domingo, 2 de agosto de 2026

¿Quién hace el mundo? (IV)

 

[La acusación cainita de Watchmen: el Dios-Relojero de este mundo no es el Padre Bueno, sino el Urizen de William Blake]

Pero hay una opción interpretativa más inquietante todavía sobre la que ambos excursos acerca de la falta de un Dios-Relojero pueden estar incidiendo, no tanto por lo que afirman, sino porque han puesto sobre la mesa un tema (el de la existencia del Dios que interviene providencialmente en la marcha de la historia) que, en principio, no tendría ni que estar ahí (en un cómic cualquiera), pero que ya parece condicionar todo lo que vaya a suceder entre la primera y la última viñeta -y aquí la ambivalencia de Watchmen de la que hablábamos. Y esta opción se abre en cuanto asumimos que el Dr. Manhattan, igual que se equivoca sobre la vida de Laurie y los milagros termodinámicos (capítulo “La oscuridad del simple ser”), se puede haber equivocado sobre el Relojero; se nos presenta en cuanto vemos que los restos mortales de Rorschach, pulverizado por la mano de Manhattan para que el plan de Veidt pueda seguir adelante, forman sobre la nieve de la Antártida una mancha de sangre similar a la que él había encontrado cuando recoge del suelo la chapa del Comediante, y no tenemos más remedio que preguntar: ¿casualidad, causalidad, destino trágico, o Providencia?

 


Grabado de Gustavo Doré. La caída de las murallas de Jericó se presenta como un milagro que delata el difícil sentido de la Antigua Alianza: los israelitas, tocando trompetas y paseando siete días el Arca alrededor de la ciudad, logran entrar en la ciudad amurallada sin necesidad de tretas -como el famoso caballo de los aqueos-, y dan muerte a hierro a todo lo que estuviera vivo dentro de la ciudad. La acusación de los acusares gnósticos cristianos es inmediata: el que durante siete días dio forma al mundo y lo imbuyó de vida, ¿por qué accede a este derramamiento de sangre tras siete días?

 

Y esta segunda opción de interpretación con la que jugaremos, alternativa a la mera negación de la existencia de un Dios, se torna algo un tanto más siniestro, porque es una sospecha: una sospecha sobre lo que es el mundo en el que estamos y sobre si Aquél que lo rige y lo creó no es, como decían los acusadores gnósticos sobre el Yahvé-Demiurgo, “homicida y amigo de sacrificios cruentos”: no “el Dios bueno” que adelanta la posibilidad de salvación, sino un Juez implacable que exige pago en forma de sacrificios cruentos por la deuda entrañada con Él por el mero existir. La pregunta retórica del Dr. Manhattan ante el paisaje de Marte “¿quién crea el mundo?” no tendría tanto que ver con si hay alguien o no actuando como Relojero, sino sobre qué tipo de Relojero ha dejado en marcha el mecanismo del mundo, y por tanto, si puede haber algo de bueno en este mundo, si vale la pena el esfuerzo de mantenerse en él y mantenerlo. El interrogante “¿quién vigila a los vigilantes?”, como la pregunta “¿quién hace el mundo?” admite una respuesta diferente a la que dan a la par Manhattan y Rorschach, sólo a luz de lo que las mismas viñetas plantean en su conjunto, más allá de ambos personajes: el problema ya no estaría en decidirnos sobre si hay o no un Dios, sino sobre qué suerte de Dios corresponde a este mundo que habitamos y que ha permitido o promovido que su misma creación dé lugar a monstruos (fenómenos) como esos dos justicieros, convirtiéndolos en elementos tan reales como nunca solicitados, tan terribles como diferentes de nuestra comprensión, hechos a la misteriosa medida de Su poder: tan necesarios en su secreta e inalcanzable lógica como el tigre de la terrible simetría. Pues, ¿qué tipo de Relojero sería Aquél que, como el Urizen de William Blake, se ha tomado la molestia de darle al tigre la terrible simetría de sus manchas, sus garras, sus colmillos, diseñando con el máximo detalle su capacidad para dar caza a los mansos, para sentirse saciado sólo con la presa ensangrentada entre sus fauces? ¿Fue el mismo -pregunta Blake- que pensó y moldeó al cordero? El Libro de Job (cap. 38 y siguientes) llena de alabanzas al Yahvé creador fijándose en la manera en que la Naturaleza y cada bestia se asientan sobre Su poder para poder ser lo que son: precisamente porque en la incomprensibilidad de lo que nos pasa por delante hay algo que expresa un poder ajeno al hombre, y no un abandono por parte del Creador. No obstante, desde el punto de vista de la sospecha gnóstica, las expresiones en que se presenta en Job a este Yahvé-Dios son también las que corresponden al de un poder recogido en expresiones materiales y procesos naturales:

 

¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? | Cuéntamelo, si tanto sabes. ¿Quién señaló sus dimensiones | (¡seguro que lo sabes!) | o le aplicó la cinta de medir?¿Dónde encaja su basamento | o quién asentó su piedra angular entre la aclamación unánime | de los astros de la mañana | y los vítores de los hijos de Dios? ¿Quién cerró el mar con una puerta, | cuando escapaba impetuoso de su seno, cuando le puse nubes por mantillas | y nubes tormentosas por pañales, cuando le establecí un límite | poniendo puertas y cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; | aquí se romperá la arrogancia de tus olas”?¿Has mandado en tu vida a la mañana | o señalado su puesto a la aurora, para que agarre la tierra por los bordes | y sacuda de ella a los malvados; para marcarla como arcilla bajo el sello | y teñirla lo mismo que un vestido; para negar la luz a los malvados | y quebrar el brazo sublevado? ¿Has entrado por las fuentes del Mar | o paseado por la hondura del Océano?¿Te han enseñado las puertas de la Muerte | o has visto los portales de las Sombras? ¿Has examinado la anchura de la tierra? | Cuéntamelo, si lo sabes todo. (Libro de Job, cap. 38, 4-18).

 

Para la lectura gnóstica son expresiones éstas que llevan insertas el prototipo del Urizen de William Blake, que aunque sea creador de lo material, no es el Dios Supremo, el Dios bondadoso de lo plenamente espiritual, el Padre que todo lo extrajo de su Abismo. ¿Y si este Relojero-Urizen, al igual que su contrapartida visible -el Dr. Manhattan-, fuese incapaz de siquiera concebir un verdadero origen divino de todo más allá de sus propias espaldas, y tendiese a reducir el ser a partes extra partes, sometidas a giros en el tiempo, a un juego de distancias, campos y masas, sin resquicio por donde se escape nada, dejando todo lo posible bajo la medida de su escuadra y su plomada? De apostar por esta alternativa en la interpretación, Watchmen se nos plantearía como una introducción o ejercicio sutil de los tópicos del gnosticismo esotérico paracristiano, que empieza en la sospecha de que, pese a lo que digan sus personajes, su trama nos deja entender que sí hay un Relojero, un Dios-Arquitecto o Demiurgo del cosmos que, aunque no tenga un plan salvífico para el mundo, necesita que el mundo siga en marcha, aunque a veces exija el precio del sacrificio cruento, como parece confirmarse al final del capítulo XI de Watchmen -en esto vamos a continuar lo que ya habíamos planteado en la serie anterior “Y todo fue una broma”.

 

[La sospecha gnóstica y el papel del Dr. Manhattan]

En efecto, es un tópico relativamente común en el credo gnóstico (siguiendo aquí las exposiciones, cómo no, de Ireneo de Lyon e Hipólito de Roma sobre las herejías del siglo II, en la traducción y selección de J. Montserrat Torrents) el de presentar la existencia del mundo material, el proceso del ser bajo el tiempo partes extra partes (el tipo de ciencia que se encarna en el Dr. Manhattan y que define el dominio del hipotético Relojero-Demiurgo), como un resultado errático y externo de la emanación de lo que propiamente es (lo espiritual); o acaso entender el mundo como un aborto animado, un monstruo vergonzoso salido de un orden eterno en sí bueno por el atrevimiento del último eón emanado del Padre, el eón Sofía (la Sabiduría) que, presa de un desorden pasional, acaba arrojando hacia fuera de lo eterno, hacia fuera del Pleroma, un intento caprichoso de dar ella sola a luz otro eón, que no obstante, recibe “de prestado” algo del ser y la vida eterna que se encuentra originariamente en la misma Sofía, originándose así lo que será la Matriz (sí: la Matrix) del mundo material, el interior de la caverna platónica. Ese producto fracasado de la errancia de Sofía, moldeado después por un Demiurgo o “Relojero”, un gran inventor de lo temporal (no el Dios eterno) que le inserta un orden de movimientos diseñados y una vida meramente pasajera, imitativa o inducida, sería el mundo que habitamos, quedando así nuestra realidad temporal del lado del “exilio” o el “afuera” de lo auténticamente divino y eternamente vivo, fuera de lo querido y pensado por la vida divina originaria del Pleroma al que pertenece Sofía (pues el mismo Demiurgo sería ignorante de dicha vida); por esto la vía oculta que permite retornar desde el mundo temporal al Pleroma ya no está en las manos del Demiurgo, aunque éste insista en negar que no hay nada más allá de él, que se asume como creador de todo lo que existe en el tiempo y, por tanto, entiende que todo lo que es existe dentro de su tablero de dominio temporal, en el que la psique o alma del mundo es también un componente de su diseño, aunque lleno de filtraciones del principio de ser de lo eternamente vivo (pneuma). No obstante, entre el mundo diseñado por el Demiurgo y el ser eterno del Pleroma se interpone una barrera o límite que refuerza la creencia de que los límites del mundo material bajo el dominio del tiempo son los límites se lo que es, tras los cuales no puede haber nada, o nada puede ser: éste es un límite o frontera psíquica que sin la gnosis resulta imposible atravesar. Dado que para nosotros están “rotos los puentes” entre nuestro mundo de nacimiento, muerte y corrupción bajo el Tiempo y esa vida espiritual plena de lo divino eterno, se hace imprescindible la propuesta gnóstica de la salvación para unos pocos: la visita del Cristo espiritual y el supuesto mensaje críptico (esotérico) de sus enseñanzas, oculto o malinterpretado por la Iglesia católica, habría supuesto el comienzo de una cadena de iniciación de algunos hombres (no todos, claro está) que evitan el error generalizado en que está situada la psique humana. Sumándonos a esos pocos hombres que portan la supuesta enseñanza secreta de las palabras del Cristo gnóstico, el espíritu que hay en nosotros podrá ser reabsorbido en lo eterno, gracias a la gnosis, que más que un estado psíquico es una entrega espiritual, una puesta a cero y un regreso a un ahora desconocido pero sobreabundante origen: es un descubrimiento, no apto para muchos hombres, de que bajo las capas del Yo psíquico actúan figuras y fuerzas eternas a las que ya pertenecemos en nuestro auténtico ser, bajo el bombardeo de los influjos externos del Demiurgo y las figuras arcónticas (como puede notarse, la fascinación de C. G. Jung por los manuscritos gnósticos está en línea con su orientación como psiquiatra y su doctrina del trabajo con lo arquetípico).

 

Lámina del Libro de Urizen, de William Blake (1795). El acto de la creación del cosmos temporal, en lugar de ser presentado como un acto de generosidad, se convierte en el error -cercano al horror- que nos aparta de los Eternos. 


La sospecha de que falta algo en este mundo temporal que se muestra al alcance de nuestros cuerpos vivientes y que les afecta hasta despojarlos de sus fuerzas y llevarlos a la muerte; la sospecha de que esta cadena de carambolas de causas y efectos que llamamos “la vida” no puede ir en serio -a la vista de su funcionamiento a veces decepcionante o desesperante-, o por más decir, la sospecha de que su existencia como un curso temporal de acontecimientos sin rumbo es la consecuencia de una deformación imitativa, monstruosa, de algo perdido que sólo ha recibido en reflejos, es también la experiencia de “enajenación frente al mundo” que de manera seminal y sencilla se expresa en ese sentir que a veces nos embarga frente a lo que sucede y nos sucede, llevándonos a afirmar “esto tiene que ser una broma” -como, por otro lado, le ocurre al aspirante a cómico que se transforma en el Joker de La broma asesina. Esta misma sospecha viene de la mano con la convicción de que el carácter chapucero, ajeno a nuestra esperanza y hasta cruel del funcionamiento del mundo, sólo se explica porque “tiene que haber algo más… la vida no puede ser sólo esto… ¿no?”. A partir de aquí, en una experiencia que no sabemos si tenemos que ver como un susurro de otro o como una conclusión propia derivada del descreimiento, se nos invita a sumarnos a la gnosis, que desde el siglo II ha sido la perpetua sombra de la Iglesia católica, y ha dado lugar a movimientos levantiscos como la herejía cátara y no se sabe a cuántos colegios secretos de los modernos y los re-modernos (que no postmodernos), con atrevidas afirmaciones de los tiempos de Simón Mago sobre la vida de Jesucristo ahora remozadas en folletines como la novela El códice Da Vinci, de cuyo autor prefiero no tener que acordarme. Pero, al margen de cualquier desarrollo doctrinal posterior, lo que ha de compartir cualquier gnosis paracristiana es una sospecha feroz: la sospecha de que lo temporal nos es ajeno. En suma: , se pone en ejercicio una idea negativa de la temporalidad, que invierte el valor de nuestro existir, de nuestro “ser en el tiempo” y de la Creación en general: el Dios-Yahvé que sostiene nuestro mundo “real” se convierte en un Demiurgo impostor, y toda su creación en una trampa o campo de concentración para nuestra parte espiritual, un escenario de diseño que nos intenta convencer, como el propio Dr. Manhattan, de que “no hay otra cosa más allá de partes extra partes, girando y trasladándose en el tiempo”.

 

El Joker de La broma asesina: la explicación de por qué existen monstruos como él no tiene que ver con lo que haya pasado, sino con la mera posibilidad de que el mal pueda, de una manera u otra, darle la vuelta a la vida de un hombre inocente. La realidad no sólo queda desacreditada desde el punto del vista moral por la mera existencia del mal, sino que además queda desacreditada desde el punto de vista ontológico. Ya no se trata, como hubiese dicho un seguidor de Kant, de renunciar a confundir “la cosa en sí” con el objeto posible del conocimiento: se trata de que, si hubiera una “cosa en sí”, ésta sería ya un aborto óntico, un producto monstruoso digno de exhibición en un circo que no merece en sí mismo nuestra atención, puesto que está apartado de la fuerza originaria de la vida, por haber sido simplemente una falsificación de aquello otro, eterno y en principio innombrable que se perdió, y que según los gnósticos, sólo puede recobrarse al evitar la trampa del mundo existente (en el tiempo).


El Dr. Manhattan, en apariencia una encarnación imparcial de las ciencias modernas en su retórica y en su perfecta sintonía psico-física con la estructura de la materia y los campos de fuerzas, no sería sino una personificación de la ignorancia del Demiurgo sobre lo eterno, un razonamiento plenamente centrado en la autodeterminación del universo sin espontaneidad posible, una persona en la que se hace perfecta la lógica de lo material pero que ya no puede vivir en cuerpo y alma la duda sobre si, oculto entre los engranajes del Reloj, existe un error espiritual de pretendida autosuficiencia. El Dr. Manhattan, como “marioneta que ve los hilos” (en sus propias palabras) que no ve al marionetista, acaba siendo ante todo un defensor del orden cerrado y autosuficiente de este mundo temporal de lo calculable (el orden del Dios de los deístas), y sólo secundariamente un defensor del orden político secular del imperio yankee, que frente a los soviéticos no plantea la alternativa antimaterialista, sino que la apuntala por el otro lado. Por más extraño que pueda parecer, desde la perspectiva del gnosticismo, el ultra-hombre de piel azul tiene un papel de contrafigura del Cristo, pues resulta ser no más que una marioneta enviada por las artes invisibles del Urizen-Demiurgo para aumentar nuestro olvido de Dios, en la medida en que insiste en demostrar la autosuficiencia organizativa del sistema de la Naturaleza, especialmente en su excurso sobre la geología del paisaje de Marte. La licencia de ciencia-ficción que supone la mera presentación del origen del Dr. Manhattan dejaría traslucir que quienquiera haya permitido que el cuerpo de Jon Ostermann se recompusiera de manera milagrosa tras el accidente en Los Álamos, se ha ocupado igualmente de anular en el punto de vista del Dr. Manhattan cualquier sentido sobre su propio papel como signo de los tiempos: en él, como perfecta serie de percepción y razonamiento, no cabe la pregunta de William Blake sobre qué ojo o mano inmortal trazó su terrible simetría. Su (aparente) control sobre la materia en las apariciones como deus ex machina en la vida de los hombres contemporáneos sirve como confirmación inapelable de que “no hay nada más allá de los átomos y los campos de fuerzas; nada más allá tras el tiempo que señala el giro incansable de las partículas”. En este sentido, el Dr. Manhattan actuaría, sin saberlo, como mejor representante efectivo y, al mismo tiempo, mejor negador verbal y ocultador, del poder sobre el mundo material del mismo Dios de los deístas que había trazado la terrible simetría de las manchas del tigre: el Urizen de William Blake, que si bien no es el Yahvé-Demiurgo de los gnósticos, valdría para Moore como una modernización del mismo en un formato poético -y no tanto religioso- que guarda continuidad con el del cómic, en un contexto donde la Imaginación romántica ha derivado en la divinización contemporánea de lo artístico, más allá del cientifismo y de la religión monoteísta (afirmo esto dado que William Blake presentó a ese Urizen en su obra no sólo en poemas, sino en una conjugación entre dibujo y narración que debe de haber sido modélica para Moore, quien en From Hell se reserva unas viñetas para plantear una hipotética escena en la que Blake recibe la visita del espíritu del Dr. Gull como el monstruo sanguinario de su cuadro “Fantasma de una pulga”).



La aparición del cuerpo del Dr. Manhattan no es un milagro salvífico concedido por el Dios del deísmo de los nuevos Estados Unidos: es un enmascaramiento del poder del Urizen-Relojero del que éste ha apostasiado. En la lectura gnóstica, como veremos, la presencia de Manhattan en el mundo de Watchmen es una nueva trampa espiritual: él mismo es una parodia del Cristo gnóstico enviado a través del control del Demiurgo por el Padre eterno, que como él, no tiene un cuerpo real. El mundo de Watchmen no tiene un trasfondo católico ni claramente ateo: es un mundo deísta que ha hecho de las ciencias positivas una vestidura de neutralidad incuestionable.

 

Supongamos que Watchmen, entonces, ejercita estructuralmente y en tercer plano una sospecha acusadora o un malestar en el mundo post-cristiano en una postura propia del gnosticismo, una sospecha que impele además a separarse del deísmo práctico de la época de los Estados Unidos -cuya tolerancia religiosa no deja de ser un credo civil en la perfectibilidad del mundo-y que rompe con su entusiasmo por lo superheroico, incluyendo ahí el encumbramiento del Dr. Manhattan como “confirmación del deísmo del cosmos” (o acaso como mejor ocultamiento del Demiurgo que no quiere ser delatado); supongamos que el Dr. Manhattan, si niega la existencia del Relojero, es precisamente porque el mismo Relojero-Demiurgo lo ha dejado salir de las tripas de su obra material como una suerte de “mensaje a toda la humanidad”, tan ciego a la intervención del Demiurgo en su aparición como el mismo artífice del cosmos es ignorante de la auténtica divinidad; supongamos, además, que el singular fenómeno de “auto-organización de la materia” en que consiste la aparición del Dr. Manhattan tras la desintegración del cuerpo de Jon Osterman en el laboratorio no es otra cosa que la puesta en escena de un Deus ex machina que nos distrae definitivamente del “más allá del mundo material-temporal” y que abunda en la negación demiúrgica de lo auténticamente divino, del regalo de la sustancia espiritual emanada por el auténtico Dios, y hace, por tanto, más profunda nuestra desesperación y más ciego nuestro callado olvido de Dios. La aceptación de esto pone en marcha toda una teología de la historia o una “filosofía escatológica de la historia” que nos deja del lado de los que, puestos a sospechar de la acción decisiva e invisible del Demiurgo entre bambalinas (la “conspiración arcóntica”), tienen que encontrar por principio un segundo sentido o acaso una perversión oculta de cualquier acontecimiento que aporte algo al sentido salvífico (o condenatorio) de la historia universal. ¿Aceptaríamos, consecuentemente, la contraposición entre un Demiurgo enmascarado como Dios justo y un Dios bueno, contraposición común en la doctrina gnóstica cristiana, que permite ver la acción de una “economía de la salvación” que, incluso en el reino del Demiurgo, sigue operando tras ciertos acontecimientos del mundo temporal, pese a los intereses y previsiones de este segundo, o incluso en contra de ellos? El primero de estos dos que llamamos “Dios” se nos aparece como un Dios desconocido del Antiguo Testamento que no va ni ve más allá de la Ley, del terrible e inexorable cumplimiento de la igualdad entre falta y castigo, que ya nos ha dado la existencia y la Ley y al que ya debemos obediencia; el segundo, al que suplanta el primero fraudulentamente, el auténtico Padre, es el que envía a Cristo a hablarnos (ojo: no “a morir y resucitar”) para darnos por adelantado una posibilidad de salvación y auténtica vida pese a nuestra falta de mérito: el Cristo gnóstico (el lógos) desciende sobre Jesús de Nazaret en el momento en que Juan el Bautista le transmite la supuesta iniciación, pero está exento del sufrimiento, el dolor y la muerte de la Pasión, por la que los católicos tuvieron que defender la unión de naturalezas humana y divina en la persona del Hijo, así como, posteriormente, la Inmaculada Concepción de María. Al Cristo del Pleroma le pasa algo que nos recuerda a eso que los lectores de Watchmen notan en el Dr. Manhattan: éste no tiene un cuerpo viviente de verdad, sino que es una suerte de esquema abstracto que flota sobre el cuerpo azul, que se recompone, descompone y traslada como un ángel sin materia pesada, que se reproduce sin necesidad de hacer esfuerzos. No sabemos si el Dr. Manhattan sufre dolor: sólo los católicos -no los gnósticos- asumen que el dolor corporal real se incluyó también en la persona del Hijo, mediante su naturaleza humana, en el amor divino ofrecido por Dios a los hombres: “¿podréis beber de la copa de la que yo voy a beber?”. El Dr. Manhattan, no nos engañemos, ni dentro de un cómic escéptico con los superhéroes pasa por ser más que una licencia de ciencia-ficción incompatible con lo que la Fisiología y la Antropología física nos permiten conocer sobre el hombre realmente existente: su presencia es una concesión que debemos hacerle al guionista como si, por el mismo principio por el que va a negarnos la posibilidad de los supermanes, nos tuviera que pedir que aceptemos la existencia de una contrapartida materialista del Cristo de los gnósticos antiguos. El Demiurgo que ha puesto en marcha al Dr. Manhattan como un proceso temporal ha parecido querer, hasta en esto, parodiar la economía de la salvación que le jugó la peor de las pasadas, cuando en un momento dado el Pleroma le coló dentro de su tablero, sin saber cómo, a ese “mensajero” que lo dejó en evidencia y abrió la posibilidad de la salvación y la vida eterna. ¿No es éste un asunto que merece batirse en duelo, como nunca pueden hacer los protagonistas de la novela La esfera y la cruz de G. K. Chesterton? En el gnosticismo cristiano, como vemos, hay un giro ontológico en el momento en que el Cristo del Pleroma se une a Jesús de Nazaret, rompiendo así la ilusión de la autoridad moral y la supremacía óntica del mundo existente en el tiempo, la creación del Yahvé veterotestamentario. Pero hay que sopesar si en realidad, dado que la gnosis no pretende salvarnos en este mundo y con el mundo, sino más bien salvarnos del mundo, la iniciación gnóstica no sería en lugar de una unción una limpieza, una compensación o antídoto que viene a anular el efecto de otra iniciación involuntaria e inconsciente por la que todas las almas atrapadas en esta existencia caída (o vida decaída) han pasado desde su nacimiento, por el mero hecho de comenzar a existir: una iniciación demiúrgica, que en lugar de limpiar, nos pone la mancha encima, haciéndonos adictos al mundo. Nos fijamos ahora no tanto en el relato del pecado original, sino en la imposición de la marca de Caín.

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