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lunes, 28 de junio de 2010

La oscuridad del simple ser (II).

[La esfera de cristal de las ilusiones personales de Laurie se vuelve a romper: ante su propio relato biográfico, Laurie acaba asumiendo que su vida "no tiene sentido".]
Éstos son los antecedentes desde los que, ahora, en el capítulo IX, vamos a tener que escuchar la recapitulación biográfica de Laurie, quien no ha asumido -aún- que su vida, y que toda vida humana, tenga que consistir en un "(auto)engaño fundamental", en un simulacro de significación, en una improvisación vana del propósito que -se entiende- debiera llenar cada biografía; una improvisación o ilusión que nos evita topar con aquello que nunca estamos dispuestos a asumir mientras dure esa "actuación": que cada individuo mortal es, pese a la ilusión de "irrepetibilidad" que le lleva a defender y cultivar su condición personal en eso que se llama su biografía, un producto de coincidencias azarosas en el devenir de la materia, y que, entonces, la caducidad de cada vida debe enfrentarse más desde lo que ésta tiene de azar "insignificante" e indiferente en el orden del cosmos que por lo que tiene de "empresa irrepetible", personal, y por tanto, moral. Laurie, como la mujer que no deja de ser -pese a que, puntualmente, se disfrace de supermujer-, se resiste a tragar el pensamiento que anula -por cancelarlo en un chiste- el conjunto de sus trazos biográficos, fallidos o no: el pensamiento de que nuestra vida -la vida de cada uno de nosotros, lectores de Watchmen- no consiste de salida y no puede consistir, más allá de este fraude fundamental, en un pulso que se le echa, con mejor o peor éxito, a la inercia y el abandono; en una tensión hacia un fin que se resuelve en un inseguro quehacer durante el que están en juego, efectiva y no ilusoriamente, significados e importancias; el pensamiento de que a nuestra vida no puede incorporarse ningún significado -por parcial que sea- porque ésta consiste, más bien, en un accidente ciego y casual de la organización de la materia en el cosmos, un accidente que no se detuvo al nivel de los coacervados, sino que llegó sin ningún propósito, para mayor chiste, hasta cada uno de nosotros (2).


La vida personal, la vida de cada cual, está entonces sujeta a algo: sujeta a un falso amarradero fantaseado por ella misma, que le hace creer que no va flotando, sin finalidad, entre el resto del cosmos. La vida que, para cada uno de nosotros, han presentado los personajes de Watchmen hasta el presente capítulo es, entonces, un fraude sospechado por todo el siglo XX (3), un fraude que tenemos que resistir, pero que descubierto, nos resulta imposible enfrentar con alguna energía moral -y mírese bien: "el deber" al que, como el propio Superman, se atiene Rorschach en su quehacer tras haber "descubierto el fraude", no es sino el último asidero, y también el menos convincente, que le queda a un individuo antes de su total renuncia moral, de su "salto al abismo": de ahí que se tenga que agarrar a éste desesperadamente, con rigidez inusual, y que en todo lo demás, (se) haya abandonado.


En conclusión: hasta el capítulo IX, los personajes de Watchmen que más largamente han hablado lo han hecho para pintarnos un horizonte histórico y vital desesperante -un mundo al borde de su destrucción: de su destrucción como mundo, y de su disolución en el cosmos, sólo culminada por la bomba atómica- haciéndonos pasar por una prueba que ahora Laurie va a tener que enfrentar a solas, sea ya para terminar de persuadirnos de que nuestra vida es, en tanto personal, un completo fraude, sea ya para darnos aliento: y yo diría que es esto último lo que, sin pretenderlo, va a conseguir con sus lágrimas, cuando la esfera de cristal que rompió en su infancia vuelva a romperse, y se derrumbe el magnífico palacio de cristal que ha formado la arena marciana, como queriendo confirmar, con un gran efecto de la máquina escénica, el razonamiento (desesperado) del Dr. Manhattan sobre la falta de un Creador del universo.

La posibilidad terrible que va a estar asomando las orejas durante toda la conversación entre Laurie y Osterman está tan hundida en nuestras vidas como en la biografía de la joven justiciera, más allá de que vaya a toparse con ella, recibiendo un doloroso golpe moral, al descubrir el secreto sobre la identidad de su padre, y por tanto, el engaño sobre quién venía, también, siendo ella, al margen de su frágil intento por ser quien creía que era. Y esta posibilidad monstruosa que, decíamos, parece a punto de ser glorificada y confirmada por el espectáculo del planeta rojo es la siguiente: puede que, si para el conjunto del cosmos la aparición de tal o cual individuo personal es indiferente, también para cada persona tenga que ser indiferente el esforzarse por hacer de sí misma, durante su presencia en el cosmos, "una figura moral", un ser biográfico, que vaya aventurándose en medio de significados y propósitos inseguros -tan inseguros que pueden quedar, como la vida de Laurie, sujetos a una confusión que afecte al conjunto-; puede, entonces, que toda existencia personal se agote en producir ilusiones que se extinguen con su propia duración, ilusiones que acaban "rompiéndose" -como la esfera de cristal que Laurie recuerda haber roto durante su infancia- contra la indiferencia y la falta de misericordia del cosmos, que se cierra sobre un orden impersonal. ¿Es ésta la conclusión que quisieran defender los autores de Watchmen al cerrar el capítulo con la sentencia de C. G. Jung "por lo que sabemos, el único propósito de la existencia del ser humano es encender una luz de conomiento en la oscuridad del simple ser"? ¿Puede haber otra conclusión, ateniéndonos en rigor a "lo que sabemos" sobre el cosmos?


Tal es la renuncia a la que nos convida, al dirigirse a nosotros a través de Laurie, la única persona inmortal del universo, tras asomarse a la eternidad y descubrir que ésta no es la eternidad personal de la vida inagotable del Dios cristiano, Creador del cielo y de la Tierra, sino la eternidad impersonal e inerte del giro infinito de las levas de un mecanismo que no ha sido creado; Osterman nos señala, con esto, la renuncia a tener parte en "todo este esfuerzo innecesario, toda esta lucha" [IX, 10] en que consiste habitar el mundo, y en definitiva, la vida: la vida de cada cual, la vida mortal -que es la única que conocemos. Casi oculta la voz helada de Manhattan la voz de un entero cosmos que grita a cada criatura viviente: "¡Ríndete ya a la inercia! ¡Entrégate a la entropía, y no luches ya por una mejor vida! ¿No ves cuán majestuoso llego a ser incluso sin que tengas que mirarme?". Pero Laurie, ante esta terrible invitación, no cede; y diríase que, mientras le quede un punto de tensión moral en su ánimo, no podrá, en rigor, ceder la integridad de su ilusión vital ante esta postura, como tampoco el enmascarado Walter Kovacs cedió toda posibilidad vital -pese a lo que diga en el capítulo VI- ante su máscara post-moral: la falta de rostro de Rorschach. Laurel Jane, hija de una superheroína y ella misma una mujer entregada al disfraz durante buena parte de su vida, sólo flaqueará cuando sepa que su madre llegó a amar a Eddie Blake tras un intento de violación, y que además, es ese hombre, el único enmascarado que parece haber estado riéndose de la (moralmente) dolorosa farsa del mundo y la interpretación moral del mismo (a la americana, para el caso), su padre.

Esto no es, sencillamente, un drama familiar del psicoanálisis -y aquí vamos a seguir la exposición de Juan B. Fuentes en La impostura freudiana, un ensayo que, en principio, nadie vincularía con los temas de Watchmen, pero que apunta al conjunto del siglo XX, del que este cómic dice demasiado. Esta persona, Laurie, no sólo ha dejado de saber, entonces, quiénes eran propiamente aquellas dos figuras adultas en las que ella había visto resguardada y soportada su propia configuración personal y moral -su padre y su madre-; resulta que tampoco sabe ahora, al destaparse el fraude, quién ha podido ser propiamente ella misma, si la única figura moral que ellos le ofrecieron y sobre la que ella ha fundado su biografía fue, secretamente, "traicionada" por ambos: ¿cómo pudo amar su madre a Blake tras un intento de violación? ¿Cómo pudo su padre matar a mujeres y a niños durante la Guerra de Vietnam y hacerse collares con sus orejas?

Aquí Laurie ha descubierto que durante toda su vida adulta podría haber estado encerrada en la ilusión de la bola de cristal que rompió ya en su primera infancia: "dentro de la bola la nieve caía lentamente: el tiempo parecía pasar más lento, como si la bola fuese de otro mundo... Pero [pese a las apariencias] dentro sólo había agua". La esfera que ahora se tendrá que romper -no necesariamente para peor-, y por la que se ha estado dejando engañar durante toda su vida adulta es la de su propia figura moral y personal: pues del mismo modo en que fue "embaucada" por esa esfera de cristal, que, sin embargo, dentro "sólo tenía agua", ha sido embaucada desde su primera génesis biográfica por la ilusión engañosa de poder ser quien creía que era, de contar con un horizonte moral en su paso por el cosmos: una persona que, moralmente, no desmereciese de sus padres - y hasta este descubrimiento, ella hubiese dicho que fue Justicia Encapuchada, el primer superhéroe "en carne y hueso" de América, su padre secreto.

Cap. IX, p. 7. Vuelve a presentarse el tema del "rostro sonriente" del mundo, un motivo que, a lo largo del capítulo, servirá para sugerir la posibilidad de recuperar la ilusión "que se había roto como una esfera de cristal" ante el descubrimiento de la "broma de la vida". El propio cosmos será el que brinde esta posibilidad, al "permitir milagrosamente la aparición de cada vida".


Al romperse esa apariencia del sentido moral de su vida -de ése que ya va sin remedio unido a ella, y de cualquier otro que hubiese proyectado-, descubre que "dentro sólo había una broma". Cuando Laurie dice y maldice "mi madre y Blake me gastaron una broma" está ya dando la razón a Osterman: sus padres carnales permitieron que se encerrase dentro de un "trampantojo moral" en que, como en la esfera "en la que el tiempo pasaba más despacio", pudiese conducir su vida siendo persona (moral), sin advertirle que en esa ilusión, como dentro de la esfera de cristal, sólo había agua: porque el cosmos no permite interrupciones a su evolución mecánica, ni deja que, en esa "esfera ilusoria" en que se mira la vida, broten significados que no sean sino "falsas apariencias" del proceso de la materia: pues la unión y dispersión de los átomos en nuestros cuerpos mortales no es, desde el punto de vista del cosmos, nada que pueda tener un propósito, sino sólo un efecto más de la evolución del mismo (4). ¿Da lugar este "engaño" -dando por supuesto que lo es- a una broma de mal o a una broma de buen género? Si invertimos el argumento, podríamos decir que esa biografía de Laurie, sin dejar de ser una broma, puede todavía verse como una broma de buen género: sus padres le ofrecieron esa ilusión, la ilusión de que el cosmos puede recibir una interpretación moral, precisamente para que ella hiciera su vida dentro de ella bajo un horizonte moral; para que fuese la persona que alcanzase a ser, independientemente de que ellos ya hubiesen renunciado a serlo en esa ilusión. Pero, ¿acaso nos basta con una ilusión?

La espantosa cicatriz del rostro del Comediante, que hacía parecer que "siempre se estuviese riendo", se imprime ahora sobre el reflejo del propio rostro de Laurie.



Tampoco Laurie puede tomarse tan a la ligera el descubrimiento sobre su origen, que es igualmente, como decimos, un descubrimiento sobre su identidad [recuerden nuestra tríada (super)heroica origen-identidad-tarea]. Ante este contundente golpe moral (o cómico, según se mire), por el que una mano traicionera ha retirado de súbito la silla sobre la que hizo reposar el significado del conjunto de su empresa biográfica, Laurie baja los brazos y se rinde: se rinde ante la voz del cosmos que simulábamos antes, acusándonos de ser un resultado casual del devenir de la materia. La supermujer rompe a llorar ante la evidencia: porque ha sido ella, y no Manhattan, quien se ha persuadido de lo que su interlocutor iba a hacerle ver: las razones de Osterman no han surtido su efecto, pero sí ha bastado a este respecto el argumento que había en su propia vida, y que ella acaba de descubrir. Laurie, al ir recogiendo el hilo de su biografía en el recuerdo, ha logrado persuadirse de aquello que negó al comienzo del diálogo: que su vida ha consistido, de cabo a rabo, en la ilusión de estar haciendo algo con propósito; una ilusión engañosa ahora amargamente delatada. Su propia recapitulación biográfica, que ella introdujo justamente para defender su postura frente a la de Osterman, la conduce a la misma consecuencia a la que habían llegado, en sus propios relatos autobiográficos (cap. IV y VI), Osterman y Rorshach: "la vida humana, cada vida humana mortal, carece de sentido, y aquí, ante el conjunto de mi propia vida, cuando ya he llegado hasta el fondo de una opción biográfica (moral) adulta, es como puedo alcanzar tal verdad".




La mujer renuncia y le pide a Osterman que la devuelva a una Nueva York amenazada por la bomba atómica, "para morir con el resto de los inútiles seres humanos". Y aquí viene la segunda parte del intercambio de papeles: Osterman corrige su discurso, defendiendo a su manera lo que Laurie ya ha dejado de defender. Este personaje va a decir ahora que, en efecto, el cosmos hace una excepción en su propia marcha mecánica para dar lugar a cada vida individual; que el mecanismo de la Naturaleza interrumpe su decurso ciego y retira sus leyes -para dejar lugar a lo que él llama "un milagro termodinámico"- en la aparición y formación de cada individuo viviente; afirma, además, que ese "milagro" tiene lugar no de una manera indiferenciada y general, sino que se produce en cada caso concreto, atendiendo a un principio aparente de "individuación" -y esto es, desde luego, la condición para que haya vida personal. Si han estudiado ustedes algo sobre la filosofía moderna, sabrán que Kant ya le dio su importancia a este asunto, que él abordaba en el problema sobre la conciliación entre las leyes de la Naturaleza y la ley Moral -dos legislaciones que podrían excluirse- por medio de la teleología y la "conformidad a fin". Pero este planteamiento, tan decisivo en su sistema filosófico, ciertamente no tuvo que ser manejado sistemáticamente por los autores de Watchmen: les bastó manejarlo mundanamente, y así se lo dejamos nosotros.

La oscuridad del simple ser (III).

[Los "milagros termodinámicos". El fondo cristiano del argumento de Osterman y su compleción por la aparición de la sonrisa esquemática sobre la superficie de Marte]


Pero miremos otra vez dentro de la bola de cristal de la infancia de Laurie: porque puede que ahora, aquella apariencia engañosa de que "el tiempo transcurría más lento dentro de la esfera", esté siendo recuperada por el propio cosmos, hablando a través de Osterman, y que esté siendo recuperada como una verdad milagrosa, increíble, por la que al menos es posible pensar algo que antes estaba plenamente descartado: que la vida sea algo más que un "producto casual" del cosmos, y que por tanto, no sea el propio cosmos el que esté negándole, de salida, todo propósito. Al romperse la "esfera de las ilusiones personales (adultas)" de Laurie, ha caído también el palacio de cristal marciano de Manhattan, en el que estaban el epítome y la última prueba de su discurso sobre la falta de un "Relojero universal"; reconoce éste, entonces, una "cuña milagrosa" en la marcha del cosmos que ya no permite decir que en éste todo se cierra sobre una eternidad mecánica y carente de finalidad. La conclusión, que también hubiese sido muy del estilo de un filósofo deísta, puede ser entendida así: "al menos, en la parte que toca al cosmos -a la Naturaleza-, no es necesariamente cierto que la vida -la vida personal, antes que ninguna otra- sea, sencillamente, un accidente de la organización ciega de la materia: para que puede formarse cada ser vivo, el propio cosmos parece dispuesto a hacer una excepción a la universalidad de sus leyes" -esto entraña la idea de milagro. Y al cerrarse el capítulo, Osterman hace una nueva invitación que invierte la que había lanzado al comienzo del capítulo: "vámonos a casa". Dice "casa", y no "Tierra". "Casa" no es ya un concepto astronómico o geológico, que son los que debiera manejar alguien "que sólo ve átomos": es un concepto que sólo puede cobrar un significado biográfico, moral. Cada individuo personal -está afirmando este personaje- tiene, en el cosmos, la posibilidad sorprendente de hacerse un hogar; y el propio cosmos confirma esto sugestivamente cuando, de modo gratuito, resulta haber formado, sobre la superficie marciana, la figura de un rostro colosal -"pero a fin de cuentas un rostro", diría Chesterton-: un rostro sonriente que parece llenarlo todo de una alegría inagotable ante la vida. Yo les digo ahora, amigos, que ése es el rostro del Domingo en la novela El hombre que fue Jueves; más adelante lo iré justificando.


"(...) No es cierto que nunca nos hayan quebrantado: hasta nos han descoyuntado en la rueda del tormento. (...) Rechazo la calumnia: no hemos sido felices. Puedo responder por todos y cada uno de los Grandes Guardianes de la Ley a quienes éste [Satán/Gregory] acusa. Al menos...
Y, al llegar aquí, volvió los ojos al Domingo, en cuya boca se dibujaba una extraña sonrisa.
-¿Y tú? -gritó Syme con voz espantosa-. ¿Has sufrido tú alguna vez?
Y, a sus ojos, aquella cara pareció dilatarse de un modo increíble; agigantarse más que la máscara colosal de Memnón [Agamenón] que, de niño, había hecho llorar de miedo a Syme. Aquella cara se hinchó por instantes, hasta llenar todo el cielo; después todo se oscureció. Y en medio de la oscuridad, antes de que la oscuridad aniquilara su espíritu, Syme creyó oír una voz distante que repetía aquel lugar común que alguna vez había oído, quién sabe dónde: "¿Podéis beber en la copa en que yo bebo?"(...)". Pasaje de el último capítulo de la novela de G. K. Chesterton El hombre que fue Jueves.


Y en este punto tenemos que hacernos descarrilar para progresar después; debemos echar el ancla antes de que Moore y Gibbons nos eleven, en su discurso, hasta la altura poética a la que nos quieren hacer llegar. Propongo, por tanto, que no dejemos (otra vez) que nos retengan con el mismo canto sin que nos declaren qué andan haciendo, y por qué andan haciéndolo a medias, como limitándose a quedar indecisos y dejarnos indecisos, pero sin que podamos estarlo nosotros ni puedan estarlo ellos -aunque puede que ni ellos mismos lo sepan: por eso hay que interpretar, y hay que "deconstruir" Watchmen. Desde la página anterior, las viñetas de esta escena empiezan a doblarse equívocamente, proponiendo por un lado la conclusión que señala explícitamente Osterman para su razonamiento -desde un punto de vista "termodinámico" o cosmológico, que nosotros no podríamos compartir con el inmortal- y, por otro lado, simplemente sugiriendo una segunda línea de lectura que ya sólo puede tener lugar, de modo tácito, entre nosotros y las viñetas -un razonamiento "b", que no es una demostración, pero que nos interesa mucho seguir. Yo afirmo que sólo es gracias a esa segunda línea de lectura, callada y supuesta, como logran persuadirnos los autores hasta la emoción, e insisto en que la conclusión explícita del razonamiento de Osterman es sólo un componente más de la misma: pues la composición siginificativa de las viñetas va mucho más allá de lo que se puede leer en ellas. Para lograr esto, los autores están haciendo saltar las formas expresivas del cómic hasta ponernos en interés: las palabras van por su lado, los dibujos por el suyo, pero reunidos hacen mucho más: y aquí juegan a mostrar y no mostrar, intercalándose los unos con los otros. Porque mientras Moore, en esa última página, habla por boca de Osterman de "las fuerzas que dan forma al universo", Gibbons le está enmendando la plana en los dibujos: de otra manera, el conjunto del capítulo IX no podría concluir poéticamente con su altura, porque la resolución estaría coja, y no arrebataría nuestro interés como lo hace. Si al hablar de "las fuerzas que dan forma al universo" no acabamos diciendo, o acaso pensando o sugiriendo la posibilidad -muy al estilo de Kant, por cierto-, que esas "fuerzas" son, además, manejadas por un "ser personal", un omnipotente creador personal de la Naturaleza que nos haya dejado aquí "a imagen y semejanza suya", no vemos manera en la que terminar la conciliación entre el cosmos y la vida personal de Laurie -o la de cada uno de nosotros- de la que antes hablábamos: el universo dejaría un lugar reservado a cada vida -en términos termodinámicos, o acaso fisiológicos- sí, pero no incluiría horizonte moral alguno en el que pudiese configurarse la vida de cada persona tal como ésta aspira a hacerla: entre significados morales, y no entre meras ilusiones, que se ahogan en estados cerebrales. En esto se juega tanto como en la diferencia entre vivir (como persona) y estar vivo sólo desde el punto de vista fisiológico (en "estado vegetal", o acaso en "estado vampírico"); y justo esta diferencia es la que Moore deja al dibujo de Gibbons, que aquí lleva el peso del argumento "a la chita callando". Muy ocurrentemente, y para sugerirnos la presencia de dicho Creador (personal) del cosmos, Gibbons ha colocado, a modo de "sello del Relojero", una figura sobre el relieve marciano: la figura esquemática de un rostro sonriente -justamente un rostro, una cara de persona, con una expresión moral: la sonrisa-, que parece estar detrás de toda la trama de Watchmen.


Casual o providencialmente, pero en ambos casos, sin necesidad de faltar por ello a las leyes de la Naturaleza, se ha formado un colosal rostro sonriente sobre la superficie del planeta rojo. Aquella monstruosa posibilidad que temíamos fuese confirmada por la propia evolución "autosuficiente" del sistema geológico marciano, la posibilidad de que el cosmos fuese incapaz de recoger las esperanzas últimas (morales) de cada vida personal, se ha topado aquí con un límite: acaso podríamos pensar, ante esa significativa configuración del relieve marciano, que el rostro abundante de alegría que vemos representado en él nos anuncia, tras la mascarada de la Naturaleza, al Creador personal del universo. Tocando esta cuerda, que tan dentro de nosotros parece vibrar todavía, es como los autores de estas páginas pueden dar por cerrado -poéticamente hablando- el capítulo. Como les dije, he llegado a pensar que, digan lo que digan los dos británicos, este rostro ya nos lo habían presentado: nos lo había presentado G. K. Chesterton -alguien que, por cierto, también le dio unas cuentas vueltas a los superhombres- al final de El hombre que fue Jueves. Este rostro, que parece casi una máscara por sus proporciones -una máscara dorada, de factura micénica-, sigue siendo el rostro del Domingo, el rostro de la Paz de Dios, que se ensancha hasta cubrir el universo, mientras resuena en su voz: "¿Podréis beber en la copa en que yo bebo?". ¿O debemos sospechar aquí, de nuevo, que nos encontramos ante una nueva burla del propio cosmos; que, por tanto, ese rostro sonriente que creemos reconocer sigue siendo tan ambiguo como las manchas de la máscara de Rorschach?

Diría acerca de esto, si me lo permiten, algo más: que si no hemos podido dejar de ver en esto más que una mera casualidad, y si nos hemos dejado llevar -aunque sólo sea en la poesía de las viñetas- por la posibilidad de que en esa formación del relieve marciano haya algo de providencial, es porque no somos el superhombre, y quizás, porque no podamos jamás serlo: aquél que, según Nietzsche, llegaba "para redimirnos de la casualidad", todavía no ha sido capaz de hacernos reír ante estas viñetas finales. Pues, antes de eso, nos hemos quedado espontáneamente adheridos a la posibilidad de que haya algo más que una mera casualidad en este hallazgo, y por eso el conjunto de este capítulo IX nos ha dicho tanto. Reparemos en ello: si ya dentro de las propias viñetas de Watchmen el superhombre aparece delatándose como un gran fraude -alguien que, a la postre, está dispuesto a ser un pirata para el hombre común-, también ocurre que, en el intercambio entre nosotros y el cómic, el advenimiento de éste ha quedado desmentido en nosotros mismos: porque si tal conclusión poética sigue haciendo su efecto, es porque seguimos siendo el hombre común, y no el superhombre, y porque no hemos salido de la tradición cristiana. Otra cosa es que seamos incapaces de encontrarle ningún sentido a estas páginas: entonces nos habremos llenado de la arena del desierto, de la que también hablaba Nietzsche.

"Quizás los superhéroes tenían un mensaje... Quizás alguien cuida de nosotros". Con mensaje o no, los superhéroes ilustran mediante un ideal concreto la idea (metafísica) de una Justicia escatológica y absoluta, impartida por ellos en sustitución del Dios, que parece ausente del mundo del siglo XX.

Si Watchmen tiene algo de "deconstrucción de los cómics de superhéroes" -de deconstrucción en sentido hermenéutico, positivo, y no como mera execración- tiene que poder hallarse en sus páginas un "hilo conductor" que lleve desde la propia figura del superhéroe hasta ideas un tanto más asentadas en nuestro presente histórico. Ya he intentado sostener que al tirar de este hilo acabamos desenterrando las raíces de la metafísica moderna de Occidente y su raíz cristiana. Y no estoy fingiendo -por lo menos a sabiendas- nada que no haya visto en las páginas de este cómic. Hay incluso unas palabras del vendedor de prensa Bernard -un hombre común, como nosotros- que nos dan la razón: "quizás los superhéroes tenían un mensaje... quizás alguien cuida de nosotros" [X, 23]. Seguimos encontrándole sentido -y no precisamente como si se tratase de un chiste- a la pregunta sobre si alguien "cuida de nosotros"; estamos pendientes de la posibilidad de que haya quien vigile a los vigilantes, impartiendo una Justicia que ya no necesite a su vez de revisión. Por esto también seguimos siendo, en potencia, espectadores del género de superhéroes, y de tantos otros sucedáneos mitológicos de la "muerte de Dios".





domingo, 26 de abril de 2009

La sangre, lo verosímil y la transfiguración del superhéroe (notas).

(1) ¿En qué sentido hay "Hombres del mañana" entre nosotros que puedan ejercer de superhéroes? Superman es "el Hombre del Mañana", aunque sólo en el sentido de que, nacido con fuerzas de un Mañana "más evolucionado que el Hoy", sigue compartiendo plenamente con el hombre impotente del Hoy una idea perenne de la justicia (a la americana, claro está); de esa manera, este superhombre, ejerciendo los poderes del Mañana, se resolvería en todo caso a hacer para el hoy lo mismo que este hombre del hoy no puede hacer -pero querría hacer- con sus limitadas fuerzas corporales, en lugar de quedar de brazos cruzados, como hombre "de otros tiempos", ante unos acontecimientos cuyo desarrollo le deja indiferente. Y presentando este mismo razonamiento a la inversa: para que se cumpla esta coincidencia del hombre y del superhombre en la misma Justicia -con mayúscula inicial, aunque no se trate de una personificación-, ¿no debería ser ya la justicia del Hoy la misma que imperará sobre el Mañana, esto es, una justicia del Mañana, una justicia incuestionable (¿escatológica o apocalíptica?), que se mantiene igual a sí misma como Sueño desde que es descubierta en la distancia por los que andan el American Way? ¿Por qué la justicia del Mañana iba a ser también la justicia del Hoy? ¿Y por qué no nos iba a parecer inhumana o inmoral la actuación de un auténtico Hombre del Mañana, como ya nos parece terrible el "ojo por ojo" del pasado?







Este mismo espejismo de la "perennidad" de la Justicia -con mayúscula inicial- del Sueño Americano se volverá a formar en uno de los discursos más célebres del Capitán América, cuya cita supone por sí misma una contribución a la "fenomenología del superhéroe" que intentamos llevar a cabo en estas páginas: el discurso por el que el Capitán América, presentado como candidato presidencial por un fingido Partido Populista Nacional, renuncia públicamente a la posibilidad de que una "personificación de la libertad y los derechos civiles" -él- sea la cabeza del Gobierno de los Estados Unidos. En el nº 250 USA (Octubre de 1980) de Capitán América -reeditado recientemente en español en la línea Marvel Gold de Panini Cómics-, Roger Stern y John Byrne sitúan en esa dificultad moral al supersoldado de América, ante la que éste discurre como sigue: "(...) He trabajado y luchado por el crecimiento y progreso del Sueño Americano. (...) En los primeros años cuarenta me comprometí personalmente a defender el Sueño. Y mientras el Sueño no se materialice del todo, no puedo abandonarlo. Por eso espero que entiendan... que, con toda justicia, no puedo ser su candidato. Deben encontrar entre ustedes a las personas necesarias para mantener fuerte esta Nación, y si Dios quiere, contribuir a materializar el Sueño Americano." Entendemos entre líneas: el Sueño, materializado en parte, más o menos deficiente en su realización pero siempre perfecto y rebosante de bondades en su idea, es el fin previo e incorruptible y todo el fundamento de la actividad del Capi y de la misma dirección política y espiritual de la Nación norteamericana. Esto es algo que ya no puede deliberarse desde dentro de ella ni quedar en juego mediante ninguna opción política entre partidos "intervencionistas" o "pacifistas", "republicanos" o "demócratas". En las elecciones presidenciales de los EEUU que conocemos, sólo puede ganar el Capitán América -gane quien gane-; del mismo modo, en la construcción del mundo anunciado por América en su Sueño, se espera que el espíritu de Union Jack, compañero del Capi en el grupo especial de combate Los Invasores durante la II Guerra Mundial, esté siempre presente en la política del Imperio inglés -y sin embargo, ¿no fue Alan Moore, un inglés, quien recuperó a Union Jack para convertirlo en el Capitán Britannia y reírse de él?-. En ser conducida por su Sueño sin poder ser todavía un sueño -¿o pudiendo serlo en algún sentido?- estriba el destino de la América contemporánea, pero también la razón de la necesidad de que los superhéroes sigan actuando como tales en ella, y no como dirigentes políticos: eso es lo que acaba de decir el Capi. En otras palabras: los superhéroes han de abrir el camino entre el hombre común y el Sueño, resultando tan inmarcesibles y puros en su servicio al Sueño como lo es el propio Sueño. Es por esto por lo que sus conciudadanos necesitan de ellos en las calles -y no más bien en un despacho-: los necesitan actuando en las calles para realizar y desbrozar de malezas el territorio del Sueño tanto como nosotros necesitamos de ellos sobre el papel para soñar el Sueño: porque ellos, actuando como tales -para unos en las calles, para otros sobre el papel- son la garantía de que la comunicación con esa "imagen ideal" en la distancia -el Sueño- no se interrumpa para nosotros, lectores, independientemente de que, sólo dentro del papel, sea posible hacer algún avance hacia ese Sueño, y de que, fuera del papel, el Sueño sea siempre un trampantojo, necesario como presunta dirección de una locomotora histórico-política que marcha sobre carriles metálicos nada ensoñados. Además, el Capi es un hombre del pasado -un supersoldado de los tiempos de la II Guerra Mundial caído accidentalmente en animación suspendida y después recuperado por América en los sesenta- que, pese a serlo, puede presentarse igualmente como hombre del Mañana: porque su mañana, como el mañana de Superman, no es el mañana cronológico de la historia contemporánea, sino el mañana del tiempo en el que la Idea americana del hombre, esto es, el Sueño, se va convirtiendo en valor supremo y sentido irrebasable, fuente de todos los valores -y por eso mismo, deshaciendo.
Adelantemos algo más sobre lo que evitaremos hacer de aquí en adelante. No nos vamos a rasgar las vestiduras ni vamos a limitarnos a acusar al Capi de "adalid imperialista de los USA": los superhéroes hacen y dicen a todas claras lo que tienen que hacer y decir, y es así como dejan lugar a que se muestre en ellos algo que, ni por asomo, se trata de una mera "actitud pro-belicista" o una sordera deliberada frente a las razones de los "malos" que se pueda contrarrestar con un mensaje pacifista, con "intenciones de paz". Nuestra perspectiva histórica ni siquiera se sorprende de que tengan los EEUU que actuar como imperio político real, del mismo modo que lo hacen otros. Es por esto que no se puede decir gran cosa de los superhéroes si sólo se interpreta su aparición en términos de una oposición ingenua entre "los malos" (los que amenazan la consecución del Sueño) y "los buenos" (los defensores del Sueño), que es quizás la que opera explícitamente como motivo psicológico de sus autores: del mismo modo, es igualmente miope probar a invertir en ellos esa oposición, cambiando los papeles, o someterla sencillamente a un "relativismo" que los reduce a propaganda soterrada. Ir más allá de lo explícito, al mismo tiempo opaco y plenamente transparente, es el propósito de este trabajo.


(2) Los superenemigos contumaces son, considerados como parte del triángulo que forman con el superhéroe y el público antes que en su apariencia sobre el papel, los mejores aliados de éste en lo que toca a la ejecución de su espectáculo ante los lectores, y por lo mismo, al mantenimiento de su juego teatral: deben conseguir excepcionalmente que el exceso de poder del superhéroe esté a punto de no dar abasto en el ajusticiamiento de justos e inicuos, de tal guisa que el lector haga suya la presentación habitual de tal exceso, que termina perdiéndose de vista como tal. ¿Cómo no iban a merecerse quedar exentos de esa pedagogía humillante?