[La salida
transaccional de Veidt: cortar el nudo gordiano, pero de manera cruenta]
Y, marchando
más allá de esta insistencia en que sea la ciudad la que se salve por sus propios medios del interminable
derramamiento de la sangre de inocentes, sea por la vía superheroica más
rudimentaria, sea por su autonomía racional y su vocación cosmopolita más sofisticadas, y con el propósito de ver qué más se
esconde en esta reversión gnóstica del sentido cristiano del mundo y los males
que nos aquejan, preguntamos: ¿tan imparable era la fuerza de la marca de Caín,
que sigue condenando a toda ciudad y en todo tiempo, ahora transformando el
Diluvio en la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada? ¿No hay acaso un
antes y un después para la historia escatológica del mundo gracias a la Pasión
de Cristo, que derramó su sangre y entregó su carne en el sacrificio
definitivo, y que reemplazó con la rememoración eucarística sobre el pan y el
vino la materia de los viejos sacrificios cruentos? La inminencia del retorno del
exterminio de la entera ciudad terrena, todavía llevada por el arquetipo
imparable de la ciudad de Caín, bajo el moderno fuego nuclear, parece olvidar o
considerar irrelevante el efecto del sacrificio insuperable del Cordero Pascual
y del derramamiento de su sangre: ¿puede la América del deísmo, de la religión
civil de la mera Razón y la estatua de la Libertad, de la tolerancia de las
religiones como apuesta individual sin peso universal, la ciudad de los cómics
de superhéroes, ofrecerse a sí misma una alternativa al holocausto nuclear? En
las calles de la Nueva York de Watchmen
siguen paseándose los que anuncian desde la atalaya –Watchtower - la proximidad del fin de los tiempos y esperan
encontrarse entre los que llenarán el cupo limitado de los considerados justos,
de los que agradan a Dios. Pero, ¿a qué Dios han de agradar? ¿Al Dios del viejo
testamento o al Dios trinitario de la Nueva Alianza y del concilio de Nicea?
¿Al Padre de los católicos o al Padre al que asciende el Cristo de los
gnósticos? ¿No será cierto que al final, aunque ni planteándose la cuestión, muchos
perecerán bajo el fuego de un nuevo desastre mundial, porque sólo así puede
garantizarse un ajusticiamiento total de los que nos vemos arrastrados por el
pecado? Pues no: resulta que en la Nueva York de Watchmen tampoco va a
ser cumplirse esto: ni se admite la solución cristiana comúnmente aceptada, en
la que el Hijo de Dios ofrece su sangre infinitamente para evitar que se tengan
que dar otros sacrificios de cuerpo y sangre, ni se va a dar la purificación
total del mundo bajo el fuego nuclear. En lugar de alcanzarse el “expurgo” de
malvados anunciado con el fin de los tiempos, el mundo de Watchmen sólo nos enseña una salida transaccional, un “arreglo” con
el que, más o menos, se garantiza que el mundo pueda seguir girando sus engranajes
al menos una vuelta más del reloj antes de que las agujas vuelvan a las doce en
punto, como si el mecanismo requiriese periódicamente de un engrasado a base de
sangre entregada con miedo reverencial, hierro y dinamita, para no parar nunca
su marcha tragicómica y su tambaleo entre el caos total y la posibilidad de
albergar vida. Este arreglo es la fenomenal y cruel, colosal pero
silenciosa entrada en la historia de un hombre que desea ocultarse pero
triunfar allí donde todos han fracasado y seguirán fracasando: Adrian Veidt, el
hombre de oro (que no de acero) destilado mediante voluntad y
disciplina ascética, un hombre cuyo espíritu sincrético y positivista parece haberle
despejado, frente al Comediante y el resto de la comparsa de justicieros
enmascarados, el misterio de aquellas palabras de Pablo de Tarso: “no
luchamos contra carne, sino contra principados, contra potestades, contra los
gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de
maldad en las regiones celestes “ (Epístola de San Pablo a los Efesios,
cap. 6). Lamentablemente, en su sincretismo positivista, Veidt parece haber
pasado por alto la polémica entre los padres de la Iglesia y los gnósticos del
siglo II, o al menos, haberla reducido a un episodio más de la variación
entre el millar de filosofías que afirma haber estudiado: sin embargo, los
autores de Watchmen, o al menos Alan Moore, sí parecen haberle querido
recordar que esta polémica, a la que venimos refiriéndonos desde el comienzo,
sigue siendo un nudo gordiano que él no va a poder desatar, y que sólo en
apariencia se va a dejar cortar, dado que sólo se desplaza, pero no como algo real.
Al término del capítulo XI el mundo de Watchmen se ha ganado el derecho a evitar el fin final, el exterminio nuclear, el vuelo inapelable de los misiles nucleares entre las dos ligas de ciudades de hierro del momento –la URSS y Estados Unidos-, pero sólo a costa de darle al Relojero un soborno siempre insuficiente, una ofrenda cruenta “de la que es amigo” al menos desde los tiempos de Caín: el holocausto sangriento de más de tres millones de habitantes de Nueva York. El plan de Veidt de fingir un enemigo extraterrestre mediante un ataque de falsa bandera (otra vez “la teoría de la conspiración”) acaba con un sacrificio cruento en Nueva York envuelto en un disimulo cainita, con la sangre caliente escurriendo en las calles y manando desde el interior del edificio donde ha aparecido el falso enemigo fabricado por Veidt, como desde un altar que todavía no ha devenido religión. El Dios-Relojero aceptará a medias el sacrificio, pues como en el caso de Caín y Abel, la víctima que Caín escoge a escondidas para mejorar la ofrenda viva de Abel ya nunca será suficiente: siempre habrá que derramar más sangre a base de hierro, como si la declarada predilección del Dios por la ofrenda de Abel hubiera sido la que empujase, calculadamente y por una cierta y disimulada inclinación homicida, la mano de Caín, y la que le inspirase el plan de llevarse a su hermano a un paraje donde cometer el homicidio a espaldas de todos; una predilección por la sangre de hombres que delata al Demiurgo tras la máscara del Dios justo, y que da alas a la transgresión ya imparable de Caín, que quizás fue obediente sin saberlo, dando él solo con la salida sólo sugerida por la exigencia de una ofrenda viviente a la que se ha de despojar de la vida. Esto es lo que podemos concluir y acusar como gnósticos modernos: que la autoría material en el homicidio primordial sería de Caín, pero su inspiración intelectual vendría directamente de las esferas superiores del mundo caído bajo el dominio del tiempo, donde el Demiurgo y los arcontes son los poderes cuyo favor hay que atraer. Hay una escena secundaria de Watchmen donde dos policías investigan un asesinato de un hombre neurótico que ha matado a su hija en su departamento, y sobre un póster en el que se ve al Buda cubierto de sangre, se preguntan el uno el otro de dónde habrá sacado la inspiración que ha guiado su mano. En esa misma pose del Buda cubierto del sangre encontraremos a Adrian Veidt en la última página en que aparece junto al Dr. Manhattan, frente a un modelo del universo que mira con inquietud y melancolía. Veidt ha previsto una manera de hacer que esos influjos se anulen en el mismo plano de impulsos irracionales donde él va a asentar un nuevo modelo de hombre y un nuevo enemigo imaginario, y está trabajando, como hemos dicho en otro lugar, como un taumaturgo que cree que la construcción del mundo es una cuestión de intervención publicitaria y sociología suave, de pedagogía disimulada en modas de mercado y carteles publicitarios que lo llenan todo. Mientras tanto, el plan de Veidt avanza por donde las potencias infernales (o las esferas superiores de este mundo, todo depende) tienen que llevarlo: el hombre vestido de oro, como heredero del entusiasmo progresista de las últimas evoluciones del deísmo en América, cree haber cerrado el influjo de la marca de Caín en la historia civilizada, pero no ha hecho sino darle una vuelta de cuerda más a un mundo que parece estar diseñado con el propósito de garantizar un derramamiento interminable de sangre: no la sangre del Cordero de Dios, que se puso por delante de nosotros y de nuestra culpa para evitar derramar la nuestra, sino la sangre de los que vuelven a encarnar, en el imaginario, la inocencia y el papel de Abel, embaucado y asesinado por su hermano. En este caso no vemos sólo a Abel muerto: vemos a tres millones de habitantes sacrificados y abandonados por el homicida en medio de una mentira o de una broma de mal género dirigida a toda la humanidad. Veidt ha querido resolver como un problema antropológico, antes que político, lo que parece ser -según lo que vemos en Watchmen- es un problema escatológico: la búsqueda alquímica de la transformación en oro que él mismo parece haber tomado en cuenta para maquinar su idea del hombre nuevo, del que él es un adelanto y disfraz -puesto que es Ozymandias el que va vestido de Veidt, disimulado en él- ha sido sometida por él mismo a una puesta al día que parece reducirla a un instrumento de su intelecto y su sincretismo. Como en su día defendimos (ver más atrás “La magia, una cuestión de conjunto”) ha ejercido la taumaturgia, aunque sea despreciándola, tirándola al suelo después de usarla como un producto de la misma ignorancia pre-ilustrada que ha llevado a los hombres a desear enfrentarse unos a otros para imponerse sus respectivos ídolos o tótems, que en la época contemporánea tendrían la forma de ideologías, según él (capitalismo contra comunismo – “hormigas negras contra hormigas rojas”). Sin embargo, Veidt va a recibir -como ya señalamos en la serie “¿Qué pide el Señor de ti?”- un premio paradójico, lo que a su manera le está dando la razón, haciéndole ver que ha pinchado en un nervio vivo o en la herida de la historia del hombre, aunque esto no le vaya a reportar el porvenir que él había calculado. El premio de Veidt, como el de Caín, será el de ser maldito (o “iniciado”) para siempre, llegando en su horrorosa aventura hasta el Navío Negro, como él mismo confiesa a Manhattan en su última conversación. En ese momento, llega la conclusión de Watchmen: el diario de Rorschach va a aparecer para señalar al culpable de la muerte del Comediante y de la conspiración para quitar al Dr. Manhattan del tablero geopolítico, y puede que para hacer dudar del falso enemigo común con el que Veidt pretende entretener y amansar hasta su extirpación sociológica las fuerzas agresivas de todos los imperios cainitas.
De manera
inexplicable, la trama de Watchmen,
que bien podría haberse detenido en el momento en que Daniel Dreiberg y Laurie
hablan sobre tener hijos y Sally Jupiter le planta un beso al retrato del
Comediante -a modo de final feliz-, sigue hasta enseñarnos el regreso de un
personaje secundario a las calles de Nueva York: el ayudante de redacción del
periódico New Frontiersman (digamos
que, bajo este nombre va la declaración de que, desde el hecho constitutivo de la conquista del Oeste,
EEUU siempre ha sido un país de perpetua moral de frontera, en el que el hombre
no puede confiar en la estructura del Estado para defenderse, sino que tiene
que actuar como un pionero y confiar sólo en su propio trabajo y su rifle: el
Estado puede estar tomado por la marca de Caín). El joven Seymour en una viñeta
pasa por encima de un cómic de muertos vivientes que ha volado por las calles
de Nueva York, y cuando regresa a su puesto en la redacción se fija en el
diario de Rorschach, que queda al alcance de su mano entre todas las cartas de
los lectores recibidas por correo, mientras mordisquea una hamburguesa: si el
Joker de La broma asesina se
encontrase con esta situación, seguramente aprovecharía para hacer un chiste,
pues sus implicaciones no dejan de ofrecer materia cómica, aunque rocen lo siniestro.
La carambola jocosa viene aquí no sólo como algo que pueda causar la risa, sino
como un pensamiento aterrador que nos puede llevar a romper definitivamente la
comprensión inevitablemente moral del funcionamiento del mundo que nos separa
del Joker, en la medida en que nos sigue haciendo creer en una relación misteriosa
entre lo que se hace, lo que se merece y lo que se acaba recibiendo. No sólo se
trata de que justamente Seymour haya
sobrevivido al ataque entre varios millones de víctimas -como le recuerda su
jefe- sino de que, al estar ahora expuesta la mentira sobre la acción cainita
de Veidt (“¿soy yo acaso el guardián de mis hermanos?”), éste no ha instituido,
como podría haber hecho, una manera alternativa de sanar y remediar desde
dentro la historia de hierro de las
ciudades de Caín: simplemente ha conseguido comprar un poco más de tiempo para
un mundo que parece incapaz de llegar a satisfacer la presunta deuda contraída por
su mera existencia, un mundo que se ve obligado a ofrecer periódicamente las
vidas de nuevos suplentes de Abel a un Demiurgo “amigo de los sacrificios
sangrientos”, para ganarse el derecho a no sufrir de inmediato un nuevo
exterminio universal, pero que de ninguna manera llegará a saldar su deuda, y
que por tanto, estará siempre temiendo o fantaseando con el retorno de un caos
total anterior al trabajo del Demiurgo. Lo terrible del final de Watchmen
no es, entonces, que la trama nos haya dejado otra vez a “las doce menos cinco”
del Reloj del Juicio Final, y que unos meses después vaya a venir ya el fin
final por la vía nuclear: lo terrible es que no está diciendo que siempre
estaremos en un lugar cercano a las doce en punto en este mundo, y que por
tanto, seguirá habiendo derramamiento de sangre para canjear nuevas víctimas
por más tiempo. La cuestión es: si el tiempo para seguir viviendo en
este mundo sólo se lo podemos comprar al Demiurgo como si estuviéramos saldando
una hipoteca creciente, ¿tenemos que ver necesariamente esto como una condena
prometeica que nos desangra perpetuamente, u optar por la liberación que
prometían los gnósticos, abandonando nuestro apego a este mundo, dejando que
los adictos a esta falsa vida nos masacren, como los últimos perfectos de
Montsegur?
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