[La acusación
cainita de Watchmen: el Dios-Relojero de este mundo no es el Padre Bueno, sino
el Urizen de William Blake]
Pero hay una opción interpretativa más inquietante todavía sobre la que ambos excursos acerca de la falta de un Dios-Relojero pueden estar incidiendo, no tanto por lo que afirman, sino porque han puesto sobre la mesa un tema (el de la existencia del Dios que interviene providencialmente en la marcha de la historia) que, en principio, no tendría ni que estar ahí (en un cómic cualquiera), pero que ya parece condicionar todo lo que vaya a suceder entre la primera y la última viñeta -y aquí la ambivalencia de Watchmen de la que hablábamos. Y esta opción se abre en cuanto asumimos que el Dr. Manhattan, igual que se equivoca sobre la vida de Laurie y los milagros termodinámicos (capítulo “La oscuridad del simple ser”), se puede haber equivocado sobre el Relojero; se nos presenta en cuanto vemos que los restos mortales de Rorschach, pulverizado por la mano de Manhattan para que el plan de Veidt pueda seguir adelante, forman sobre la nieve de la Antártida una mancha de sangre similar a la que él había encontrado cuando recoge del suelo la chapa del Comediante, y no tenemos más remedio que preguntar: ¿casualidad, causalidad, destino trágico, o Providencia?
Y esta
segunda opción de interpretación con la que jugaremos, alternativa a la mera negación
de la existencia de un Dios, se torna algo un tanto más siniestro, porque es
una sospecha: una sospecha sobre lo que es el mundo en el que estamos y sobre
si Aquél que lo rige y lo creó no es, como decían los acusadores gnósticos
sobre el Yahvé-Demiurgo, “homicida y amigo de sacrificios cruentos”: no “el
Dios bueno” que adelanta la posibilidad de salvación, sino un Juez implacable
que exige pago en forma de sacrificios cruentos por la deuda entrañada con Él por
el mero existir. La pregunta retórica del Dr. Manhattan ante el paisaje de
Marte “¿quién crea el mundo?” no tendría tanto que ver con si hay alguien o no
actuando como Relojero, sino sobre qué tipo de Relojero ha dejado en marcha el
mecanismo del mundo, y por tanto, si puede haber algo de bueno en este mundo,
si vale la pena el esfuerzo de mantenerse en él y mantenerlo. El interrogante “¿quién
vigila a los vigilantes?”, como la pregunta “¿quién hace el mundo?” admite una
respuesta diferente a la que dan a la par Manhattan y Rorschach, sólo a luz de
lo que las mismas viñetas plantean en su conjunto, más allá de ambos
personajes: el problema ya no estaría en decidirnos sobre si hay o no un Dios,
sino sobre qué suerte de Dios corresponde a este mundo que habitamos y que ha
permitido o promovido que su misma creación dé lugar a monstruos (fenómenos)
como esos dos justicieros, convirtiéndolos en elementos tan reales como nunca solicitados, tan terribles como diferentes de
nuestra comprensión, hechos a la misteriosa medida de Su poder: tan necesarios
en su secreta e inalcanzable lógica como el tigre de la terrible simetría. Pues,
¿qué tipo de Relojero sería Aquél que, como el Urizen de William Blake, se ha
tomado la molestia de darle al tigre la terrible simetría de sus manchas, sus
garras, sus colmillos, diseñando con el máximo detalle su capacidad para dar
caza a los mansos, para sentirse saciado sólo con la presa ensangrentada entre
sus fauces? ¿Fue el mismo -pregunta Blake- que pensó y moldeó al cordero? El Libro de Job (cap. 38 y siguientes) llena
de alabanzas al Yahvé creador fijándose en la manera en que la Naturaleza y
cada bestia se asientan sobre Su poder para poder ser lo que son: precisamente
porque en la incomprensibilidad de lo que nos pasa por delante hay algo que
expresa un poder ajeno al hombre, y no un abandono por parte del Creador. No
obstante, desde el punto de vista de la sospecha gnóstica, las expresiones en
que se presenta en Job a este Yahvé-Dios son también las que
corresponden al de un poder recogido en expresiones materiales y procesos
naturales:
¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? | Cuéntamelo,
si tanto sabes. ¿Quién señaló sus dimensiones | (¡seguro que lo sabes!) | o le
aplicó la cinta de medir?¿Dónde encaja su basamento | o quién asentó su piedra
angular entre la aclamación unánime | de los astros de la mañana | y los
vítores de los hijos de Dios? ¿Quién cerró el mar con una puerta, | cuando
escapaba impetuoso de su seno, cuando le puse nubes por mantillas | y nubes
tormentosas por pañales, cuando le establecí un límite | poniendo puertas y
cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; | aquí se romperá la
arrogancia de tus olas”?¿Has mandado en tu vida a la mañana | o señalado su puesto
a la aurora, para que agarre la tierra por los bordes | y sacuda de ella a los
malvados; para marcarla como arcilla bajo el sello | y teñirla lo mismo que un
vestido; para negar la luz a los malvados | y quebrar el brazo sublevado? ¿Has
entrado por las fuentes del Mar | o paseado por la hondura del Océano?¿Te han
enseñado las puertas de la Muerte | o has visto los portales de las Sombras?
¿Has examinado la anchura de la tierra? | Cuéntamelo, si lo sabes todo. (Libro de
Job, cap. 38, 4-18).
Para la
lectura gnóstica son expresiones éstas que llevan insertas el prototipo del
Urizen de William Blake, que aunque sea creador de lo material, no es el Dios
Supremo, el Dios bondadoso de lo plenamente espiritual, el Padre que todo lo
extrajo de su Abismo. ¿Y si este Relojero-Urizen, al igual que su contrapartida
visible -el Dr. Manhattan-, fuese incapaz de siquiera concebir un verdadero origen divino de todo más allá de sus propias espaldas, y tendiese a reducir el ser a partes extra partes, sometidas a giros
en el tiempo, a un juego de distancias, campos y masas, sin resquicio por donde
se escape nada, dejando todo lo posible bajo la medida de su escuadra y su plomada?
De apostar por esta alternativa en la interpretación, Watchmen se nos plantearía como una introducción o ejercicio sutil
de los tópicos del gnosticismo esotérico paracristiano, que empieza en la sospecha de que, pese a lo que digan sus personajes, su trama nos deja entender que sí
hay un Relojero, un Dios-Arquitecto o Demiurgo del cosmos que, aunque no tenga
un plan salvífico para el mundo, necesita que el mundo siga en marcha, aunque a
veces exija el precio del sacrificio cruento, como parece confirmarse al final
del capítulo XI de Watchmen -en esto
vamos a continuar lo que ya habíamos planteado en la serie anterior “Y todo fue
una broma”.
[La sospecha gnóstica y el papel del Dr. Manhattan]
En efecto, es un tópico relativamente común en el credo gnóstico (siguiendo aquí las exposiciones, cómo no, de Ireneo de Lyon e Hipólito de Roma sobre las herejías del siglo II, en la traducción y selección de J. Montserrat Torrents) el de presentar la existencia del mundo material, el proceso del ser bajo el tiempo partes extra partes (el tipo de ciencia que se encarna en el Dr. Manhattan y que define el dominio del hipotético Relojero-Demiurgo), como un resultado errático y externo de la emanación de lo que propiamente es (lo espiritual); o acaso entender el mundo como un aborto animado, un monstruo vergonzoso salido de un orden eterno en sí bueno por el atrevimiento del último eón emanado del Padre, el eón Sofía (la Sabiduría) que, presa de un desorden pasional, acaba arrojando hacia fuera de lo eterno, hacia fuera del Pleroma, un intento caprichoso de dar ella sola a luz otro eón, que no obstante, recibe “de prestado” algo del ser y la vida eterna que se encuentra originariamente en la misma Sofía, originándose así lo que será la Matriz (sí: la Matrix) del mundo material, el interior de la caverna platónica. Ese producto fracasado de la errancia de Sofía, moldeado después por un Demiurgo o “Relojero”, un gran inventor de lo temporal (no el Dios eterno) que le inserta un orden de movimientos diseñados y una vida meramente pasajera, imitativa o inducida, sería el mundo que habitamos, quedando así nuestra realidad temporal del lado del “exilio” o el “afuera” de lo auténticamente divino y eternamente vivo, fuera de lo querido y pensado por la vida divina originaria del Pleroma al que pertenece Sofía (pues el mismo Demiurgo sería ignorante de dicha vida); por esto la vía oculta que permite retornar desde el mundo temporal al Pleroma ya no está en las manos del Demiurgo, aunque éste insista en negar que no hay nada más allá de él, que se asume como creador de todo lo que existe en el tiempo y, por tanto, entiende que todo lo que es existe dentro de su tablero de dominio temporal, en el que la psique o alma del mundo es también un componente de su diseño, aunque lleno de filtraciones del principio de ser de lo eternamente vivo (pneuma). No obstante, entre el mundo diseñado por el Demiurgo y el ser eterno del Pleroma se interpone una barrera o límite que refuerza la creencia de que los límites del mundo material bajo el dominio del tiempo son los límites se lo que es, tras los cuales no puede haber nada, o nada puede ser: éste es un límite o frontera psíquica que sin la gnosis resulta imposible atravesar. Dado que para nosotros están “rotos los puentes” entre nuestro mundo de nacimiento, muerte y corrupción bajo el Tiempo y esa vida espiritual plena de lo divino eterno, se hace imprescindible la propuesta gnóstica de la salvación para unos pocos: la visita del Cristo espiritual y el supuesto mensaje críptico (esotérico) de sus enseñanzas, oculto o malinterpretado por la Iglesia católica, habría supuesto el comienzo de una cadena de iniciación de algunos hombres (no todos, claro está) que evitan el error generalizado en que está situada la psique humana. Sumándonos a esos pocos hombres que portan la supuesta enseñanza secreta de las palabras del Cristo gnóstico, el espíritu que hay en nosotros podrá ser reabsorbido en lo eterno, gracias a la gnosis, que más que un estado psíquico es una entrega espiritual, una puesta a cero y un regreso a un ahora desconocido pero sobreabundante origen: es un descubrimiento, no apto para muchos hombres, de que bajo las capas del Yo psíquico actúan figuras y fuerzas eternas a las que ya pertenecemos en nuestro auténtico ser, bajo el bombardeo de los influjos externos del Demiurgo y las figuras arcónticas (como puede notarse, la fascinación de C. G. Jung por los manuscritos gnósticos está en línea con su orientación como psiquiatra y su doctrina del trabajo con lo arquetípico).
La sospecha de que falta algo en este mundo temporal que se muestra al alcance de nuestros cuerpos vivientes y que les afecta hasta despojarlos de sus fuerzas y llevarlos a la muerte; la sospecha de que esta cadena de carambolas de causas y efectos que llamamos “la vida” no puede ir en serio -a la vista de su funcionamiento a veces decepcionante o desesperante-, o por más decir, la sospecha de que su existencia como un curso temporal de acontecimientos sin rumbo es la consecuencia de una deformación imitativa, monstruosa, de algo perdido que sólo ha recibido en reflejos, es también la experiencia de “enajenación frente al mundo” que de manera seminal y sencilla se expresa en ese sentir que a veces nos embarga frente a lo que sucede y nos sucede, llevándonos a afirmar “esto tiene que ser una broma” -como, por otro lado, le ocurre al aspirante a cómico que se transforma en el Joker de La broma asesina. Esta misma sospecha viene de la mano con la convicción de que el carácter chapucero, ajeno a nuestra esperanza y hasta cruel del funcionamiento del mundo, sólo se explica porque “tiene que haber algo más… la vida no puede ser sólo esto… ¿no?”. A partir de aquí, en una experiencia que no sabemos si tenemos que ver como un susurro de otro o como una conclusión propia derivada del descreimiento, se nos invita a sumarnos a la gnosis, que desde el siglo II ha sido la perpetua sombra de la Iglesia católica, y ha dado lugar a movimientos levantiscos como la herejía cátara y no se sabe a cuántos colegios secretos de los modernos y los re-modernos (que no postmodernos), con atrevidas afirmaciones de los tiempos de Simón Mago sobre la vida de Jesucristo ahora remozadas en folletines como la novela El códice Da Vinci, de cuyo autor prefiero no tener que acordarme. Pero, al margen de cualquier desarrollo doctrinal posterior, lo que ha de compartir cualquier gnosis paracristiana es una sospecha feroz: la sospecha de que lo temporal nos es ajeno. En suma: , se pone en ejercicio una idea negativa de la temporalidad, que invierte el valor de nuestro existir, de nuestro “ser en el tiempo” y de la Creación en general: el Dios-Yahvé que sostiene nuestro mundo “real” se convierte en un Demiurgo impostor, y toda su creación en una trampa o campo de concentración para nuestra parte espiritual, un escenario de diseño que nos intenta convencer, como el propio Dr. Manhattan, de que “no hay otra cosa más allá de partes extra partes, girando y trasladándose en el tiempo”.
El Dr.
Manhattan, en apariencia una encarnación imparcial
de las ciencias modernas en su retórica y en su perfecta sintonía psico-física con
la estructura de la materia y los campos de fuerzas, no sería sino una personificación
de la ignorancia del Demiurgo sobre lo eterno, un razonamiento plenamente
centrado en la autodeterminación del universo sin espontaneidad posible, una persona en la que se hace perfecta la
lógica de lo material pero que ya no puede vivir en cuerpo y alma la duda sobre
si, oculto entre los engranajes del Reloj, existe un error espiritual de
pretendida autosuficiencia. El Dr. Manhattan, como “marioneta que ve los hilos”
(en sus propias palabras) que no ve al marionetista, acaba siendo ante todo un
defensor del orden cerrado y autosuficiente de este mundo temporal de lo calculable (el orden del Dios de los deístas), y
sólo secundariamente un defensor del orden político
secular del imperio yankee, que frente a los soviéticos no plantea la
alternativa antimaterialista, sino que la apuntala por el otro lado. Por más
extraño que pueda parecer, desde la perspectiva del gnosticismo, el
ultra-hombre de piel azul tiene un papel de contrafigura del Cristo, pues
resulta ser no más que una marioneta enviada por las artes invisibles del
Urizen-Demiurgo para aumentar nuestro olvido de Dios, en la medida en que
insiste en demostrar la autosuficiencia organizativa del sistema de la
Naturaleza, especialmente en su excurso sobre la geología del paisaje de Marte.
La licencia de ciencia-ficción que supone la mera presentación del origen del
Dr. Manhattan dejaría traslucir que quienquiera haya permitido que el
cuerpo de Jon Ostermann se recompusiera de manera milagrosa tras el accidente
en Los Álamos, se ha ocupado igualmente de anular en el punto de vista del Dr.
Manhattan cualquier sentido sobre su propio papel como signo de los tiempos: en
él, como perfecta serie de percepción y razonamiento, no cabe la pregunta de
William Blake sobre qué ojo o mano inmortal trazó su terrible simetría. Su
(aparente) control sobre la materia en las apariciones como deus ex machina en la vida de los
hombres contemporáneos sirve como confirmación inapelable de que “no hay nada más
allá de los átomos y los campos de fuerzas; nada más allá tras el tiempo que señala
el giro incansable de las partículas”. En este sentido, el Dr. Manhattan
actuaría, sin saberlo, como mejor representante efectivo y, al mismo tiempo,
mejor negador verbal y ocultador, del poder sobre el mundo material del mismo
Dios de los deístas que había trazado la terrible simetría de las manchas del
tigre: el Urizen de William Blake, que si bien no es el Yahvé-Demiurgo de los
gnósticos, valdría para Moore como una modernización del mismo en un formato poético
-y no tanto religioso- que guarda continuidad con el del cómic, en un contexto
donde la Imaginación romántica ha derivado en la divinización contemporánea de
lo artístico, más allá del cientifismo y de la religión monoteísta (afirmo esto
dado que William Blake presentó a ese Urizen en su obra no sólo en poemas, sino
en una conjugación entre dibujo y narración que debe de haber sido modélica
para Moore, quien en From Hell se
reserva unas viñetas para plantear una hipotética escena en la que Blake recibe
la visita del espíritu del Dr. Gull como el monstruo sanguinario de su cuadro “Fantasma
de una pulga”).
Supongamos
que Watchmen, entonces, ejercita
estructuralmente y en tercer plano una sospecha acusadora o un malestar en el mundo post-cristiano en
una postura propia del gnosticismo, una sospecha que impele además a separarse del deísmo práctico
de la época de los Estados Unidos -cuya tolerancia religiosa no deja de ser un credo
civil en la perfectibilidad del mundo-y que rompe con su entusiasmo por lo
superheroico, incluyendo ahí el encumbramiento del Dr. Manhattan como
“confirmación del deísmo del cosmos” (o acaso como mejor ocultamiento del Demiurgo que no quiere ser delatado); supongamos
que el Dr. Manhattan, si niega la existencia del Relojero, es precisamente
porque el mismo Relojero-Demiurgo lo ha dejado salir de las tripas de su obra material
como una suerte de “mensaje a toda la humanidad”, tan ciego a la intervención
del Demiurgo en su aparición como el mismo artífice del cosmos es ignorante de
la auténtica divinidad; supongamos, además, que el singular fenómeno de “auto-organización de la materia” en que
consiste la aparición del Dr. Manhattan tras la desintegración del cuerpo de
Jon Osterman en el laboratorio no es otra cosa que la puesta en escena de un Deus ex machina que nos distrae
definitivamente del “más allá del mundo material-temporal” y que abunda en la
negación demiúrgica de lo auténticamente divino, del regalo de la sustancia espiritual emanada por el auténtico Dios,
y hace, por tanto, más profunda nuestra desesperación y más ciego nuestro callado
olvido de Dios. La aceptación de esto pone en marcha toda una teología de la
historia o una “filosofía escatológica de la historia” que nos deja del lado de
los que, puestos a sospechar de la acción decisiva e invisible del Demiurgo
entre bambalinas (la “conspiración arcóntica”), tienen que encontrar por principio un segundo sentido o acaso
una perversión oculta de cualquier acontecimiento que aporte algo al sentido salvífico
(o condenatorio) de la historia universal. ¿Aceptaríamos, consecuentemente, la
contraposición entre un Demiurgo enmascarado como Dios justo y un Dios bueno, contraposición común en la doctrina
gnóstica cristiana, que permite ver la acción de una “economía de la salvación”
que, incluso en el reino del Demiurgo, sigue operando tras ciertos
acontecimientos del mundo temporal, pese a los intereses y previsiones de este
segundo, o incluso en contra de ellos? El primero de estos dos que llamamos
“Dios” se nos aparece como un Dios desconocido del Antiguo Testamento que no va ni ve más allá de la Ley, del terrible e inexorable cumplimiento de la
igualdad entre falta y castigo, que ya nos ha dado la existencia y la Ley y al
que ya debemos obediencia; el segundo, al que suplanta el primero
fraudulentamente, el auténtico Padre, es el que envía a Cristo a hablarnos (ojo:
no “a morir y resucitar”) para darnos por adelantado una posibilidad de
salvación y auténtica vida pese a nuestra
falta de mérito: el Cristo gnóstico (el lógos)
desciende sobre Jesús de Nazaret en el momento en que Juan el Bautista le
transmite la supuesta iniciación, pero está exento del sufrimiento, el dolor y
la muerte de la Pasión, por la que los católicos tuvieron que defender la unión
de naturalezas humana y divina en la persona del Hijo, así como,
posteriormente, la Inmaculada Concepción de María. Al Cristo del Pleroma le
pasa algo que nos recuerda a eso que los lectores de Watchmen notan en
el Dr. Manhattan: éste no tiene un cuerpo viviente de verdad, sino que es una
suerte de esquema abstracto que flota sobre el cuerpo azul, que se recompone,
descompone y traslada como un ángel sin materia pesada, que se reproduce sin
necesidad de hacer esfuerzos. No sabemos si el Dr. Manhattan sufre dolor: sólo
los católicos -no los gnósticos- asumen que el dolor corporal real se
incluyó también en la persona del Hijo, mediante su naturaleza humana, en el
amor divino ofrecido por Dios a los hombres: “¿podréis beber de la copa de la
que yo voy a beber?”. El Dr. Manhattan, no nos engañemos, ni dentro de un cómic
escéptico con los superhéroes pasa por ser más que una licencia de
ciencia-ficción incompatible con lo que la Fisiología y la Antropología física
nos permiten conocer sobre el hombre realmente existente: su presencia es una
concesión que debemos hacerle al guionista como si, por el mismo principio por
el que va a negarnos la posibilidad de los supermanes, nos tuviera que pedir
que aceptemos la existencia de una contrapartida materialista del Cristo de los
gnósticos antiguos. El Demiurgo que ha puesto en marcha al Dr. Manhattan como
un proceso temporal ha parecido querer, hasta en esto, parodiar la economía de
la salvación que le jugó la peor de las pasadas, cuando en un momento dado el
Pleroma le coló dentro de su tablero, sin saber cómo, a ese “mensajero” que lo
dejó en evidencia y abrió la posibilidad de la salvación y la vida eterna. ¿No
es éste un asunto que merece batirse en duelo, como nunca pueden hacer los
protagonistas de la novela La esfera y la cruz de G. K. Chesterton? En
el gnosticismo cristiano, como vemos, hay un giro ontológico en el momento en
que el Cristo del Pleroma se une a Jesús de Nazaret, rompiendo así la ilusión
de la autoridad moral y la supremacía óntica del mundo existente en el tiempo,
la creación del Yahvé veterotestamentario. Pero hay que sopesar si en realidad,
dado que la gnosis no pretende salvarnos en este mundo y con el mundo, sino más
bien salvarnos del mundo, la iniciación gnóstica no sería en lugar de
una unción una limpieza, una compensación o antídoto que viene a anular el
efecto de otra iniciación involuntaria e inconsciente por la que todas las
almas atrapadas en esta existencia caída (o vida decaída) han pasado
desde su nacimiento, por el mero hecho de comenzar a existir: una iniciación
demiúrgica, que en lugar de limpiar, nos pone la mancha encima, haciéndonos
adictos al mundo. Nos fijamos ahora no tanto en el relato del pecado original,
sino en la imposición de la marca de Caín.
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