sábado, 15 de agosto de 2026

¿Quién hace el mundo? (VII)

 

[Envuelto en una imagen monstruosa. Unido a un Demiurgo… ¿monstruoso?]

 

“Mueren tres millones de personas en Nueva York y tú no eres una de ellas (…) ¿Y todavía me estás preguntando sobre qué escribir?”

 

La gran intervención de Veidt en la historia cainita, fabricando un gran antagonista -tema éste sobre el que regresaremos en lo venidero- para amalgamar la superstición de todas las naciones de hierro y comenzar la transición a la cosmópolis de oro, tiene implicaciones más allá de lo que él hubiera previsto. Como ya habíamos advertido en otra serie –“La Magia, una cuestión de conjunto”- el dominio de la publicidad, la formación del deseo y la seducción por un proyecto de transformación son la herramienta que Veidt se permite tomar como una versión contemporánea de la taumaturgia. Si bien los gnósticos podrían haberle acusado de estar realizando una transacción con el Demiurgo del mundo de Watchmen, él se cree operando, desde su individuación como hombre excelente, sobre una supuesta mente colectiva -la de nos, el vulgo- que se expresa en el lenguaje y las preocupaciones de los debates televisivos y los espacios publicitarios: tras someterla a un trauma o shock, va a comenzar a espolearla hasta despojarla de sus fuerzas agresivas, reemplazándola por una voluntad de armonía universal soportada por un modelo de ascetismo sincrético y positivista. Y no obstante, como hemos dicho antes, existe una imagen que él no puede evitar que emerja a su conciencia individualizada mientras se encuentra meditando: el Navío Negro de los cómics de Max Shea dentro de Watchmen, que viene a recogerle para aceptarlo entre la tripulación monstruosa. Lo que el poema “Ozymandias” del inglés Shelley fue para Ramsés II, lo que el “Retrato de una pulga” de William Blake fue para el Dr. Gull (From Hell), o lo que la Obertura 1812 de Tchaikovsky pudo ser para Napoleón o el Leviatán británico (V de Vendetta), viene ahora a ser el cómic del Navío Negro para Veidt: “la pluma es más fuerte que la espada”. Pero no sólo la pluma: la magia del poeta es más fuerte que la varita de la magia ritual. Aquí Moore está ya separándose de la tradición gnóstica. El propio Moore, tanto en From Hell (donde introduce la imagen de un “monje siniestro” de una leyenda callejera de Londres) como en los últimos números de La Liga (…), se la juega a un Aleister Crowley venido a ocupar el lugar de su personaje Oliver Haddo: la batalla ha terminado en cuanto que consigue que nos entre por los ojos la idea de que el triunfo de Harry Potter en la cultura popular es la evidencia definitiva del fracaso de los magos que no trabajan la Imaginación poética. Aquí, en Watchmen, es la venganza de la imagen poética, que se revuelve sin que los poderosos puedan esquivarla, la que nos ofrece algún tipo de garantía frente a sus crímenes cainitas: Veidt va a ser paradójicamente premiado con la monstruosidad de los tripulantes del Navío Negro, transformado él mismo en un monstruo, quizás porque la aproximación a la divinidad implica, para el iniciado, la aceptación de una transformación repulsiva que sólo los hombres de conciencia pretendidamente superior saber aceptar, al igual que sólo unos pocos pueden asumir que la propia divinidad puede tener una cualidad que, en nuestra visión finita, resulta monstruosa -y esto ya lo habíamos visto en From Hell: Gull se sentía fascinado por Josefo Merrick, el hombre elefante de Londres, por una poderosa razón, pues, ¿no se le antojaba igualmente poliforme el Dios supremo que había visto durante la escena en que le fue entregada su misión?

 

"Loor a Ganesha". El Dr. Gull de From Hell insiste en llevar en carruaje a una de sus víctimas, debidamente narcotizada, a las cercanías del hospital de Londres donde vivía José Merrick, conocido como el Hombre Elefante, para ofrendar a la divinidad encerrada en su apariencia deforme el sacrificio cruento de una de las mujeres de Whitechapel. Rescatado por un médico de su exhibición como fenómeno de feria, Merrick recibió la visita de ilustres personajes de la época. Moore y Campbell dibujan esta escena para ofrecer la visión de la divinidad que conduce la mano del Dr. Gull de From Hell: lo incomprensible y repulsivo de la monstruosidad en cuanto algo visible, se trans-valora como algo superior tan pronto su presencia se toma como un umbral disuasorio que nos señala y nos aparta instintivamente de la verdad oculta que tenemos que alcanzar, en la que la apariencia sensible de la belleza y la fealdad extrema se anulan y se reconcilian. ¿Ocurre lo mismo con la diferencia entre el bien y el mal?


  

Pero el underground de la presunta Imaginación colectiva no sólo se revuelve o resuena sobre Veidt, sumiéndolo dentro de esa imagen monstruosa, mostrándole que es el terreno inabarcable que nunca aceptará la conquista definitiva. Como el propio proceso espiritual que es, sigue avanzando sin que tenga que ser determinado ni controlado por la intervención de éste, aunque no puede dejar de mostrarse afectado: su vida es ilimitada y espontáneamente productiva, pero no por ello insensible ante los acontecimientos visibles. Es, en palabras de los seguidores del rosacrucismo, una vida en perpetua evolución, que no se deja fijar en los esquemas de la identidad perfecta del mundo temporal. La Imaginación vale tanto, desde antes de Jung, quizás desde antes de la Voluntad de Poder de Federico Nietzsche y la crisis del hombre europeo, como el Pleroma de los gnósticos antiguos: es una Idea de ideas, un punto de fuga metafísico. Cuando vemos en Watchmen, durante la reaparición de Seymour, que los cómics de muertos vivientes ahora vuelan en busca de su lector por una acera de la Nueva York en reconstrucción, nos damos cuenta de que ya tampoco volverá el lector voraz de Los relatos del Navío Negro: los cómics de muertos vivientes han pasado a ocupar su lugar en el underground al que tan afín son los ánimos de la juventud. El efecto del gran truco de ilusionismo alienígena de Veidt sobre el fondo espiritual del que pende la cultura popular es más permanente y profundo de lo que pudiera parecer, por más que finalmente no pueda ponerle las riendas.

Según lo que estamos diciendo, Veidt ha practicado la magia sangrienta, aunque sin saberlo: ha suscitado un cambio traumático en las fuerzas del subsuelo de la Imaginación colectiva, completándolo con la falsa presencia del gran antagonista alienígena, que ha sido televisada a todo el mundo civilizado, como un conejo sacado de la chistera sin que se vea la mano del mago. Pero el camino a seguir por la fuente espiritual de esta nueva moda popular, la manera de reaccionar ante los hechos y seguir asumiendo los cambios era algo que no entraba en el cómputo: Veidt no había previsto ni la imagen del Navío Negro ni incluía en sus planes el hacerse editor de cómics de muertos vivientes, puesto que su línea editorial tiene más que ver con la construcción de una nueva humanidad. Si hay algo divino para Moore, tan amante de los subcultural -cuando no de lo contracultural-, está en la producción incesante de ese underground, con los temas recurrentes transformados por nuevas imágenes, y a veces incluso en contra de la publicidad instituida por los poderosos. Es el underground sociológico y espiritual del que la Providencia acabará sacando al Gran Chtulhu al final de Providence.

 

La retorcida y puritana aproximación entre el cuerpo de los habitantes de Nueva York, que van a morir al final del capítulo XI, y los cadáveres ya en descomposición de la barca del náufrago, no sólo refleja la visión desesperada del protagonista, sino que introduce el tema de la fascinación popular por los muertos vivientes y la execración del cuerpo vivo del ser humano como una bolsa de podredumbre, que nos atrapa en un mundo ya muerto por la culpa, una fascinación todavía hoy visible en las series de televisión y las películas de terror y que se recogió en el éxito popular de los cómics de temas siniestros, cuya prevalencia sobre los de superhéroes sólo pudo detenida por la censura y los códigos editoriales de publicaciones para menores en los Estados Unidos de los años 50 y 60. Posteriormente, la transición a los cómics de muertos vivientes y monstruos en la América de Watchmen será un paso más en la misma línea, cuyas implicaciones confirmarían una de las apuestas centrales del gnosticismo: el cuerpo viviente no tiene por qué tener una clara guía espiritual que le dé auténtica vida (vida espiritual), y su alma puede ser simplemente el producto de las manipulaciones del Demiurgo sobre la parte psíquica del mundo temporal, convirtiéndonos, literalmente, en cadáveres que esquivan la descomposición por un tiempo limitado, pero que están muertos para la auténtica vida desde el comienzo.


La imagen de los muertos vivientes, como un espejo de sus lectores, es vertiginosa, porque no deja de exponer otra advertencia o sospecha de la tradición gnóstica de la que veníamos hablando: la relación entre el cuerpo humano y el pneuma o espíritu, que en Platón y el pitagorismo se verá como la relación entre la falsa vida del alma y la verdadera: el cuerpo que llamamos viviente no es sino un saco de elementos en potencial putrefacción, un parásito de la vida propiamente dicha, que resulta que es espiritual, y debe volver a los eones, aunque esté distraída por sus ocupaciones y pasiones del mundo temporal, que son todas ellas “cosas del cuerpo”. El muerto viviente, la podredumbre andante del cuerpo en este mundo, acoplado a la vida ahogada del espíritu, es lo que el Demiurgo de lo temporal produce cada vez que va a nacer un hombre o mujer: sólo al atar un pedazo o centella de la vida espiritual, de la vida eterna, a ese cuerpo, logra que lo que en sí es muerte, inercia, y mera determinación externa tenga una aspiración eterna oculta como una ocupación terrena en un rápido juego del trile. De la mano del Demiurgo sale el alma o psique del mundo, que mueve a todos los seres vivos entre otras cosas del mundo y les proporciona crecimiento, hasta que su decadencia comienza: pero de la esfera del Demiurgo no puede salir lo espiritual, lo eternamente vivo. Y ahora vemos qué implica que los lectores de cómics de Watchmen encuentren una inexplicable necesidad de leer cómics de muertos vivientes: llevan en sí una naciente sospecha o un malestar en la nueva edad de oro, pues barruntan que algo central de su vida ha quedado sofocado y embriagado por un embrujo externo, por un principio de evolución y acción impuesto desde fuera, que se les ha introducido para suplantar la espontánea aspiración de su espíritu. Han sido invadidos por el arquetipo publicitario del hombre de oro, del triunfo de una edad ilimitada de autosuficiencia en un escenario de ciencia-ficción social y técnica, que puede resultar épico, pero que no responde a lo que el principio divino de su vida les exige: aceptando vivir en ese nuevo mundo, colaborando o integrándose en su poder, se convierten en cadáveres andantes animados por el hechizo de un brujo, de alguien que cree estar manipulando el poder del Demiurgo sobre el anima mundi, modificando los modelos de crecimiento y desarrollo de la Naturaleza que se ocultan en ésta. El cuerpo zombie es la manera en que el gnosticismo comprende que se encuentran en este mundo los hombres que no son capaces de la gnosis: hay hombres que tienen psique, pero no tienen pneuma, no tienen espíritu eterno; incluso hay hombres meramente somáticos. Bajo el magisterio incorrecto, un hombre espiritual puede quedar incapacitado para escapar del cuerpo que el Demiurgo ha puesto en el mundo material para distraer la divina aspiración del espíritu o pneuma que es realmente vivo y se oculta en él; y si ha renunciado definitivamente a la gnosis, se convierte en muerto en vida: muerto para la vida auténtica, que es la espiritual, aquella que tiene lugar a la manera de las mónadas, en el puro ser emanativo del Pleroma, entre los eones, sin posibilidad de muerte. No es de extrañar, por tanto, que la Iglesia católica, en contraposición al gnosticismo cristiano, haya defendido dogmas tan chocantes a nuestra comprensión positivista como pueda serlo el de la resurrección de la carne: son dogmas que responden a una serie de alternativas, que se ven mejor perfiladas cuando tenemos presente qué es lo que implica su negación.

 

Pero, si lo pensamos de nuevo, el mero hecho de que en el mundo de Watchmen, eso que nos, el vulgo, somos (y lo que no somos), haya tomado conciencia espontáneamente, aunque sea de un modo meramente tentativo, pre-racional e imaginativo, de que en el nuevo mundo de Ozimandias hay algo que nos expone a una fuerza externa que, si no es una muerte en vida, sí es al menos una obligación impuesta de falsificarnos a perpetuidad bajo una pose de nueva humanidad, es ya un síntoma de que su dominio no abarca la totalidad de lo que somos (o de lo que no somos). La mera producción y predilección por los cómics de muertos vivientes allí donde antes estuvieron los de piratas, en el lugar donde ya se han olvidado los de superhéroes, significa que la suplantación de nuestra chispa espiritual propia ya no es total: hay algo que resiste al embrujo que nos impone el taumaturgo a través del alma del mundo para someternos a su molde evolutivo. Desde el fondo del imaginario colectivo surge un nuevo interés, una nuevo antro en la que el pensamiento y la fantasía tienen un refugio subcultural que el poder del nuevo mundo no había ni divisado de lejos: mas la mera presencia de los cómics de muertos vivientes son ya la réplica y la expresión de sospecha sobre la impostura y la imposición de una vida artificiosa en el nuevo mundo de Ozimandias que, pese a su apariencia triunfal, no puede silenciar del todo el murmullo de las aguas que discurren bajo la aparente solidez del paisaje, allí donde la Imaginación es producción de nuevas formas, atesoramiento y recuerdo que revive. Y esto ya no ocurre, como los gnósticos decían, para un corto número de hombres espirituales: esto es del común. No somos pocos los que, quedando como mansos corderitos ante los planes de superhombres como Adrian Veidt, de alguna manera sabemos que en este mundo late algo que, al modo de una conspiración inconsciente, una conspiración tras las conspiraciones de los poderosos (la Providencia -Providence), hace que cualquier conspiración cainita puntual colabore con ella, aunque sea sin querer: y son muchos los momentos en que, sin poder decir exactamente dónde nos han tomado el pelo, al buscar a los presuntos culpables de hechos terribles y cruentos, barruntamos que hay algo podrido bajo el oro de la grandeza de los nuevos Ozymandias.

 

[El malentendido de Simón Mago y los nuevos caminos de la magia: el paisaje de los cuentos de hadas y el poder de la Mediedad]

 

 

La caída de Simón el Mago, de V. Cannizzaro (c. 1765). En su legendaria batalla dialéctica con los apóstoles Pedro y Pablo en la Roma de Nerón, Simón el Mago, que se presentaba como "la Gran Potencia" entre los mortales, fue abandonado por las fuerzas que creía haber sometido a su control mediante fórmulas de magia manipulativa.

Simón el Mago, celebrada figura del primer gnosticismo cristiano, quiso obtener de los apóstoles el poder de sanar la carne y someter a los demonios: él creyó que Jesús de Nazaret era un practicante de magia al que podría emular, llegando a buscar fórmulas para hacer (parecer) que el agua de una copa se transformaba en vino delante de su público, o que él mismo resucitaba los cadáveres dictándoles palabras mágicas al oído. En vida contó con una comunidad de sus misterios que le levantó estatuas, y fue hombre de fama en muchas ciudades del imperio en tiempos de Nerón: pero él insistió en ser una divinidad en la tierra, la Gran Potencia, y parece ser que este juego murió precipitado contra el suelo durante un espectáculo en que era elevado a las alturas por potencias invisibles -algo así como lo que ocurrió al legendario Abdul Alhazred. La historia apócrifa de su enfrentamiento con el apóstol Pedro, según lo relatado por Santiago de la Vorágine en la muy popular Leyenda Áurea, señala que lo que Simón entendió como un duelo de magos no fue otra cosa que un exorcismo: las oraciones de los apóstoles le dejaron al mago sin el apoyo de los demonios que le consiguieron dan poder al margen de Dios. Alan Moore el Mago ha sido mucho más docto en este sentido: ha sustituido lo ritual por lo poético, en la senda abierta por el encumbramiento romántico de la Imaginación para un mundo neopagano, que se nos vende como deísta. El Mago ya no se la juega directamente con los demonios para desafiar al Demiurgo -entendamos: el que él entiende es el Demiurgo- de este mundo: va a donde cree está la fuente preconsciente de la vida incesante, plenamente productiva y a salvo de la corrupción del tiempo: la tradición de la fantasía, que es el pneuma inexplicable que recorre nuestra vida y le susurra la necesidad de ser más que un cuerpo moribundo bajo el dominio del tiempo o de las potencias publicitarias y propagandísticas. No hay una gnosis salvífica recogida en las secretas palabras de paso que nos permitan escapar de las esferas de los arcontes y del Demiurgo: en su lugar, hay una fuente gratuita que plantea una alternativa a este mundo, en palabras a las que no se exige describir algo existente en este tiempo, y que cuestionan su carácter de realidad canónica e impenetrable. El paisaje espiritual que van tramando los cuentos, las leyendas populares y los mitos, los cantares de gesta, la llamada literatura fantástica, incluso las novelas juveniles de aventuras y ciencia-ficción en el siglo XX -y por qué no- los cómics: ése es el auténtico nivel en que debe operar la magia. Lo inquietante es que en Providence se haya dado la última palabra sobre este mundo al que le volvió a dar nombre a las cosas muertas (muertas para este mundo), el caballero de Nueva Inglaterra que ya no pudo reconocer en la Nueva York de los rascacielos y la estatua de la Libertad el esplendor de la antigua Nínive: una Nínive que sólo en leyendas existió, y que vuelve a cobrarse la deuda con la realidad -esta realidad limitada del Demiurgo, artificiosamente apartada del auténtico origen vivo de la creación- con la forma de algo que, bien visto, no es ni un sueño, ni una pesadilla, ni una mentira, ni una descripción: es la Carcosa (o Carcasona) del Rey Amarillo, donde vagamos sin saber que el espíritu que quedaba en nosotros ha sido imbuido de un olvido y una extrañeza insuperables.

 

La batalla psicodélica entre Mina y el fantasma de Oliver Haddo durante el ritual de masas en Hyde Park (The League of (...): Century - 1969) se desarrolla en un nivel que no es ya meramente corpóreo ni tampoco espiritual puro: está situada al nivel de lo que los gnósticos hubiesen llamado la Mediedad psíquica (el "en medio", o mesotés), donde las potencias arcónticas y sus influjos sobre el alma del mundo se han sustituido por figuras expresadas en personajes infantiles, que a veces sirven una vía para la transacción entre lo verdaderamente eterno y el mundo perceptible, dando forma a este último.

 

[Una significativa omisión]

Hay algo más que no puedo decir de introducir aquí, aunque sólo sea para que pueda verse cómo esta segunda lectura de Watchmen, tan arriesgadamente confirmatoria de las sospechas de los gnósticos sobre el Demiurgo-Relojero, se vincula a una muy significativa omisión de Moore. En el fenomenal repaso de la literatura fantástica y de ciencia-ficción anglosajona (con alguna que otra pequeña incursión en la literatura de diferentes naciones, incluyendo El Quijote) que encontramos en los apéndices de La Liga de los Hombres Extraordinarios, siguiendo los viajes de Quatermain y Mina tras derrotar a los marcianos de H.G. Wells, podemos encontrar un homenaje enciclopédico al tipo de literatura de fantasía que se ha considerado “de segunda fila”, pero también una omisión clamorosa, que yo diría que es de lo más significativa. Como ya hemos dicho en otro lugar, en los últimos números de la serie, la llegada de Mina a la escuela de magia de varita que parece un internado para jóvenes british (“de cuyo nombre no quiero acordarme”) se convierte en un reconocimiento necesario, aunque quizás no deseado, de la importancia del que parece haber sido el último fenómeno de la literatura fantástica anglosajona, convertido dentro de la trama de La Liga (…) en el antagonista final, aunque banal, con el que parece llegar el fin de los tiempos. Pero dentro de este recorrido que va desde El Mundo Llameante hasta la escuela de magia Hogwarts hay una omisión que todavía insisto en explicarme. Al menos que yo haya detectado, no hay una sola referencia en los viajes de Mina y Quatermain a la mitología de Tolkien, quizás porque los relatos sobre la Tierra Media no se han considerado parte de esa misma tradición, por motivos formales. Pero me atrevo a sospechar otra cosa: que la omisión se debe a que hay una antipatía por principio hacia la obra de Tolkien en Alan Moore, quizás porque no ve en ésta más que un ejercicio encubierto de propaganda fide en un formato simpático para niños, como ocurre con El León, la bruja y el armario de C.S. Lewis -un cuento “de hadas” que seguramente los niños necesitan también dejar en maduración hasta que dejan de serlo, o hasta que los mismos cuentos les ponen en situación de madurar. Podemos discutir si los cuentos de Tolkien forman parte o no del paisaje de la fantasía contemporánea según el filtro de Alan Moore; pero no podemos discutir, que entre tantos pasajes memorables de El Señor de los Anillos, hay uno que tenemos que tener siempre presente, acaso como un complemento o un antídoto para cuando volvamos a encontrarnos con los personajes de Watchmen, y que Tolkien pone en boca de un jardinero de la Comarca, uno de esos personajes que le inspiró el trato con los soldados rasos, venidos de pueblos de la campiña inglesa, que conoció durante la Gran Guerra y que en la misma murieron por millones, seguramente antes de que el Hugo Danner de Gladiator viese terminar la contienda, ante su impotencia de superhombre:

 (…) Es como en las grandes historias, señor Frodo, aquéllas que de verdad importaban. Llenas de oscuridad y peligro, tal eran, y a veces no querías saber el final porque, ¿cómo iba a ser feliz el final? ¿Cómo podría el mundo volver a ser como era cuando tanto malo ha ocurrido? Pero al final, sólo es algo que pasa, esta sombra, e incluso la oscuridad debe pasar. Un día nuevo vendrá, y cuando alumbre el sol, más claramente brillará. Ahora veo que la gente de aquellas historias tuvo muchas oportunidades de darse la vuelta, solamente que no lo hicieron. Siguieron adelante porque se aferraban a algo: que hay algo bueno en este mundo, señor Frodo, algo por lo que vale la pena luchar.

Si alguno de ustedes, tras haber estado atravesando pacientemente estas divagaciones sobre el falso Dios-Relojero o Demiurgo enmascarado que “encaja”, pero no se manifiesta del todo, en la trama de Watchmen, percibe ahora, al leer estas palabras de Samsagaz, un frío conato de sospecha donde antes sentían sólo el calor de una morada, tendrá que disculparme: ésa será la auténtica prueba de Rorschach que deberán superar. Bien la Dama Blanca, bien la Sofía de los gnósticos, estará en ese momento ofreciéndoles una mano que les librará de ser devorados en los antros de la desesperación.

 

Ilustración de Tony DeZuniga para la adaptación al cómic de la novela pulp Gladiator, de P. Wylie (1938), con el título Man-God. El hombre que pudo ser Superman contempla las trincheras de la Gran Guerra, sabiendo que tiene encima la oposición del creador del mundo de los hombres. 

«Debe de haber en el cielo cierto dios —un dios barrigón y cínico cuya tarea consiste en disponer, para cada una de las almas que marchan hacia el nacimiento, un conjunto de circunstancias tan finamente ajustadas a su carácter que el resultado de su vida, ya sea triunfo o derrota, dependa del hilo más tenue—. Así debió de sentirse Hugo al regresar de la guerra. Había celebrado el Armisticio con gran entusiasmo, no porque le hubiera salvado la vida —gran parte de la pompa, los desfiles, el desenfreno y la gloria nacían precisamente de tal resultado—, sino porque lo había rescatado del abrasador aliento de destruir. La comprensión instantánea de este hecho evitó que cayera en la desesperación. Había fracasado en el momento de convertirse en la muerte misma; tal fracaso fue una fortuna, pues la vida, para él —incluso al terminar la guerra—, se antojaba más un esfuerzo de creación que una tarea de aniquilación».

P. Wylie en Gladiator, cap. XVI.




¿Quién hace el mundo? (VI)

  

[La salida transaccional de Veidt: cortar el nudo gordiano, pero de manera cruenta]

 

Y, marchando más allá de esta insistencia en que sea la ciudad la que se salve por sus propios medios del interminable derramamiento de la sangre de inocentes, sea por la vía superheroica más rudimentaria, sea por su autonomía racional y su vocación cosmopolita más sofisticadas, y con el propósito de ver qué más se esconde en esta reversión gnóstica del sentido cristiano del mundo y los males que nos aquejan, preguntamos: ¿tan imparable era la fuerza de la marca de Caín, que sigue condenando a toda ciudad y en todo tiempo, ahora transformando el Diluvio en la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada? ¿No hay acaso un antes y un después para la historia escatológica del mundo gracias a la Pasión de Cristo, que derramó su sangre y entregó su carne en el sacrificio definitivo, y que reemplazó con la rememoración eucarística sobre el pan y el vino la materia de los viejos sacrificios cruentos? La inminencia del retorno del exterminio de la entera ciudad terrena, todavía llevada por el arquetipo imparable de la ciudad de Caín, bajo el moderno fuego nuclear, parece olvidar o considerar irrelevante el efecto del sacrificio insuperable del Cordero Pascual y del derramamiento de su sangre: ¿puede la América del deísmo, de la religión civil de la mera Razón y la estatua de la Libertad, de la tolerancia de las religiones como apuesta individual sin peso universal, la ciudad de los cómics de superhéroes, ofrecerse a sí misma una alternativa al holocausto nuclear? En las calles de la Nueva York de Watchmen siguen paseándose los que anuncian desde la atalaya –Watchtower - la proximidad del fin de los tiempos y esperan encontrarse entre los que llenarán el cupo limitado de los considerados justos, de los que agradan a Dios. Pero, ¿a qué Dios han de agradar? ¿Al Dios del viejo testamento o al Dios trinitario de la Nueva Alianza y del concilio de Nicea? ¿Al Padre de los católicos o al Padre al que asciende el Cristo de los gnósticos? ¿No será cierto que al final, aunque ni planteándose la cuestión, muchos perecerán bajo el fuego de un nuevo desastre mundial, porque sólo así puede garantizarse un ajusticiamiento total de los que nos vemos arrastrados por el pecado? Pues no: resulta que en la Nueva York de Watchmen tampoco va a ser cumplirse esto: ni se admite la solución cristiana comúnmente aceptada, en la que el Hijo de Dios ofrece su sangre infinitamente para evitar que se tengan que dar otros sacrificios de cuerpo y sangre, ni se va a dar la purificación total del mundo bajo el fuego nuclear. En lugar de alcanzarse el “expurgo” de malvados anunciado con el fin de los tiempos, el mundo de Watchmen sólo nos enseña una salida transaccional, un “arreglo” con el que, más o menos, se garantiza que el mundo pueda seguir girando sus engranajes al menos una vuelta más del reloj antes de que las agujas vuelvan a las doce en punto, como si el mecanismo requiriese periódicamente de un engrasado a base de sangre entregada con miedo reverencial, hierro y dinamita, para no parar nunca su marcha tragicómica y su tambaleo entre el caos total y la posibilidad de albergar vida. Este arreglo es la fenomenal y cruel, colosal pero silenciosa entrada en la historia de un hombre que desea ocultarse pero triunfar allí donde todos han fracasado y seguirán fracasando: Adrian Veidt, el hombre de oro (que no de acero) destilado mediante voluntad y disciplina ascética, un hombre cuyo espíritu sincrético y positivista parece haberle despejado, frente al Comediante y el resto de la comparsa de justicieros enmascarados, el misterio de aquellas palabras de Pablo de Tarso: “no luchamos contra carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes “ (Epístola de San Pablo a los Efesios, cap. 6). Lamentablemente, en su sincretismo positivista, Veidt parece haber pasado por alto la polémica entre los padres de la Iglesia y los gnósticos del siglo II, o al menos, haberla reducido a un episodio más de la variación entre el millar de filosofías que afirma haber estudiado: sin embargo, los autores de Watchmen, o al menos Alan Moore, sí parecen haberle querido recordar que esta polémica, a la que venimos refiriéndonos desde el comienzo, sigue siendo un nudo gordiano que él no va a poder desatar, y que sólo en apariencia se va a dejar cortar, dado que sólo se desplaza, pero no como algo real.

 

El homicidio cainita de Veidt será envuelto en un relato falso repetido durante semanas a escala planetaria por los medios de comunicación modernos, y rápidamente superado gracias a su control de las modas y la publicidad y la generación de nuevas necesidades que logren una reforma lenta de las mores de sus contemporáneos. La capacidad de Veidt para descubrir los anhelos y terrores colectivos de los hombres de la edad de hierro, cuando no de reformarlos, le lleva a culminar su plan de presentar al nuevo gran antagonista de todas las naciones bajo la cartelera de un cine que ha vuelto a proyectar Ultimátum a la Tierra (1951), cuando previamente los telediarios habían estado hablando de la posibilidad de que se abriesen portales a otras dimensiones -en efecto, a lo largo del capítulo "Hermano de dragones" hay varias viñetas en que Daniel y Laurie, sentados frente al televisor, escuchan estas noticias lanzadas de rondón. Aparentemente, en un mundo carente de Dios, Veidt ya no tendrá que dar explicaciones sobre la muerte de Abel, pero sufrirá una retribución inesperada por parte de una imagen poética: el Navío Negro llega para que se una a su tripulación.

Al término del capítulo XI el mundo de Watchmen se ha ganado el derecho a evitar el fin final, el exterminio nuclear, el vuelo inapelable de los misiles nucleares entre las dos ligas de ciudades de hierro del momento –la URSS y Estados Unidos-, pero sólo a costa de darle al Relojero un soborno siempre insuficiente, una ofrenda cruenta “de la que es amigo” al menos desde los tiempos de Caín: el holocausto sangriento de más de tres millones de habitantes de Nueva York. El plan de Veidt de fingir un enemigo extraterrestre mediante un ataque de falsa bandera (otra vez “la teoría de la conspiración”) acaba con un sacrificio cruento en Nueva York envuelto en un disimulo cainita, con la sangre caliente escurriendo en las calles y manando desde el interior del edificio donde ha aparecido el falso enemigo fabricado por Veidt, como desde un altar que todavía no ha devenido religión. El Dios-Relojero aceptará a medias el sacrificio, pues como en el caso de Caín y Abel, la víctima que Caín escoge a escondidas para mejorar la ofrenda viva de Abel ya nunca será suficiente: siempre habrá que derramar más sangre a base de hierro, como si la declarada predilección del Dios por la ofrenda de Abel hubiera sido la que empujase, calculadamente y por una cierta y disimulada inclinación homicida, la mano de Caín, y la que le inspirase el plan de llevarse a su hermano a un paraje donde cometer el homicidio a espaldas de todos; una predilección por la sangre de hombres que delata al Demiurgo tras la máscara del Dios justo, y que da alas a la transgresión ya imparable de Caín, que quizás fue obediente sin saberlo, dando él solo con la salida sólo sugerida por la exigencia de una ofrenda viviente a la que se ha de despojar de la vida. Esto es lo que podemos concluir y acusar como gnósticos modernos: que la autoría material en el homicidio primordial sería de Caín, pero su inspiración intelectual vendría directamente de las esferas superiores del mundo caído bajo el dominio del tiempo, donde el Demiurgo y los arcontes son los poderes cuyo favor hay que atraer. Hay una escena secundaria de Watchmen donde dos policías investigan un asesinato de un hombre neurótico que ha matado a su hija en su departamento, y sobre un póster en el que se ve al Buda cubierto de sangre, se preguntan el uno el otro de dónde habrá sacado la inspiración que ha guiado su mano. En esa misma pose del Buda cubierto del sangre encontraremos a Adrian Veidt en la última página en que aparece junto al Dr. Manhattan, frente a un modelo del universo que mira con inquietud y melancolía. Veidt ha previsto una manera de hacer que esos influjos se anulen en el mismo plano de impulsos irracionales donde él va a asentar un nuevo modelo de hombre y un nuevo enemigo imaginario, y está trabajando, como hemos dicho en otro lugar, como un taumaturgo que cree que la construcción del mundo es una cuestión de intervención publicitaria y sociología suave, de pedagogía disimulada en modas de mercado y carteles publicitarios que lo llenan todo. Mientras tanto, el plan de Veidt avanza por donde las potencias infernales (o las esferas superiores de este mundo, todo depende) tienen que llevarlo: el hombre vestido de oro, como heredero del entusiasmo progresista de las últimas evoluciones del deísmo en América, cree haber cerrado el influjo de la marca de Caín en la historia civilizada, pero no ha hecho sino darle una vuelta de cuerda más a un mundo que parece estar diseñado con el propósito de garantizar un derramamiento interminable de sangre: no la sangre del Cordero de Dios, que se puso por delante de nosotros y de nuestra culpa para evitar derramar la nuestra, sino la sangre de los que vuelven a encarnar, en el imaginario, la inocencia y el papel de Abel, embaucado y asesinado por su hermano. En este caso no vemos sólo a Abel muerto: vemos a tres millones de habitantes sacrificados y abandonados por el homicida en medio de una mentira o de una broma de mal género dirigida a toda la humanidad. Veidt ha querido resolver como un problema antropológico, antes que político, lo que parece ser -según lo que vemos en Watchmen- es un problema escatológico: la búsqueda alquímica de la transformación en oro que él mismo parece haber tomado en cuenta para maquinar su idea del hombre nuevo, del que él es un adelanto y disfraz -puesto que es Ozymandias el que va vestido de Veidt, disimulado en él- ha sido sometida por él mismo a una puesta al día que parece reducirla a un instrumento de su intelecto y su sincretismo. Como en su día defendimos (ver más atrás “La magia, una cuestión de conjunto”) ha ejercido la taumaturgia, aunque sea despreciándola, tirándola al suelo después de usarla como un producto de la misma ignorancia pre-ilustrada que ha llevado a los hombres a desear enfrentarse unos a otros para imponerse sus respectivos ídolos o tótems, que en la época contemporánea tendrían la forma de ideologías, según él (capitalismo contra comunismo – “hormigas negras contra hormigas rojas”). Sin embargo, Veidt va a recibir -como ya señalamos en la serie “¿Qué pide el Señor de ti?”- un premio paradójico, lo que a su manera le está dando la razón, haciéndole ver que ha pinchado en un nervio vivo o en la herida de la historia del hombre, aunque esto no le vaya a reportar el porvenir que él había calculado. El premio de Veidt, como el de Caín, será el de ser maldito (o “iniciado”) para siempre, llegando en su horrorosa aventura hasta el Navío Negro, como él mismo confiesa a Manhattan en su última conversación. En ese momento, llega la conclusión de Watchmen: el diario de Rorschach va a aparecer para señalar al culpable de la muerte del Comediante y de la conspiración para quitar al Dr. Manhattan del tablero geopolítico, y puede que para hacer dudar del falso enemigo común con el que Veidt pretende entretener y amansar hasta su extirpación sociológica las fuerzas agresivas de todos los imperios cainitas.

 

Alrededor de 1820, ya escrito el famoso poema de Percy B. Shelley que se cita en Watchmen, los restos de la estatua de Ramsés II Ozymandias fueron llevados desde las ruinas de su mausoleo a la metrópoli del Imperio británico. Por aquellos años, la "napoleonmanía" que había alterado la tranquilidad de Inglaterra empezaba a ceder y la Revolución industrial inglesa transformaba el paisaje humano y urbano de Inglaterra a marchas forzadas, hasta que en 1888, el año del Destripador, la amenaza de la Revolución socialista parecía inevitable, con la "marxmanía" y el anarquismo amenazando la relativa paz de la etapa victoriana, como queda patente durante la célebre huelga de las cerilleras en los arrabales del East End. El Adrian Veidt de Watchmen cree poder evitar la amenaza del tiempo que todo lo corrompe para lograr una paz social y geopolítica duradera más allá de los imperios: se trata de elevar la materia, por medio del sutil embrujo del alma del mundo mediante un programa de publicidad y educación del deseo a escala planetaria, al estado áureo, en el que el paso del tiempo se hace insignificante y no supone una necesaria corrupción del orden social, puesto que acepta como modelo el referente espiritual más elevado, el oro alquímico, identificado con la energía solar plenamenente restablecida en su presencia sobre el mundo material corruptible (el Sol invictus), garante del orden social y de la paz frente a la llegada del tan anunciado caos. El atuendo dorado de Ozymandias es sólo expresión visible de un proceso transformativo reservado no para él, sino para toda la humanidad. Pero el tiempo que se cebó con la estatua de Ramsés no permitirá que esta traslación de la estabilidad desde el oro simbólico al mundo de Watchmen sea algo más que un espejismo de grandeza sobre el desierto: hay algo en el diseño del mundo material de Watchmen que no permite la paz perpetua, sino que lo infecta todo con la mácula de la sangre derramada y por derramar. El problema de tener que demostrar que es posible una paz perpetua se desplaza sorprendentemente en la óptica de Watchmen para pasarle la carga de la prueba a quien asume la discordia perpetua, y se convierte en la pregunta suspicaz sobre qué tipo de Relojero ha de ser aquél que no permite que nuestra existencia bajo el tiempo admita la redención tramposa preparada por Ozymandias, pero que al mismo tiempo le premia con una gloriosa pero pasajera participación del estadio del Sol invictus, siempre que de por medio quede regada la tierra con sangre.

De manera inexplicable, la trama de Watchmen, que bien podría haberse detenido en el momento en que Daniel Dreiberg y Laurie hablan sobre tener hijos y Sally Jupiter le planta un beso al retrato del Comediante -a modo de final feliz-, sigue hasta enseñarnos el regreso de un personaje secundario a las calles de Nueva York: el ayudante de redacción del periódico New Frontiersman (digamos que, bajo este nombre va la declaración de que, desde el hecho constitutivo de la conquista del Oeste, EEUU siempre ha sido un país de perpetua moral de frontera, en el que el hombre no puede confiar en la estructura del Estado para defenderse, sino que tiene que actuar como un pionero y confiar sólo en su propio trabajo y su rifle: el Estado puede estar tomado por la marca de Caín). El joven Seymour en una viñeta pasa por encima de un cómic de muertos vivientes que ha volado por las calles de Nueva York, y cuando regresa a su puesto en la redacción se fija en el diario de Rorschach, que queda al alcance de su mano entre todas las cartas de los lectores recibidas por correo, mientras mordisquea una hamburguesa: si el Joker de La broma asesina se encontrase con esta situación, seguramente aprovecharía para hacer un chiste, pues sus implicaciones no dejan de ofrecer materia cómica, aunque rocen lo siniestro. La carambola jocosa viene aquí no sólo como algo que pueda causar la risa, sino como un pensamiento aterrador que nos puede llevar a romper definitivamente la comprensión inevitablemente moral del funcionamiento del mundo que nos separa del Joker, en la medida en que nos sigue haciendo creer en una relación misteriosa entre lo que se hace, lo que se merece y lo que se acaba recibiendo. No sólo se trata de que justamente Seymour haya sobrevivido al ataque entre varios millones de víctimas -como le recuerda su jefe- sino de que, al estar ahora expuesta la mentira sobre la acción cainita de Veidt (“¿soy yo acaso el guardián de mis hermanos?”), éste no ha instituido, como podría haber hecho, una manera alternativa de sanar y remediar desde dentro la historia de hierro de las ciudades de Caín: simplemente ha conseguido comprar un poco más de tiempo para un mundo que parece incapaz de llegar a satisfacer la presunta deuda contraída por su mera existencia, un mundo que se ve obligado a ofrecer periódicamente las vidas de nuevos suplentes de Abel a un Demiurgo “amigo de los sacrificios sangrientos”, para ganarse el derecho a no sufrir de inmediato un nuevo exterminio universal, pero que de ninguna manera llegará a saldar su deuda, y que por tanto, estará siempre temiendo o fantaseando con el retorno de un caos total anterior al trabajo del Demiurgo. Lo terrible del final de Watchmen no es, entonces, que la trama nos haya dejado otra vez a “las doce menos cinco” del Reloj del Juicio Final, y que unos meses después vaya a venir ya el fin final por la vía nuclear: lo terrible es que no está diciendo que siempre estaremos en un lugar cercano a las doce en punto en este mundo, y que por tanto, seguirá habiendo derramamiento de sangre para canjear nuevas víctimas por más tiempo. La cuestión es: si el tiempo para seguir viviendo en este mundo sólo se lo podemos comprar al Demiurgo como si estuviéramos saldando una hipoteca creciente, ¿tenemos que ver necesariamente esto como una condena prometeica que nos desangra perpetuamente, u optar por la liberación que prometían los gnósticos, abandonando nuestro apego a este mundo, dejando que los adictos a esta falsa vida nos masacren, como los últimos perfectos de Montsegur?


Dentro de los apéndices de Watchmen vemos estas ilustraciones de los cómics de piratas infernales con el estilo de Joe Orlando, posiblemente anteriores a la adopción de las normas sobre violencia gráfica en los cómics durante los años 50 en los EEUU y la censura editorial motivada por el debate en el Senado sobre el ensayo La seducción del inocente. El guionista ficticio de la historia de piratas que se intercala en la trama de Watchmen, Max Shea, será reclutado en secreto por Empresas Veidt para trabajar en el diseño del monstruo que servirá como chivo expiatorio al culminar el plan de Veidt para evitar la guerra nuclear. Asesinado para asegurar el secreto de los movimientos de Veidt tras las bambalinas, su imagen poética del náufrago que, tras una odisea horrorosa, acaba siendo recogido por el Navío Negro, será la que realmente sentencie y envuelva la aparente la gloria alcanzada por Veidt, devolviéndole un reflejo monstruoso que enturbia sus momentos de meditación, como él mismo confiesa al Dr. Manhattan. Tal como ocurre con el retrato del "fantasma de una pulga" (c. 1820) pintado por William Blake al contemplar al Dr. Gull de From Hell, la retribución poética se convierte, sin que exista mal ánimo por parte del poeta, en la condena final del hombre que ha obtenido el poder divino, al apartarle de la proyección triunfal pura que éste pretendía haber conquistado, avisándonos de la secreta relación entre la participación del poder supratemporal y la monstruosidad.



domingo, 2 de agosto de 2026

¿Quién hace el mundo? (V)

Según la lectura gnóstica de las Escrituras (dejando aparte las notables variaciones entre escuelas), el Dios-Demiurgo del Génesis prefirió el sacrificio cruento del pastor Abel sobre la ofrenda incruenta de su hermano Caín (los frutos de la tierra) por ser Él mismo “homicida y amigo de sacrificios cruentos”; y cuando Caín engañó y mató a su hermano a escondidas y sin remordimiento (“¿soy acaso el guardián de mi hermano?”), en lugar de aplicarle “el ojo por ojo” sin más, le permitió vagar por tierras inhóspitas, hasta que fundó la que terminaría siendo la ciudad amurallada de Enoch, la proto-urbe arquetípica, doblemente dejada de la mano de Dios y desgraciada: primero por la expulsión del Edén, y luego por el dominio de la marca de Caín, primogénito de Adán y Eva y primer homicida, que pone a la primera ciudad el nombre de su hijo Enoch, por eso de dejarnos las cosas claras. De aquella ciudad arquetípica, la ciudad terrena doblemente olvidada de Dios y negadora de Dios, saldrían los primeros aperos de metal para labrar la tierra y arrancarle los frutos que había expropiado el Dios del Génesis a Caín; de ella salieron, también, las primeras armas forjadas en hierro y las primeras excursiones de héroes y ejércitos de rapiña, que volvían de sus expediciones con las cabezas que habían cortado en tierras extrañas. La tierra labrada con hierro dio lugar a la tierra conquistada con hierro. Si la ciudad mesopotámica consecuencia de la “revolución neolítica” del historiador marxista Gordon Childe tiene una correspondencia en la historia escatológica, ésta se esconde en este episodio del Génesis. Pero, ¿acaso la moderna Nueva York de Watchmen no está precisamente encerrada todavía en la figura de la ciudad de Enoch, caída en el sumidero civilizatorio de la violencia homicida y el engaño asumidos como una norma constitutiva de su paisaje humano?

 

La muerte de Abel, del belga M. Coxcie (c. 1540).



[La marca de Caín en la Nueva York de Watchmen y en la acusación del Joker]

El resultado de esta inauguración del dominio del hierro en el arquetipo de la ciudad terrena, a los ojos suspicaces del gnóstico que desconfía del Dios-Yahvé por considerarlo un disfraz del Demiurgo, no puede ser más sugerente: por más que Caín no le diese a ese Dios en el altar las primicias de un cordero degollado, y gracias precisamente a la marca de maldición que Yahvé le impuso por haber derramado la sangre de Abel, él y sus descendientes derramarían infinitas veces la sangre de Abel a partir de entonces: setenta veces siete serían vengados Caín y sus descendientes si alguien ponía la mano sobre ellos para aplicarles justicia (muerte por muerte); y setenta veces siete, por cada uno de su estirpe, sería ahondada y pagada la deuda de Caín con el Dios que lo maldijo, trocando de nuevo el derramamiento de la sangre del cordero por la matanza de hombres, muriendo unos a hierro, y otros matando y muriendo por hierro, ahora que se había inventado la guerra y se había hecho falsa y taimada la palabra: la ciudad de Caín no sólo es homicida, sino que reitera la traición de éste cuando condujo a su hermano menor a la muerte con palabras que ocultan sus intenciones. La muerte de Abel no se cerró por medio de un cumplimiento por decreto divino de la terrible simetría transgresión-castigo (lo que, ciertamente, parece una broma de mala especie), sino que desencadenó impunemente una vorágine imparable tanto dentro como fuera de las murallas de la ciudad arquetípica fundada por Caín: la sangre derramada por cualquier imperio fuera de sus fronteras y también, por sus propios poderes y miserias, dentro de sus fronteras, en sus bajos fondos y en sus patíbulos. ¿Y si la marca de Caín, lejos de ser una maldición, fuera una iniciación demiúrgica?

El aspirante a comediante que acaba transformado en el Joker de La broma asesina en medio de las mentiras, las injusticias aleatorias y las traiciones cainitas, empujado a la locura por el triunfo de la iniquidad y la falta de conmiseración para con el justo y humilde, vive justamente en los arrabales de una ciudad que todavía lleva la marca de aquella ciudad de Enoch, y que hace que la miseria material y espiritual se conviertan en una regla necesaria para la formación de su paisaje urbano y humano, para la determinación de su realidad: no veamos en tal miseria un problema a solucionar, sino una manera de ser, de poder seguir adelante como una ciudad en la que ya no se plantea como primera virtud la caritas Christi, sino el amor de sí sin otro amor: todos son malvados porque son infelices, pero son infelices porque sólo siendo malvados pueden -parece- progresar en la vida y evitar, para sí, la miseria generalizada. A eso que llamamos “la vida”, en cuanto que es algo mayor que nuestros propósitos, le es indiferente si en esta ciudad de hierro hemos optado por querernos comportar como si fuésemos de oro: la aleatoria muerte de los padres de Bruce Wayne, como la aleatoria transformación del aspirante a comediante en el Joker, nos enseña que no hay proporción entre lo que se hace y lo que se recibe, lo que es -extrañamente- difícil de comprender o asumir en el corazón, especialmente para el cómico que vive en los arrabales, intentando “quitarle hierro” a la vida. Él mismo, transformado en el Joker, es un reflejo de la locura del Dios que conduce la realidad en la que los descendientes de Caín siguen sin poder ser ajusticiados y hacen del triunfo de sus iniquidades la ley que todo lo domina, y que lleva al manso a sufrir a manos de los de corazón duro, y a todos los taimados a traicionar a los que son inocentes de corazón y de hechos, dado que hay más ventaja que castigo, y nada más que temer: el que mate al que lleva la marca de Caín será muerto setenta veces. Y esto es algo que, desde la ciudad en que tiene lugar la historia que nos ocupa, se extiende a cualquier civilización posible: la URSS de Watchmen no es en eso una alternativa al Imperio Americano, como quizás -quizás- tampoco pudo serlo en nuestro siglo XX. Los enmascarados de Watchmen tienen que actuar tanto intramuros como extramuros: sea en las guerras en nombre del Sueño Americano, sea por asentar el mandato de unos frente al crimen de otros en la propia ciudad, donde a veces los asaltadores de bancos y los reyes del contrabando despiertan más simpatías en el común que los hombres ilustres, quienes a veces, como los potentados de Sin City, pueden tener mando, pero dudosa autoridad moral.

 

Caín construyendo la ciudad de Enoch, de Aureliano Milani (c. 1725). Los instrumentos de los maestros constructores pueden verse sobre el bloque de piedra cúbico. Al fondo, el plan de las grandes civilizaciones y los cultos que niegan al Dios que le impuso la marca. 


Aquí empezamos a preguntarnos entonces sobre el sentido de la persistencia de los malvados y el ejemplo cainita en el resto de la historia humana, entendida como una progresión escatológica, en la que la configuración de la ciudad arquetípica de Enoch sigue resonando, pese al progreso técnico y las nuevas formas de organización política. La patente de corso que concedía la marca de Caín para éste y sus descendientes permitió derramar sangre de todas las ciudades: la sangre de algunos se derramó como la del inocente Abel; otros, derramaron sangre matando y muriendo a hierro en las guerras y unos pocos, matando y no pudiendo ser muertos por ningún otro, por ser estirpe de Caín y hacerse los reyes de estas ciudades perdidas. El homicidio del pastor Abel, castigado no con muerte, sino con la marca de la desgracia, quedó entonces institucionalizado como la causa última de la organización civilizada de la violencia, dentro de la ciudad y frente a otras ciudades y reinos, cuando pudo haberse detenido en el mismo momento en que fue descubierto. ¿Por qué el riguroso Dios del Génesis no intervino para que la marca de Caín no se perpetuase, sino que empujó la historia el hombre por ese derrotero? ¿Es cierto entonces, como pretenden algunos gnósticos, que fue siempre un secreto “homicida” y un “amigo de sacrificios cruentos”, que pedía la derrota y erradicación de los que no creían en Él? Entonces, ¿por qué intervino después para exterminar a los habitantes de las ciudades de la prole de Caín, cuando ya era tarde y se habían multiplicado en número, como se relata en la historia de Noé? ¿Qué tipo de broma de mal gusto ha sido este paso de la impunidad al exterminio? Pasando las generaciones, el vicio y la impudicia de las ciudades de hierro surgidas a imitación de la fundada por Caín –imbuidas sus costumbres de la misma laxitud para con el engaño y el homicidio- llevó a un nuevo giro de los acontecimientos, que confirma el peculiar misterio de la intervención del Dios justo en la historia escatológica, y que para el gnóstico levanta nuevas sospechas sobre quién es en realidad el Señor que maneja los elementos según su voluntad: hablamos, claro, del Diluvio universal, la tabula rasa de toda la vida en el mundo y la supervivencia de unos pocos hombres a los que se ha avisado previamente de los pasos a seguir para evitar sufrir el destino de la gran masa. A partir de entonces, al menos hasta la venida del Hijo, la repetición de ese “gran reinicio” se convierte en una obsesión civilizatoria tan perturbadora como pedagógica: el castigo ejemplar de una civilización entera quedaba ya hecho, y había probado ser una medida efectiva para limitar la progresión de los violentos descendientes de Caín -dejemos aparte, para nuestros fines, la discusión sobre si el mito del diluvio ya había estado presente en las culturas sumerio-acadias.

Y si ahora vemos en la Nueva York de Watchmen una ciudad oscurecida por las sombras de la destrucción por fuego nuclear, atrapada todavía en el arquetipo de la ciudad desgraciada y condenada de los hijos de Caín, ¿por qué la ciudad de los rascacielos en el Nuevo Mundo no se erigió libre de los efectos perversos de la maldición de Caín, si ya en su día el Dios justo mandó el Diluvio para limpiar la tierra, si sólo peregrinos temerosos de Dios llegaron a levantar esa ciudad? ¿Qué es entonces lo que nos queda por erradicar en cada ciudad para evitar el derramamiento cainita de sangre, una vez pasado el Diluvio, si la estirpe de Caín ya había sido aniquilada, y no había nada que protegiese a los que repitiesen su atrevimiento homicida? ¿Hay todavía algo en la civilización histórica ejemplificada en la Nueva York de Watchmen que pudiera requerir de una destrucción no por el agua, sino por el fuego nuclear, para dar lugar a un nuevo ciclo de la vida? En la Nueva York de Watchmen podemos ver caminando por las calles el anuncio “el fin está cerca”, pero ¿hay realmente algo que nos permita pensar que la humanidad no tiene remedio, o acaso que sería más ecuánime, antes que exterminar a todos por igual, separar a los pocos que parecen no haber aprendido la lección y dejar vivir al resto? La cuestión entonces es, ¿a cuántos tenemos que separar para condenarlos, no sólo en esa ciudad, sino en cualquier ciudad moderna?

 

Las acusaciones del Joker de La broma asesina van más allá de la posibilidad de que el hombre sea víctima inocente del engaño cainita o la traición de sus congéneres, o de que caigan sobre él catástrofes aleatorias: señalan que la misma raíz del mundo donde existimos tiene una inclinación grotesca, una forma de discurrir desproporcionada o jocosa, que nos hace vivir en una perpetua división entre lo que esperamos que suceda y lo que puede suceder, como si hubiera una secreta fuerza que hiciera que el mundo reaccionase ante las esperanzas de los hombres no como si le fueran indiferentes, sino como si tuviera que devolverlas en la forma de una caricatura.


En la trilogía del Batman de Cristóforo Nolan, un Joker acusador insiste en hacer ver que sólo el azar es justo e imparcial, porque la diferencia entre justos y pecadores es una mera apariencia, una postura de consenso tolerada en virtud de un pacto social que poco tiene que ver con la caridad cristiana: dales un contexto diferente a los justos, apriétales las tuercas con unas cuantas explosiones, y no dudarán en cometer homicidio o en dejar vendidos a sus amigos por aquella ley del “yo primero”; finalmente, haz lo posible para que el plan de la Liga de las Sombras siga adelante para hacer borrón y cuenta nueva en esta ciudad irremediablemente perversa. Frente a eso sólo queda el carácter inamovible del enmascarado que se sujeta a una regla para determinar qué hacer (“my one rule”) y no la deja ir ni aunque por ello pierda al amor de su vida y cualquier perspectiva de felicidad, como la Voluntad Santa perfilada por un Manuel Kant educado en el pietismo: un “objeto inamovible contra una fuerza imparable”, “lo práctico-puro” contra cualquier expectativa de tener uno satisfechas sus propias inclinaciones, o en otra fórmula: escoger qué hacer como si uno estuviera ya en un Reino de Fines que fuera plenamente independiente del espacio y el tiempo, exista o no exista un Dios, que simplemente funciona como “postulado” para despachar con las inclinaciones egóticas. En la conversación final de La broma asesina entre el Joker y Batman, parece que la actitud frente a la injusticia triunfante en la ciudad, sufrida en carnes propias, es todo lo que permite a un hombre oscilar entre la opción agónica de la locura destructiva, que lanza la acusación sobre el mal desde su misma lógica, y la opción de la lucha recompositiva o terapéutica (agón): elegir entre una figura u otra de entre dos que están ofreciéndose a todos por igual parece ser todo el misterio, la diferencia crucial entre Bruce Wayne y el aspirante a cómico que acaba convirtiéndose en el Joker, más allá de sus diferentes extracciones sociales y sus motivos personales. Es como si el monstruo de Frankenstein (que, a su manera, es ya un adelanto del planteamiento necesario para el género superheroico), tras ser apaleado y rechazado pese a sus buenas intenciones iniciales, hubiera podido elegir entre resultar malvado o convertirse en un protector de los justos, disculpando educadamente la repulsión que causa tanto en su creador como a los ojos de cualquiera que lo juzga por la hechura de su cuerpo vil: “hazme feliz, y volveré a ser virtuoso”, o como diría el Roy Batty de Blade Runner, “dame más tiempo”. El Batman kantiano de Nolan le respondería: “ahí tu error: has condicionado la norma para determinar tu voluntad –the One Rule- a la obtención de un beneficio para ti mismo”. Y a continuación, sólo quedaría por delante un combate formidable, sobre el que sin duda podríamos construir todo un espectáculo circense: el espectáculo para el que trabajan los superhéroes con sus mallas de circo. Aquí vemos que hay una dialéctica de la Voluntad a la que está sujeta tanto el superhéroe como su antagonista: cada uno será un freak a su manera, pero no tiene otra que sacarse a sí mismo por sus propios medios del estupor con que le ha dejado el sufrir en carnes propias la injusticia y el triunfo de la marca de Caín, tirándose de los pelos para salir de la ciénaga de su propia tristeza, como el Barón de Münchhausen hizo consigo mismo y su cabalgadura. ¿De verdad no es esto tan increíble como cualquier superpoder fisiológico o tecnológico que puedan tener o dejar de tener los enmascarados?


 

 

¿Quién hace el mundo? (IV)

 

[La acusación cainita de Watchmen: el Dios-Relojero de este mundo no es el Padre Bueno, sino el Urizen de William Blake]

Pero hay una opción interpretativa más inquietante todavía sobre la que ambos excursos acerca de la falta de un Dios-Relojero pueden estar incidiendo, no tanto por lo que afirman, sino porque han puesto sobre la mesa un tema (el de la existencia del Dios que interviene providencialmente en la marcha de la historia) que, en principio, no tendría ni que estar ahí (en un cómic cualquiera), pero que ya parece condicionar todo lo que vaya a suceder entre la primera y la última viñeta -y aquí la ambivalencia de Watchmen de la que hablábamos. Y esta opción se abre en cuanto asumimos que el Dr. Manhattan, igual que se equivoca sobre la vida de Laurie y los milagros termodinámicos (capítulo “La oscuridad del simple ser”), se puede haber equivocado sobre el Relojero; se nos presenta en cuanto vemos que los restos mortales de Rorschach, pulverizado por la mano de Manhattan para que el plan de Veidt pueda seguir adelante, forman sobre la nieve de la Antártida una mancha de sangre similar a la que él había encontrado cuando recoge del suelo la chapa del Comediante, y no tenemos más remedio que preguntar: ¿casualidad, causalidad, destino trágico, o Providencia?

 


Grabado de Gustavo Doré. La caída de las murallas de Jericó se presenta como un milagro que delata el difícil sentido de la Antigua Alianza: los israelitas, tocando trompetas y paseando siete días el Arca alrededor de la ciudad, logran entrar en la ciudad amurallada sin necesidad de tretas -como el famoso caballo de los aqueos-, y dan muerte a hierro a todo lo que estuviera vivo dentro de la ciudad. La acusación de los acusares gnósticos cristianos es inmediata: el que durante siete días dio forma al mundo y lo imbuyó de vida, ¿por qué accede a este derramamiento de sangre tras siete días?

 

Y esta segunda opción de interpretación con la que jugaremos, alternativa a la mera negación de la existencia de un Dios, se torna algo un tanto más siniestro, porque es una sospecha: una sospecha sobre lo que es el mundo en el que estamos y sobre si Aquél que lo rige y lo creó no es, como decían los acusadores gnósticos sobre el Yahvé-Demiurgo, “homicida y amigo de sacrificios cruentos”: no “el Dios bueno” que adelanta la posibilidad de salvación, sino un Juez implacable que exige pago en forma de sacrificios cruentos por la deuda entrañada con Él por el mero existir. La pregunta retórica del Dr. Manhattan ante el paisaje de Marte “¿quién crea el mundo?” no tendría tanto que ver con si hay alguien o no actuando como Relojero, sino sobre qué tipo de Relojero ha dejado en marcha el mecanismo del mundo, y por tanto, si puede haber algo de bueno en este mundo, si vale la pena el esfuerzo de mantenerse en él y mantenerlo. El interrogante “¿quién vigila a los vigilantes?”, como la pregunta “¿quién hace el mundo?” admite una respuesta diferente a la que dan a la par Manhattan y Rorschach, sólo a luz de lo que las mismas viñetas plantean en su conjunto, más allá de ambos personajes: el problema ya no estaría en decidirnos sobre si hay o no un Dios, sino sobre qué suerte de Dios corresponde a este mundo que habitamos y que ha permitido o promovido que su misma creación dé lugar a monstruos (fenómenos) como esos dos justicieros, convirtiéndolos en elementos tan reales como nunca solicitados, tan terribles como diferentes de nuestra comprensión, hechos a la misteriosa medida de Su poder: tan necesarios en su secreta e inalcanzable lógica como el tigre de la terrible simetría. Pues, ¿qué tipo de Relojero sería Aquél que, como el Urizen de William Blake, se ha tomado la molestia de darle al tigre la terrible simetría de sus manchas, sus garras, sus colmillos, diseñando con el máximo detalle su capacidad para dar caza a los mansos, para sentirse saciado sólo con la presa ensangrentada entre sus fauces? ¿Fue el mismo -pregunta Blake- que pensó y moldeó al cordero? El Libro de Job (cap. 38 y siguientes) llena de alabanzas al Yahvé creador fijándose en la manera en que la Naturaleza y cada bestia se asientan sobre Su poder para poder ser lo que son: precisamente porque en la incomprensibilidad de lo que nos pasa por delante hay algo que expresa un poder ajeno al hombre, y no un abandono por parte del Creador. No obstante, desde el punto de vista de la sospecha gnóstica, las expresiones en que se presenta en Job a este Yahvé-Dios son también las que corresponden al de un poder recogido en expresiones materiales y procesos naturales:

 

¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? | Cuéntamelo, si tanto sabes. ¿Quién señaló sus dimensiones | (¡seguro que lo sabes!) | o le aplicó la cinta de medir?¿Dónde encaja su basamento | o quién asentó su piedra angular entre la aclamación unánime | de los astros de la mañana | y los vítores de los hijos de Dios? ¿Quién cerró el mar con una puerta, | cuando escapaba impetuoso de su seno, cuando le puse nubes por mantillas | y nubes tormentosas por pañales, cuando le establecí un límite | poniendo puertas y cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; | aquí se romperá la arrogancia de tus olas”?¿Has mandado en tu vida a la mañana | o señalado su puesto a la aurora, para que agarre la tierra por los bordes | y sacuda de ella a los malvados; para marcarla como arcilla bajo el sello | y teñirla lo mismo que un vestido; para negar la luz a los malvados | y quebrar el brazo sublevado? ¿Has entrado por las fuentes del Mar | o paseado por la hondura del Océano?¿Te han enseñado las puertas de la Muerte | o has visto los portales de las Sombras? ¿Has examinado la anchura de la tierra? | Cuéntamelo, si lo sabes todo. (Libro de Job, cap. 38, 4-18).

 

Para la lectura gnóstica son expresiones éstas que llevan insertas el prototipo del Urizen de William Blake, que aunque sea creador de lo material, no es el Dios Supremo, el Dios bondadoso de lo plenamente espiritual, el Padre que todo lo extrajo de su Abismo. ¿Y si este Relojero-Urizen, al igual que su contrapartida visible -el Dr. Manhattan-, fuese incapaz de siquiera concebir un verdadero origen divino de todo más allá de sus propias espaldas, y tendiese a reducir el ser a partes extra partes, sometidas a giros en el tiempo, a un juego de distancias, campos y masas, sin resquicio por donde se escape nada, dejando todo lo posible bajo la medida de su escuadra y su plomada? De apostar por esta alternativa en la interpretación, Watchmen se nos plantearía como una introducción o ejercicio sutil de los tópicos del gnosticismo esotérico paracristiano, que empieza en la sospecha de que, pese a lo que digan sus personajes, su trama nos deja entender que sí hay un Relojero, un Dios-Arquitecto o Demiurgo del cosmos que, aunque no tenga un plan salvífico para el mundo, necesita que el mundo siga en marcha, aunque a veces exija el precio del sacrificio cruento, como parece confirmarse al final del capítulo XI de Watchmen -en esto vamos a continuar lo que ya habíamos planteado en la serie anterior “Y todo fue una broma”.

 

[La sospecha gnóstica y el papel del Dr. Manhattan]

En efecto, es un tópico relativamente común en el credo gnóstico (siguiendo aquí las exposiciones, cómo no, de Ireneo de Lyon e Hipólito de Roma sobre las herejías del siglo II, en la traducción y selección de J. Montserrat Torrents) el de presentar la existencia del mundo material, el proceso del ser bajo el tiempo partes extra partes (el tipo de ciencia que se encarna en el Dr. Manhattan y que define el dominio del hipotético Relojero-Demiurgo), como un resultado errático y externo de la emanación de lo que propiamente es (lo espiritual); o acaso entender el mundo como un aborto animado, un monstruo vergonzoso salido de un orden eterno en sí bueno por el atrevimiento del último eón emanado del Padre, el eón Sofía (la Sabiduría) que, presa de un desorden pasional, acaba arrojando hacia fuera de lo eterno, hacia fuera del Pleroma, un intento caprichoso de dar ella sola a luz otro eón, que no obstante, recibe “de prestado” algo del ser y la vida eterna que se encuentra originariamente en la misma Sofía, originándose así lo que será la Matriz (sí: la Matrix) del mundo material, el interior de la caverna platónica. Ese producto fracasado de la errancia de Sofía, moldeado después por un Demiurgo o “Relojero”, un gran inventor de lo temporal (no el Dios eterno) que le inserta un orden de movimientos diseñados y una vida meramente pasajera, imitativa o inducida, sería el mundo que habitamos, quedando así nuestra realidad temporal del lado del “exilio” o el “afuera” de lo auténticamente divino y eternamente vivo, fuera de lo querido y pensado por la vida divina originaria del Pleroma al que pertenece Sofía (pues el mismo Demiurgo sería ignorante de dicha vida); por esto la vía oculta que permite retornar desde el mundo temporal al Pleroma ya no está en las manos del Demiurgo, aunque éste insista en negar que no hay nada más allá de él, que se asume como creador de todo lo que existe en el tiempo y, por tanto, entiende que todo lo que es existe dentro de su tablero de dominio temporal, en el que la psique o alma del mundo es también un componente de su diseño, aunque lleno de filtraciones del principio de ser de lo eternamente vivo (pneuma). No obstante, entre el mundo diseñado por el Demiurgo y el ser eterno del Pleroma se interpone una barrera o límite que refuerza la creencia de que los límites del mundo material bajo el dominio del tiempo son los límites se lo que es, tras los cuales no puede haber nada, o nada puede ser: éste es un límite o frontera psíquica que sin la gnosis resulta imposible atravesar. Dado que para nosotros están “rotos los puentes” entre nuestro mundo de nacimiento, muerte y corrupción bajo el Tiempo y esa vida espiritual plena de lo divino eterno, se hace imprescindible la propuesta gnóstica de la salvación para unos pocos: la visita del Cristo espiritual y el supuesto mensaje críptico (esotérico) de sus enseñanzas, oculto o malinterpretado por la Iglesia católica, habría supuesto el comienzo de una cadena de iniciación de algunos hombres (no todos, claro está) que evitan el error generalizado en que está situada la psique humana. Sumándonos a esos pocos hombres que portan la supuesta enseñanza secreta de las palabras del Cristo gnóstico, el espíritu que hay en nosotros podrá ser reabsorbido en lo eterno, gracias a la gnosis, que más que un estado psíquico es una entrega espiritual, una puesta a cero y un regreso a un ahora desconocido pero sobreabundante origen: es un descubrimiento, no apto para muchos hombres, de que bajo las capas del Yo psíquico actúan figuras y fuerzas eternas a las que ya pertenecemos en nuestro auténtico ser, bajo el bombardeo de los influjos externos del Demiurgo y las figuras arcónticas (como puede notarse, la fascinación de C. G. Jung por los manuscritos gnósticos está en línea con su orientación como psiquiatra y su doctrina del trabajo con lo arquetípico).

 

Lámina del Libro de Urizen, de William Blake (1795). El acto de la creación del cosmos temporal, en lugar de ser presentado como un acto de generosidad, se convierte en el error -cercano al horror- que nos aparta de los Eternos. 


La sospecha de que falta algo en este mundo temporal que se muestra al alcance de nuestros cuerpos vivientes y que les afecta hasta despojarlos de sus fuerzas y llevarlos a la muerte; la sospecha de que esta cadena de carambolas de causas y efectos que llamamos “la vida” no puede ir en serio -a la vista de su funcionamiento a veces decepcionante o desesperante-, o por más decir, la sospecha de que su existencia como un curso temporal de acontecimientos sin rumbo es la consecuencia de una deformación imitativa, monstruosa, de algo perdido que sólo ha recibido en reflejos, es también la experiencia de “enajenación frente al mundo” que de manera seminal y sencilla se expresa en ese sentir que a veces nos embarga frente a lo que sucede y nos sucede, llevándonos a afirmar “esto tiene que ser una broma” -como, por otro lado, le ocurre al aspirante a cómico que se transforma en el Joker de La broma asesina. Esta misma sospecha viene de la mano con la convicción de que el carácter chapucero, ajeno a nuestra esperanza y hasta cruel del funcionamiento del mundo, sólo se explica porque “tiene que haber algo más… la vida no puede ser sólo esto… ¿no?”. A partir de aquí, en una experiencia que no sabemos si tenemos que ver como un susurro de otro o como una conclusión propia derivada del descreimiento, se nos invita a sumarnos a la gnosis, que desde el siglo II ha sido la perpetua sombra de la Iglesia católica, y ha dado lugar a movimientos levantiscos como la herejía cátara y no se sabe a cuántos colegios secretos de los modernos y los re-modernos (que no postmodernos), con atrevidas afirmaciones de los tiempos de Simón Mago sobre la vida de Jesucristo ahora remozadas en folletines como la novela El códice Da Vinci, de cuyo autor prefiero no tener que acordarme. Pero, al margen de cualquier desarrollo doctrinal posterior, lo que ha de compartir cualquier gnosis paracristiana es una sospecha feroz: la sospecha de que lo temporal nos es ajeno. En suma: , se pone en ejercicio una idea negativa de la temporalidad, que invierte el valor de nuestro existir, de nuestro “ser en el tiempo” y de la Creación en general: el Dios-Yahvé que sostiene nuestro mundo “real” se convierte en un Demiurgo impostor, y toda su creación en una trampa o campo de concentración para nuestra parte espiritual, un escenario de diseño que nos intenta convencer, como el propio Dr. Manhattan, de que “no hay otra cosa más allá de partes extra partes, girando y trasladándose en el tiempo”.

 

El Joker de La broma asesina: la explicación de por qué existen monstruos como él no tiene que ver con lo que haya pasado, sino con la mera posibilidad de que el mal pueda, de una manera u otra, darle la vuelta a la vida de un hombre inocente. La realidad no sólo queda desacreditada desde el punto del vista moral por la mera existencia del mal, sino que además queda desacreditada desde el punto de vista ontológico. Ya no se trata, como hubiese dicho un seguidor de Kant, de renunciar a confundir “la cosa en sí” con el objeto posible del conocimiento: se trata de que, si hubiera una “cosa en sí”, ésta sería ya un aborto óntico, un producto monstruoso digno de exhibición en un circo que no merece en sí mismo nuestra atención, puesto que está apartado de la fuerza originaria de la vida, por haber sido simplemente una falsificación de aquello otro, eterno y en principio innombrable que se perdió, y que según los gnósticos, sólo puede recobrarse al evitar la trampa del mundo existente (en el tiempo).


El Dr. Manhattan, en apariencia una encarnación imparcial de las ciencias modernas en su retórica y en su perfecta sintonía psico-física con la estructura de la materia y los campos de fuerzas, no sería sino una personificación de la ignorancia del Demiurgo sobre lo eterno, un razonamiento plenamente centrado en la autodeterminación del universo sin espontaneidad posible, una persona en la que se hace perfecta la lógica de lo material pero que ya no puede vivir en cuerpo y alma la duda sobre si, oculto entre los engranajes del Reloj, existe un error espiritual de pretendida autosuficiencia. El Dr. Manhattan, como “marioneta que ve los hilos” (en sus propias palabras) que no ve al marionetista, acaba siendo ante todo un defensor del orden cerrado y autosuficiente de este mundo temporal de lo calculable (el orden del Dios de los deístas), y sólo secundariamente un defensor del orden político secular del imperio yankee, que frente a los soviéticos no plantea la alternativa antimaterialista, sino que la apuntala por el otro lado. Por más extraño que pueda parecer, desde la perspectiva del gnosticismo, el ultra-hombre de piel azul tiene un papel de contrafigura del Cristo, pues resulta ser no más que una marioneta enviada por las artes invisibles del Urizen-Demiurgo para aumentar nuestro olvido de Dios, en la medida en que insiste en demostrar la autosuficiencia organizativa del sistema de la Naturaleza, especialmente en su excurso sobre la geología del paisaje de Marte. La licencia de ciencia-ficción que supone la mera presentación del origen del Dr. Manhattan dejaría traslucir que quienquiera haya permitido que el cuerpo de Jon Ostermann se recompusiera de manera milagrosa tras el accidente en Los Álamos, se ha ocupado igualmente de anular en el punto de vista del Dr. Manhattan cualquier sentido sobre su propio papel como signo de los tiempos: en él, como perfecta serie de percepción y razonamiento, no cabe la pregunta de William Blake sobre qué ojo o mano inmortal trazó su terrible simetría. Su (aparente) control sobre la materia en las apariciones como deus ex machina en la vida de los hombres contemporáneos sirve como confirmación inapelable de que “no hay nada más allá de los átomos y los campos de fuerzas; nada más allá tras el tiempo que señala el giro incansable de las partículas”. En este sentido, el Dr. Manhattan actuaría, sin saberlo, como mejor representante efectivo y, al mismo tiempo, mejor negador verbal y ocultador, del poder sobre el mundo material del mismo Dios de los deístas que había trazado la terrible simetría de las manchas del tigre: el Urizen de William Blake, que si bien no es el Yahvé-Demiurgo de los gnósticos, valdría para Moore como una modernización del mismo en un formato poético -y no tanto religioso- que guarda continuidad con el del cómic, en un contexto donde la Imaginación romántica ha derivado en la divinización contemporánea de lo artístico, más allá del cientifismo y de la religión monoteísta (afirmo esto dado que William Blake presentó a ese Urizen en su obra no sólo en poemas, sino en una conjugación entre dibujo y narración que debe de haber sido modélica para Moore, quien en From Hell se reserva unas viñetas para plantear una hipotética escena en la que Blake recibe la visita del espíritu del Dr. Gull como el monstruo sanguinario de su cuadro “Fantasma de una pulga”).



La aparición del cuerpo del Dr. Manhattan no es un milagro salvífico concedido por el Dios del deísmo de los nuevos Estados Unidos: es un enmascaramiento del poder del Urizen-Relojero del que éste ha apostasiado. En la lectura gnóstica, como veremos, la presencia de Manhattan en el mundo de Watchmen es una nueva trampa espiritual: él mismo es una parodia del Cristo gnóstico enviado a través del control del Demiurgo por el Padre eterno, que como él, no tiene un cuerpo real. El mundo de Watchmen no tiene un trasfondo católico ni claramente ateo: es un mundo deísta que ha hecho de las ciencias positivas una vestidura de neutralidad incuestionable.

 

Supongamos que Watchmen, entonces, ejercita estructuralmente y en tercer plano una sospecha acusadora o un malestar en el mundo post-cristiano en una postura propia del gnosticismo, una sospecha que impele además a separarse del deísmo práctico de la época de los Estados Unidos -cuya tolerancia religiosa no deja de ser un credo civil en la perfectibilidad del mundo-y que rompe con su entusiasmo por lo superheroico, incluyendo ahí el encumbramiento del Dr. Manhattan como “confirmación del deísmo del cosmos” (o acaso como mejor ocultamiento del Demiurgo que no quiere ser delatado); supongamos que el Dr. Manhattan, si niega la existencia del Relojero, es precisamente porque el mismo Relojero-Demiurgo lo ha dejado salir de las tripas de su obra material como una suerte de “mensaje a toda la humanidad”, tan ciego a la intervención del Demiurgo en su aparición como el mismo artífice del cosmos es ignorante de la auténtica divinidad; supongamos, además, que el singular fenómeno de “auto-organización de la materia” en que consiste la aparición del Dr. Manhattan tras la desintegración del cuerpo de Jon Osterman en el laboratorio no es otra cosa que la puesta en escena de un Deus ex machina que nos distrae definitivamente del “más allá del mundo material-temporal” y que abunda en la negación demiúrgica de lo auténticamente divino, del regalo de la sustancia espiritual emanada por el auténtico Dios, y hace, por tanto, más profunda nuestra desesperación y más ciego nuestro callado olvido de Dios. La aceptación de esto pone en marcha toda una teología de la historia o una “filosofía escatológica de la historia” que nos deja del lado de los que, puestos a sospechar de la acción decisiva e invisible del Demiurgo entre bambalinas (la “conspiración arcóntica”), tienen que encontrar por principio un segundo sentido o acaso una perversión oculta de cualquier acontecimiento que aporte algo al sentido salvífico (o condenatorio) de la historia universal. ¿Aceptaríamos, consecuentemente, la contraposición entre un Demiurgo enmascarado como Dios justo y un Dios bueno, contraposición común en la doctrina gnóstica cristiana, que permite ver la acción de una “economía de la salvación” que, incluso en el reino del Demiurgo, sigue operando tras ciertos acontecimientos del mundo temporal, pese a los intereses y previsiones de este segundo, o incluso en contra de ellos? El primero de estos dos que llamamos “Dios” se nos aparece como un Dios desconocido del Antiguo Testamento que no va ni ve más allá de la Ley, del terrible e inexorable cumplimiento de la igualdad entre falta y castigo, que ya nos ha dado la existencia y la Ley y al que ya debemos obediencia; el segundo, al que suplanta el primero fraudulentamente, el auténtico Padre, es el que envía a Cristo a hablarnos (ojo: no “a morir y resucitar”) para darnos por adelantado una posibilidad de salvación y auténtica vida pese a nuestra falta de mérito: el Cristo gnóstico (el lógos) desciende sobre Jesús de Nazaret en el momento en que Juan el Bautista le transmite la supuesta iniciación, pero está exento del sufrimiento, el dolor y la muerte de la Pasión, por la que los católicos tuvieron que defender la unión de naturalezas humana y divina en la persona del Hijo, así como, posteriormente, la Inmaculada Concepción de María. Al Cristo del Pleroma le pasa algo que nos recuerda a eso que los lectores de Watchmen notan en el Dr. Manhattan: éste no tiene un cuerpo viviente de verdad, sino que es una suerte de esquema abstracto que flota sobre el cuerpo azul, que se recompone, descompone y traslada como un ángel sin materia pesada, que se reproduce sin necesidad de hacer esfuerzos. No sabemos si el Dr. Manhattan sufre dolor: sólo los católicos -no los gnósticos- asumen que el dolor corporal real se incluyó también en la persona del Hijo, mediante su naturaleza humana, en el amor divino ofrecido por Dios a los hombres: “¿podréis beber de la copa de la que yo voy a beber?”. El Dr. Manhattan, no nos engañemos, ni dentro de un cómic escéptico con los superhéroes pasa por ser más que una licencia de ciencia-ficción incompatible con lo que la Fisiología y la Antropología física nos permiten conocer sobre el hombre realmente existente: su presencia es una concesión que debemos hacerle al guionista como si, por el mismo principio por el que va a negarnos la posibilidad de los supermanes, nos tuviera que pedir que aceptemos la existencia de una contrapartida materialista del Cristo de los gnósticos antiguos. El Demiurgo que ha puesto en marcha al Dr. Manhattan como un proceso temporal ha parecido querer, hasta en esto, parodiar la economía de la salvación que le jugó la peor de las pasadas, cuando en un momento dado el Pleroma le coló dentro de su tablero, sin saber cómo, a ese “mensajero” que lo dejó en evidencia y abrió la posibilidad de la salvación y la vida eterna. ¿No es éste un asunto que merece batirse en duelo, como nunca pueden hacer los protagonistas de la novela La esfera y la cruz de G. K. Chesterton? En el gnosticismo cristiano, como vemos, hay un giro ontológico en el momento en que el Cristo del Pleroma se une a Jesús de Nazaret, rompiendo así la ilusión de la autoridad moral y la supremacía óntica del mundo existente en el tiempo, la creación del Yahvé veterotestamentario. Pero hay que sopesar si en realidad, dado que la gnosis no pretende salvarnos en este mundo y con el mundo, sino más bien salvarnos del mundo, la iniciación gnóstica no sería en lugar de una unción una limpieza, una compensación o antídoto que viene a anular el efecto de otra iniciación involuntaria e inconsciente por la que todas las almas atrapadas en esta existencia caída (o vida decaída) han pasado desde su nacimiento, por el mero hecho de comenzar a existir: una iniciación demiúrgica, que en lugar de limpiar, nos pone la mancha encima, haciéndonos adictos al mundo. Nos fijamos ahora no tanto en el relato del pecado original, sino en la imposición de la marca de Caín.