Según la lectura gnóstica de las Escrituras (dejando aparte las notables variaciones entre escuelas), el Dios-Demiurgo del Génesis prefirió el sacrificio cruento del pastor Abel sobre la ofrenda incruenta de su hermano Caín (los frutos de la tierra) por ser Él mismo “homicida y amigo de sacrificios cruentos”; y cuando Caín engañó y mató a su hermano a escondidas y sin remordimiento (“¿soy acaso el guardián de mi hermano?”), en lugar de aplicarle “el ojo por ojo” sin más, le permitió vagar por tierras inhóspitas, hasta que fundó la que terminaría siendo la ciudad amurallada de Enoch, la proto-urbe arquetípica, doblemente dejada de la mano de Dios y desgraciada: primero por la expulsión del Edén, y luego por el dominio de la marca de Caín, primogénito de Adán y Eva y primer homicida, que pone a la primera ciudad el nombre de su hijo Enoch, por eso de dejarnos las cosas claras. De aquella ciudad arquetípica, la ciudad terrena doblemente olvidada de Dios y negadora de Dios, saldrían los primeros aperos de metal para labrar la tierra y arrancarle los frutos que había expropiado el Dios del Génesis a Caín; de ella salieron, también, las primeras armas forjadas en hierro y las primeras excursiones de héroes y ejércitos de rapiña, que volvían de sus expediciones con las cabezas que habían cortado en tierras extrañas. La tierra labrada con hierro dio lugar a la tierra conquistada con hierro. Si la ciudad mesopotámica consecuencia de la “revolución neolítica” del historiador marxista Gordon Childe tiene una correspondencia en la historia escatológica, ésta se esconde en este episodio del Génesis. Pero, ¿acaso la moderna Nueva York de Watchmen no está precisamente encerrada todavía en la figura de la ciudad de Enoch, caída en el sumidero civilizatorio de la violencia homicida y el engaño asumidos como una norma constitutiva de su paisaje humano?
| La muerte de Abel, del belga M. Coxcie (c. 1540). |
[La marca de Caín en la Nueva York de Watchmen
y en la acusación del Joker]
El resultado de esta inauguración del dominio del hierro en el arquetipo de la ciudad terrena, a los ojos suspicaces del gnóstico que desconfía del Dios-Yahvé por considerarlo un disfraz del Demiurgo, no puede ser más sugerente: por más que Caín no le diese a ese Dios en el altar las primicias de un cordero degollado, y gracias precisamente a la marca de maldición que Yahvé le impuso por haber derramado la sangre de Abel, él y sus descendientes derramarían infinitas veces la sangre de Abel a partir de entonces: setenta veces siete serían vengados Caín y sus descendientes si alguien ponía la mano sobre ellos para aplicarles justicia (muerte por muerte); y setenta veces siete, por cada uno de su estirpe, sería ahondada y pagada la deuda de Caín con el Dios que lo maldijo, trocando de nuevo el derramamiento de la sangre del cordero por la matanza de hombres, muriendo unos a hierro, y otros matando y muriendo por hierro, ahora que se había inventado la guerra y se había hecho falsa y taimada la palabra: la ciudad de Caín no sólo es homicida, sino que reitera la traición de éste cuando condujo a su hermano menor a la muerte con palabras que ocultan sus intenciones. La muerte de Abel no se cerró por medio de un cumplimiento por decreto divino de la terrible simetría transgresión-castigo (lo que, ciertamente, parece una broma de mala especie), sino que desencadenó impunemente una vorágine imparable tanto dentro como fuera de las murallas de la ciudad arquetípica fundada por Caín: la sangre derramada por cualquier imperio fuera de sus fronteras y también, por sus propios poderes y miserias, dentro de sus fronteras, en sus bajos fondos y en sus patíbulos. ¿Y si la marca de Caín, lejos de ser una maldición, fuera una iniciación demiúrgica?
El aspirante
a comediante que acaba transformado en el Joker de La broma asesina en medio de las mentiras, las injusticias
aleatorias y las traiciones cainitas, empujado a la locura por el triunfo de la
iniquidad y la falta de conmiseración para con el justo y humilde, vive
justamente en los arrabales de una ciudad que todavía lleva la marca de aquella
ciudad de Enoch, y que hace que la miseria material y espiritual se conviertan
en una regla necesaria para la formación de su paisaje urbano y humano, para la
determinación de su realidad: no veamos en tal miseria un problema a
solucionar, sino una manera de ser, de poder seguir adelante como una ciudad en
la que ya no se plantea como primera virtud la caritas Christi, sino el amor de
sí sin otro amor: todos son malvados porque son infelices, pero son infelices
porque sólo siendo malvados pueden -parece- progresar en la vida y evitar, para
sí, la miseria generalizada. A eso que llamamos “la vida”, en cuanto que es
algo mayor que nuestros propósitos, le es indiferente si en esta ciudad de
hierro hemos optado por querernos comportar como si fuésemos de oro: la
aleatoria muerte de los padres de Bruce Wayne, como la aleatoria transformación
del aspirante a comediante en el Joker, nos enseña que no hay proporción entre
lo que se hace y lo que se recibe, lo que es -extrañamente- difícil de
comprender o asumir en el corazón, especialmente para el cómico que vive en los
arrabales, intentando “quitarle hierro” a la vida. Él mismo, transformado en el
Joker, es un reflejo de la locura del Dios que conduce la realidad en la que
los descendientes de Caín siguen sin poder ser ajusticiados y hacen del triunfo
de sus iniquidades la ley que todo lo domina, y que lleva al manso a sufrir a
manos de los de corazón duro, y a todos los taimados a traicionar a los que son
inocentes de corazón y de hechos, dado que hay más ventaja que castigo, y nada
más que temer: el que mate al que lleva la marca de Caín será muerto setenta
veces. Y esto es algo que, desde la ciudad en que tiene lugar la historia que
nos ocupa, se extiende a cualquier civilización posible: la URSS de Watchmen
no es en eso una alternativa al Imperio Americano, como quizás -quizás- tampoco
pudo serlo en nuestro siglo XX. Los enmascarados de Watchmen tienen que actuar tanto intramuros como extramuros: sea en
las guerras en nombre del Sueño Americano, sea por asentar el mandato de unos
frente al crimen de otros en la propia ciudad, donde a veces los asaltadores de
bancos y los reyes del contrabando despiertan más simpatías en el común que los
hombres ilustres, quienes a veces, como los potentados de Sin City,
pueden tener mando, pero dudosa autoridad moral.
Aquí
empezamos a preguntarnos entonces sobre el sentido de la persistencia de los
malvados y el ejemplo cainita en el resto de la historia humana, entendida como
una progresión escatológica, en la que la configuración de la ciudad
arquetípica de Enoch sigue resonando, pese al progreso técnico y las nuevas
formas de organización política. La patente
de corso que concedía la marca de Caín para éste y sus descendientes permitió
derramar sangre de todas las ciudades: la sangre de algunos se derramó como la
del inocente Abel; otros, derramaron sangre matando y muriendo a hierro en las
guerras y unos pocos, matando y no pudiendo ser muertos por ningún otro, por
ser estirpe de Caín y hacerse los reyes de estas ciudades perdidas. El
homicidio del pastor Abel, castigado no con muerte, sino con la marca de la
desgracia, quedó entonces institucionalizado como la causa última de la
organización civilizada de la violencia, dentro de la ciudad y frente a otras
ciudades y reinos, cuando pudo haberse detenido en el mismo momento en que fue
descubierto. ¿Por qué el riguroso Dios
del Génesis no intervino para que la marca de Caín no se perpetuase, sino que
empujó la historia el hombre por ese derrotero? ¿Es cierto entonces, como
pretenden algunos gnósticos, que fue siempre un secreto “homicida” y un “amigo
de sacrificios cruentos”, que pedía la derrota y erradicación de los que no
creían en Él? Entonces, ¿por qué intervino después para exterminar a los
habitantes de las ciudades de la prole de Caín, cuando ya era tarde y se habían
multiplicado en número, como se relata en la historia de Noé? ¿Qué tipo de
broma de mal gusto ha sido este paso de la impunidad al exterminio? Pasando las
generaciones, el vicio y la impudicia de las ciudades de hierro surgidas a imitación de la fundada por Caín –imbuidas sus
costumbres de la misma laxitud para con el engaño y el homicidio- llevó a un
nuevo giro de los acontecimientos, que confirma el peculiar misterio de la
intervención del Dios justo en la historia escatológica, y que para el gnóstico
levanta nuevas sospechas sobre quién es en realidad el Señor que maneja los elementos
según su voluntad: hablamos, claro, del Diluvio universal, la tabula rasa de toda la vida en el mundo
y la supervivencia de unos pocos hombres a los que se ha avisado previamente de
los pasos a seguir para evitar sufrir el destino de la gran masa. A partir de
entonces, al menos hasta la venida del Hijo, la repetición de ese “gran reinicio”
se convierte en una obsesión civilizatoria tan perturbadora como pedagógica: el
castigo ejemplar de una civilización entera quedaba ya hecho, y había probado
ser una medida efectiva para limitar la progresión de los violentos
descendientes de Caín -dejemos aparte, para nuestros fines, la discusión sobre
si el mito del diluvio ya había estado presente en las culturas sumerio-acadias.
Y si ahora
vemos en la Nueva York de Watchmen
una ciudad oscurecida por las sombras de la destrucción por fuego nuclear, atrapada
todavía en el arquetipo de la ciudad desgraciada y condenada de los hijos de
Caín, ¿por qué la ciudad de los rascacielos en el Nuevo Mundo no se erigió
libre de los efectos perversos de la maldición de Caín, si ya en su día el Dios
justo mandó el Diluvio para limpiar la tierra, si sólo peregrinos temerosos de
Dios llegaron a levantar esa ciudad? ¿Qué es entonces lo que nos queda por erradicar
en cada ciudad para evitar el derramamiento cainita de sangre, una vez pasado
el Diluvio, si la estirpe de Caín ya había sido aniquilada, y no había nada que
protegiese a los que repitiesen su atrevimiento homicida? ¿Hay todavía algo en
la civilización histórica ejemplificada en la Nueva York de Watchmen que pudiera requerir de una
destrucción no por el agua, sino por el fuego nuclear, para dar lugar a un
nuevo ciclo de la vida? En la Nueva York de Watchmen
podemos ver caminando por las calles el anuncio “el fin está cerca”, pero ¿hay
realmente algo que nos permita pensar que la humanidad no tiene remedio, o acaso
que sería más ecuánime, antes que exterminar a todos por igual, separar a los
pocos que parecen no haber aprendido la lección y dejar vivir al resto? La
cuestión entonces es, ¿a cuántos tenemos que separar para condenarlos, no sólo
en esa ciudad, sino en cualquier ciudad moderna?
En la trilogía del Batman de Cristóforo Nolan, un Joker acusador insiste en hacer ver que sólo el azar es justo e imparcial, porque la diferencia entre justos y pecadores es una mera apariencia, una postura de consenso tolerada en virtud de un pacto social que poco tiene que ver con la caridad cristiana: dales un contexto diferente a los justos, apriétales las tuercas con unas cuantas explosiones, y no dudarán en cometer homicidio o en dejar vendidos a sus amigos por aquella ley del “yo primero”; finalmente, haz lo posible para que el plan de la Liga de las Sombras siga adelante para hacer borrón y cuenta nueva en esta ciudad irremediablemente perversa. Frente a eso sólo queda el carácter inamovible del enmascarado que se sujeta a una regla para determinar qué hacer (“my one rule”) y no la deja ir ni aunque por ello pierda al amor de su vida y cualquier perspectiva de felicidad, como la Voluntad Santa perfilada por un Manuel Kant educado en el pietismo: un “objeto inamovible contra una fuerza imparable”, “lo práctico-puro” contra cualquier expectativa de tener uno satisfechas sus propias inclinaciones, o en otra fórmula: escoger qué hacer como si uno estuviera ya en un Reino de Fines que fuera plenamente independiente del espacio y el tiempo, exista o no exista un Dios, que simplemente funciona como “postulado” para despachar con las inclinaciones egóticas. En la conversación final de La broma asesina entre el Joker y Batman, parece que la actitud frente a la injusticia triunfante en la ciudad, sufrida en carnes propias, es todo lo que permite a un hombre oscilar entre la opción agónica de la locura destructiva, que lanza la acusación sobre el mal desde su misma lógica, y la opción de la lucha recompositiva o terapéutica (agón): elegir entre una figura u otra de entre dos que están ofreciéndose a todos por igual parece ser todo el misterio, la diferencia crucial entre Bruce Wayne y el aspirante a cómico que acaba convirtiéndose en el Joker, más allá de sus diferentes extracciones sociales y sus motivos personales. Es como si el monstruo de Frankenstein (que, a su manera, es ya un adelanto del planteamiento necesario para el género superheroico), tras ser apaleado y rechazado pese a sus buenas intenciones iniciales, hubiera podido elegir entre resultar malvado o convertirse en un protector de los justos, disculpando educadamente la repulsión que causa tanto en su creador como a los ojos de cualquiera que lo juzga por la hechura de su cuerpo vil: “hazme feliz, y volveré a ser virtuoso”, o como diría el Roy Batty de Blade Runner, “dame más tiempo”. El Batman kantiano de Nolan le respondería: “ahí tu error: has condicionado la norma para determinar tu voluntad –the One Rule- a la obtención de un beneficio para ti mismo”. Y a continuación, sólo quedaría por delante un combate formidable, sobre el que sin duda podríamos construir todo un espectáculo circense: el espectáculo para el que trabajan los superhéroes con sus mallas de circo. Aquí vemos que hay una dialéctica de la Voluntad a la que está sujeta tanto el superhéroe como su antagonista: cada uno será un freak a su manera, pero no tiene otra que sacarse a sí mismo por sus propios medios del estupor con que le ha dejado el sufrir en carnes propias la injusticia y el triunfo de la marca de Caín, tirándose de los pelos para salir de la ciénaga de su propia tristeza, como el Barón de Münchhausen hizo consigo mismo y su cabalgadura. ¿De verdad no es esto tan increíble como cualquier superpoder fisiológico o tecnológico que puedan tener o dejar de tener los enmascarados?