El terrorista V, como los dinamiteros anarquistas de la novela detectivesca de G.K. Chesterton El Hombre que fue Jueves (situada en 1948, fecha que tomó Orwell como parodia para su 1984), encontrará en la voladura directa del cuerpo del Leviatán, encarnado en el paisaje del Londres totalitario, una especie de lucha espiritual, dirigida a levantar Jesuralén en Inglaterra: su referente es el Domingo, “al que algunos llaman Domingo sangriento”, alguien al que todos persiguen o admiran por su a veces colosal, simiesca y monstruosa apariencia (sobre todo cuando está de espaldas), que al protagonista de la novela, cuando por fin puede observar su rostro, le trae el recuerdo del amplio rostro “pero un rostro, a fin de cuentas” de la estatua de Memnón (Ramsés II) que vio en el Museo Británico.
sábado, 14 de marzo de 2026
Y todo fue una broma.
viernes, 25 de julio de 2025
Hijos de un sueño inacabado (III)
Esto nos lleva ya a la posible
culminación de la cuestión del paso de lo ficticio al embrión de lo real en los
cómics firmados por Moore como guionista. Formado entre sueños de sí mismo y
pesadillas de otros, el Gran Antagonista de la trilogía The Courtyard-Neonomicon-Providence se convierte en una presencia
que ya no necesita de figura humana como la de Jack el Destripador, pero sí de
madre humana. El propósito de Moore es proporcionarle, para su presentación
dentro de la óptica de lo que llamamos “real”, una hendidura por la que
convencernos de que no tiene relevancia qué fue antes: ¿los dioses olvidados o
la producción narrativa ficcional de los mitos de Chtulhu en que se nos
presentan dichos dioses? Al igual que en los cuentos de Lovecraft, en los que
una búsqueda en una biblioteca o en un museo local, sin requerir inicialmente
la aparición de elementos fuera de lo común, puede convertirse progresivamente
en un descubrimiento de horrores cósmicos que están más allá del espacio y el
tiempo, a lo largo de esta trilogía la
diferencia entre lo verosímil y lo que no debería ser queda difuminada,
surgiéndonos la duda de si la supuesta ficción de Lovecraft no fue, acaso, sino
una mera recapitulación de testimonios y noticias de la Norteamérica oculta
bajo la superficie de lo que abrazamos como normal. Cuando según el Enuma Elish Marduk venció a Tiamat, diosa
del oceáno primordial y del caos antes del cosmos, dando lugar a la formación
del mundo de los hombres, permitió que los hombres-pez tuvieran comercio con
los hombres que le construyeron templos, sin querer ver la importancia del
hecho de que Tiamat, aunque dividida entre cielo y tierra y completamente desgarrada
en la batalla, seguía siendo la matriz de todos ellos. En esta trilogía Moore,
con su pareja Jacen Burrows, se lanza en un triple mortal y, en su habitual bizarría,
no tiene reparo en mostrar la presencia contemporánea de esos hombres-pez del
mito mesopotámico (de hecho, en lugar de hablar de Dagón, habla de Oannes) participando en bacanales entre
miembros de un moderno club de intercambio de sexo de Salem a
comienzos del siglo XXI. Este caprichoso aggiornamento
de la figura de los profundos (“Deep ones”) de La sombra sobre Innsmouth, llamados a participar en orgías entre
insulsos y aparentemente mansos ciudadanos norteamericanos (que poco recuerdan
al clan de los Marsh), no sólo tiene un papel de provocación al lector (y quién
sabe si al propio H.P. Lovecraft), sino que, como explicamos a continuación,
lleva su propia “carga de profundidad”.
El escenario previsto para la reaparición de un solitario
hombre-pez en la trama que vincula Neonomicon
con Providence, una suerte de cámara
subterránea sellada por una puerta construida a base de varias capas de maderas
nobles y metales escogidos, con un túnel que permite la entrada del agua salada
hasta una piscina, hace una referencia rápida a lo que el psiquiatra (para
algunos, falso psiquiatra) Wilhelm Reich llamó “cámara orgonal”. Algunas de
estas “cámaras orgonales”, en su versión doméstica, estuvieron en circulación
en la América de los años 40 y 50 como una suerte de aparato vendido “puerta a
puerta” que prometía la cura de todos los males orgánicos derivados de los desequilibrios de la libido, y a causa
de cuya comercialización W. Reich acabó sufriendo persecuciones legales. No
obstante, su diseño de la “cámara orgonal” no es más oscuro de lo que pueda
haberlo sido la idea de la “histeria” como causa de padecimientos psicosomáticos en los primeros años de
la Psiquiatría contemporánea, durante la formación de la bien estimada (y
pagada) profesión psicoanalítica. En algún número de Supreme encontraremos una mención directa a Wilhelm Reich,
retratado con humor como un personaje llamado “el Chico Orgonal”, que va
equipado con una suerte de “proyector orgonal” para sus aventuras. La hipótesis
de la “energía orgonal” de Reich ha sido recogida por Moore en varias de sus
obras: ésta es la energía que el
Oliver Haddo / Aleister Crowley de La Liga
de los Hombres Extraordinarios: Century utiliza para recargar su varita
mágica tras dejar fuera de combate a Orlando, como si se tratase de una pólvora
sexual; también, en otro punto de Providence,
es la energía que causa que la “estrella caída” guardada en el campanario de
una vieja iglesia comience a proyectar imágenes que revelan la espera de
Yuggoth en los confines del cosmos, mientras el protagonista y uno de sus
amantes superan un encuentro homosexual. Y pasamos ya al punto al que queremos
llegar.
Cuando el hombre-pez aborda placenteramente a la joven Merryl
Brears, en un encuentro forzado de las bestia con la bella, y la deja encinta, parece
que ya estaríamos explicando cómo es posible que finalmente en ella se desarrolle
el embrión de algo que no debería existir.
Pero esto no es así. Durante generaciones, los ciudadanos de Innsmouth (y los
de Salem) hibridaron con los visitantes nocturnos del fondo del mar, dando
lugar a sucesivas camadas de “monstruos” que terminaban transformándose y
marchando a vivir en las profundidades cuando desarrollaban rasgos propios de
la estirpe de Dagon y la Madre Hydra. Un acto concreto, en esta situación, no
tendría por qué haber desencadenado el embarazo
que se resuelve en el desenlace de Providence, cuando una selecta camarilla, en
plena parodia de la Natividad (Moore no tiene problemas en mostrar su paganismo
anticristiano), contempla en vivo el parto de un ser que no debía ser y cuyo nombre no vamos a reproducir aquí,
pero que los lectores de Lovecraft podrán adivinar sin esfuerzo. Sin embargo,
hay algo que facilita en esta concreta situación diseñada por Moore la llegada
de un embarazo gracias al cual “los extraños eones comienzan entre mis muslos”,
en palabras de la propia agente Brears. No es sólo la concentración de “energía
orgonal” dentro de la cámara nupcial en que está teniendo lugar el acto; no es
sólo la idiosincrasia y la sexualidad desinhibida de la futura madre, que se
retrata a sí misma como “poco menos que una ninfómana” (es decir: una presa de lo
que antes hubiera podido ser un “furor uterino”), sino que debemos acudir a
algún tipo de imagen poética, indeleblemente impresa en el subsuelo
preconsciente de los actos de la agente Merryl Brears, y capaz de desarrollarse
en la forma de un embrión singular en una matriz preparada para trasladarle sus
ensoñaciones (o pesadillas). Como en el caso de la madre del Dr. Gull de From Hell, podemos tomar como “imagen
poética que genera el embrión real”, invirtiendo la lógica de lo real, algo
análogo a los retratos de Napoleón como Gran Antagonista. Y ahora me
preguntarán, “¿y dónde está aquí el retrato del Gran Antagonista que haría
falta para inducir en el embarazo de la joven Merryl Brears el efecto que el
retrato de Napoleón tuvo sobre la madre de Sir William Gull?”. A la vista de lo
que alcanzan las viñetas no hay, desde luego, retrato alguno, a excepción de la
parafernalia en forma de muñecos, portadas de discos de rock gótico, material
de juegos de rol y abalorios sexuales que la agente Brears acababa de
encontrarse en la tienda/librería de los propietarios de esa cámara orgonal (lo
que no es poco, desde luego: pues sin ese “cultivo previo” a nivel colectivo y subcultural, la imagen poética del Gran
Chtulhu hubiera resultado inofensiva). Creo que lo decisivo es que, años antes
de su encuentro con un profundo, la joven madre de la creatura se había imbuido
de los mitos de Chtulhu y había llenado su imaginación y sus ensoñaciones con
ellos, hasta haberlos escogido como tema de su tesis de licenciatura, según
ella misma refiere, en un esfuerzo racional por dar cuenta de su valor. La
cámara orgonal del encuentro con el hombre-pez pudo sin duda pudo ser un
coadyuvante, pero en realidad, no tenía nada que potenciar si en su matriz no
hubiera ido ya “el apetito de dar luz” a un monstruoso Gran Antagonista cuya
llegada, parece ser, ella entiende como algo bien merecido por la historia del género humano y su deficiente
desarrollo social más allá del mutuo abuso asumido como normalidad. La visión
traumática de la llegada del profundo saliendo de las aguas de la cámara
subterránea, aproximándose a ella para un rapto erótico, también pudo
desencadenar un trauma paralizante que la predispusiera a aceptar su destino;
pero el proceso ontogenético que ocurre en sus entrañas, mucho más lento y
silencioso, tenía que proceder de una lenta corriente subterránea, del underground cultural (literalmente: “el
inframundo cultural”) lentamente erosionado y esculpido desde la década de 1930
por los mitos como un paisaje
subterráneo semi clandestino de monstruosas estalactitas y estalagmitas , obrando
como una decisión común sin acuerdo explícito entre las células que se iban
reproduciendo en su matriz de madre, hasta dar lugar a la placenta y al nuevo
ser cuyo advenimiento era a la par temido y deseado por ella, más allá del muro
del sueño.
Mas, dejando aparte todo lo que se aplica, dentro de las
obras de Alan Moore y los cómics con los que aquí nos entretenemos, a los anuncios (bien merecidos) de la génesis
involuntaria de un Gran Antagonista, como contrapartida
necesaria de una historia de lo real-racional predominantemente estructurada en
torno a los protagonistas heroicos y
sus -a veces buenas- voluntades (tema sobre el que volveremos), no puedo dejar
de añadir algo más: cuando sin necesidad de ponernos en los extremos sublimes
que Moore nos presenta a cuenta de sus personajes monstruosos, miramos
alrededor y vemos, en la sencilla belleza de cualquier familia, la semejanza de
rostro y figura que hay entre madre e hija (o padre e hijo), así como la
diferencia sutil y decidida que existe entre ambas, resulta necesario, sí,
hablar de cromosomas, mecanismos genéticos y recombinación de gametos, pero no
menos, pensar si no habrán sido ambas, madre e hija, en sus primeros compases
de vida, soñadoras de un mismo sueño que las recorre, generación tras
generación, y que formará parte de ellas secretamente para seguir narrándose,
improvisado y retomado generación tras generación, pero sin tener que ser real
o efectivo más allá de la belleza con que va formando el rostro y el gesto de cada una de ellas, mientras
siga siendo soñado; resulta necesario, también, decir que este desarrollo
imprevisto e incalculado que ocurre (y no
ocurre) en el vientre de una mujer, en la noche cálida de la matriz, cuando
la simiente del óvulo fecundado se implanta e invoca hacia sí todo un proceso
de diferenciación epigenética, en divisiones y sucesivas asociaciones
aparentemente sin dirección ni programa, pero que llevan hasta la preparación
de una placenta y el desarrollo de un determinado embrión como si se tratase de
un improvisación musical, -digo que dicho desarrollo- no sólo es un “milagro termodinámico”, como lo
expresa el Dr. Manhattan desde el punto de vista del tiempo cronológico, como
un espectador ajeno: es la participación, en el tiempo orgánico del ser
viviente, en la forma desconocida que le otorga un sueño inacabado.
Hijos de un sueño inacabado (II)
Volviendo a estirar del hilo de las cuentas dejadas por el
Sr. Moore, de nuevo se nos ponen a la vista asuntos pequeños (apenas
embrionarios) que bien merecen una obra aparte. Una nueva perla se nos queda
entre las manos tras ver y escudriñar con agrado las viñetas de Un pequeño asesinato (A small killing, dibujado por Óscar
Zárate), donde ocurre algo que, siendo mínimo para la historia del género
humano, desencadena una crisis alquímica en la vida del protagonista, quien
acaba disociado de un estadio alienante de su propia persona y convocado a un
enfrentamiento ni real ni alucinatorio
con la ensoñación de su propia vida pre-adulta, representada por un visitante
al que parece sólo puede ver él mismo, y que, como veremos a continuación,
puede ser tanto una parte de él como del hijo que nunca llegó a conocer, pero
que se ha seguido desarrollando. El desencadenante más traumático de esta
transformación, su antecedente trágico de cara al espectador, parece ser “algo
tan pequeño que apenas puede decirse que haya ocurrido”, como afirma el Dr.
Manhattan refiriéndose a su conocimiento de las cosas subatómicas que son parte
del Reloj sin relojero. Quien las haya tenido delante no podrá olvidar las
viñetas en que el protagonista de Un
pequeño asesinato encuentra el embrión de su propio hijo arrancado de las
entrañas de la mujer a la que amaba, entregado junto a una nota dentro de una
caja de cartón. En la lógica de lo real la muerte de un no-nato en estado de primer
embrión, separado de la mórula por apenas unas semanas y “todavía” sin la
apariencia del infante, no merece ser recogida como lo hubiera sido la muerte
de Aquiles: no hay, pues, actos de ese primer ser que, según esta medida de lo
que es, deban recogerse en los cánticos heroicos, ni lamentaciones que puedan
entonarse desde el coro. Y sin embargo, la medida poética de un escritor de
cómics pone en el centro de su motivación la pérdida cruel de alguien que,
propiamente, apenas había tenido tiempo de hacerse relevante para el curso de
la historia que queda en los relatos desde los tiempos de la Ilíada o el poema
de Gilgamesh, de alguien que todavía no había despertado, pero que se
encontraba en la matriz de su madre, soñando –quién sabe- de sus mismos sueños,
y bebiendo (o más bien formándose) de éstos a través de la placenta en la misma
medida en que va cobrando aspecto real por medio de los nutrientes, envuelto en el misterio sobre quién había
empezado a ser, un problema planteado e irresoluble que envuelve el final
de El Amnios Natal: un problema que
nunca podrá resolverse en los términos de la citosina, la guanina, la adenina,
o el uracilo (cito de memoria las palabras finales de El amnios natal). Pues tanto como lo que es, eso que no es, y simplemente no está formado ni existe, acaba
siendo necesario para el desarrollo de alguien que seguirá, mientras sueña,
formándose como algo abierto al cambio y el desarrollo, mitad real y mitad
irreal. “Que lo que es, es, y no puede no ser” (en palabras del padre
Parménides): “que lo que no es, no es, y no puede ser”, sigue el poema de
Parménides, alardeando de la identificación entre la permanencia y el ser.
Pero, si “lo que no es” ya aparece en el mismo poema de Parménides como algo a
tomar en consideración, ¿tan absoluta es la diferencia entre lo que es y lo que
no es para aquellos que son capaces de hacer y entender un poema? Si aceptásemos
que en los seres vivientes existe una suerte de metabolismo de los sueños, generador y no sólo reparador, y por
tanto, no sólo un metabolismo físico-químico de los ingredientes meramente sustanciales
que los seres vivos se han de procurar durante la vigilia y la actividad sobre
su entorno, ¿cuál sería la consecuencia en eso que se ha llamado “comprensión
del Ser” en la filosofía del siglo XX? Y es que, al menos desde tiempos de
Aristóteles, todo ser viviente se ha querido comprender y valorar desde la
actividad modélica, culminante y consciente (vigilante y calculada) de los atletas y héroes griegos,
suponiéndose que, en el sueño, como en la muerte, no hay diferencias ni aportes
que valga la pena tomar en consideración de cara al desarrollo filogenético y
ontogenético. Mas, si precisamente en los animales superiores se comprueba que
la actividad viviente durante el descanso da lugar a ensoñaciones, que agitan
la supuesta quietud para deshacer la diferencia entra la fantasía y la realidad
presente, ¿no será que el sueño no es una mera interrupción necesaria dentro de
los episodios de vigilia, sino una función orgánica anterior a la formación de
la vigilia misma, fundamental para ésta, y no meramente envuelta y subordinada
por ésta como “objetivo final” del organismo?. Si en la llamada Magia del Caos (que no dejo de
emparentar con el Idealismo de la Naturaleza de Friedrich Schelling, como ya
hemos sugerido), supuestamente compartida por Alan Moore con otros artistas-taumaturgos,
lo que llamamos “lo real” no deja de ser una proyección pasajera (entre otras
posibles) de una matriz interminable de formas, una trama de sombras chinescas
arrojadas sobre el plano definido al que, por convención o por obediencia,
escogemos atenernos para la preservación de nuestra “Razón cósmica” pero que no
es capaz de agotar su propio origen, entonces podemos invertir el orden de los
términos , y decir que la vigilia no es sino una interrupción aparente y
pasajera de un eterno sueño al que no le molesta el cambio, al igual que “lo
real-racional” no es sino una proyección transitoria de lo irreal, pero una
proyección a la que, por un motivo u otro, nos estamos aferrando como “canon de
lo posible”, tanto a la hora de aceptar lo que hay como a la hora de explicarlo,
proclamando la superación de la vida mítica de nuestros ancestros con un
entusiasmo sospechoso.
Hijos de un sueño inacabado (I)
Entre la lírica, la épica y la tragedia hay algún que otro
resquicio por el que la poesía, con viñetas o sin ellas, puede colarse para
tratar temas pequeños con la atención debida, o acaso, para hacer que la acción
del protagonista se transforme en la caída de la comedia. Al amparo de los
grandes temas pueden hacerse grandes personajes y hermosos cantos heroicos,
pero sin olvidar que no todo lo que vale
la pena presentar poéticamente tiene la consideración de gran tema, pues es
tan sólo un algo que no parece
todavía ni haber empezado a existir. No se trata de abordar también estos conatos de algo (o de alguien) tal como se produce la mera
magnificación poética del héroe y sus actos o emociones, sino de la constante
generosidad del novelista hacia la presencia silenciosa y precaria de lo que no
quiere –porque no necesita- ser magnífico. Creo que las grandezas del Sr. Moore
–cómo no-, no se guardan en su tratamiento de los viejos héroes, como tampoco
residen en su poco ortodoxa persona ni en sus a veces espantosas declaraciones
ante los periodistas, sino en los temas de poca monta y mínima entidad que se
le cuelan repetidamente en sus obras, como un motivo musical al que no puede
evitar volver, porque no termina de quedar del todo al descubierto entre los
géneros de lo que es y se dice.
A veces un mosaico de iteraciones desiguales sobre un tema,
repartido y repetido en fugaces atisbos a lo largo de obras sin aparente
sistema, conforma una constelación lejana y sutil con la que empezar a plantear un problema, y de
paso, con la que ofrecer una recompensa al lector constante, adulando su orgullo
intelectual, tras haberle exigido como pago un tiempo a veces desproporcionado
y una maduración de lo leído que parecen requerir tanto como una obra alquímica.
En un cierto pasaje de From
Hell encontramos una de estas perlas mínimas, aparentemente un capricho que
hace sus efectos en la presentación de un protagonista/antagonista de
aspiraciones divinas (heroicas). En el capítulo “Sumido en la oscuridad” (cito
de memoria), el jovencito William Gull, futuro cirujano de la Reina Victoria
del Reino Unido, habla con su padre, carbonero de profesión, sobre su
sorprendente parecido de rostro y porte con el ya desaparecido Napoleón
Bonaparte, quien en su día había ocupado el papel de Gran Enemigo de Inglaterra.
“Madre dice que cuando estaba embarazada de mí [1815-1816] había retratos de
Napoleón Bonaparte por todas partes, y que al mirarlos se llevó tal impresión
que eso hizo que me pareciese mucho a él”. Con esta afirmación sobre su origen fantasioso y, sin embargo, más determinante
en su identidad que el constatado conyugio entre sus padres, el joven
William Gull habla de su grandeza genética más allá de la sangre, de su
comunión íntima con “uno de los grandes” –mediada por ese efecto casi
traumático que los retratos de Bonaparte pudieron dejar en la imaginación de su
madre (al igual que pudieron trastocar los sueños de una generación de súbditos
ingleses)-, y hace así un anuncio de las grandes empresas que le han de
aguardar. Suponemos que en ningún momento la impresión que quedó en la fantasía
de su madre fue algo meramente explicable por la conexión fisiológica entre el
sistema nervioso de ésta y el desarrollo fetal, pues negamos que haya ni un
acto meramente privado (inaccesible, “personal e intransferible”) de
imaginación: la imaginación ya no es empírica, sino que supone, como diría
Kant, una estructura transcendental previa: no hay fuerte impresión emocional
ante un retrato si no hay, antes, una disposición socializadora que la recoja y
la trate hasta dejar que afecte el tuétano del acto individual de estremecerse.
Pero en ese previo, donde algunos filósofos modernos señalan la estructura apolínea
y formada del conocimiento humano, nosotros vemos la acción infernal (a veces
mágica) de las fuerzas de la Imaginación de William Blake. En definitiva:
volvemos a señalar, para explicar la presencia y la tarea del héroe, no una
mera coyunda entre mortales, sino a una inspiración en los subsuelos o infiernos de
la imaginación de Albión que resultó mucho más decisiva sobre lo que iban a ser
el rostro y las aspiraciones de William Gull que las posibles interacciones
entre nucleótidos y las divisiones celulares en las primeras fases de la fecundación
y el desarrollo embrionario. Posteriormente, en los prolegómenos de su gran
tarea de 1888, cuando ya investido con el delantal y la autoridad de Cirujano
Real el protagonista de From Hell se
presente ante Annie E. Crook, una plebeya que había contraído matrimonio en
secreto con un nieto de la Reina Victoria (Moore sigue el argumento del ensayo
de Stephen Knight Jack the Ripper: the
final solution) , inspirará en ésta un terror inexplicable a primera vista,
siendo éste el momento en que las viñetas de From Hell presentan el destino del héroe maduro, envuelto en un
brillo augural siniestramente religioso, con unos lápices que se esfuerzan en
destacar en blanco y negro, como en un aguafuerte, la intimidante presencia del
Dr. Gull, ya consciente de su importancia y carácter, que acaba de aferrarse a
la “gran misión”: “¿Quién es usted?... Me da miedo”.
Allá por 1888 estamos todavía en el siglo en se acaba de
publicar Sobre el origen de las especies;
el siglo en que los primeros médicos embriólogos centroeuropeos, habiendo
bebido de la Filosofía de la Naturaleza del Romanticismo alemán y su
irracionalismo, propondrán un estudio comparado del desarrollo epigenético de
los seres vivientes (frente a la preformación), que culminará en la teoría de la recapitulación de Ernst Haeckel
a comienzos del siglo XX (los lectores asiduos de H.P. Lovecraft habrán
tropezado con ese nombre más de una vez); el siglo en que también Gregor Mendel
enunciará los principios de la variabilidad de los caracteres hereditarios entre
generaciones de plantas, pero sin que se haya dado todavía con ningún soporte
mecánico (aparentemente mecánico) del desarrollo de estos caracteres
hereditarios.. Antes de los descubrimientos del microscopio electrónico y de la
Biología molecular sobre la célula eucariota y la estructuración de los ácidos
nucleicos y la síntesis de proteínas, así como de la aparente explicación del
desarrollo ontogenético a partir de la “información genética” del ADN, podría
haberse dicho que “los padres trasladan su ser
a los hijos que engendran, siendo siempre idéntica la naturaleza que les hace
ser lo que son, más allá de los accidentes individuales“. Filogénesis y
ontogénesis son, cómo no, ideas biológicas de una importancia radical para la
comprensión del ser del hombre a partir de entonces, pues en lugar de ser éste el
expulsado del Jardín del Edén, empieza a ser “el animal que clasifica a otros
animales”. Aquí ya está en ciernes la crisis de la idea misma del “hombre”, su
desarrollo y su destino como cumbre de la Creación: en la misma crisis está la
idea del Dios, pues según la ciencia-ficción vaya dando más señales de querer
explicar el destino del hombre entre las estrellas a partir de su autopoiesis
desde más allá del tiempo (el final inabarcable de 2001: una odisea en el espacio), más se debilitará la religiosidad
del hombre occidental.
Éste es el embrollo del que saldrá reforzada y ya difundida
como un tópico para el nuevo siglo la idea del superhombre, ya atravesada de la idea de “selección social” de Herbert
Spencer (frente a la mera “selección natural”) y bajo la presencia de la
“Cultura (del Estado Nación)” o “Espíritu estatal-nacional” como motor de la evolución social y la perfección
de la raza, en sustitución de la mera acción de los factores orgánicos
(unos pasos más y se rodará en Alemania El
triunfo de la Voluntad, el famoso “documental” de Leni Riefenstahl, que no
olvidemos, seguramente despertó envidias y simpatías en buena parte de los
caballeros ingleses, temerosos de que el bolchevismo o el anarquismo tomasen
las calles de Londres). Pero estábamos viendo que, pese a todo, siendo Gull un
médico de 1888, alguien a quien se ha formado en un mecanicismo espontáneo
(adecuadamente administrado como “metafilosofía moderna” por los miembros de la
Royal Society y su colegio invisible),
un mecanicismo moderno reforzado realmente
por un conocimiento práctico cada vez más acabado -o al menos más preciso- del
funcionamiento del cuerpo humano, éste (Gull) prefiere explicar lo terrible de su
presencia personal, heroica y siniestra al tiempo, mediante un mito que lo vincula al efecto permanente
que los retratos de Napoleón dejaron sobre la imaginación de los súbditos de
Inglaterra, incluida su madre: mediante
un mito, y no mediante una teoría biológica. Pues parece ser que el
ejercicio del poder conlleva, más allá de la actuación racionalista en público,
una atención en secreto a lo mítico y a la intermediación mágica: el supuesto paso del mito al logos en la Grecia
antigua es una maniobra engañosa en la se despoja al vulgo de cualquier
contacto consciente con lo mítico, para envolverlo en la racionalidad técnica,
mientras los poderosos siguen buscando su poder en los infiernos de la
Imaginación.
Pero veamos qué entraña este mito que el propio Gull (el personaje)
se narra sobre su origen, derivado de la
permanente impresión de lo sublime terrible que aquellos retratos de
Napoleón dejaron en la disposición anímica de su madre. En este mito se acepta
que una imagen poetizada de algo excesivo
(el Gran Antagonista del Imperio Inglés, a la sazón Napoleón Bonaparte, un
pretendido retrato, pero más que una imitación del correlato real) en la medida
en que resulta trasladada mediante una relación causal real desde la pintura visible
a la sensibilidad y la fantasía de una mujer, es determinante para el ser de
alguien no nacido: posiblemente una imagen difundida y a la vista de una
colectividad mediante retratos propagandísticos, impresos por miles en ilustraciones
folletinescas y distribuidos por toda Inglaterra en la búsqueda de un ambiente
prebélico, se derrama en la forma de una fantasía que toma el papel de ideal orgánico y que cumple la función decisiva
de la individuación somática y espiritual de un no-nacido, siendo un individuo
inglés (y no más bien un hijo de Bonaparte) el reflejo elegido por esta
fantasía colectiva inspirada por los retratos de Napoleón, o más bien, por los
retratos que apuntalaron el papel de Napoleón como Gran Antagonista del siglo
XIX. En este mito, que un racionalista y masón (deísta) como el Dr. Gull hace
suyo en la infancia, admite como un factum
el peso de la imaginación y de la decantación de la fantasía en la preparación
del mundo contemporáneo y de los sucesos que se constatan realmente, afirmando la posibilidad de que la imagen poética, sin
dejar de ser un juego de ficción, traslade su propia forma interna (no el “ser
un cuadro” o el “ser un retrato”, que es lo que guarda de real, sino la forma esencial del retratado con
independencia de su ser real, precisamente en cuanto algo que no requiere el
ser real) a algo que empieza a ser embrionariamente entre lo real, logrando
esto no mediante mecanismos de causalidad determinada, de una cosa que es a
otra cosa que es, sino operando mágicamente (subterránea, infernalmente) en la antesala de lo que “está empezando a ser pero
todavía no es”. ¿Puede una ficción determinar extramuros, sin ni siquiera
presentar armas frente a lo real (más allá de la imagen poetizada sobre el
material del lienzo o el papel), los perfiles venideros de lo que realmente es, por estar ya de alguna manera presente pero sin ser
sustancial –pues sólo se entrega como trampantojo- en el momento en que lo real
comienza a ser? Esto nos dibujaría un horizonte en que la mecánica de la
evolución hacia el superhombre ya no estaría explicada por azar y necesidad, y
tampoco mediante procesos de control consciente para la producción de la raza
desde la organización política, sino de una manera meramente ficcional. Ya no
hablamos de una tesis lamarckiana sobre la herencia de los rasgos adquiridos
por el desempeño habitual de determinados actos en una generación de seres
vivientes, sino de una herencia de rasgos
que ni siquiera se presentan ni se atisban en el cuerpo de los progenitores,
rasgos que simplemente, se encuentran insuflados como algo que va a ser en sus imaginaciones por algún tipo de ilusión
o trampantojo (como pudieran serlo los retratos de Napoleón allá por 1815, año
de su encierro en la isla de Santa Elena) y juegan, por así decirlo, a
transgredir la diferencia entre lo que es (en rigor) y lo que no es, logrando
inducir en el individuo, a falta de un cierre mecánico de lo real, la forma
evolutiva ficticia a la que tenderá en su posterior desarrollo, como si en
determinados momentos o aspectos la solidez de lo real se reblandeciese para
convertirse en arcilla fresca, “receptáculo” de sueños y pesadillas –como se explicará más tarde, “arcilla de
Innsmouth”.
viernes, 7 de febrero de 2025
Ese aciago Relojero
Hoy nos vamos a limitar a hacer una sugerencia de lectura
breve, de modo que, quien se vea conmovido por estas cuestiones, no pierda de
vista el hilo sutil del problema del tiempo entre las tramas del Sr. Moore.
Muchas son las vueltas que el asunto del tiempo ha recibido entre el capítulo
“Relojero” de Watchmen y las obras
posteriores de Alan Moore & Cía., llevando al límite la capacidad del cómic
para señalar en las viñetas de una página, por analogía, la simultaneidad de
los pasados, presentes y futuros en la perspectiva de la eternidad. La pregunta
“¿Qué es la cuarta dimensión?”,
presentando una idea del tiempo propia del Urizen del compás y la plomada
retratado por William Blake, da lugar en From
Hell a un capítulo iniciático de una misión divina, un episodio biográfico
del Dr. Gull en el parece no estar ocurriendo nada y en el que sin embargo, el
carácter del protagonista se prepara para el encumbramiento final en “La
ascensión de Gull” –un rapto metempsicótico en el que su alma se manifiesta en diferentes
formas horrorosas a lo largo de la historia de Inglaterra-; mientras tanto, en The Courtyard y en Providence (véase especialmente el capítulo inspirado en los “Sueños en la casa de la bruja”), la
misma cuestión, sin necesidad de formularse más que a través de la estructura gráfica
de las viñetas y la narrativa, da lugar a una supresión de la lógica que anula
la capacidad del protagonista / narrador para sobreponerse al horror cósmico,
dándole un nuevo giro (siniestro) a aquello que les ha venido aconteciendo bajo la ilusión de estar ellos
queriéndolo hacer. El tiempo como una suerte de espejismo (o broma), en efecto,
es una idea que va rodeando (pero efectivamente,
rodeando) cada uno de los intentos de Moore por plantarse con sus personajes entre
la eternidad del Dios y la composición y quiebra del yo protagonista como una
gran impostura.
Tanto a C.G. Jung como a Moore -sea ya gracias a las
doctrinas teosóficas paridas por el final del siglo XIX (“el año mágico de
1888”), sea ya por el revival erudito
desatado por el hallazgo en 1945 de la colección de escritos gnósticos antiguos
de Nag Hammadi- les ha parecido de alguna importancia el tema del Dios de los
gnósticos, una contrapartida para minorías del Dios de la Cristiandad que se va
perfilando en los primeros siglos de existencia de la Iglesia católica, y que
en múltiples aspectos (Demiurgo, Ialdabaoth, Samael, etc…) llega hasta el
pensamiento moderno y el ocultismo de la llamada “Filosofía Natural” heredera
de la alquimia, en los tiempos de Huygens y Newton, Swedenborg y Kant, con La Gran Restauración de F. Bacon a la
vista. Por esto y por la relevancia de las corrientes gnósticas en la tradición
mágica antigua y moderna, no creo que en estas incursiones podamos evadir por mucho más tiempo el asunto de la cuarta dimensión, aunque estemos, como siempre, volviendo a las
páginas de Watchmen, donde –al menos
en apariencia- no parece haber ningún tipo de interpretación mágica del
deambular de Jon Osterman (Dr. Manhattan) entre los acontecimientos de su vida sub specie aeternitatis. Con este
interés, que hoy se queda en poco o nada, dejo aquí las aquilatadas y reposadas
palabras de Ireneo de Lyon, santo y obispo católico, en Contra las herejías, palabras que bien parecen haber sido escritos
para la eternidad, pero no desde luego para la eternidad que se asoma en las
obras de Alan Moore:
“Además, el Demiurgo quiso imitar la ilimitación, la eternidad, la infinitud y la intemporalidad [de los primeros Eones] (…) pero no pudo imitar su esencia eterna e inmutable, ya que él mismo era sólo el fruto de una deficiencia. Entonces expresó el ser eterno (…) en períodos y series de numerosos años, pensando imitar, gracias a la multiplicación del tiempo, la infinitud [de los primeros Eones]. Entonces se le escapó la verdad y siguió la mentira. He aquí por qué su obra deberá ser destruida al final de los tiempos.”
Esta presentación cómico-negativa del tiempo como la
manifestación imitativa, paródica, versión torpe y deforme de la
eternidad, una falsificación o errancia por medio de la cual un Ordenador del
cosmos chapucero, incapaz de compartir la
auténtica divinidad, impone al mundo
de los vivos una estructura que lo hace cambiar entre el antes, el ahora y el
después - añadiéndole así una variable más que le resulta necesaria para
imponer su poder limitado sobre el en sí caótico mundo material- es una maniobra propia de las doctrinas
gnósticas; y habría que ver cómo esta misma idea negativa del tiempo, que es
una crítica radical del Dios creador del mundo material, permite darle una
justificación filosófica (pero metafísica) a la práctica de la magia, ritual y
no ritual, que haría de las diferentes variantes del gnosticismo la matriz
ideológica más atractiva para los que se llaman “magos”. Aunque eso será más
adelante.
martes, 12 de noviembre de 2024
Otra vuelta en "La oscuridad del simple ser"
Muchos pueden decir sinceramente, llevando una vida sin emociones y en apariencia trivial, que "han alcanzado sus sueños". Han comprado una casa y un coche al estilo de vida americano, pagan su hipoteca y tienen un perro tipo labrador con el que juegan sus dos o tres retoños. Y esto puede ser verdadero, en la medida en que nuestros sueños nunca fueron del todo nuestros, pues nunca son el resultado de un actividad monádica incomunicable que opere al margen del resto de soñadores ("las mónadas no tienen ventanas"; “vivimos como soñamos: solos”, etc… son afirmaciones que, desde este punto de vista, se disuelven a sí mismas, pues anidan siempre en una realidad más amplia que las hace propias de un tiempo y de un ambiente). La realidad en que vivimos también "sueña", y nosotros participamos de ese sueño. No sólo se conforma de lo que alcanza efectivamente, sino de lo que fabula y lo que teme. ¿Nadie ha reparado en la importancia que han de tener los personajes y hechos ficticios que, siendo aceptados como tales, nos acompañan en nuestro quehacer diario? Como el mar que golpea y da forma lentamente a los peñascos más sólidos, así lo que Jung llamó "inconsciente colectivo" moldea, a través de la Odisea y la Ilíada, por medio de Elvis, de Marilyn o de Luke Skywalker, nuestra capacidad de elección consciente, nuestros actos productivos diarios, nuestro diseño del personaje desconocido que nunca terminamos de interpretar. Todos estos compañeros (Odiseo, Aquiles, Elvis, el Rey de Amarillo, Batman y el Joker...) nos persiguen y acompañan mucho más allá de las horas ociosas en que hemos tenido algún conocimiento de ellos. A diferencia de lo que hacemos con la lección escolar o el conocimiento profesional, voluntariamente nos acostamos con ellos una y otra vez; otras nos dejamos asaltar por su fingido recuerdo durante las horas de la vigilia, en las que, desde el punto de vista de la normal interacción social y la lógica de lo que es verdaderamente ser, no están permitidos, puesto que no entran dentro de la planificación técnica de los logros necesarios para mantener las cosas bajo control (logros que, por supuesto, más de una vez no dejan de ser un enamoramiento colectivo soviético con fantasías tecnológicas y sociológicas que son las que deciden "lo serio de la vida”, pero que nacieron como ficción). Nadie puede negar que estos personajes quieren ser una compañía silenciosa y de un ascendente poderoso, que nos moldea con la misma lentitud con la que el agua pule los perfiles de los acantilados y se infiltra en el subsuelo para levantar las fantasiosas columnas de las grutas. Son sueños de una época. La Imitatio Christi no es nada desde el punto de vista de los logros externos y compartidos en la vigilia; es insignificante cuando asumimos que la fantasía no es sino un ejercicio incomunicable de subjetividad irracional, pero lo es todo cuando pensamos que el imitado es una ensoñación colectiva necesaria que se mantiene siempre ejerciendo una atracción constante sobre nosotros, tal como la Luna produce las mareas mientras no vemos el horizonte del mar. Al gnóstico moderno le interesa plantear que la literatura religiosa no deja de ser eso, literatura; que el poema de Gilgamesh, los libros de la Biblia, la Ilíada y la Eneida forman parte todos de una misma línea; que la fe no es sino una forma de fantasía que se ha tomado demasiado en serio; y –cómo no- que la Iglesia católica, como Moisés en su día, no ha hecho sino jugar con el prestigio de los faraones divinos para ponerlo en la ausencia permanente de un Dios transcendente; pero tras decir todo esto, tras mil aderezos y guiños a la obra de Carl G. Jung, el gnóstico modernizado sigue siendo un gnóstico, un aprovechado, un farsante –y quizás no le importe admitirlo. ¿Qué tal si ese truco que muda lo religioso y lo escatológico en lo literario se diese media vuelta, y reabriese desde lo literario el terreno de la religión? ¿Es ése el truco que el farsante Moore nos pone por delante en Providence?
Por centrar esto en lo que veníamos tratando, podemos encontrar en la trama de Watchmen a alguien cuyo personaje está a todas luces tomado de su entorno sin ninguna pretensión de ruptura, alquilado como un traje de nupcias, sin que eso implique una existencia falseada, una alienación insoportable en los deseos de otros, como tanto quiso descubrir el individualismo modernista europeo: Laurie Juzpeczyk, la segunda Especto de Seda, ha recibido de su madre el personaje fantástico que ha de reinar en su vida mediante una imitación consciente, y en ese sentido "se lo han dado hecho”, no ha tenido posibilidad de, como decía Heráclito de Éfeso, indagarse a sí misma. Vive -cree ella- para continuar la fantasía de otra / otros, hasta que en EEUU se pierde la simpatía popular hacia los justicieros enmascarados y son proscritos. Pero, a pesar de los reproches de Laurie hacia su vida, ni siquiera la fantasía de su madre es una vocación exclusiva e intransferible ni esencialmente una extensión "de su madre". Su disfraz, su personaje, son una ensoñación colectiva del mundo que vio venir a los justicieros enmascarados al calor de las historietas de superhéroes, y que puso el encanto y el arrojo de un modelo de mujer en la prueba de los lances de armas antes reservados a los varones. Se trata de un personaje tan compartido, expuesto y hecho a la medida de su entorno que incluso protagoniza, involuntariamente, cómics pornográficos de bajo coste con amantes masculinos vulgares en la América de los grandes esfuerzos de guerra. En ese sentido, más que una figura aristocrática de la épica, es un personaje integrado y manoseado en el mundo pop, y un icono vulgar en el sentido en que puede serlo una estrella del celuloide –lo que en sí mismo no tiene por qué ser una acusación. Desde el punto de vista de un snob, se puede decir que, siendo la figura de Espectro de Seda una fantasía pop, un trampantojo para vidas de bajo coste, no puede sino transmitir una actitud y un deseo masificados y poco refinados hacia las cosas y giros de la vida, tanto hacia aquellos que la tienen delante como admiradores, como hacia la propia vida de Laurie. Y no por ello es una figura trivial o poco decisiva. La amazona que se sigue disfrazando dentro del disfraz de Espectro de Seda es un manantial de una tradición enterrada, en la que no sólo Laurie y su madre quedan comunicadas en su fuero interno con el espíritu de la América contemporánea, sino con una fantasía que se remonta a los tiempos de la Conquista de América y a los de Alejandro el Grande. Por más que la fantasía de Espectro de Seda parezca una fama de corto recorrido, tan efímera como una estrella del paseo de la fama de Hollywood, nada hay de aciago ni de condenatorio en los hilos que se entrecruzan en su trama. La fantasía de la vida de Laurie no es suya, ni amargamente sólo suya; pero tampoco es sólo la traslación de la fantasía que inició su madre, porque ésta ya era mucho más ab initio; y es que, a veces, lo que no nos pueden dejar hecho y acreditado de verdad con una vida ejemplar (especialmente la de nuestros padres) sí nos lo pueden dejar resguardado y contenido en una fantasía que manejamos sin conseguir comprender del todo. "Mi madre pudo ser un fraude, mi vida ha podido ser un fraude, pero su personaje, en lo que nunca completamente real, nunca lo fue" -pudo pensar Laurie. ¿Es este giro la "luminaria de conocimiento en la oscuridad del simple ser" de Jung que da nombre a ese memorable capítulo de Watchmen, o han sido Moore y Gibbons mucho más generosos -y sabios- que el gran Jung en este punto?
El tema de
la “pérdida de inocencia” es, en este capítulo, el descubrimiento de que los
padres de Laurie no eran, en comparación con el personaje que le vendieron a
Laurie como un modelo de vida y una carrera, sino un fraude. Después de ir recapitulando
un rosario de desengaños, Laurie se da cuenta de que su madre, pese al deseo
vergonzoso de ocultarlo al juicio social, se había enamorado del hombre más despreciable
y cínico que podría haber conocido, precisamente el único que había intentado
violarla y que iba, camuflado bajo la nobleza de una lucha bajo la bandera, a
ser visto como un gran defensor de la causa americana. Esta sinrazón del
corazón de su madre, contraria –por aparentemente débil, pasional o miserable- a
toda expectativa sobre la rectitud y el buen juicio de un modelo moral, insiste
en lo caprichoso, lo irracional y lo inexplicable del fondo del deseo amoroso
de su madre, pese a todo el cuidado con que ella procuró criar a su única hija “dentro
de una bola de cristal”, haciéndole ver que ella estaba heredando un personaje más
allá de toda duda. No hay justificación posible para que la mujer más deseada
de América haya elegido como padre de su única hija a un hombre de cuya
paternidad más tarde, ante la mirada de los espectadores, se tenga que
avergonzar. Y dado que esto sucedió, todo lo demás en la vida de Laurie, desde
su primera vida intrauterina hasta su elección de besar al Dr. Manhattan, está
atravesado por un error de origen, un secreto vergonzoso que resulta incurable,
y del que no se ha dado cuenta hasta que el cosmos no le dado la posibilidad de
recapitular su vida en un escenario inverosímil, haciendo confluir diferentes momentos
del tiempo en un solo recuerdo.
Si al final de su fantasía Laurie llora porque se da cuenta de que, desde el punto de vista de los hechos y lo efectivamente alcanzado, su vida, como la de su madre, han sido una apariencia engañosa, un fraude, una broma en la que todos se ríen de nosotros como si fuésemos el niño al que han visitado los Tres Magos de Oriente –pero una broma de buen género-, digo que, si bien llora, tiene que encontrar consuelo: consuelo, porque al menos una gran fantasía, una fantasía digna sobre quiénes eran ellos y quiénes podemos ser nosotros es ya, para lo que nos queda por hacer y sin hacer, un gran regalo inagotable.
jueves, 22 de agosto de 2024
Esa broma que (te) mata. Primer intento.
Batman: [en la sala de interrogatorios] Entonces, ¿por qué quieres
matarme?
El Joker: [risas] ¡No, no quiero matarte! ¿Qué haría yo sin ti? ¿Volver a
estafar a los traficantes de la mafia? ¡No, no, NO! No. Tú... tú... me
completas.
Batman: Eres basura que mata por dinero.
El Joker: No hables como uno de ellos. ¡Tú no lo eres! Incluso si
quisieras serlo. ¡Para ellos, eres simplemente un fenómeno [freak], como yo!
Retomando el problema de la genealogía del género de
superhéroes ocurre como al dar cuenta sobre por qué el Joker (“Guasón” en la
América hispana) dejó de ser un tipo cualquiera y llegó a ser el Joker: saltan a escena diferentes y plausibles
historias de su origen, algunas como recuerdos de un pasado que nunca pasó (“¿Quieres saber cómo me hice estas
cicatrices?”), relatos que, si bien son a su vez otras ficciones, son al
menos delatores.
Desde el punto de vista sociológico y de la historia
económica de los EEUU, sería necesario hablar del Crack del 29, la Gran
Depresión y del aumento del crimen organizado y los asaltos bajo pistola en
comercios y bancos: el campo de batalla de los Minutemen de Watchmen. Aunque, bien pensado, eso
puede llevar al impulso espontáneo de los cómics de detectives duros y
ejemplares (Dick Tracy), antes que a
la aparición de los trajes y saltos de los superhéroes. El espectáculo (más que género, espectáculo) de
superhéroes tiene, a nuestro parecer, mucho en común con una carpa de circo –de
un circo de los que se igualaban con la feria ambulante, no con el teatro o la
danza-: de un circo exuberante de fenómenos (freaks)
que son ejemplo viviente de que el hombre común no es sino un haz de
capacidades y rasgos proteicos apresados por una idea limitadora, que la
voluntad superhumana (sobrehumana) está destinada a romper para llevar al vulgo
más allá de lo habitual y conocido y hacerlo crecer como lo haría un ecúleo metafísico,
con espíritu ilustrado y prometeico.
Además de las novelas radiofónicas y las revistas ilustradas de La Sombra (“The Shadow knows”); además de las tiras de cómic de Phantom; además de la literatura juvenil pulp de la década de los 30 (ya hemos hablado aquí de la novela Gladiator de Philip Wylie) y de las tiras de ciencia-ficción de Flash Gordon y Buck Rogers (aunque a éstos deba más un tal Jorge Lucas); además de la vulgarización de la idea del superhombre y el reemplazo de la Providencia de Dios por la Evolución darwiniana; además del conflicto agónico y sin fin entre la política real de los países occidentales y la moral judeocristiana que sirve como medida final de las naciones justas, puesto a los ojos de las masas en los hechos de la Gran Guerra; decía que, además de todos estos componentes, nosotros (yo y usted) contaremos una cosa más dentro de los antecedentes inmediatos y necesarios que van preparando la primavera del superhéroe: el espectáculo de un buen circo lleno de acróbatas voladores y figuras vestidas de fantasía, hombres y mujeres con virtudes y rasgos propios de fieras (“¡pasen y vean al hombre-lagarto!”, “¡contemplen el vuelo de la mujer-pájaro!”), individuos excepcionales que se entienden de igual a igual con los animales domados, si es que no se confunden con ellos, y que parecen haber recibido un regalo genético o una deformación paradójicamente virtuosa. En esos circos ambulantes se igualaban en el cartel magos, escupefuegos, hombres forzudos, mujeres gigantes y contorsionistas, amén de payasos y enanos, coronados por la exhibición de cuantas especies exóticas y terribles de bestias se hubieran podido reunir, y a ser posible, de cuantos individuos humanos que estuvieran, por nacimiento, entre la deformidad y la hibridación: siameses, hidrocéfalos e hirsutos hombres-bestia formaban parte de una colección itinerante de monstruos, expuestos como lo fue el Hombre-elefante de Londres en una “tienda de curiosidades” y luego retratado en From Hell para darle sentido divino a la gran tarea del Dr. Gull (“loor a Ganesha”) . La lectura del iniciado Dr. Gull no ve en la deformidad viviente un motivo de desagrado o de compasión, sino una manifestación aparentemente caprichosa de un poder superior, depositado en la capacidad de la Naturaleza para generar un ser excepcional y, sin embargo, darle una vida que pueda prolongarse durante años y buscar su propia vía de persistencia; y aunque el hombre común no esté capacitado para penetrar este misterio, el héroe fáustico se recrea en extraer un presunto mensaje divino entregado bajo la apariencia monstruosa. Y sí, nosotros pretendemos ser, si no un Fausto, al menos policías siguiendo su pista.
En un circo moderno de comienzos del siglo XX, como en una
historieta de superhéroes, no podrían faltar, con número propio o como reclamo
y entremés, los fenómenos de feria (freaks),
algunos de ellos virtuosos, otros chistosos como una caricatura del hombre
común, otros simplemente deformes, pero todos excepcionales; de entre éstos, unos son aplaudidos por estar dotados
de capacidades sobrehumanas, aunque disimuladamente siguen siendo, en
comparación con el hombre común, admirables
caricaturas, mientras otros son simplemente aprovechados y descartados para
el acompañamiento gracioso. “Contemplen ustedes la fuerza sobrehumana de nuestro
hombre forzudo, deteniendo el avance de una cuadriga de caballos”: para un
Sansón o un Clark Kent, los prodigiosos cuerpos de los artistas circenses de
aquellos circos hiperbólicos de comienzos del siglo XX expresaban, mediante una
aparente deformación o una hipertrofia de las fuerzas orgánicas del hombre
corriente, la misteriosa voluntad del Padre o la inevitable mutación del hombre
hacia el Hombre del Mañana; para un espectador medio, el circo era una ilusión
que conculcaba en vivo sus temores y sus prejuicios sobre lo agible y los
límites del molde humano.
De la impronta que el espectáculo de aquel circo
seguramente dejaba en los jóvenes espectadores, en un mundo en el que, pese al despegue
de la industria del cine sonoro, no había un acceso continuo (buffet libre) al elaborado
entretenimiento de la pantalla, es necesario destacar algo en relación a la
aparición de los superhéroes -y sus antagonistas. No es precipitado pensar que,
todavía en los años 30 del siglo pasado, cuando el paso de este espectáculo
errante se contaba como un acontecimiento, los primeros dibujantes y guionistas
de los cómics de superhéroes pasaron por el ritual iniciático de visitar uno de
estos circos, quedando su fantasía iluminada con el recuerdo borroso -o al
menos la ilusión- de la función de un circo o la llegada de una feria, y ya
para siempre marcada con la expectativa de abrirle la jaula a un ser humano con
rasgos y facultades sobrehumanas (quiméricas) o a una fiera tan bien domada
que, respondiendo a la voz de su domador con atino, parecería extrañamente humanizada, en el
mismo grado en que algún acróbata hubiera sido animalizado (Bat-Man y Man-Bat son antagónicos como quimeras, pero
por ello, siameses). No es caprichoso imaginarse que, durante ese espectáculo, a
los primeros guionistas y dibujantes de los superhéroes, así como a una
potencial masa de lectores de cómic, se les empezó a formar la fantasía en la
que un individuo vestido con ceñidas mallas de colores, al estilo del forzudo circense, podría saltar enormes
vacíos y aterrizar con agilidad de acróbata, o levantar con sus solos brazos el
peso muerto de un automóvil, o resistir el impacto de una bala de cañón, o columpiarse
a alturas mortales para luego dejarse caer con la suavidad de una pluma. Cualquiera
diría que en el circo ambulante, jugando a borrar el límite de lo que es posible hacer y ser en los
límites de lo humano, se preparaba la salida de los personajes más estrafalarios
que iban a formar las filas de DC y los ejércitos de Stan Lee y compañía,
dibujándose una línea evolutiva en la que los nuevos justicieros enmascarados
encajarían con facilidad. Paradójicamente, en esa línea de los superhéroes, el
cómic ha culminado su origen caricaturesco antes que épico, pues en cuanto más
ha pretendido abandonar el terreno del costumbrismo y el retrato de personajes
ingeniosos (con esa gracia propia de los motivos vulgares del teatro) y más ha
tendido a fabricar escenas sublimes y épicas a costa de personajes prometeicos,
más evidente ha hecho la inoperancia de la idea contemporánea del superhombre, y
su irresistible caída desde la épica a la comedia. Como la creatura monstruosa
del Moderno Prometeo / Frankenstein, los superhéroes y su espectáculo se
encuentran permanente expuestos a la mirada aterrorizada y curiosa del común,
resultando, a la postre, deformes e irrisorios. En la misma clave están compuestos sus
antagonistas, que le surgen como un complemento sobre el que sus actos puedan
tener un objeto, y que les evitan aparecer en el ridículo propio del fenómeno de feria o la inutilidad de una obra de arte de fea exhibida como una
curiosidad museística: gracias a la presencia igualmente deforme del antisuperhéroe,
su deformidad originaria se convierte en una virtud capaz de actuar sobre algo,
y no se queda en los límites de la fisiología de los fenómenos de feria, que
simplemente “son”, que “están ahí para que se les mire”, quedando sus
movimientos así salvados del vacío y envueltos en algún significado a los ojos
del espectador. La voluntad y el cuerpo superheroicos, privados de la voluntad
y el cuerpo del antagonista, no dejarían de ser como los gritos y movimientos
de un fenómeno de feria que reacciona a las risas de los espectadores
desde el otro lado de la jaula. Despojado de las serpientes, el grupo escultórico de
Laocoonte y sus hijos no es sino una contorsión ridícula y artificiosa que no
logra su resultado ante los ojos del espectador, sino que arranca la risa.
Pero como decíamos antes, no hay una sola historia sobre
cómo el Joker empezó a ser el Joker, ni mucho menos una sola historia sobre
cómo Batman empezó a ser Batman, o cómo Superman empezó a diferenciarse del malvado
Super-Man, es decir, cómo vinieron a ser no de acuerdo con sus fueros sino de acuerdo con los
nuestros, como espectadores que transitan entre ficciones en una historia de
hechos y seres reales. Como el circo de los tiempos del primer cómic y la radio,
también a comienzos del siglo XX el término anglosajón “Superman”, calcado por
Claudio Bernard Shaw del alemán de Nietzsche y Goethe (Fausto, a lo que se ve,
también fue pensado como un “Übermensch” filosófico, en respuesta al Don Juan
burlesco), se había puesto en circulación en los Estados Unidos gracias a la
comedia Hombre y superhombre, que se
había hecho habitual de la cartelera de los teatros de Nueva York. Pero las
implicaciones filosóficas y sutilezas intelectualistas que pudiera traer el
término desde su cuna noble no podrían quedar consagradas en el uso popular del
término, que quedó envuelto en el nebuloso significado de “una voluntad que no
respeta límites ni es temerosa de la Ley“, como en la primera historieta del
malvado Super-Man escrita por Siegel y Shuster (“The Reign of Super-Man”, ya mencionada en estas páginas). Por algún camino que
resulta imposible escudriñar, la palabra "superman" quedaría ambiguamente asociada a la de
un ser metahumano -si me permiten el préstamo- cuya capacidad, accción y
voluntad de ser (“potentia”) no puede encajar entre la del común, y no puede
sino poner el mundo patas arriba para ser lo que es. El “tú me completas” del
Joker al mejor detective del mundo es, como el chiste final de La broma macabra (The killing joke)
sobre los dos enfermos que intentar ayudarse a escapar del psiquiátrico, una
sentencia absolutoria que reúne los dos extremos de esta ambigüedad. Pues el
superhombre anglosajón –lo veremos- es un individuo que se hace
celeste e infernal en una misma medida (The
marriage of Heaven and Hell), pero que se tiene que hacer siempre en la
hipertrofia / deformidad o el desprecio del hombre común, como el espectáculo circense.
Si nos quedásemos ahí, en la hipertrofia exhibida, aplaudida
o admirada en las pistas del circo, habríamos llegado casi hasta el espectáculo superheroico. Como en el caso de la
novela pulp Gladiator de Philip Wylie
(ver nuestra serie “El hombre que pudo ser Superman”), nos tenemos que
preguntar qué es lo que nos separa en ese punto, en la cumbre del espectáculo
circense moderno, de la apoteosis de Superman, si ya no son ni la vestimenta ni
las aptitudes. Para el superhéroe, además
de las mallas de los acróbatas del circo, tiene que haber otro factor que le
otorgue su diferencia definitoria, su diferencia específica: pero a diferencia
de los que intentan encontrarla en el cuerpo de la misma ficción, mediante un
rasgo esencial común a todos los individuos del conjunto superheroico
(“superpoderes”, “trajes”, “universos intercomunicados”), como si estuviésemos
estudiando una población de seres vivientes mortales, yo insisto en buscar
dicha diferencia en la relación imitativa y epocal que nosotros, los
espectadores, establecemos con las ficciones superheroicas: lo que separa al
género de superhéroes frente a las ficciones que les sirvieron de punto de
partida, incluyendo las de otros justicieros enmascarados, no es algo que
podamos reconocer en todos y cada uno de sus protagonistas, sino en una
pregunta abierta o un problema que queda indeciso y expuesto como un problema ante
un público que se pregunta al modo de la Razón kantiana y no puede concluir
nada: “Dios fue una Idea, ¿qué es entonces el hombre?”. De ahí, del problema
límite que ya no puede contenerse dentro del género de superhéroes pero sin el
cual no se puede entender su espectáculo o participar de su significado, se
forma para cada protagonista del espectáculo superheroico una misión: una tarea
reconocida ante una multitud predispuesta que Hugo Danner (Gladiator) nunca pudo tener, pese a llevar consigo la semilla de
una generación de mutantes metahumanos, y que le puso la condena perpetua de
una vida errática y errante. Bajo la mirada del problema fundacional, como
Edipo bajo la mirada de la Esfinge, el espectáculo superheroico dibuja una
misión justiciera, pero con un alcance que ya no está limitado a la derrota de
su antagonista, como en el canon del justiciero solitario. Para afrontar esa
misión el espectáculo de superhéroes concede al protagonista una identidad
secreta o un origen excepcional, que justifican una habilidad a la medida de la
misión, pero además, ha de hacer todo lo posible por poner una señal visible a
los ojos del público que sirva de anuncio de una época nueva, como el uniforme del policía es ya anuncio de todo el
orden político. Los superhéroes tienen consigo una pedagogía en la que ellos mismos son los que deben ser con exclusión necesaria de la Gracia del Dios de la esperanza cristiana (nos detendremos en esto más adelante), y no sólo por tener superpoderes o reunir las habilidades de los mejores acróbatas e intelectuales. A diferencia de los personajes duros del pulp y el western, los superhéroes no tienen por qué pronunciarse ni albergar conflictos sobre su fe en un Dios justiciero. Si Superman y Batman ponen los dos extremos de la función
superheroica (“superhéroes con / sin superpoderes”), es porque los superpoderes
son una señal que nunca funciona por sí misma en la relación con el superhéroe.
El traje que da y quita la identidad secreta del superhéroe no es sólo ni
fundamentalmente un aviso sobre la intervención de los superpoderes en el curso
de los acontecimientos que afectan al espectador. El traje, robado de los
armarios del circo, aquí ya se ha tomado como una promesa, como una especie de
símbolo escatológico que encubre cualquier problema sobre el providencialismo o el Destino Manifiesto y lo supera por la vía de hecho. Ante ese público, el traje del superhéroe señala una cosa
que dentro del circo no puede pretender: la ejemplaridad universal de una buena
voluntad, con la fortaleza necesaria (virtud
cardinal) para enfrentar el mal sin retroceder, sin que haya posibilidad ni
necesidad de renunciar a dicha buena voluntad en ninguna situación que se
plantee durante la misión. Algo, sin duda, (esto de la buena voluntad) que no
basta: tiene que haber ejemplaridad
efectiva, un acompañamiento de habilidades circenses que se acompasan con las virtudes
cardinales del carácter superheroico
y que las llevan a culminar el espectáculo con las manos limpias. Y por ejemplaridad entendemos,
antes que aquello que reside en el protagonista, una relación participativa
entre el protagonista y el espectador que sobrevive a la exhibición y pretende
la reforma moral del que se encontraba mirando; un contagio del carisma, del
renombre, de la leyenda, que se mantiene más allá del mero espectáculo, tal como se aclara al final de la trilogía de Nolan. Ni
siquiera está en los superpoderes, sino en la (posible) voluntad santa que resiste al mal y al mal radical y lo ejemplifica en su traje (sin el apoyo de la Providencia), la diferencia específica del espectáculo
superheroico: así lo sabe Bat-Man. Bruce Wayne -creemos- no necesitó apoyo espiritual del sacerdote tras el asesinato de sus padres, sino una evolución generada por su propia elección: la voluntad de actuar, le dice Ras-al Gul. Dando el aspecto de un play-boy dedicado a la vida egoísta y a la felicidad de los lujos, su voluntad había tomado el curso inexplicable de entregarse a la causa de dejar una Gotham en la que los justos no tuvieran que temer a los injustos, o al menos -como el Batman de Nolan- a ofrecer una figura ejemplar. La voluntad de cumplir con y hacer cumplir con la idea de una ciudad de los justos realizada, incluso a costa de los propios fines egoístas de la vida, es lo que queda encarnado en el traje del superhéroe, al margen del hombre que va bajo la máscara. Y si el filósofo prusiano y moderno por
excelencia, Inmanuel Kant, se lo hubiera encontrado, bien se lo podría haber
explicado –como veremos más adelante-, pues no hay nada más redondo ni mayor
bien en existencias que una buena voluntad autónoma (al menos para un idealista: al margen de Dios), pues
en sentido práctico la voluntad (más allá del plano empírico-psicológico) se
puede determinar a obrar según una ley (esa Ley: aunque sea limitada al “my One
Rule”) a la que no fallará ni con peligro de muerte. Pero no olvidemos que la
voluntad santa de Kant es autónoma: como el Barón de Münchhausen, se saca a sí
mismo de la ciénaga tirándose de los pelos –como tanto nos recordaba el
filósofo español Gustavo Bueno. Y los superhéroes están, como nos ha hecho ver
dramáticamente el Dr. Manhattan, “más solos que la una” ante un universo en el
que Dios ya no les hace sombra y tampoco les asiste, por ser Él en la América contemporánea “el Dios
de los deístas” el Relojero que ya no está presente en la obra mecánica en
movimiento evolutivo (Thomas Paine es la referencia inmediata de la metáfora del
“Relojero” de Watchmen, pero para
deísta, el Kant de La religión en los
límites de la mera Razón).
Si a Superman le dejasen todos sus superpoderes y le
quitasen la buena voluntad y el propósito de intervenir ejemplarmente en el
teatro del mundo, nunca habría sido ni un ápice más ni un ápice menos superhombre que el
protagonista de Gladiator, Hugo
Danner, que termina sus días erráticos fulminado por (lo que parece) la ira de
un Padre altitonante (no, por tanto, un Dios que se limitó a ser mero “Relojero”), temeroso de su rebeldía
prometeica. A Superman ningún Dios le mandará un rayo que pueda detenerlo: es más, no hay necesidad ni "ausencia de" tal castigo, pues el problema está simplemente oculto bajo la capa. El planteamiento de la cuestión sería necesariamente olvidado para que Superman tomara el relevo al protagonista de Gladiator. El Deus ex machina es el único recurso que no puede presentar nunca una ficción superheroica: el Relojero ya no volverá a salir desde la máquina. A Hugo Danner, además del disfraz circense, le faltó un antagonista a la medida de sus fuerzas sobrehumanas. A partir de ahí, pero suponiendo por principio pragmático buena voluntad y ejemplaridad al
protagonista, todas las perversiones en forma de supervillanos antagónicos son
posibles, siendo sus motivos ya no los del “malvado empírico”, criminal u hombre injusto, que busca
riquezas, venganza o poder, sino los del
mal radical: el mal que reside en una mala voluntad, de la que hablaremos más
tarde, cuya maldad consiste en hacer que lo incondicionado de la ley moral
empiece a tomarse como algo que sólo se toma en serio “hasta donde me guste”:
¿no se acuerda nadie de la insistencia del Joker de Heath Ledger en que el
Batman de Nolan, y por extensión, toda la ciudadanía de Gotham, renunciase a sus
principios morales? “Esta noche romperás tu regla única[·your One Rule]” es
el desafío del Joker a lo largo de toda la montaña rusa de El Caballero Oscuro
(sí, la de Nolan). No se trata de otra cuestión: abandona tu máxima ley por una
vez, y harás uso condicionado por tu
conveniencia de lo en sí incondicionado (imperativo moral), como el resto
de los mortales con voluntad "ya no santa", que abandonan su moral a la primera de cambio, “como
un mal chiste”: demostremos esta noche que el mal radical, esa inclinación fatal de la finitud del hombre, ha podido con toda voluntad humana, que no hay (posible) voluntad santa en el mundo, que sólo el
azar rige y no hay diferencia posible entre el bueno y el malo. Llevando a la ciudad entera hasta el desquiciamiento, se verá que todos estaban, ya desde antes, dispuestos a abandonar sus disfraces de gente moralmente buena, pero sólo disimulaban en una ficción de comunión moral mutuamente consentida. Parece un galimatías de
la Crítica de la Razón Práctica de
Kant, pero he aquí que nos topamos con el mismo problema en una de las cumbres
del espectáculo de superhéroes, bien arraigada en la -o una- cuestión central de La broma asesina: ¿qué hace falta para que una voluntad buena se deje arrastrar por el mal radical y no pueda recomponerse? . Qué vamos a hacerle. Tendremos que volver sobre
esto en otro momento. Del “todo es una broma” del Comediante seguiremos
hablando.



