sábado, 15 de agosto de 2026

¿Quién hace el mundo? (VI)

  

[La salida transaccional de Veidt: cortar el nudo gordiano, pero de manera cruenta]

 

Y, marchando más allá de esta insistencia en que sea la ciudad la que se salve por sus propios medios del interminable derramamiento de la sangre de inocentes, sea por la vía superheroica más rudimentaria, sea por su autonomía racional y su vocación cosmopolita más sofisticadas, y con el propósito de ver qué más se esconde en esta reversión gnóstica del sentido cristiano del mundo y los males que nos aquejan, preguntamos: ¿tan imparable era la fuerza de la marca de Caín, que sigue condenando a toda ciudad y en todo tiempo, ahora transformando el Diluvio en la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada? ¿No hay acaso un antes y un después para la historia escatológica del mundo gracias a la Pasión de Cristo, que derramó su sangre y entregó su carne en el sacrificio definitivo, y que reemplazó con la rememoración eucarística sobre el pan y el vino la materia de los viejos sacrificios cruentos? La inminencia del retorno del exterminio de la entera ciudad terrena, todavía llevada por el arquetipo imparable de la ciudad de Caín, bajo el moderno fuego nuclear, parece olvidar o considerar irrelevante el efecto del sacrificio insuperable del Cordero Pascual y del derramamiento de su sangre: ¿puede la América del deísmo, de la religión civil de la mera Razón y la estatua de la Libertad, de la tolerancia de las religiones como apuesta individual sin peso universal, la ciudad de los cómics de superhéroes, ofrecerse a sí misma una alternativa al holocausto nuclear? En las calles de la Nueva York de Watchmen siguen paseándose los que anuncian desde la atalaya –Watchtower - la proximidad del fin de los tiempos y esperan encontrarse entre los que llenarán el cupo limitado de los considerados justos, de los que agradan a Dios. Pero, ¿a qué Dios han de agradar? ¿Al Dios del viejo testamento o al Dios trinitario de la Nueva Alianza y del concilio de Nicea? ¿Al Padre de los católicos o al Padre al que asciende el Cristo de los gnósticos? ¿No será cierto que al final, aunque ni planteándose la cuestión, muchos perecerán bajo el fuego de un nuevo desastre mundial, porque sólo así puede garantizarse un ajusticiamiento total de los que nos vemos arrastrados por el pecado? Pues no: resulta que en la Nueva York de Watchmen tampoco va a ser cumplirse esto: ni se admite la solución cristiana comúnmente aceptada, en la que el Hijo de Dios ofrece su sangre infinitamente para evitar que se tengan que dar otros sacrificios de cuerpo y sangre, ni se va a dar la purificación total del mundo bajo el fuego nuclear. En lugar de alcanzarse el “expurgo” de malvados anunciado con el fin de los tiempos, el mundo de Watchmen sólo nos enseña una salida transaccional, un “arreglo” con el que, más o menos, se garantiza que el mundo pueda seguir girando sus engranajes al menos una vuelta más del reloj antes de que las agujas vuelvan a las doce en punto, como si el mecanismo requiriese periódicamente de un engrasado a base de sangre entregada con miedo reverencial, hierro y dinamita, para no parar nunca su marcha tragicómica y su tambaleo entre el caos total y la posibilidad de albergar vida. Este arreglo es la fenomenal y cruel, colosal pero silenciosa entrada en la historia de un hombre que desea ocultarse pero triunfar allí donde todos han fracasado y seguirán fracasando: Adrian Veidt, el hombre de oro (que no de acero) destilado mediante voluntad y disciplina ascética, un hombre cuyo espíritu sincrético y positivista parece haberle despejado, frente al Comediante y el resto de la comparsa de justicieros enmascarados, el misterio de aquellas palabras de Pablo de Tarso: “no luchamos contra carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes “ (Epístola de San Pablo a los Efesios, cap. 6). Lamentablemente, en su sincretismo positivista, Veidt parece haber pasado por alto la polémica entre los padres de la Iglesia y los gnósticos del siglo II, o al menos, haberla reducido a un episodio más de la variación entre el millar de filosofías que afirma haber estudiado: sin embargo, los autores de Watchmen, o al menos Alan Moore, sí parecen haberle querido recordar que esta polémica, a la que venimos refiriéndonos desde el comienzo, sigue siendo un nudo gordiano que él no va a poder desatar, y que sólo en apariencia se va a dejar cortar, dado que sólo se desplaza, pero no como algo real.

 

El homicidio cainita de Veidt será envuelto en un relato falso repetido durante semanas a escala planetaria por los medios de comunicación modernos, y rápidamente superado gracias a su control de las modas y la publicidad y la generación de nuevas necesidades que logren una reforma lenta de las mores de sus contemporáneos. La capacidad de Veidt para descubrir los anhelos y terrores colectivos de los hombres de la edad de hierro, cuando no de reformarlos, le lleva a culminar su plan de presentar al nuevo gran antagonista de todas las naciones bajo la cartelera de un cine que ha vuelto a proyectar Ultimátum a la Tierra (1951), cuando previamente los telediarios habían estado hablando de la posibilidad de que se abriesen portales a otras dimensiones -en efecto, a lo largo del capítulo "Hermano de dragones" hay varias viñetas en que Daniel y Laurie, sentados frente al televisor, escuchan estas noticias lanzadas de rondón. Aparentemente, en un mundo carente de Dios, Veidt ya no tendrá que dar explicaciones sobre la muerte de Abel, pero sufrirá una retribución inesperada por parte de una imagen poética: el Navío Negro llega para que se una a su tripulación.

Al término del capítulo XI el mundo de Watchmen se ha ganado el derecho a evitar el fin final, el exterminio nuclear, el vuelo inapelable de los misiles nucleares entre las dos ligas de ciudades de hierro del momento –la URSS y Estados Unidos-, pero sólo a costa de darle al Relojero un soborno siempre insuficiente, una ofrenda cruenta “de la que es amigo” al menos desde los tiempos de Caín: el holocausto sangriento de más de tres millones de habitantes de Nueva York. El plan de Veidt de fingir un enemigo extraterrestre mediante un ataque de falsa bandera (otra vez “la teoría de la conspiración”) acaba con un sacrificio cruento en Nueva York envuelto en un disimulo cainita, con la sangre caliente escurriendo en las calles y manando desde el interior del edificio donde ha aparecido el falso enemigo fabricado por Veidt, como desde un altar que todavía no ha devenido religión. El Dios-Relojero aceptará a medias el sacrificio, pues como en el caso de Caín y Abel, la víctima que Caín escoge a escondidas para mejorar la ofrenda viva de Abel ya nunca será suficiente: siempre habrá que derramar más sangre a base de hierro, como si la declarada predilección del Dios por la ofrenda de Abel hubiera sido la que empujase, calculadamente y por una cierta y disimulada inclinación homicida, la mano de Caín, y la que le inspirase el plan de llevarse a su hermano a un paraje donde cometer el homicidio a espaldas de todos; una predilección por la sangre de hombres que delata al Demiurgo tras la máscara del Dios justo, y que da alas a la transgresión ya imparable de Caín, que quizás fue obediente sin saberlo, dando él solo con la salida sólo sugerida por la exigencia de una ofrenda viviente a la que se ha de despojar de la vida. Esto es lo que podemos concluir y acusar como gnósticos modernos: que la autoría material en el homicidio primordial sería de Caín, pero su inspiración intelectual vendría directamente de las esferas superiores del mundo caído bajo el dominio del tiempo, donde el Demiurgo y los arcontes son los poderes cuyo favor hay que atraer. Hay una escena secundaria de Watchmen donde dos policías investigan un asesinato de un hombre neurótico que ha matado a su hija en su departamento, y sobre un póster en el que se ve al Buda cubierto de sangre, se preguntan el uno el otro de dónde habrá sacado la inspiración que ha guiado su mano. En esa misma pose del Buda cubierto del sangre encontraremos a Adrian Veidt en la última página en que aparece junto al Dr. Manhattan, frente a un modelo del universo que mira con inquietud y melancolía. Veidt ha previsto una manera de hacer que esos influjos se anulen en el mismo plano de impulsos irracionales donde él va a asentar un nuevo modelo de hombre y un nuevo enemigo imaginario, y está trabajando, como hemos dicho en otro lugar, como un taumaturgo que cree que la construcción del mundo es una cuestión de intervención publicitaria y sociología suave, de pedagogía disimulada en modas de mercado y carteles publicitarios que lo llenan todo. Mientras tanto, el plan de Veidt avanza por donde las potencias infernales (o las esferas superiores de este mundo, todo depende) tienen que llevarlo: el hombre vestido de oro, como heredero del entusiasmo progresista de las últimas evoluciones del deísmo en América, cree haber cerrado el influjo de la marca de Caín en la historia civilizada, pero no ha hecho sino darle una vuelta de cuerda más a un mundo que parece estar diseñado con el propósito de garantizar un derramamiento interminable de sangre: no la sangre del Cordero de Dios, que se puso por delante de nosotros y de nuestra culpa para evitar derramar la nuestra, sino la sangre de los que vuelven a encarnar, en el imaginario, la inocencia y el papel de Abel, embaucado y asesinado por su hermano. En este caso no vemos sólo a Abel muerto: vemos a tres millones de habitantes sacrificados y abandonados por el homicida en medio de una mentira o de una broma de mal género dirigida a toda la humanidad. Veidt ha querido resolver como un problema antropológico, antes que político, lo que parece ser -según lo que vemos en Watchmen- es un problema escatológico: la búsqueda alquímica de la transformación en oro que él mismo parece haber tomado en cuenta para maquinar su idea del hombre nuevo, del que él es un adelanto y disfraz -puesto que es Ozymandias el que va vestido de Veidt, disimulado en él- ha sido sometida por él mismo a una puesta al día que parece reducirla a un instrumento de su intelecto y su sincretismo. Como en su día defendimos (ver más atrás “La magia, una cuestión de conjunto”) ha ejercido la taumaturgia, aunque sea despreciándola, tirándola al suelo después de usarla como un producto de la misma ignorancia pre-ilustrada que ha llevado a los hombres a desear enfrentarse unos a otros para imponerse sus respectivos ídolos o tótems, que en la época contemporánea tendrían la forma de ideologías, según él (capitalismo contra comunismo – “hormigas negras contra hormigas rojas”). Sin embargo, Veidt va a recibir -como ya señalamos en la serie “¿Qué pide el Señor de ti?”- un premio paradójico, lo que a su manera le está dando la razón, haciéndole ver que ha pinchado en un nervio vivo o en la herida de la historia del hombre, aunque esto no le vaya a reportar el porvenir que él había calculado. El premio de Veidt, como el de Caín, será el de ser maldito (o “iniciado”) para siempre, llegando en su horrorosa aventura hasta el Navío Negro, como él mismo confiesa a Manhattan en su última conversación. En ese momento, llega la conclusión de Watchmen: el diario de Rorschach va a aparecer para señalar al culpable de la muerte del Comediante y de la conspiración para quitar al Dr. Manhattan del tablero geopolítico, y puede que para hacer dudar del falso enemigo común con el que Veidt pretende entretener y amansar hasta su extirpación sociológica las fuerzas agresivas de todos los imperios cainitas.

 

Alrededor de 1820, ya escrito el famoso poema de Percy B. Shelley que se cita en Watchmen, los restos de la estatua de Ramsés II Ozymandias fueron llevados desde las ruinas de su mausoleo a la metrópoli del Imperio británico. Por aquellos años, la "napoleonmanía" que había alterado la tranquilidad de Inglaterra empezaba a ceder y la Revolución industrial inglesa transformaba el paisaje humano y urbano de Inglaterra a marchas forzadas, hasta que en 1888, el año del Destripador, la amenaza de la Revolución socialista parecía inevitable, con la "marxmanía" y el anarquismo amenazando la relativa paz de la etapa victoriana, como queda patente durante la célebre huelga de las cerilleras en los arrabales del East End. El Adrian Veidt de Watchmen cree poder evitar la amenaza del tiempo que todo lo corrompe para lograr una paz social y geopolítica duradera más allá de los imperios: se trata de elevar la materia, por medio del sutil embrujo del alma del mundo mediante un programa de publicidad y educación del deseo a escala planetaria, al estado áureo, en el que el paso del tiempo se hace insignificante y no supone una necesaria corrupción del orden social, puesto que acepta como modelo el referente espiritual más elevado, el oro alquímico, identificado con la energía solar plenamenente restablecida en su presencia sobre el mundo material corruptible (el Sol invictus), garante del orden social y de la paz frente a la llegada del tan anunciado caos. El atuendo dorado de Ozymandias es sólo expresión visible de un proceso transformativo reservado no para él, sino para toda la humanidad. Pero el tiempo que se cebó con la estatua de Ramsés no permitirá que esta traslación de la estabilidad desde el oro simbólico al mundo de Watchmen sea algo más que un espejismo de grandeza sobre el desierto: hay algo en el diseño del mundo material de Watchmen que no permite la paz perpetua, sino que lo infecta todo con la mácula de la sangre derramada y por derramar. El problema de tener que demostrar que es posible una paz perpetua se desplaza sorprendentemente en la óptica de Watchmen para pasarle la carga de la prueba a quien asume la discordia perpetua, y se convierte en la pregunta suspicaz sobre qué tipo de Relojero ha de ser aquél que no permite que nuestra existencia bajo el tiempo admita la redención tramposa preparada por Ozymandias, pero que al mismo tiempo le premia con una gloriosa pero pasajera participación del estadio del Sol invictus, siempre que de por medio quede regada la tierra con sangre.

De manera inexplicable, la trama de Watchmen, que bien podría haberse detenido en el momento en que Daniel Dreiberg y Laurie hablan sobre tener hijos y Sally Jupiter le planta un beso al retrato del Comediante -a modo de final feliz-, sigue hasta enseñarnos el regreso de un personaje secundario a las calles de Nueva York: el ayudante de redacción del periódico New Frontiersman (digamos que, bajo este nombre va la declaración de que, desde el hecho constitutivo de la conquista del Oeste, EEUU siempre ha sido un país de perpetua moral de frontera, en el que el hombre no puede confiar en la estructura del Estado para defenderse, sino que tiene que actuar como un pionero y confiar sólo en su propio trabajo y su rifle: el Estado puede estar tomado por la marca de Caín). El joven Seymour en una viñeta pasa por encima de un cómic de muertos vivientes que ha volado por las calles de Nueva York, y cuando regresa a su puesto en la redacción se fija en el diario de Rorschach, que queda al alcance de su mano entre todas las cartas de los lectores recibidas por correo, mientras mordisquea una hamburguesa: si el Joker de La broma asesina se encontrase con esta situación, seguramente aprovecharía para hacer un chiste, pues sus implicaciones no dejan de ofrecer materia cómica, aunque rocen lo siniestro. La carambola jocosa viene aquí no sólo como algo que pueda causar la risa, sino como un pensamiento aterrador que nos puede llevar a romper definitivamente la comprensión inevitablemente moral del funcionamiento del mundo que nos separa del Joker, en la medida en que nos sigue haciendo creer en una relación misteriosa entre lo que se hace, lo que se merece y lo que se acaba recibiendo. No sólo se trata de que justamente Seymour haya sobrevivido al ataque entre varios millones de víctimas -como le recuerda su jefe- sino de que, al estar ahora expuesta la mentira sobre la acción cainita de Veidt (“¿soy yo acaso el guardián de mis hermanos?”), éste no ha instituido, como podría haber hecho, una manera alternativa de sanar y remediar desde dentro la historia de hierro de las ciudades de Caín: simplemente ha conseguido comprar un poco más de tiempo para un mundo que parece incapaz de llegar a satisfacer la presunta deuda contraída por su mera existencia, un mundo que se ve obligado a ofrecer periódicamente las vidas de nuevos suplentes de Abel a un Demiurgo “amigo de los sacrificios sangrientos”, para ganarse el derecho a no sufrir de inmediato un nuevo exterminio universal, pero que de ninguna manera llegará a saldar su deuda, y que por tanto, estará siempre temiendo o fantaseando con el retorno de un caos total anterior al trabajo del Demiurgo. Lo terrible del final de Watchmen no es, entonces, que la trama nos haya dejado otra vez a “las doce menos cinco” del Reloj del Juicio Final, y que unos meses después vaya a venir ya el fin final por la vía nuclear: lo terrible es que no está diciendo que siempre estaremos en un lugar cercano a las doce en punto en este mundo, y que por tanto, seguirá habiendo derramamiento de sangre para canjear nuevas víctimas por más tiempo. La cuestión es: si el tiempo para seguir viviendo en este mundo sólo se lo podemos comprar al Demiurgo como si estuviéramos saldando una hipoteca creciente, ¿tenemos que ver necesariamente esto como una condena prometeica que nos desangra perpetuamente, u optar por la liberación que prometían los gnósticos, abandonando nuestro apego a este mundo, dejando que los adictos a esta falsa vida nos masacren, como los últimos perfectos de Montsegur?


Dentro de los apéndices de Watchmen vemos estas ilustraciones de los cómics de piratas infernales con el estilo de Joe Orlando, posiblemente anteriores a la adopción de las normas sobre violencia gráfica en los cómics durante los años 50 en los EEUU y la censura editorial motivada por el debate en el Senado sobre el ensayo La seducción del inocente. El guionista ficticio de la historia de piratas que se intercala en la trama de Watchmen, Max Shea, será reclutado en secreto por Empresas Veidt para trabajar en el diseño del monstruo que servirá como chivo expiatorio al culminar el plan de Veidt para evitar la guerra nuclear. Asesinado para asegurar el secreto de los movimientos de Veidt tras las bambalinas, su imagen poética del náufrago que, tras una odisea horrorosa, acaba siendo recogido por el Navío Negro, será la que realmente sentencie y envuelva la aparente la gloria alcanzada por Veidt, devolviéndole un reflejo monstruoso que enturbia sus momentos de meditación, como él mismo confiesa al Dr. Manhattan. Tal como ocurre con el retrato del "fantasma de una pulga" (c. 1820) pintado por William Blake al contemplar al Dr. Gull de From Hell, la retribución poética se convierte, sin que exista mal ánimo por parte del poeta, en la condena final del hombre que ha obtenido el poder divino, al apartarle de la proyección triunfal pura que éste pretendía haber conquistado, avisándonos de la secreta relación entre la participación del poder supratemporal y la monstruosidad.



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