones políticas, técnicas y bélicas propias del latifundismo tardío. Cuando un género de ficción aparece, y también cuando se agrieta y comienza a quedar en el olvido, sigue siendo parte de acontecimientos y procesos cuya significación queda manifestada en sus ficciones, a la vista de los propios autores y los lectores inmediatos, a la vez que sustraída. El género de superhéroes, inaugurado a finales de los años 30 del pasado siglo y todavía popular -aunque quizás ya "roto", sometido a "fugas de sentido" por obras como la que estamos intentando analizar- puede resultar expresivo de nuestros tiempos en la misma medida en que aparenta ante nosotros ser "trivial", "vulgar", "subcultural". En su desarrollo y puesta en marcha como género, la ficción superheroica no tuvo por qué pretender constituir un fenómeno en que se estuviese revelando un aspecto de su época, y hasta llegó a prescindir de toda "autoconciencia crítica" que pudiese resultar atractiva para los "críticos culturales" y los "estudiosos de la cultura contemporánea". No siempre lo más significativo acaba recibiendo una gran "inauguración". Muy a la inversa, cuando copiando del siglo XIX se intentó en nuestros tiempos "inaugurar" algún nuevo "movimiento cultural" mediante manifiestos autoconscientes -como el Manifiesto dadaísta, el Manifiesto de los pintores muralistas mejicanos, etcétera- generalmente no se acertó a dar con la auténtica significación de lo que se presentaba en ellos y se intentaba inaugurar; incluso pudo quedarse todo el "movimiento" en esa manifiestación inicial de "autoconciencia", sin dejar lugar más que a una constelación de obras independientes que sólo tienen en común algunos aspectos técnicos o temas y la pertenencia a la misma época, es decir, algo que en todo caso les está servido antes de que se haga ningún "manifiesto". No en cualesquiera condiciones es posible una auténtica inauguración de algo: los actos de consagración de instituciones o empresas históricas de los augures de la Roma antigua, cuyo nombre latino ha sido conservado en el término "inauguración", sólo pretendían confirmar, por medio de los gestos rituales, el carácter de "destino" que la propia Roma ya se estaba dando en aquello que inauguraba: un destino recibido en forma de "suerte", favorable o desfavorable, pero no dependiente de la voluntad de aquellos mismos que tendrían que tomar parte en la empresa; un destino que, por así decir, desbordaba su propia situación pero no podía prescindir de sus actores. El género de superhéroes no cuenta con ningún pretencioso "manifiesto autoconsciente", y sin embargo ha tenido su papel como fenómeno propio de nuestros tiempos. Sólo mediante obras que, como Watchmen, abran en él una fisura que permita ver más allá de su sentido opaco, podríamos alcanzar a posteriori algún tipo de conciencia de su significación histórica y de las fuentes de su atractivo. Aunque por efecto del desplazamiento histórico estemos impedidos para situarnos de nuevo en la posición de sorpresa y admiración de los norteamericanos que tuvieron ante sus ojos la primera historieta impresa de Superman en 1938, contamos de nuevo, gracias a la aparición de Watchmen y el paso de los años, con la posibilidad de dejarnos reclamar por el género de superhéroes, aunque sólo sea para darnos cuenta de que pone en juego más de lo que, como "entretenimiento para jóvenes bizarros", se diría que contiene.

En este ejercicio de lectura, querríamos partir de la reinterpretación de un hecho como una necesidad -nunca, desde luego, una necesidad fatal- o mejor, de la revisión de una aparente "elección genial" como satisfacción de una deuda que se había contraído de antemano y cuyo pago había quedado pospuesto: si, como veremos, de hecho la trama de Watchmen no presenta ningún relato superheroico, tendremos que empezar a aducir algunas razones por las que quizás dicha trama no pueda ya alojar ninguna figura superheroica, y hacer ver por qué todo el "genio creativo" de Moore y Gibbons no consista, probablemente, en otra cosa que en autenticidad y rigor de los autores frente a esa deuda -entiéndase que nos negamos, de salida, a hablar de algo que pueda actuar en algunos hombres como "genio creativo". Esta imposibilidad no responde a un capricho compositivo ni a una "voluntad" de los autores por enviar un mensaje en una botella, sino que está determinada tanto por los aspectos del relato que implican directamente la comunicación entre lectores y autores como por esos respectos suyos que intentan desarrollar los contenidos propios de la figura superheroica [nos detendremos en esto en las siguientes páginas]. De esa manera, la relevancia de Watchmen como un clásico de la "novela gráfica" no pende exclusivamente de la presencia en dicha obra de una "voluntad creativa" o de un "genio" de los autores que puedan quedar "incomprendidos" o rechazados por su tiempo, sino que se debe al rigor de su localización en su momento histórico, a un saber situarse -con prudencia- entre las posibilidades que le estaban ofrecidas por las nuevas maneras de significar que se iban abriendo en el mundo contemporáneo tras la Edad de Oro de los Superhéroes. Del mismo modo que el Superman de 1938 pudo ser presentado como una línea más de la "cultura" del American Way y marcar un hito en el tiempo, Watchmen está recogiendo todo un proceso de desgaste y cambio de significados que no queda encerrado en ninguna "conciencia genial" o "voluntad creativa" de los autores. Quizás unos años antes de su publicación, su trama hubiese sido no sólo incomunicable al público, como tendría que serlo un pensamiento plenamente "genial", sino llanamente inconcebible.