sábado, 15 de agosto de 2026

¿Quién hace el mundo? (VII)

 

[Envuelto en una imagen monstruosa. Unido a un Demiurgo… ¿monstruoso?]

 

“Mueren tres millones de personas en Nueva York y tú no eres una de ellas (…) ¿Y todavía me estás preguntando sobre qué escribir?”

 

La gran intervención de Veidt en la historia cainita, fabricando un gran antagonista -tema éste sobre el que regresaremos en lo venidero- para amalgamar la superstición de todas las naciones de hierro y comenzar la transición a la cosmópolis de oro, tiene implicaciones más allá de lo que él hubiera previsto. Como ya habíamos advertido en otra serie –“La Magia, una cuestión de conjunto”- el dominio de la publicidad, la formación del deseo y la seducción por un proyecto de transformación son la herramienta que Veidt se permite tomar como una versión contemporánea de la taumaturgia. Si bien los gnósticos podrían haberle acusado de estar realizando una transacción con el Demiurgo del mundo de Watchmen, él se cree operando, desde su individuación como hombre excelente, sobre una supuesta mente colectiva -la de nos, el vulgo- que se expresa en el lenguaje y las preocupaciones de los debates televisivos y los espacios publicitarios: tras someterla a un trauma o shock, va a comenzar a espolearla hasta despojarla de sus fuerzas agresivas, reemplazándola por una voluntad de armonía universal soportada por un modelo de ascetismo sincrético y positivista. Y no obstante, como hemos dicho antes, existe una imagen que él no puede evitar que emerja a su conciencia individualizada mientras se encuentra meditando: el Navío Negro de los cómics de Max Shea dentro de Watchmen, que viene a recogerle para aceptarlo entre la tripulación monstruosa. Lo que el poema “Ozymandias” del inglés Shelley fue para Ramsés II, lo que el “Retrato de una pulga” de William Blake fue para el Dr. Gull (From Hell), o lo que la Obertura 1812 de Tchaikovsky pudo ser para Napoleón o el Leviatán británico (V de Vendetta), viene ahora a ser el cómic del Navío Negro para Veidt: “la pluma es más fuerte que la espada”. Pero no sólo la pluma: la magia del poeta es más fuerte que la varita de la magia ritual. Aquí Moore está ya separándose de la tradición gnóstica. El propio Moore, tanto en From Hell (donde introduce la imagen de un “monje siniestro” de una leyenda callejera de Londres) como en los últimos números de La Liga (…), se la juega a un Aleister Crowley venido a ocupar el lugar de su personaje Oliver Haddo: la batalla ha terminado en cuanto que consigue que nos entre por los ojos la idea de que el triunfo de Harry Potter en la cultura popular es la evidencia definitiva del fracaso de los magos que no trabajan la Imaginación poética. Aquí, en Watchmen, es la venganza de la imagen poética, que se revuelve sin que los poderosos puedan esquivarla, la que nos ofrece algún tipo de garantía frente a sus crímenes cainitas: Veidt va a ser paradójicamente premiado con la monstruosidad de los tripulantes del Navío Negro, transformado él mismo en un monstruo, quizás porque la aproximación a la divinidad implica, para el iniciado, la aceptación de una transformación repulsiva que sólo los hombres de conciencia pretendidamente superior saber aceptar, al igual que sólo unos pocos pueden asumir que la propia divinidad puede tener una cualidad que, en nuestra visión finita, resulta monstruosa -y esto ya lo habíamos visto en From Hell: Gull se sentía fascinado por Josefo Merrick, el hombre elefante de Londres, por una poderosa razón, pues, ¿no se le antojaba igualmente poliforme el Dios supremo que había visto durante la escena en que le fue entregada su misión?

 

"Loor a Ganesha". El Dr. Gull de From Hell insiste en llevar en carruaje a una de sus víctimas, debidamente narcotizada, a las cercanías del hospital de Londres donde vivía José Merrick, conocido como el Hombre Elefante, para ofrendar a la divinidad encerrada en su apariencia deforme el sacrificio cruento de una de las mujeres de Whitechapel. Rescatado por un médico de su exhibición como fenómeno de feria, Merrick recibió la visita de ilustres personajes de la época. Moore y Campbell dibujan esta escena para ofrecer la visión de la divinidad que conduce la mano del Dr. Gull de From Hell: lo incomprensible y repulsivo de la monstruosidad en cuanto algo visible, se trans-valora como algo superior tan pronto su presencia se toma como un umbral disuasorio que nos señala y nos aparta instintivamente de la verdad oculta que tenemos que alcanzar, en la que la apariencia sensible de la belleza y la fealdad extrema se anulan y se reconcilian. ¿Ocurre lo mismo con la diferencia entre el bien y el mal?


  

Pero el underground de la presunta Imaginación colectiva no sólo se revuelve o resuena sobre Veidt, sumiéndolo dentro de esa imagen monstruosa, mostrándole que es el terreno inabarcable que nunca aceptará la conquista definitiva. Como el propio proceso espiritual que es, sigue avanzando sin que tenga que ser determinado ni controlado por la intervención de éste, aunque no puede dejar de mostrarse afectado: su vida es ilimitada y espontáneamente productiva, pero no por ello insensible ante los acontecimientos visibles. Es, en palabras de los seguidores del rosacrucismo, una vida en perpetua evolución, que no se deja fijar en los esquemas de la identidad perfecta del mundo temporal. La Imaginación vale tanto, desde antes de Jung, quizás desde antes de la Voluntad de Poder de Federico Nietzsche y la crisis del hombre europeo, como el Pleroma de los gnósticos antiguos: es una Idea de ideas, un punto de fuga metafísico. Cuando vemos en Watchmen, durante la reaparición de Seymour, que los cómics de muertos vivientes ahora vuelan en busca de su lector por una acera de la Nueva York en reconstrucción, nos damos cuenta de que ya tampoco volverá el lector voraz de Los relatos del Navío Negro: los cómics de muertos vivientes han pasado a ocupar su lugar en el underground al que tan afín son los ánimos de la juventud. El efecto del gran truco de ilusionismo alienígena de Veidt sobre el fondo espiritual del que pende la cultura popular es más permanente y profundo de lo que pudiera parecer, por más que finalmente no pueda ponerle las riendas.

Según lo que estamos diciendo, Veidt ha practicado la magia sangrienta, aunque sin saberlo: ha suscitado un cambio traumático en las fuerzas del subsuelo de la Imaginación colectiva, completándolo con la falsa presencia del gran antagonista alienígena, que ha sido televisada a todo el mundo civilizado, como un conejo sacado de la chistera sin que se vea la mano del mago. Pero el camino a seguir por la fuente espiritual de esta nueva moda popular, la manera de reaccionar ante los hechos y seguir asumiendo los cambios era algo que no entraba en el cómputo: Veidt no había previsto ni la imagen del Navío Negro ni incluía en sus planes el hacerse editor de cómics de muertos vivientes, puesto que su línea editorial tiene más que ver con la construcción de una nueva humanidad. Si hay algo divino para Moore, tan amante de los subcultural -cuando no de lo contracultural-, está en la producción incesante de ese underground, con los temas recurrentes transformados por nuevas imágenes, y a veces incluso en contra de la publicidad instituida por los poderosos. Es el underground sociológico y espiritual del que la Providencia acabará sacando al Gran Chtulhu al final de Providence.

 

La retorcida y puritana aproximación entre el cuerpo de los habitantes de Nueva York, que van a morir al final del capítulo XI, y los cadáveres ya en descomposición de la barca del náufrago, no sólo refleja la visión desesperada del protagonista, sino que introduce el tema de la fascinación popular por los muertos vivientes y la execración del cuerpo vivo del ser humano como una bolsa de podredumbre, que nos atrapa en un mundo ya muerto por la culpa, una fascinación todavía hoy visible en las series de televisión y las películas de terror y que se recogió en el éxito popular de los cómics de temas siniestros, cuya prevalencia sobre los de superhéroes sólo pudo detenida por la censura y los códigos editoriales de publicaciones para menores en los Estados Unidos de los años 50 y 60. Posteriormente, la transición a los cómics de muertos vivientes y monstruos en la América de Watchmen será un paso más en la misma línea, cuyas implicaciones confirmarían una de las apuestas centrales del gnosticismo: el cuerpo viviente no tiene por qué tener una clara guía espiritual que le dé auténtica vida (vida espiritual), y su alma puede ser simplemente el producto de las manipulaciones del Demiurgo sobre la parte psíquica del mundo temporal, convirtiéndonos, literalmente, en cadáveres que esquivan la descomposición por un tiempo limitado, pero que están muertos para la auténtica vida desde el comienzo.


La imagen de los muertos vivientes, como un espejo de sus lectores, es vertiginosa, porque no deja de exponer otra advertencia o sospecha de la tradición gnóstica de la que veníamos hablando: la relación entre el cuerpo humano y el pneuma o espíritu, que en Platón y el pitagorismo se verá como la relación entre la falsa vida del alma y la verdadera: el cuerpo que llamamos viviente no es sino un saco de elementos en potencial putrefacción, un parásito de la vida propiamente dicha, que resulta que es espiritual, y debe volver a los eones, aunque esté distraída por sus ocupaciones y pasiones del mundo temporal, que son todas ellas “cosas del cuerpo”. El muerto viviente, la podredumbre andante del cuerpo en este mundo, acoplado a la vida ahogada del espíritu, es lo que el Demiurgo de lo temporal produce cada vez que va a nacer un hombre o mujer: sólo al atar un pedazo o centella de la vida espiritual, de la vida eterna, a ese cuerpo, logra que lo que en sí es muerte, inercia, y mera determinación externa tenga una aspiración eterna oculta como una ocupación terrena en un rápido juego del trile. De la mano del Demiurgo sale el alma o psique del mundo, que mueve a todos los seres vivos entre otras cosas del mundo y les proporciona crecimiento, hasta que su decadencia comienza: pero de la esfera del Demiurgo no puede salir lo espiritual, lo eternamente vivo. Y ahora vemos qué implica que los lectores de cómics de Watchmen encuentren una inexplicable necesidad de leer cómics de muertos vivientes: llevan en sí una naciente sospecha o un malestar en la nueva edad de oro, pues barruntan que algo central de su vida ha quedado sofocado y embriagado por un embrujo externo, por un principio de evolución y acción impuesto desde fuera, que se les ha introducido para suplantar la espontánea aspiración de su espíritu. Han sido invadidos por el arquetipo publicitario del hombre de oro, del triunfo de una edad ilimitada de autosuficiencia en un escenario de ciencia-ficción social y técnica, que puede resultar épico, pero que no responde a lo que el principio divino de su vida les exige: aceptando vivir en ese nuevo mundo, colaborando o integrándose en su poder, se convierten en cadáveres andantes animados por el hechizo de un brujo, de alguien que cree estar manipulando el poder del Demiurgo sobre el anima mundi, modificando los modelos de crecimiento y desarrollo de la Naturaleza que se ocultan en ésta. El cuerpo zombie es la manera en que el gnosticismo comprende que se encuentran en este mundo los hombres que no son capaces de la gnosis: hay hombres que tienen psique, pero no tienen pneuma, no tienen espíritu eterno; incluso hay hombres meramente somáticos. Bajo el magisterio incorrecto, un hombre espiritual puede quedar incapacitado para escapar del cuerpo que el Demiurgo ha puesto en el mundo material para distraer la divina aspiración del espíritu o pneuma que es realmente vivo y se oculta en él; y si ha renunciado definitivamente a la gnosis, se convierte en muerto en vida: muerto para la vida auténtica, que es la espiritual, aquella que tiene lugar a la manera de las mónadas, en el puro ser emanativo del Pleroma, entre los eones, sin posibilidad de muerte. No es de extrañar, por tanto, que la Iglesia católica, en contraposición al gnosticismo cristiano, haya defendido dogmas tan chocantes a nuestra comprensión positivista como pueda serlo el de la resurrección de la carne: son dogmas que responden a una serie de alternativas, que se ven mejor perfiladas cuando tenemos presente qué es lo que implica su negación.

 

Pero, si lo pensamos de nuevo, el mero hecho de que en el mundo de Watchmen, eso que nos, el vulgo, somos (y lo que no somos), haya tomado conciencia espontáneamente, aunque sea de un modo meramente tentativo, pre-racional e imaginativo, de que en el nuevo mundo de Ozimandias hay algo que nos expone a una fuerza externa que, si no es una muerte en vida, sí es al menos una obligación impuesta de falsificarnos a perpetuidad bajo una pose de nueva humanidad, es ya un síntoma de que su dominio no abarca la totalidad de lo que somos (o de lo que no somos). La mera producción y predilección por los cómics de muertos vivientes allí donde antes estuvieron los de piratas, en el lugar donde ya se han olvidado los de superhéroes, significa que la suplantación de nuestra chispa espiritual propia ya no es total: hay algo que resiste al embrujo que nos impone el taumaturgo a través del alma del mundo para someternos a su molde evolutivo. Desde el fondo del imaginario colectivo surge un nuevo interés, una nuevo antro en la que el pensamiento y la fantasía tienen un refugio subcultural que el poder del nuevo mundo no había ni divisado de lejos: mas la mera presencia de los cómics de muertos vivientes son ya la réplica y la expresión de sospecha sobre la impostura y la imposición de una vida artificiosa en el nuevo mundo de Ozimandias que, pese a su apariencia triunfal, no puede silenciar del todo el murmullo de las aguas que discurren bajo la aparente solidez del paisaje, allí donde la Imaginación es producción de nuevas formas, atesoramiento y recuerdo que revive. Y esto ya no ocurre, como los gnósticos decían, para un corto número de hombres espirituales: esto es del común. No somos pocos los que, quedando como mansos corderitos ante los planes de superhombres como Adrian Veidt, de alguna manera sabemos que en este mundo late algo que, al modo de una conspiración inconsciente, una conspiración tras las conspiraciones de los poderosos (la Providencia -Providence), hace que cualquier conspiración cainita puntual colabore con ella, aunque sea sin querer: y son muchos los momentos en que, sin poder decir exactamente dónde nos han tomado el pelo, al buscar a los presuntos culpables de hechos terribles y cruentos, barruntamos que hay algo podrido bajo el oro de la grandeza de los nuevos Ozymandias.

 

[El malentendido de Simón Mago y los nuevos caminos de la magia: el paisaje de los cuentos de hadas y el poder de la Mediedad]

 

 

La caída de Simón el Mago, de V. Cannizzaro (c. 1765). En su legendaria batalla dialéctica con los apóstoles Pedro y Pablo en la Roma de Nerón, Simón el Mago, que se presentaba como "la Gran Potencia" entre los mortales, fue abandonado por las fuerzas que creía haber sometido a su control mediante fórmulas de magia manipulativa.

Simón el Mago, celebrada figura del primer gnosticismo cristiano, quiso obtener de los apóstoles el poder de sanar la carne y someter a los demonios: él creyó que Jesús de Nazaret era un practicante de magia al que podría emular, llegando a buscar fórmulas para hacer (parecer) que el agua de una copa se transformaba en vino delante de su público, o que él mismo resucitaba los cadáveres dictándoles palabras mágicas al oído. En vida contó con una comunidad de sus misterios que le levantó estatuas, y fue hombre de fama en muchas ciudades del imperio en tiempos de Nerón: pero él insistió en ser una divinidad en la tierra, la Gran Potencia, y parece ser que este juego murió precipitado contra el suelo durante un espectáculo en que era elevado a las alturas por potencias invisibles -algo así como lo que ocurrió al legendario Abdul Alhazred. La historia apócrifa de su enfrentamiento con el apóstol Pedro, según lo relatado por Santiago de la Vorágine en la muy popular Leyenda Áurea, señala que lo que Simón entendió como un duelo de magos no fue otra cosa que un exorcismo: las oraciones de los apóstoles le dejaron al mago sin el apoyo de los demonios que le consiguieron dan poder al margen de Dios. Alan Moore el Mago ha sido mucho más docto en este sentido: ha sustituido lo ritual por lo poético, en la senda abierta por el encumbramiento romántico de la Imaginación para un mundo neopagano, que se nos vende como deísta. El Mago ya no se la juega directamente con los demonios para desafiar al Demiurgo -entendamos: el que él entiende es el Demiurgo- de este mundo: va a donde cree está la fuente preconsciente de la vida incesante, plenamente productiva y a salvo de la corrupción del tiempo: la tradición de la fantasía, que es el pneuma inexplicable que recorre nuestra vida y le susurra la necesidad de ser más que un cuerpo moribundo bajo el dominio del tiempo o de las potencias publicitarias y propagandísticas. No hay una gnosis salvífica recogida en las secretas palabras de paso que nos permitan escapar de las esferas de los arcontes y del Demiurgo: en su lugar, hay una fuente gratuita que plantea una alternativa a este mundo, en palabras a las que no se exige describir algo existente en este tiempo, y que cuestionan su carácter de realidad canónica e impenetrable. El paisaje espiritual que van tramando los cuentos, las leyendas populares y los mitos, los cantares de gesta, la llamada literatura fantástica, incluso las novelas juveniles de aventuras y ciencia-ficción en el siglo XX -y por qué no- los cómics: ése es el auténtico nivel en que debe operar la magia. Lo inquietante es que en Providence se haya dado la última palabra sobre este mundo al que le volvió a dar nombre a las cosas muertas (muertas para este mundo), el caballero de Nueva Inglaterra que ya no pudo reconocer en la Nueva York de los rascacielos y la estatua de la Libertad el esplendor de la antigua Nínive: una Nínive que sólo en leyendas existió, y que vuelve a cobrarse la deuda con la realidad -esta realidad limitada del Demiurgo, artificiosamente apartada del auténtico origen vivo de la creación- con la forma de algo que, bien visto, no es ni un sueño, ni una pesadilla, ni una mentira, ni una descripción: es la Carcosa (o Carcasona) del Rey Amarillo, donde vagamos sin saber que el espíritu que quedaba en nosotros ha sido imbuido de un olvido y una extrañeza insuperables.

 

La batalla psicodélica entre Mina y el fantasma de Oliver Haddo durante el ritual de masas en Hyde Park (The League of (...): Century - 1969) se desarrolla en un nivel que no es ya meramente corpóreo ni tampoco espiritual puro: está situada al nivel de lo que los gnósticos hubiesen llamado la Mediedad psíquica (el "en medio", o mesotés), donde las potencias arcónticas y sus influjos sobre el alma del mundo se han sustituido por figuras expresadas en personajes infantiles, que a veces sirven una vía para la transacción entre lo verdaderamente eterno y el mundo perceptible, dando forma a este último.

 

[Una significativa omisión]

Hay algo más que no puedo decir de introducir aquí, aunque sólo sea para que pueda verse cómo esta segunda lectura de Watchmen, tan arriesgadamente confirmatoria de las sospechas de los gnósticos sobre el Demiurgo-Relojero, se vincula a una muy significativa omisión de Moore. En el fenomenal repaso de la literatura fantástica y de ciencia-ficción anglosajona (con alguna que otra pequeña incursión en la literatura de diferentes naciones, incluyendo El Quijote) que encontramos en los apéndices de La Liga de los Hombres Extraordinarios, siguiendo los viajes de Quatermain y Mina tras derrotar a los marcianos de H.G. Wells, podemos encontrar un homenaje enciclopédico al tipo de literatura de fantasía que se ha considerado “de segunda fila”, pero también una omisión clamorosa, que yo diría que es de lo más significativa. Como ya hemos dicho en otro lugar, en los últimos números de la serie, la llegada de Mina a la escuela de magia de varita que parece un internado para jóvenes british (“de cuyo nombre no quiero acordarme”) se convierte en un reconocimiento necesario, aunque quizás no deseado, de la importancia del que parece haber sido el último fenómeno de la literatura fantástica anglosajona, convertido dentro de la trama de La Liga (…) en el antagonista final, aunque banal, con el que parece llegar el fin de los tiempos. Pero dentro de este recorrido que va desde El Mundo Llameante hasta la escuela de magia Hogwarts hay una omisión que todavía insisto en explicarme. Al menos que yo haya detectado, no hay una sola referencia en los viajes de Mina y Quatermain a la mitología de Tolkien, quizás porque los relatos sobre la Tierra Media no se han considerado parte de esa misma tradición, por motivos formales. Pero me atrevo a sospechar otra cosa: que la omisión se debe a que hay una antipatía por principio hacia la obra de Tolkien en Alan Moore, quizás porque no ve en ésta más que un ejercicio encubierto de propaganda fide en un formato simpático para niños, como ocurre con El León, la bruja y el armario de C.S. Lewis -un cuento “de hadas” que seguramente los niños necesitan también dejar en maduración hasta que dejan de serlo, o hasta que los mismos cuentos les ponen en situación de madurar. Podemos discutir si los cuentos de Tolkien forman parte o no del paisaje de la fantasía contemporánea según el filtro de Alan Moore; pero no podemos discutir, que entre tantos pasajes memorables de El Señor de los Anillos, hay uno que tenemos que tener siempre presente, acaso como un complemento o un antídoto para cuando volvamos a encontrarnos con los personajes de Watchmen, y que Tolkien pone en boca de un jardinero de la Comarca, uno de esos personajes que le inspiró el trato con los soldados rasos, venidos de pueblos de la campiña inglesa, que conoció durante la Gran Guerra y que en la misma murieron por millones, seguramente antes de que el Hugo Danner de Gladiator viese terminar la contienda, ante su impotencia de superhombre:

 (…) Es como en las grandes historias, señor Frodo, aquéllas que de verdad importaban. Llenas de oscuridad y peligro, tal eran, y a veces no querías saber el final porque, ¿cómo iba a ser feliz el final? ¿Cómo podría el mundo volver a ser como era cuando tanto malo ha ocurrido? Pero al final, sólo es algo que pasa, esta sombra, e incluso la oscuridad debe pasar. Un día nuevo vendrá, y cuando alumbre el sol, más claramente brillará. Ahora veo que la gente de aquellas historias tuvo muchas oportunidades de darse la vuelta, solamente que no lo hicieron. Siguieron adelante porque se aferraban a algo: que hay algo bueno en este mundo, señor Frodo, algo por lo que vale la pena luchar.

Si alguno de ustedes, tras haber estado atravesando pacientemente estas divagaciones sobre el falso Dios-Relojero o Demiurgo enmascarado que “encaja”, pero no se manifiesta del todo, en la trama de Watchmen, percibe ahora, al leer estas palabras de Samsagaz, un frío conato de sospecha donde antes sentían sólo el calor de una morada, tendrá que disculparme: ésa será la auténtica prueba de Rorschach que deberán superar. Bien la Dama Blanca, bien la Sofía de los gnósticos, estará en ese momento ofreciéndoles una mano que les librará de ser devorados en los antros de la desesperación.

 

Ilustración de Tony DeZuniga para la adaptación al cómic de la novela pulp Gladiator, de P. Wylie (1938), con el título Man-God. El hombre que pudo ser Superman contempla las trincheras de la Gran Guerra, sabiendo que tiene encima la oposición del creador del mundo de los hombres. 

«Debe de haber en el cielo cierto dios —un dios barrigón y cínico cuya tarea consiste en disponer, para cada una de las almas que marchan hacia el nacimiento, un conjunto de circunstancias tan finamente ajustadas a su carácter que el resultado de su vida, ya sea triunfo o derrota, dependa del hilo más tenue—. Así debió de sentirse Hugo al regresar de la guerra. Había celebrado el Armisticio con gran entusiasmo, no porque le hubiera salvado la vida —gran parte de la pompa, los desfiles, el desenfreno y la gloria nacían precisamente de tal resultado—, sino porque lo había rescatado del abrasador aliento de destruir. La comprensión instantánea de este hecho evitó que cayera en la desesperación. Había fracasado en el momento de convertirse en la muerte misma; tal fracaso fue una fortuna, pues la vida, para él —incluso al terminar la guerra—, se antojaba más un esfuerzo de creación que una tarea de aniquilación».

P. Wylie en Gladiator, cap. XVI.




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