[Envuelto en
una imagen monstruosa. Unido a un Demiurgo… ¿monstruoso?]
“Mueren tres
millones de personas en Nueva York y tú no eres una de ellas (…) ¿Y todavía me
estás preguntando sobre qué escribir?”
La gran
intervención de Veidt en la historia cainita, fabricando un gran antagonista -tema éste sobre
el que regresaremos en lo venidero- para amalgamar la superstición de todas las
naciones de hierro y comenzar la transición a la cosmópolis de oro, tiene
implicaciones más allá de lo que él hubiera previsto. Como ya habíamos
advertido en otra serie –“La Magia, una cuestión de conjunto”- el dominio de la
publicidad, la formación del deseo y la seducción por un proyecto de transformación
son la herramienta que Veidt se permite tomar como una versión contemporánea de
la taumaturgia. Si bien los gnósticos podrían haberle acusado de estar
realizando una transacción con el Demiurgo del mundo de Watchmen, él se
cree operando, desde su individuación como hombre excelente, sobre una supuesta
mente colectiva -la de nos, el vulgo- que se expresa en el lenguaje y las
preocupaciones de los debates televisivos y los espacios publicitarios: tras
someterla a un trauma o shock, va a comenzar a espolearla hasta
despojarla de sus fuerzas agresivas, reemplazándola por una voluntad de armonía
universal soportada por un modelo de ascetismo sincrético y positivista. Y no obstante, como hemos dicho
antes, existe una imagen que él no puede evitar que emerja a su conciencia
individualizada mientras se encuentra meditando: el Navío Negro de los cómics
de Max Shea dentro de Watchmen, que viene a recogerle para aceptarlo
entre la tripulación monstruosa. Lo que el poema “Ozymandias” del inglés
Shelley fue para Ramsés II, lo que el “Retrato de una pulga” de William Blake
fue para el Dr. Gull (From Hell), o lo que la Obertura 1812 de Tchaikovsky
pudo ser para Napoleón o el Leviatán británico (V de Vendetta), viene
ahora a ser el cómic del Navío Negro para Veidt: “la pluma es más fuerte que
la espada”. Pero no sólo la pluma: la magia del poeta es más fuerte que la varita
de la magia ritual. Aquí Moore está ya separándose de la tradición gnóstica. El
propio Moore, tanto en From Hell (donde introduce la imagen de un “monje
siniestro” de una leyenda callejera de Londres) como en los últimos números de La
Liga (…), se la juega a un Aleister Crowley venido a ocupar el lugar de su
personaje Oliver Haddo: la batalla ha terminado en cuanto que consigue que nos
entre por los ojos la idea de que el triunfo de Harry Potter en la cultura
popular es la evidencia definitiva del fracaso de los magos que no trabajan la
Imaginación poética. Aquí, en Watchmen, es la venganza de la imagen
poética, que se revuelve sin que los poderosos puedan esquivarla, la que nos
ofrece algún tipo de garantía frente a sus crímenes cainitas: Veidt va a ser
paradójicamente premiado con la monstruosidad de los tripulantes del Navío
Negro, transformado él mismo en un monstruo, quizás porque la aproximación a la
divinidad implica, para el iniciado, la aceptación de una transformación
repulsiva que sólo los hombres de conciencia pretendidamente superior saber
aceptar, al igual que sólo unos pocos pueden asumir que la propia divinidad
puede tener una cualidad que, en nuestra visión finita, resulta monstruosa -y
esto ya lo habíamos visto en From Hell: Gull se sentía fascinado por Josefo
Merrick, el hombre elefante de Londres, por una poderosa razón, pues, ¿no se le
antojaba igualmente poliforme el Dios supremo que había visto durante la escena
en que le fue entregada su misión?
Pero el underground
de la presunta Imaginación colectiva no sólo se revuelve o resuena sobre Veidt,
sumiéndolo dentro de esa imagen monstruosa, mostrándole que es el terreno
inabarcable que nunca aceptará la conquista definitiva. Como el propio proceso
espiritual que es, sigue avanzando sin que tenga que ser determinado ni
controlado por la intervención de éste, aunque no puede dejar de mostrarse
afectado: su vida es ilimitada y espontáneamente productiva, pero no por ello
insensible ante los acontecimientos visibles. Es, en palabras de los seguidores
del rosacrucismo, una vida en perpetua evolución, que no se deja fijar en los
esquemas de la identidad perfecta del mundo temporal. La Imaginación vale
tanto, desde antes de Jung, quizás desde antes de la Voluntad de Poder de Federico
Nietzsche y la crisis del hombre europeo, como el Pleroma de los gnósticos
antiguos: es una Idea de ideas, un punto de fuga metafísico. Cuando vemos en Watchmen,
durante la reaparición de Seymour, que los cómics de muertos vivientes ahora
vuelan en busca de su lector por una acera de la Nueva York en reconstrucción,
nos damos cuenta de que ya tampoco volverá el lector voraz de Los relatos
del Navío Negro: los cómics de muertos vivientes han pasado a ocupar su
lugar en el underground al que tan afín son los ánimos de la juventud. El
efecto del gran truco de ilusionismo alienígena de Veidt sobre el fondo
espiritual del que pende la cultura popular es más permanente y profundo de lo
que pudiera parecer, por más que finalmente no pueda ponerle las riendas.
Según lo que estamos diciendo, Veidt ha practicado la magia sangrienta, aunque sin saberlo: ha suscitado un cambio traumático en las fuerzas del subsuelo de la Imaginación colectiva, completándolo con la falsa presencia del gran antagonista alienígena, que ha sido televisada a todo el mundo civilizado, como un conejo sacado de la chistera sin que se vea la mano del mago. Pero el camino a seguir por la fuente espiritual de esta nueva moda popular, la manera de reaccionar ante los hechos y seguir asumiendo los cambios era algo que no entraba en el cómputo: Veidt no había previsto ni la imagen del Navío Negro ni incluía en sus planes el hacerse editor de cómics de muertos vivientes, puesto que su línea editorial tiene más que ver con la construcción de una nueva humanidad. Si hay algo divino para Moore, tan amante de los subcultural -cuando no de lo contracultural-, está en la producción incesante de ese underground, con los temas recurrentes transformados por nuevas imágenes, y a veces incluso en contra de la publicidad instituida por los poderosos. Es el underground sociológico y espiritual del que la Providencia acabará sacando al Gran Chtulhu al final de Providence.
La imagen de los muertos vivientes, como un espejo de sus lectores, es vertiginosa, porque no deja de exponer otra advertencia o sospecha de la tradición gnóstica de la que veníamos hablando: la relación entre el cuerpo humano y el pneuma o espíritu, que en Platón y el pitagorismo se verá como la relación entre la falsa vida del alma y la verdadera: el cuerpo que llamamos viviente no es sino un saco de elementos en potencial putrefacción, un parásito de la vida propiamente dicha, que resulta que es espiritual, y debe volver a los eones, aunque esté distraída por sus ocupaciones y pasiones del mundo temporal, que son todas ellas “cosas del cuerpo”. El muerto viviente, la podredumbre andante del cuerpo en este mundo, acoplado a la vida ahogada del espíritu, es lo que el Demiurgo de lo temporal produce cada vez que va a nacer un hombre o mujer: sólo al atar un pedazo o centella de la vida espiritual, de la vida eterna, a ese cuerpo, logra que lo que en sí es muerte, inercia, y mera determinación externa tenga una aspiración eterna oculta como una ocupación terrena en un rápido juego del trile. De la mano del Demiurgo sale el alma o psique del mundo, que mueve a todos los seres vivos entre otras cosas del mundo y les proporciona crecimiento, hasta que su decadencia comienza: pero de la esfera del Demiurgo no puede salir lo espiritual, lo eternamente vivo. Y ahora vemos qué implica que los lectores de cómics de Watchmen encuentren una inexplicable necesidad de leer cómics de muertos vivientes: llevan en sí una naciente sospecha o un malestar en la nueva edad de oro, pues barruntan que algo central de su vida ha quedado sofocado y embriagado por un embrujo externo, por un principio de evolución y acción impuesto desde fuera, que se les ha introducido para suplantar la espontánea aspiración de su espíritu. Han sido invadidos por el arquetipo publicitario del hombre de oro, del triunfo de una edad ilimitada de autosuficiencia en un escenario de ciencia-ficción social y técnica, que puede resultar épico, pero que no responde a lo que el principio divino de su vida les exige: aceptando vivir en ese nuevo mundo, colaborando o integrándose en su poder, se convierten en cadáveres andantes animados por el hechizo de un brujo, de alguien que cree estar manipulando el poder del Demiurgo sobre el anima mundi, modificando los modelos de crecimiento y desarrollo de la Naturaleza que se ocultan en ésta. El cuerpo zombie es la manera en que el gnosticismo comprende que se encuentran en este mundo los hombres que no son capaces de la gnosis: hay hombres que tienen psique, pero no tienen pneuma, no tienen espíritu eterno; incluso hay hombres meramente somáticos. Bajo el magisterio incorrecto, un hombre espiritual puede quedar incapacitado para escapar del cuerpo que el Demiurgo ha puesto en el mundo material para distraer la divina aspiración del espíritu o pneuma que es realmente vivo y se oculta en él; y si ha renunciado definitivamente a la gnosis, se convierte en muerto en vida: muerto para la vida auténtica, que es la espiritual, aquella que tiene lugar a la manera de las mónadas, en el puro ser emanativo del Pleroma, entre los eones, sin posibilidad de muerte. No es de extrañar, por tanto, que la Iglesia católica, en contraposición al gnosticismo cristiano, haya defendido dogmas tan chocantes a nuestra comprensión positivista como pueda serlo el de la resurrección de la carne: son dogmas que responden a una serie de alternativas, que se ven mejor perfiladas cuando tenemos presente qué es lo que implica su negación.
Pero, si lo
pensamos de nuevo, el mero hecho de que en el mundo de Watchmen, eso
que nos, el vulgo, somos (y lo que no somos), haya tomado conciencia
espontáneamente, aunque sea de un modo meramente tentativo, pre-racional e
imaginativo, de que en el nuevo mundo de Ozimandias hay algo que nos expone a
una fuerza externa que, si no es una muerte en vida, sí es al menos una obligación
impuesta de falsificarnos a perpetuidad bajo una pose de nueva humanidad, es ya
un síntoma de que su dominio no abarca la totalidad de lo que somos (o de lo que no
somos). La mera producción y predilección por los cómics de muertos vivientes
allí donde antes estuvieron los de piratas, en el lugar donde ya se han
olvidado los de superhéroes, significa que la suplantación de nuestra chispa
espiritual propia ya no es total: hay algo que resiste al embrujo que nos impone
el taumaturgo a través del alma del mundo para someternos a su molde evolutivo.
Desde el fondo del imaginario colectivo surge un nuevo interés, una nuevo antro
en la que el pensamiento y la fantasía tienen un refugio subcultural que el
poder del nuevo mundo no había ni divisado de lejos: mas la mera presencia de
los cómics de muertos vivientes son ya la réplica y la expresión de sospecha
sobre la impostura y la imposición de una vida artificiosa en el nuevo mundo de
Ozimandias que, pese a su apariencia triunfal, no puede silenciar del todo el
murmullo de las aguas que discurren bajo la aparente solidez del paisaje, allí
donde la Imaginación es producción de nuevas formas, atesoramiento y recuerdo
que revive. Y esto ya no ocurre, como los gnósticos decían, para un corto
número de hombres espirituales: esto es del común. No somos pocos los que, quedando
como mansos corderitos ante los planes de superhombres como Adrian Veidt, de
alguna manera sabemos que en este mundo late algo que, al modo de una
conspiración inconsciente, una conspiración tras las conspiraciones de los
poderosos (la Providencia -Providence), hace que cualquier conspiración
cainita puntual colabore con ella, aunque sea sin querer: y son muchos los
momentos en que, sin poder decir exactamente dónde nos han tomado el pelo, al
buscar a los presuntos culpables de hechos terribles y cruentos, barruntamos
que hay algo podrido bajo el oro de la grandeza de los nuevos Ozymandias.
[El malentendido de Simón Mago y los nuevos caminos de la magia: el paisaje de los cuentos de hadas y el poder de la Mediedad]
Simón el
Mago, celebrada figura del primer gnosticismo cristiano, quiso obtener de los
apóstoles el poder de sanar la carne y someter a los demonios: él creyó que
Jesús de Nazaret era un practicante de magia al que podría emular, llegando a
buscar fórmulas para hacer (parecer) que el agua de una copa se transformaba en
vino delante de su público, o que él mismo resucitaba los cadáveres dictándoles
palabras mágicas al oído. En vida contó con una comunidad de sus misterios que le
levantó estatuas, y fue hombre de fama en muchas ciudades del imperio en
tiempos de Nerón: pero él insistió en ser una divinidad en la tierra, la Gran
Potencia, y parece ser que este juego murió precipitado contra el suelo durante
un espectáculo en que era elevado a las alturas por potencias invisibles -algo
así como lo que ocurrió al legendario Abdul Alhazred. La historia apócrifa de
su enfrentamiento con el apóstol Pedro, según lo relatado por Santiago de la
Vorágine en la muy popular Leyenda Áurea, señala que lo que Simón
entendió como un duelo de magos no fue otra cosa que un exorcismo: las
oraciones de los apóstoles le dejaron al mago sin el apoyo de los demonios que
le consiguieron dan poder al margen de Dios. Alan Moore el Mago ha sido mucho
más docto en este sentido: ha sustituido lo ritual por lo poético, en la senda
abierta por el encumbramiento romántico de la Imaginación para un mundo neopagano,
que se nos vende como deísta. El Mago ya no se la juega directamente con los
demonios para desafiar al Demiurgo -entendamos: el que él entiende es el
Demiurgo- de este mundo: va a donde cree está la fuente preconsciente de la
vida incesante, plenamente productiva y a salvo de la corrupción del tiempo: la
tradición de la fantasía, que es el pneuma inexplicable que recorre
nuestra vida y le susurra la necesidad de ser más que un cuerpo moribundo bajo
el dominio del tiempo o de las potencias publicitarias y propagandísticas. No
hay una gnosis salvífica recogida en las secretas palabras de paso que nos permitan
escapar de las esferas de los arcontes y del Demiurgo: en su lugar, hay una
fuente gratuita que plantea una alternativa a este mundo, en palabras a las que
no se exige describir algo existente en este tiempo, y que cuestionan su
carácter de realidad canónica e impenetrable. El paisaje espiritual que van
tramando los cuentos, las leyendas populares y los mitos, los cantares de gesta,
la llamada literatura fantástica, incluso las novelas juveniles de aventuras y ciencia-ficción
en el siglo XX -y por qué no- los cómics: ése es el auténtico nivel en que debe
operar la magia. Lo inquietante es que en Providence se haya dado la
última palabra sobre este mundo al que le volvió a dar nombre a las cosas
muertas (muertas para este mundo), el caballero de Nueva Inglaterra que ya no
pudo reconocer en la Nueva York de los rascacielos y la estatua de la Libertad el
esplendor de la antigua Nínive: una Nínive que sólo en leyendas existió, y que
vuelve a cobrarse la deuda con la realidad -esta realidad limitada del Demiurgo,
artificiosamente apartada del auténtico origen vivo de la creación- con la
forma de algo que, bien visto, no es ni un sueño, ni una pesadilla, ni una
mentira, ni una descripción: es la Carcosa (o Carcasona) del Rey Amarillo, donde
vagamos sin saber que el espíritu que quedaba en nosotros ha sido imbuido de un
olvido y una extrañeza insuperables.
[Una significativa omisión]
Hay algo más
que no puedo decir de introducir aquí, aunque sólo sea para que pueda verse
cómo esta segunda lectura de Watchmen,
tan arriesgadamente confirmatoria de las sospechas de los gnósticos sobre el
Demiurgo-Relojero, se vincula a una muy significativa omisión de Moore. En el
fenomenal repaso de la literatura fantástica y de ciencia-ficción anglosajona
(con alguna que otra pequeña incursión en la literatura de diferentes naciones,
incluyendo El Quijote) que
encontramos en los apéndices de La Liga
de los Hombres Extraordinarios, siguiendo los viajes de Quatermain y Mina
tras derrotar a los marcianos de H.G. Wells, podemos encontrar un homenaje
enciclopédico al tipo de literatura de fantasía que se ha considerado “de
segunda fila”, pero también una omisión clamorosa, que yo diría que es de lo
más significativa. Como ya hemos dicho en otro lugar, en los últimos números de
la serie, la llegada de Mina a la escuela de magia de varita que parece un
internado para jóvenes british (“de cuyo nombre no quiero acordarme”) se
convierte en un reconocimiento necesario, aunque quizás no deseado, de la
importancia del que parece haber sido el último fenómeno de la literatura
fantástica anglosajona, convertido dentro de la trama de La Liga (…) en el antagonista final, aunque banal, con el que
parece llegar el fin de los tiempos. Pero dentro de este recorrido que va desde
El Mundo Llameante hasta la escuela
de magia Hogwarts hay una omisión que todavía insisto en explicarme. Al menos
que yo haya detectado, no hay una sola referencia en los viajes de Mina y
Quatermain a la mitología de Tolkien, quizás porque los relatos sobre la Tierra
Media no se han considerado parte de esa misma tradición, por motivos formales.
Pero me atrevo a sospechar otra cosa: que la omisión se debe a que hay una
antipatía por principio hacia la obra de Tolkien en Alan Moore, quizás porque
no ve en ésta más que un ejercicio encubierto de propaganda fide en un
formato simpático para niños, como ocurre con El León, la bruja y el armario de C.S. Lewis -un cuento “de hadas” que
seguramente los niños necesitan también dejar en maduración hasta que dejan de
serlo, o hasta que los mismos cuentos les ponen en situación de madurar. Podemos
discutir si los cuentos de Tolkien forman parte o no del paisaje de la fantasía
contemporánea según el filtro de Alan Moore; pero no podemos discutir, que
entre tantos pasajes memorables de El
Señor de los Anillos, hay uno que tenemos que tener siempre presente, acaso
como un complemento o un antídoto para cuando volvamos a encontrarnos con los
personajes de Watchmen, y que Tolkien
pone en boca de un jardinero de la Comarca, uno de esos personajes que le
inspiró el trato con los soldados rasos, venidos de pueblos de la campiña
inglesa, que conoció durante la Gran Guerra y que en la misma murieron por
millones, seguramente antes de que el Hugo Danner de Gladiator viese terminar la contienda, ante su impotencia de
superhombre:
Si alguno de ustedes, tras haber estado atravesando pacientemente estas divagaciones sobre el falso Dios-Relojero o Demiurgo enmascarado que “encaja”, pero no se manifiesta del todo, en la trama de Watchmen, percibe ahora, al leer estas palabras de Samsagaz, un frío conato de sospecha donde antes sentían sólo el calor de una morada, tendrá que disculparme: ésa será la auténtica prueba de Rorschach que deberán superar. Bien la Dama Blanca, bien la Sofía de los gnósticos, estará en ese momento ofreciéndoles una mano que les librará de ser devorados en los antros de la desesperación.
«Debe de haber en el cielo cierto dios —un dios barrigón y cínico cuya tarea consiste en disponer, para cada una de las almas que marchan hacia el nacimiento, un conjunto de circunstancias tan finamente ajustadas a su carácter que el resultado de su vida, ya sea triunfo o derrota, dependa del hilo más tenue—. Así debió de sentirse Hugo al regresar de la guerra. Había celebrado el Armisticio con gran entusiasmo, no porque le hubiera salvado la vida —gran parte de la pompa, los desfiles, el desenfreno y la gloria nacían precisamente de tal resultado—, sino porque lo había rescatado del abrasador aliento de destruir. La comprensión instantánea de este hecho evitó que cayera en la desesperación. Había fracasado en el momento de convertirse en la muerte misma; tal fracaso fue una fortuna, pues la vida, para él —incluso al terminar la guerra—, se antojaba más un esfuerzo de creación que una tarea de aniquilación».
P. Wylie en Gladiator, cap. XVI. |
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