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lunes, 28 de junio de 2010

La oscuridad del simple ser (II).

[La esfera de cristal de las ilusiones personales de Laurie se vuelve a romper: ante su propio relato biográfico, Laurie acaba asumiendo que su vida "no tiene sentido".]
Éstos son los antecedentes desde los que, ahora, en el capítulo IX, vamos a tener que escuchar la recapitulación biográfica de Laurie, quien no ha asumido -aún- que su vida, y que toda vida humana, tenga que consistir en un "(auto)engaño fundamental", en un simulacro de significación, en una improvisación vana del propósito que -se entiende- debiera llenar cada biografía; una improvisación o ilusión que nos evita topar con aquello que nunca estamos dispuestos a asumir mientras dure esa "actuación": que cada individuo mortal es, pese a la ilusión de "irrepetibilidad" que le lleva a defender y cultivar su condición personal en eso que se llama su biografía, un producto de coincidencias azarosas en el devenir de la materia, y que, entonces, la caducidad de cada vida debe enfrentarse más desde lo que ésta tiene de azar "insignificante" e indiferente en el orden del cosmos que por lo que tiene de "empresa irrepetible", personal, y por tanto, moral. Laurie, como la mujer que no deja de ser -pese a que, puntualmente, se disfrace de supermujer-, se resiste a tragar el pensamiento que anula -por cancelarlo en un chiste- el conjunto de sus trazos biográficos, fallidos o no: el pensamiento de que nuestra vida -la vida de cada uno de nosotros, lectores de Watchmen- no consiste de salida y no puede consistir, más allá de este fraude fundamental, en un pulso que se le echa, con mejor o peor éxito, a la inercia y el abandono; en una tensión hacia un fin que se resuelve en un inseguro quehacer durante el que están en juego, efectiva y no ilusoriamente, significados e importancias; el pensamiento de que a nuestra vida no puede incorporarse ningún significado -por parcial que sea- porque ésta consiste, más bien, en un accidente ciego y casual de la organización de la materia en el cosmos, un accidente que no se detuvo al nivel de los coacervados, sino que llegó sin ningún propósito, para mayor chiste, hasta cada uno de nosotros (2).


La vida personal, la vida de cada cual, está entonces sujeta a algo: sujeta a un falso amarradero fantaseado por ella misma, que le hace creer que no va flotando, sin finalidad, entre el resto del cosmos. La vida que, para cada uno de nosotros, han presentado los personajes de Watchmen hasta el presente capítulo es, entonces, un fraude sospechado por todo el siglo XX (3), un fraude que tenemos que resistir, pero que descubierto, nos resulta imposible enfrentar con alguna energía moral -y mírese bien: "el deber" al que, como el propio Superman, se atiene Rorschach en su quehacer tras haber "descubierto el fraude", no es sino el último asidero, y también el menos convincente, que le queda a un individuo antes de su total renuncia moral, de su "salto al abismo": de ahí que se tenga que agarrar a éste desesperadamente, con rigidez inusual, y que en todo lo demás, (se) haya abandonado.


En conclusión: hasta el capítulo IX, los personajes de Watchmen que más largamente han hablado lo han hecho para pintarnos un horizonte histórico y vital desesperante -un mundo al borde de su destrucción: de su destrucción como mundo, y de su disolución en el cosmos, sólo culminada por la bomba atómica- haciéndonos pasar por una prueba que ahora Laurie va a tener que enfrentar a solas, sea ya para terminar de persuadirnos de que nuestra vida es, en tanto personal, un completo fraude, sea ya para darnos aliento: y yo diría que es esto último lo que, sin pretenderlo, va a conseguir con sus lágrimas, cuando la esfera de cristal que rompió en su infancia vuelva a romperse, y se derrumbe el magnífico palacio de cristal que ha formado la arena marciana, como queriendo confirmar, con un gran efecto de la máquina escénica, el razonamiento (desesperado) del Dr. Manhattan sobre la falta de un Creador del universo.

La posibilidad terrible que va a estar asomando las orejas durante toda la conversación entre Laurie y Osterman está tan hundida en nuestras vidas como en la biografía de la joven justiciera, más allá de que vaya a toparse con ella, recibiendo un doloroso golpe moral, al descubrir el secreto sobre la identidad de su padre, y por tanto, el engaño sobre quién venía, también, siendo ella, al margen de su frágil intento por ser quien creía que era. Y esta posibilidad monstruosa que, decíamos, parece a punto de ser glorificada y confirmada por el espectáculo del planeta rojo es la siguiente: puede que, si para el conjunto del cosmos la aparición de tal o cual individuo personal es indiferente, también para cada persona tenga que ser indiferente el esforzarse por hacer de sí misma, durante su presencia en el cosmos, "una figura moral", un ser biográfico, que vaya aventurándose en medio de significados y propósitos inseguros -tan inseguros que pueden quedar, como la vida de Laurie, sujetos a una confusión que afecte al conjunto-; puede, entonces, que toda existencia personal se agote en producir ilusiones que se extinguen con su propia duración, ilusiones que acaban "rompiéndose" -como la esfera de cristal que Laurie recuerda haber roto durante su infancia- contra la indiferencia y la falta de misericordia del cosmos, que se cierra sobre un orden impersonal. ¿Es ésta la conclusión que quisieran defender los autores de Watchmen al cerrar el capítulo con la sentencia de C. G. Jung "por lo que sabemos, el único propósito de la existencia del ser humano es encender una luz de conomiento en la oscuridad del simple ser"? ¿Puede haber otra conclusión, ateniéndonos en rigor a "lo que sabemos" sobre el cosmos?


Tal es la renuncia a la que nos convida, al dirigirse a nosotros a través de Laurie, la única persona inmortal del universo, tras asomarse a la eternidad y descubrir que ésta no es la eternidad personal de la vida inagotable del Dios cristiano, Creador del cielo y de la Tierra, sino la eternidad impersonal e inerte del giro infinito de las levas de un mecanismo que no ha sido creado; Osterman nos señala, con esto, la renuncia a tener parte en "todo este esfuerzo innecesario, toda esta lucha" [IX, 10] en que consiste habitar el mundo, y en definitiva, la vida: la vida de cada cual, la vida mortal -que es la única que conocemos. Casi oculta la voz helada de Manhattan la voz de un entero cosmos que grita a cada criatura viviente: "¡Ríndete ya a la inercia! ¡Entrégate a la entropía, y no luches ya por una mejor vida! ¿No ves cuán majestuoso llego a ser incluso sin que tengas que mirarme?". Pero Laurie, ante esta terrible invitación, no cede; y diríase que, mientras le quede un punto de tensión moral en su ánimo, no podrá, en rigor, ceder la integridad de su ilusión vital ante esta postura, como tampoco el enmascarado Walter Kovacs cedió toda posibilidad vital -pese a lo que diga en el capítulo VI- ante su máscara post-moral: la falta de rostro de Rorschach. Laurel Jane, hija de una superheroína y ella misma una mujer entregada al disfraz durante buena parte de su vida, sólo flaqueará cuando sepa que su madre llegó a amar a Eddie Blake tras un intento de violación, y que además, es ese hombre, el único enmascarado que parece haber estado riéndose de la (moralmente) dolorosa farsa del mundo y la interpretación moral del mismo (a la americana, para el caso), su padre.

Esto no es, sencillamente, un drama familiar del psicoanálisis -y aquí vamos a seguir la exposición de Juan B. Fuentes en La impostura freudiana, un ensayo que, en principio, nadie vincularía con los temas de Watchmen, pero que apunta al conjunto del siglo XX, del que este cómic dice demasiado. Esta persona, Laurie, no sólo ha dejado de saber, entonces, quiénes eran propiamente aquellas dos figuras adultas en las que ella había visto resguardada y soportada su propia configuración personal y moral -su padre y su madre-; resulta que tampoco sabe ahora, al destaparse el fraude, quién ha podido ser propiamente ella misma, si la única figura moral que ellos le ofrecieron y sobre la que ella ha fundado su biografía fue, secretamente, "traicionada" por ambos: ¿cómo pudo amar su madre a Blake tras un intento de violación? ¿Cómo pudo su padre matar a mujeres y a niños durante la Guerra de Vietnam y hacerse collares con sus orejas?

Aquí Laurie ha descubierto que durante toda su vida adulta podría haber estado encerrada en la ilusión de la bola de cristal que rompió ya en su primera infancia: "dentro de la bola la nieve caía lentamente: el tiempo parecía pasar más lento, como si la bola fuese de otro mundo... Pero [pese a las apariencias] dentro sólo había agua". La esfera que ahora se tendrá que romper -no necesariamente para peor-, y por la que se ha estado dejando engañar durante toda su vida adulta es la de su propia figura moral y personal: pues del mismo modo en que fue "embaucada" por esa esfera de cristal, que, sin embargo, dentro "sólo tenía agua", ha sido embaucada desde su primera génesis biográfica por la ilusión engañosa de poder ser quien creía que era, de contar con un horizonte moral en su paso por el cosmos: una persona que, moralmente, no desmereciese de sus padres - y hasta este descubrimiento, ella hubiese dicho que fue Justicia Encapuchada, el primer superhéroe "en carne y hueso" de América, su padre secreto.

Cap. IX, p. 7. Vuelve a presentarse el tema del "rostro sonriente" del mundo, un motivo que, a lo largo del capítulo, servirá para sugerir la posibilidad de recuperar la ilusión "que se había roto como una esfera de cristal" ante el descubrimiento de la "broma de la vida". El propio cosmos será el que brinde esta posibilidad, al "permitir milagrosamente la aparición de cada vida".


Al romperse esa apariencia del sentido moral de su vida -de ése que ya va sin remedio unido a ella, y de cualquier otro que hubiese proyectado-, descubre que "dentro sólo había una broma". Cuando Laurie dice y maldice "mi madre y Blake me gastaron una broma" está ya dando la razón a Osterman: sus padres carnales permitieron que se encerrase dentro de un "trampantojo moral" en que, como en la esfera "en la que el tiempo pasaba más despacio", pudiese conducir su vida siendo persona (moral), sin advertirle que en esa ilusión, como dentro de la esfera de cristal, sólo había agua: porque el cosmos no permite interrupciones a su evolución mecánica, ni deja que, en esa "esfera ilusoria" en que se mira la vida, broten significados que no sean sino "falsas apariencias" del proceso de la materia: pues la unión y dispersión de los átomos en nuestros cuerpos mortales no es, desde el punto de vista del cosmos, nada que pueda tener un propósito, sino sólo un efecto más de la evolución del mismo (4). ¿Da lugar este "engaño" -dando por supuesto que lo es- a una broma de mal o a una broma de buen género? Si invertimos el argumento, podríamos decir que esa biografía de Laurie, sin dejar de ser una broma, puede todavía verse como una broma de buen género: sus padres le ofrecieron esa ilusión, la ilusión de que el cosmos puede recibir una interpretación moral, precisamente para que ella hiciera su vida dentro de ella bajo un horizonte moral; para que fuese la persona que alcanzase a ser, independientemente de que ellos ya hubiesen renunciado a serlo en esa ilusión. Pero, ¿acaso nos basta con una ilusión?

La espantosa cicatriz del rostro del Comediante, que hacía parecer que "siempre se estuviese riendo", se imprime ahora sobre el reflejo del propio rostro de Laurie.



Tampoco Laurie puede tomarse tan a la ligera el descubrimiento sobre su origen, que es igualmente, como decimos, un descubrimiento sobre su identidad [recuerden nuestra tríada (super)heroica origen-identidad-tarea]. Ante este contundente golpe moral (o cómico, según se mire), por el que una mano traicionera ha retirado de súbito la silla sobre la que hizo reposar el significado del conjunto de su empresa biográfica, Laurie baja los brazos y se rinde: se rinde ante la voz del cosmos que simulábamos antes, acusándonos de ser un resultado casual del devenir de la materia. La supermujer rompe a llorar ante la evidencia: porque ha sido ella, y no Manhattan, quien se ha persuadido de lo que su interlocutor iba a hacerle ver: las razones de Osterman no han surtido su efecto, pero sí ha bastado a este respecto el argumento que había en su propia vida, y que ella acaba de descubrir. Laurie, al ir recogiendo el hilo de su biografía en el recuerdo, ha logrado persuadirse de aquello que negó al comienzo del diálogo: que su vida ha consistido, de cabo a rabo, en la ilusión de estar haciendo algo con propósito; una ilusión engañosa ahora amargamente delatada. Su propia recapitulación biográfica, que ella introdujo justamente para defender su postura frente a la de Osterman, la conduce a la misma consecuencia a la que habían llegado, en sus propios relatos autobiográficos (cap. IV y VI), Osterman y Rorshach: "la vida humana, cada vida humana mortal, carece de sentido, y aquí, ante el conjunto de mi propia vida, cuando ya he llegado hasta el fondo de una opción biográfica (moral) adulta, es como puedo alcanzar tal verdad".




La mujer renuncia y le pide a Osterman que la devuelva a una Nueva York amenazada por la bomba atómica, "para morir con el resto de los inútiles seres humanos". Y aquí viene la segunda parte del intercambio de papeles: Osterman corrige su discurso, defendiendo a su manera lo que Laurie ya ha dejado de defender. Este personaje va a decir ahora que, en efecto, el cosmos hace una excepción en su propia marcha mecánica para dar lugar a cada vida individual; que el mecanismo de la Naturaleza interrumpe su decurso ciego y retira sus leyes -para dejar lugar a lo que él llama "un milagro termodinámico"- en la aparición y formación de cada individuo viviente; afirma, además, que ese "milagro" tiene lugar no de una manera indiferenciada y general, sino que se produce en cada caso concreto, atendiendo a un principio aparente de "individuación" -y esto es, desde luego, la condición para que haya vida personal. Si han estudiado ustedes algo sobre la filosofía moderna, sabrán que Kant ya le dio su importancia a este asunto, que él abordaba en el problema sobre la conciliación entre las leyes de la Naturaleza y la ley Moral -dos legislaciones que podrían excluirse- por medio de la teleología y la "conformidad a fin". Pero este planteamiento, tan decisivo en su sistema filosófico, ciertamente no tuvo que ser manejado sistemáticamente por los autores de Watchmen: les bastó manejarlo mundanamente, y así se lo dejamos nosotros.

sábado, 7 de febrero de 2009

Amantes de Hiroshima (II)

[La vuelta al buen sentido. Abandono de la desconfianza como tono general de la vida. La recuperación de Kovacs frente a su “identidad profunda” como Rorschach.]

En eso de mantener la confianza y el compadecimiento al nivel de las personas circunvecinas -precisamente porque esto no puede tener lugar de un modo pánfilo y abstracto, sino siempre en concreto, sujetándose a las complicaciones de la existencia- creo que pone Moore la última opción cabal del hombre de su siglo. Insisto en ver esto mismo en la reformada actitud del vendedor de prensa hacia el jovencito que visita a diario su puesto para sentarse junto a él y leer los cómics de la caseta sin llegar nunca a comprarlos: "-Tenemos que cuidar de los nuestros, ¿sabes? O sea, ésa es mi filosofía. (...) Y no te molestes en pagarme el cómic... La vida es demasiado corta." [Véase III, 25; en III, 18 había dicho "En este mundo, no puedes depender de nadie. Al final, sólo te tienes a ti."; también consúltese XI, 23]. Cuando finalmente la explosión de luz barra la ciudad y derrame muerte sobre ellos dos y muchos otros, el vendedor intentará proteger el cuerpo del muchacho con el suyo. El gesto es inútil, pero su valor ejemplar vuelve a quedar conservado, como en el caso de los amantes de Hiroshima, en la proyección de la silueta de los dos cuerpos abrazados [XI, 28]. Esta silueta, en lo que vuelva a ser apreciada por otros terceros -entre los que se encontrará el lector de Watchmen- dispuestos a "cuidar de sus personas", y en tanto sea recogida como una memoria de los vínculos morales entre dos seres humanos concretos -aunque parcialmente desconocidos- podrá recibir, antes que cualquier otra interpretación de su ambigüedad esencial, esa interpretación que en cada caso repone la confianza y el compadecimiento: porque esa silueta da testimonio de que, al menos por el caso de esos dos de los que sólo quedó la silueta, el mundo circundante se salvó de la total descomposición moral, y sigue, por lo tanto, teniendo sentido confiar en nuestros vecinos y compadecerse con ellos. Sólo a los ojos de un individuo "que no haya salido jamás de la penumbra" puede esta figura ambigua dar ocasión a una interpretación que insista en la desconfianza y la imposición despótica. Es así en el caso de Kovacs, al que la silueta de los amantes devuelve hasta las escenas en que descubre, siendo todavía un niño, el adulterio de su madre, y es después golpeado y zarandeado por ésta [VI, 3 y 4]. No obstante, Kovacs vuelve a encontrarse con la sombra de los amantes poco antes de ser desintegrado por el Dr. Manhattan. En esta última ocasión alcanza a ver la silueta mientras es proyectada por los cuerpos abrazados de Dan y Laurie sobre una pared de la fortaleza polar de Veidt [XII, 22]. Esta nueva significación desplegada ante él por la sombra mantiene alguna relación con el hecho de que sea proyectada -a diferencia de la que ve en I, 24- por las concretas personas que al rescatarle de la cárcel han mostrado algún tipo de vínculo moral con él, y a las que por eso mismo ya no querría ni necesitaría someter al orden moral más allá de lo ordenado que, entendía, tenía que ser impuesto a la existencia incluso a costa de la vida humana. Parece ser que la escena conmueve a Kovacs hasta el punto de que le descubre una vía por la que escapar de Rorschach, que siempre en nombre de lo que es incondicionalmente bueno, insiste en revelar a la opinión pública el engaño de Veidt y deshacer el espejismo que parece haber evitado la III Guerra Mundial. Cuando el Dr. Manhattan interviene para detener a Rorschach con objeto de salvar "la utopía de Veidt" [en XII, 24] Kovacs se arranca la cara de Rorschach y llora como quizás no lloraba desde su niñez; es su voz, y no la de Rorschach, la que finalmente apremia al Dr. Manhattan a acabar con su vida, que ha sido poseída por el infierno de horror y desconfianza en que vive Rorschach. Parece que en ese gesto se expresa un doble reconocimiento: por un lado, Kovacs quisiera evitar que Rorschach, dispuesto ya a revelar ante el público el engaño urdido por Veidt, precipite de nuevo a los estadounidenses hacia la guerra y los sitúe al borde de la muerte nuclear; por otro, parece estar dando por sentado que la biografía de Kovacs está moldeada y atrapada en la máscara y no puede ya evadirse de ella o continuar sin ella (NOTA 1). Kovacs, no Rorschach -nunca Rorschach- ha descubierto entre sus amigos Dan y Laurie un vínculo moral que es, al mismo tiempo, inseparable de sus concretos cuerpos, y que supone y lleva a un contacto entre ambos sin que este contacto sea "mancha para la moral". A diferencia del comercio sexual que el joven Kovacs descubre entre su madre y los hombres que van pasando por su cama [véase el apéndice del cap. VI], este abrazo entre dos cuerpos humanos se le descubre como portador de su propio orden concreto de vínculos morales y como un bien en sí mismo, que como tal bien, ya no tiene que ser, como tendría que serlo de tratarse de algo esencialmente ajeno a una interpretación moral de la existencia, "sometido" o incluso negado en aras de un "orden moral (abstracto)". En efecto, en la defensa del "orden moral abstracto" resulta comprensible toda la violencia y el despotismo moral de la actitud de Rorschach, para el que no sólo la existencia en general, sino la existencia concreta de cada hombre o mujer, únicamente vale por referencia a tal "orden moral" más allá de la existencia, que es todo lo que vale en sí mismo -y que precisamente es "abstracto" por hacer abstracción en ese "valer" de los ritmos de una existencia que se supone en sí misma ajena a ese orden que la valida. [Véase el apéndice “Cuerpos humanos y cuerpos angélicos del mañana”]. Una existencia concreta que pierda su referencia a ese orden, nada vale: no sólo no debe ser tolerada, sino que tiene que erradicarse sin más consideración [véase VI, 14: "-(...) Aún no era Rorschach. Entonces sólo era Kovacs. (...) Qué blando. -¿Blando? ¿Qué quieres decir? - Con la escoria. Era demasiado joven. Les mimaba. Les dejaba vivir."] En este régimen despótico del Orden Moral, del que Rorschach participa como administrador, sólo cabe dirigirse al otro en una relación siempre mediada por la desconfianza sistemática y la mirada suspicaz del vigilante, bajo la que toda existencia aparecerá como algo en potencia hostil a cualquier ordenación que la pudiera dignificar y enderezar. (En VIII, p. 21 podemos comprobar que Rorschach, siguiendo la lógica de su papel, desconfiará incluso de aquellos que acaban de salvarlo del linchamiento por parte de los prisioneros amotinados: se mantiene, por hábito, en ese régimen de desconfianza ante el otro que le ha permitido afrontar la existencia.)

Ante la posibilidad de que la mentira y el crimen de Veidt sean encubiertos por los otros vigilantes y queden impunes, Rorschach no puede hacer otra cosa que asegurar a toda costa el cumplimiento de una "Justicia Americana", porque sólo por referencia a esa "Justicia" abstracta vale la pena la continuación de la existencia ; asimismo, como en cualquier otra circunstancia, debe asegurar la imposición de un castigo al culpable y la recuperación de una verdad (moral) que valen más que cualquier existencia humana, y que no tienen que ser descuidadas bajo ninguna consideración -ni siquiera al precio de dar un nuevo paso hacia la destrucción total de toda existencia humana en una guerra entre potencias nucleares. Pero ante eso mismo, Kovacs tiene que detenerse y rendirse a la fidelidad que lo retiene en un vínculo moral concreto hacia sus amigos Dan y Laurie, que se han fidelizado con él al rescatarlo de la cárcel amotinada, y cuyas vidas ya no puede sacrificar sin más en nombre de ningún orden moral que, en lo que ajeno a toda existencia, pase por ser fuente externa de todo el posible valor de las vidas de éstos y, en definitiva, único bien propiamente dicho, bajo el que palidecería cualquier vida. Kovacs -nunca Rorschach- no puede ahora dar sin más el paso de exponer el abrazo y las vidas de éstos, en aras del rigor moral, a la muerte nuclear: las vidas de sus amigos se le han aparecido como intrínseca y primeramente valiosas, justo en lo que han sido capaces de quedar radicalmente comprometidas, entre sí, hacia él, y también hacia las vidas de otras posibles personas (concretas); o dicho de otra forma, justo en la medida en que se han aparecido como existencias internamente configuradas, trazadas y proyectadas en el elemento de la confianza y el compadecimiento, firmemente dispuestas y llamadas a mantenerse en una actitud que no puede confundirse ni con la de Rorschach ni con la de los indolentes testigos del asesinato de Kitty Genovese [VI, 10]. La pareja, recurra o no a sus disfraces, se construye y confirma precisamente sobre tal proyecto de inclusión en su propia confianza -en diferentes cualidades y grados- de esas terceras personas que, no necesariamente de un modo exento de complicaciones o incluso enfrentamientos [c. III, pp. 12 a 15], se vayan presentando en el elemento del entorno de sus cuerpos. Es necesario reparar aquí en la importancia de que esto vaya teniendo lugar en un espacio y un entorno que no dejen de estar referidos a la concretud de sus cuerpos y de los cuerpos ajenos: de otra forma, este proyecto correría el riesgo de tornarse muy próximo al plan utópico de Veidt, que en lo que utópico, puede y tiene que situarse en y ejecutarse desde un no-lugar que le permita juzgar el conjunto de la vida histórica y pasar por encima, quizás de modo doloroso, de la concreción insustituible de los hombres vivos, a los que valdría la pena sacrificar en nombre del hombre utópico, the man of Tomorrow, y la apertura de un Nuevo Mundo. Por oposición a este "utopismo", que en nombre del bien ilimitado suele llegar a preparar los males mayores, esta extensión de la confianza de la que hablamos, sin dejar de ser concreta y de estar siempre circunscrita y limitada a un espacio finito vivido y a un tiempo finito vivido, busca ilimitadamente su mundo [cap. VII completo, c. XII p. 30]. El abrazo carnal y moral entre dos cuerpos humanos introduce y despliega en el mundo su propia universalidad, y no simplemente porque en el mundo tenga la pareja que conjurar las amenazas de la guerra mundial o el crimen, o porque tenga, como quien dice, que negar todas las negaciones que el mundo haga de ella, sino porque en ese "afuera resistente y existente" se halla también su positividad, que sólo aparece en el proceso, seguramente interminable, de ir incluyendo a terceras personas -familiares, amigos, vecinos, compañeros- en lazos de confianza y conmiseración que permitan mantener los iniciales, a través del socorro mutuo y la fidelidad con ellas. Sólo haciéndose cargo de un mundo, que puede ser más o menos amplio pero que siempre será limitado, y haciéndolo habitable en lo posible, se convive: no sólo en la pareja, sino en la amistad, en la familia, en la vecindad, en el trabajo. El abrazo franco de dos cuerpos humanos puede verse así como un lazo moral concreto e internamente ordenado, que pese a sus internas asimetrías o pese a las disarmonías que puedan afectarlo en su extensión hacia terceras personas, mantiene hasta donde sea posible su calidad moral; también en ese continuo esfuerzo por mantenerse y recuperarse ante las dificultades -esfuerzo al que sólo la muerte o la descomposición moral pueden hacernos renunciar- sirve, en el peor de los mundos y en la más inhumana de las circunstancias, como una luminaria de la existencia, incluso cuando se ve reducido a su sombra.
Y así, como un primer foco por el que la existencia humana acaba ganando su propia ordenación sin necesidad de que se cierre sobre ella, como una dama de hierro, un orden moral abstracto y ajeno a ésta, es como aparece de nuevo la figura de los amantes sobre la máscara de Rorschach [XII, 23], que no puede evitar en esta ocasión que Kovacs se remueva dentro de él. Si por efecto de la terrible simetría Kovacs había sido convertido en una máscara pasajera de Rorschach, ahora Rorschach vuelve a ser máscara de Kovacs, como ocurrió antes de que éste cayese en el círculo de hierro de la violencia y la desconfianza. Por un instante, Kovacs recibe la luz cálida de algo que lo rescata del vacío, que él había asimismo interpretado y superado como imposición de una ley moral vacía, y se ve requerido por un vínculo moral concreto hacia sus amigos, que lo interpela de un modo que ya no es tampoco la mera compulsión despótica de imposición, fundada en su origen por un régimen de sistemática desconfianza. En ese momento repercuten en él sus lazos afectivos de amistad con Daniel [véanse sus palabras en VIII, 18 y X, 10] y gana fuerza su voluntad de corresponder la confianza que en él han depositado éste y Laurie, voluntad que pese a su impotencia frente al imperativo de continuar siendo Rorschach, permite a Kovacs, acaso por el bien de sus dos amigos, hacer suya la necesidad de mantener la ilusión creada criminalmente por Veidt para evitar la guerra con la URSS. Estos dos, al rescatarlo durante el motín de la prisión en que esperaba su juicio, habían compartido con él su proyecto de confianza y compadecimiento; ahora Kovacs les corresponde de alguna forma, comprendiendo que sólo mediante la muerte de Rorschach -su muerte- pueden ser continuados, siquiera provisionalmente, tal proyecto y tales vidas, que pueden brillar, bajo el signo del abrazo, como valiosas en sí mismas. (...)
[El regreso de los disfraces de Daniel y Laurie no consiste, en el fondo, en una recuperación simultánea del “yo profundo (superheroico) perdido“ de cada uno, sino que, por su significado biográfico, les ofrece la ocasión adecuada para reanudar conjuntamente su proyecto (antes individual) de “no ceder a la desmoralización“. De esta manera, lo importante en ese proyecto será, precisamente, lo que tiene de compartido y de restaurador de la confianza perdida: por eso los trajes ceden su carácter decisivo, como presuntas “verdades últimas” sobre cada uno de ellos -como individuos-, a la figura de la sombra de los “amantes” que se abrazan, como símbolo de la posibilidad de evitar el círculo de desconfianza perpetua en el que las “identidades profundas“ atraparon a Kovavs y Blake, y ahogarán a Veidt tan pronto éste se funda con Ozimandias.]

Abundemos en estos argumentos nuestros sobre el lugar que corresponde, en el mundo al borde de la des-moralización irreversible -sin duda, el presentado por Watchmen, y por eso mismo, el nuestro- el gesto del abrazo entre los amantes de Hiroshima. También el retorno de Búho Nocturno y Espectro de Seda tiene que ver con la aparición de la sombra de los amantes en la pesadilla de Dan [VII, 16]. La amenaza de una guerra nuclear inminente no sólo es incapaz de romper los lazos sentimentales entre Dan y Laurie, sino que empuja a ambos a vestir de nuevo sus disfraces de enmascarados para reanudar, con nuevo espíritu, una empresa que habían abandonado años antes; para reclamar así una vía en la que poder preservar la marcha de su relación ante el desarrollo de los acontecimientos. Desde luego que esto, como muchos lectores han visto, se alimenta del ímpetu sexual de sus cuerpos: a priori, no hay nada de escandaloso en ello, sobre todo si empezamos a ver en ese ímpetu una manifestación singular de la condición carnal de uno mismo y del significado de los cuerpos de las personas de nuestro entorno, en lugar de una fuerza ciega y despersonalizada que tengamos que reprimir. Los concretos vínculos afectivos y sexuales entre el cuerpo de uno y el cuerpo de la otra forman, por así decirlo, una especie de primer sostén desde el que confianza y el compadecimiento de los que hablamos pueden irse extendiendo a terceros e ir enlazando con otros núcleos de compromiso, de modo que el tejido de la convivencia y el reconocimiento moral se vaya recomponiendo y reponiendo en sus expresiones mínimas. La fuerza moral y afectiva que reúne sus cuerpos se apropia de los disfraces de Búho Nocturno y Espectro de Seda y los pone a su servicio, desplegándose a través de su figura hacia terceras personas casi como por medio de una institución, que en lo que proporcione algún tipo de horizonte moral común y virtualmente ilimitado a la pareja será capaz, incluso bajo la amenaza nuclear, de tensionar de nuevo los lazos iniciales entre sus personas y de anudar y reanudar los vínculos entre ambas y otras terceras. Esto es, desde luego, lo único que puede ofrecer algún tipo de baluarte frente al desasosiego y el sentimiento de fragilidad a los que la desconfianza moral y la marcha de la historia universal habían sometido a sus cuerpos; ¿no permite además comprender las razones por las que sólo después de volver a vestir sus trajes y rescatar a los vecinos de un edificio en llamas pueden Dan y Laurie culminar su encuentro sexual? Decir que esto se debe sin más al efecto de la "descarga libidinal" que supone para ambos el haber participado de nuevo en la "fantasía" del disfraz es quedarse muy corto, y exige suponer que en los trajes de los enmascarados hay, sin más, libido incorporada. Esto no deja de ser interesante, pero no permite llegar al conjunto del texto -incluso puede limitar nuestra lectura. Creo que sería más adecuado entender que, en este caso, el papel de los trajes va mucho más allá del de una cosa "fetichizada". Los trajes de Búho Nocturno y Espectro de Seda comienzan a presentarse aquí, de nuevo, en el lugar que les corresponde: no se confunden con sus portadores ni invaden toda su biografía, como sí querríamos ver que ocurría en el caso de los otros Vigilantes -a excepción del Dr. Manhattan, que no es un enmascarado. De nuevo, los disfraces disponen ante sus portadores una institución [NOTA 2] bajo la que pueden continuar y realimentar los lazos de confianza personal que ya estaban dándose entre sus cuerpos, pero que requerían para su continuación de la tensión moral que se da en su extensión hacia los cuerpos de terceras personas -las personas que están o estuvieron presentes en sus entornos vitales, en las vecindades de sus cuerpos. Por eso se diría que ahí están operando relaciones de confianza y conmiseración muy concretas, y que en el caso de Dan y Laurie las máscaras no han llegado a hacerse con la biografía de la persona que las viste y a interrumpir su arraigo en el plano de las relaciones morales entre personas concretas, privándoles de todo auténtico consuelo. Desde luego que tanto Rorschach como el Comediante desarrollan su actividad como enmascarados sin que ésta responda a los límites de sentido y concreción que tendría que imponerles una vida personal más allá de la máscara; esto ocurre porque, como decíamos, ellos han sido "tragados" por el papel de enmascarado a fuerza de situarse siempre en el límite de la desconfianza personal y la falta de compadecimiento, sin contar con nadie más que con ellos mismos para "soportar todo el absurdo y el vacío moral del mundo" sobre sus hombros. Esta soledad sin consuelo posible y esta despersonalización del enmascarado ante al abismo, que no encontramos ni en Dan ni en Laurie, quedan recogidas por las palabras de Rorschach en memoria del Comediante en el cap. II, páginas 26 a 28:
"Una vez oí un chiste: un hombre va al médico. Dice que está deprimido. Dice que su vida parece dura y cruel. Dice que se siente solo en un mundo amenazador en el que lo que le espera es siempre vago e incierto. El doctor dice: "El tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci ha venido a la ciudad. Vaya a verlo esta noche. Con eso se animará." El hombre empieza a llorar. Dice: "Pero doctor... Yo soy Pagliacci."

jueves, 5 de febrero de 2009

Amantes de Hiroshima (introducción)

En Mundo de Krypton (J. Byrne, M. Mignona, 1987), el Hombre del Mañana descubría una verdad antes oculta sobre el sentido de su llegada a la Tierra, y en definitiva, sobre el legado de sus padres y su identidad más esquiva (la que se pierde al olvidar quién se es y de quién se viene): su familia lo había enviado a América para salvarlo no sólo del desmoronamiento de su planeta natal, sino para que entre los vulnerables cuerpos de los hombres del hoy, Superman tuviera una oportunidad de evitar la soledad, la autosuficiencia y el aislamiento que la última civilización de Krypton había convertido en instituciones centrales de la vida de los titánicos kryptonianos. La cuestión es: ¿y si la llegada de Superman en 1938 hubiese sido ya de antemano tardía? ¿Podría habérsele adelantado, en esa América a la que llegó -la América de los lectores, la que hay alrededor del papel, y no la que él repara en el papel- la semilla de la misma soledad que estaba intentando evitar? A tenor de los resultados de la trama de Watchmen, podemos ir más lejos en la pregunta: ¿Y si Superman hubiese traído consigo esa semilla? ¿Y si el mismo ofrecimiento -por parte de Superman- y asunción de una “verdadera identidad superheroica” -por parte de los hombres-, aunque sólo hubiese acontecido en la ficción, supusiera abrirle ya las puertas al caballo de Troya, haber quedado atrapado ya antes en el círculo de la misma desconfianza y soledad que se está intentando superar? ¿Y si el lector, al hacer frente bajo esa identidad superheroica -aunque sólo sea en la ficción- a la desmoralización del mundo contemporáneo ya hubiese optado por una “interpretación de su propia verdad” que le obliga a adoptar una actitud de vigilancia y sospecha incansable sobre su entorno vital? ¿No supone la adopción de esa “verdad superheroica” un intento de “ser un lobo más feroz que los otros lobos“, y a fin de cuentas, no conduce a la reproducción de los males que, en efecto, hacen esperar al Hombre americano la llegada de un infalible defensor del Bien y la Justicia, de un ajusticiador “dotado de potencias milagrosas“ que restaure la moral comunitaria y la confianza?
Sólo dos de los personajes principales de Watchmen, precisamente en la medida en que, como sus predecesores, se han logrado zafar de la presunta “verdad profunda” que les ofrecía el disfraz superheroico y están dispuestos a compartir el último abrazo de los “amantes de Hiroshima“, consiguen romper esa extensión de la desconfianza, el efecto inmediato de la crisis política y moral que los primeros justicieros enmascarados pretendieron ahogar y sólo consiguieron avivar. Dan y Laurie, al volver al vestirse los trajes [VII, 25], hacen justo lo contrario que Adrian Veidt al desenmascararse y retirarse -o fingir retirarse, más bien- como Ozimandias: renuncian al sueño “adolescente” de su “identidad profunda superheroica” [véase VII, 7] y se instalan, como algunos de los personajes secundarios de la trama, en la tarea de restaurar desde lo cotidiano esos vínculos de confianza y esos significados morales perdidos. Mientras que a éstos los acompaña la sombra de los amantes de Hiroshima, a Ozimandias -que es a quien Veidt entrega su rostro al quitarse ante el público la máscara- lo acompañará una sombra solitaria [véase X, 8 y 10], que finalmente se convierte en el cabo que lo conduce hasta el Navío Negro, donde la necesidad de ocultar ante todos su “secreta identidad como Ozimandias” y su horrorosa tarea como pacificador del mundo lo sumirá en un infierno de aislamiento, desconfianza y falta de conmiseración [XII, 27], en el que ya ninguno de los que tomaron parte en su plan puede compadecerse de él -pues a fin de cuentas, Ozimandias “ha enterrado su secreto con sus sirvientes”. A Veidt, como moderno Ozimandias y presunto vencedor de los males de los hombres, le resulta desconocido el gesto de los amantes de Hiroshima, cuando en verdad sólo es a partir de este gesto como podrían empezar a reponerse los vínculos comunitarios de confianza y amor que se echaban en falta: la familia, la amistad y la comunidad.
Las simetría, que aparece para Kovacs como el aspecto terrible del abismo, que está también impresa como una falta divertida en la sonrisa del Comediante, finalmente puede dar lugar al abrazo de dos personas concretas: el gesto de exposición y fortaleza, por el que, sin poder evitar la muerte o expulsar todos los males, se detiene sin embargo la proliferación de la desconfianza; en ese caso, como durante el sueño de Dreiberg [VII, 16], al final del equívoco de identidades y “verdades profundas“ encontraremos la sombra de los amantes de Hiroshima. Esa misma simetría, retenida en el ojo de Osiris que lleva Ozimandias impreso sobre su pecho, puede, dada nuestra ambigüedad moral ante la figura de la “verdad profunda sobre nosotros mismos“ y su interpretación superheroica, transformarse también en la calavera y las tibias que señalan el destino final del náufrago de los Relatos del Navío Negro. Ni Superman ni el Dr. Manhattan pueden, con todas sus potencias milagrosas, apoyarnos en esa decisión. Ser capaz de resolverse por una vía de esta encrucijada sin necesidad de que ningún “garante” le conceda seguridad y protección a nuestra opción conjunta en sustitución del Dios, sólo es posible, según Moore, en un mundo “más hermoso, más hermoso y fuerte en el que vivir“ [cita en XII, 32].