viernes, 21 de julio de 2023

La magia, una cuestión de conjunto (y IV)

 

El underground cultural también está en los infiernos. La baja cultura no defrauda. Aleister Crowley en la contracultura de 1969 y el mal viaje de Mina Murray. El largo hacer de la Providencia.


En relación al fenómeno moderno de la publicidad, así como al de los folletines ilustrados “para el gran público”, e incluso al de la pornografía y el sensacionalismo, la pareja Moore-Campbell en From Hell, al igual que la pareja Moore-Gibbons en Watchmen, ha ido dejando “sin necesidad de decirlo” una colección dispersa de evidencias gráficas que señalan la necesidad de poner en claro su verdadero papel cultural (antropológico): viñetas en las que los personajes desfilan ante grandes fachadas del Londres de 1888 en las que los rótulos y reclamos publicitarios saturan el campo visual, o escenas en las que los personajes no hacen sino hojear un cómic de piratas o ver la televisión, llamando la atención sobre el potencial mimético que se pone en juego, más allá de la psicología individual, en el despliegue de estas técnicas cotidianas de socialización circunscrita a un momento histórico, que tan rápidamente quedan soslayadas por la historia cultural. En Watchmen las referencias a la televisión, a las paredes cubiertas de cartelería, los rótulos publicitarios, etc… parecen ocupar un espacio temático más, tan importante con el de la acción de los personajes principales, hasta el punto de que es en una pintada callejera donde se lee la pregunta “¿quién vigila a los vigilantes?”. Y esa referencia se acompaña de todo un coro anónimo integrado por la cartelería pegada a las paredes, por los tumultos callejeros, por jóvenes integrados en su propio disfraz de tribu urbana y siguiendo a bandas de música que pasan del underground a llenar grandes coliseos. Ese escenario de los suburbios, museo de las formas arrabalescas de las bellas artes y el underground cultural, parece ofrecer un reflejo dentro de la forma general de la ciudad moderna de los fenómenos descontrolados que se mueven en un plano intermedio entre lo cotidiano y lo inconsciente, tal como los barrios de inmigrantes y los sótanos de vetustas casas son para Lovecraft un lugar donde se empiezan a manifestar las influencias de los dioses olvidados. Hasta el punto de que, llegados a la historia de Neonomicon – The Courtyard, necesariamente ambientada en los suburbios, caemos en la cuenta de que el personaje de Jhonny Carcosa, de una edad indeterminada, bien pudo ser el modelo (aderezado al gusto de lo que debía ser la América de la opulencia post-bélica) que inspiró la apariencia del Elvis Presley, desatador de histerias e hito de la nueva juventud: pues no sabemos si es el Rey Amarillo quien tomó el aspecto de “el Rey” para aparecerse miméticamente en su forma del siglo XX, o si fue esta epifanía del eterno Nyarlathotep la que inspiró, en un rapto macarra, el aspecto escénico de ése que iba a ser Elvis Presley. Sea cual fuera el original y sea cual fuera la copia, Jhonny Carcosa se deja ver entre los asistentes a un concierto de música rock gótica (Los Gatos de Ulthar), entre jóvenes tatuados con esvásticas y martirizados por la moda de las perforaciones cutáneas, para luego desaparecer durante una redada como una figura de una pintura mural callejera donde las dos dimensiones se confunden con los paisajes de Yuggoth, el planeta olvidado. De nuevo, un agente venido de los infiernos apunta la importancia mágica de un elemento trivial del escenario callejero contemporáneo –una pintura mural, en este caso- sobre el que deja las pistas que pueden conducir a la locura.



Jhonny Carcosa, también llamado "el Rey (de Amarillo)", da la cara como público y como musa siniestra de un concierto de punk-rock gótico, entre medias de la juventud disconforme y disforme. El argumento de The Courtyard se desarrollará posteriormente en Neonomicon y en Providence, donde en un excurso final, el Sr. Carcosa nos expondrá, en términos humanamente comprensibles pero indeterminados, qué es lo que hace el lenguaje Aklo con el que el trafica clandestinamente. En su cuarto vemos retratos de personajes populares del siglo XX: el Papa Juan Pablo II, Marilyn Monroe y Elvis Presley. Si Elvis se disfrazó de él o si él se disfrazó de Elvis es una cuestión para otro momento.


Seguir esta evolución de movimientos anónimos y modas pasajeras, cambios del gusto e infatuaciones colectivas que, sin hacer ruido, desgasta y vuelve a moldear la parte enterrada de nuestras vidas, es una tarea desconcertante y aparentemente exenta de lógica. Por más que se desee recurrir a Hegel, al materialismo histórico, o a la explicación funcionalista, siempre queda la deuda explicativa de por qué hay generaciones y movimientos discontinuos en el progreso de la literatura, estilos en las bellas artes, nuevos e imprevistos intereses por ciertos géneros de figura ficticia y por temas de series / melodramas televisados, o determinadas modas en el vestir, siendo sin embargo posible que, en lugar de todo esto, existiera una adaptación de los gustos generales que resulte meramente pragmática, en la forma de una cultura eterna universal que no necesite más que modificar alguna variable para engarzar con la vida de los individuos y los colectivos, sin tener que hacer el esfuerzo de producir e introducir una auténtica novedad que tome un rumbo imprevisto. Mirando las novelas de J. Verne se puede decir tanto que el género de la ciencia-ficción viene del mundo de finales del XIX como que el mundo del siglo XX viene de la ciencia-ficción de las novelas. No hay tal diferencia de nivel ni sobreposición de la “superestructura cultural” respecto de un supuesto cogollo económico o núcleo determinante del resto de la vida histórica. Mirar la galería formada por la escenas cotidianas de la vida cultural y las modas decorativas características de diferentes décadas y momentos de un lugar puede dar lugar, a posteriori, a un reconocimiento de un cierto desarrollo epigenético o “autodirigido” entre esa plétora de expresiones aparentemente triviales, que apunta a un ideal en evolución, como si estuviéramos viendo las fases de la vida de un solo sujeto en un corto lapso de tiempo, desde las fases embrionarias hasta su madurez: el desarrollo de la “ninfa” (acaso ninfa siniestra) que, ágil como una corza, salta de momento en momento entre los árboles y matojos de un bosque lleno de claroscuros, nos da atisbos de sus formas de vez en cuando, pero nunca se deja capturar en una fotografía definitiva, obsesionando siempre a Psique con el enigma acerca de cuál es la buena forma que recorre y explica el conjunto de sus transformaciones; es movimiento de coherencia ajena a nosotros a priori, pero reconocible a posteriori, hasta que se nos escapa de nuevo con un giro súbito de su dirección al correr hacia un lugar inesperado, haciéndose extraña a sí misma, y dejándonos como última conclusión la conjetura permanente que puede pervertirse hasta la locura. Encajamos esto con el desfile de estampas a cámara lenta con que, también, nos regala la adaptación cinematográfica de Watchmen inmediatamente después de matar al Comediante, mientras suena “Times -they are a changing” de Bob Dylan –otro tanto para el Sr. Snyder. De un triunfal comienzo de los Minutemen durante los años de la II Guerra Mundial pasamos, en una misma galería del largo museo de los paisajes culturales, a la huelga policial y el grito popular inarticulado que conduce a comienzos de los 80 a la prohibición de los justicieros enmascarados.


Si a mediados de la década de 1960 "los tiempos andan de cambios" en la América de la opulencia, nos podemos preguntar cuál fue el papel de la música popular y sus apóstoles en ello, tal como nos tendríamos que preguntar cómo los cantos recopilados por Homero en La Ilíada dispusieron el mundo de los griegos antiguos para el triunfo final de Alejandro el Macedonio.

El Hollis Mason de Watchmen se queja en su autobiografía (apéndices de los primeros números de la serie) de ese extrañamiento cultural que, tras vencer al Eje en 1945, lleva a que los jóvenes americanos prefieran la causa del joven rebelde sin causa o el beatnik -y después el movimiento hippie, el rock de los 70 y la contracultura- antes que los valores que América había propuesto al mundo, un giro involuntario y espontáneo de la cultura que finalmente decretará la prohibición de los justicieros enmascarados y el olvido de los superhéroes. Y por otro lado, comprobamos que las sucesivas formaciones de La Liga de los Hombres Extraordinarios: Century con una inmortal Mina Murray a la cabeza, se las tienen que ver en el siglo XX con los diferentes paisajes humanos que van desfilando ante sus ojos, desde la Europa de 1910 en que se está preparando la Gran Guerra –con Francia y Alemania ya defendidas por sus respectivas réplicas de la Liga de talentos British- hasta el reflejo en la juventud insular del éxito del rock de Elvis y compañía en los EEUU de los años 60, con el vuelco hacia el Infierno que esto habría de dar tras el concierto de 1969 de los Rolling en Hyde Park –Black Sabbath, Led Zeppelin y Deep Purple se encargarán de hacer sonar el réquiem por los Beatles inmediatamente después. Es en la sucesión de los tiempos, las modas, y los nuevos movimientos (vistos como “contraculturales”) a los que se suma la juventud, mientras vamos siguiendo los infortunios de la Liga de los valedores extraordinarios de Inglaterra, donde la atención a las modas se convierte en un continuo (y obligado) acompañamiento. Y el papel de los Hombres Extraordinarios en esta sucesión, como el de sus rivales, no deja de ser paradójico, inconsciente y precario: si en 1910 le desvelan al ocultista Oliver Haddo / Crowley, en un heroico y torpe enfrentamiento, que éste había de tener un plan para engendrar con artes mágicas un hijo de la Luna que pusiera el mundo del Imperio Británico patas arriba –cuando él en realidad no estaba en ello hasta ese momento-, dando pie a la Gran Guerra poco después, en 1969 descubren que, en mitad de la efervescencia del hippismo y el rock británico, de la revuelta contracultural, y con ocasión de un concierto de los Rolling Stones en Hyde Park (Rolling Stones o Purple Orchesta, o como tengan que llamarse), el ocultista moderno va a tomar las riendas, desde un nuevo cuerpo, de las influencias mágicas que este acto contracultural ha de ejercer sobre la juventud congregada, para así propiciar el advenimiento del hijo (o de la prole, más bien) de la Luna. En el momento culminante del concierto de Hyde Park, el acto mágico, que no puede sino tener lugar ahí, entre las masas congregadas por las energías rebeldes y antipuritanas de los infiernos, requiere que resuene en miles de cabezas Simpathy for the Devil. Mientras el nuevo rock británico queda oficializado, oficiado y consagrado como señal del fin de las viejas formas en dicho acto, son liberadas las nuevas maneras de ser que hasta ese momento no tenían carta de naturaleza. Y sin embargo, gracias o a pesar de la intervención de Mina, cuya acción precaria y bienintencionada desvía el plan del ocultista, los actos de Haddo se le tuercen más allá de sus intenciones, para que otra cosa –igualmente mágica- siga adelante: estas nuevas maneras no serán ni lo que el antagonista Haddo buscaba producir ni lo que la protagonista temía perder, sino lo que el propio terreno de la Imaginación había decretado. Al final del volumen The League(…): Black Dossier, de la misma serie, un emisario negro, probablemente Nyarlathotep, se cruza con Mina y Quatermain durante su visita al Mundo Llameante (Blazing World) para seguir el desarrollo de su plan, encaminado a recobrar para los habitantes de Fantasía el estatus usurpado por lo real, “lo que es ser”. El resultado del acto mágico no será nunca ni exactamente el hijo de la Luna buscado por Haddo, ahora convertido en otro agente más de un plan que le supera y que se le va de las manos, ni la preservación del Imperio Británico y el bien común a la que se debe la Liga, pues el nuevo rock británico ya ha roto irreversiblemente el espíritu apolíneo de la bella eticidad nacional británica. El enfrentamiento protagonista-antagonista desvela que esencialmente, cada uno buscando lo suyo y actuando desde su lado del escenario, colaboran en una acción que está más allá de las potestades e intenciones de ambos, que como Batman y el Joker, nunca podrán separarse: los actos de unos, conjugados con los de otros, desbordan su significado hasta parecer encaminados por los planes de un tercero, o más bien impulsados por la dinámica de las fuerzas combinadas de los cielos y los infiernos, cuyo fin final sólo se manifestará andando los tiempos, dando lugar a nuevas épocas de por medio (“la Providencia”, esto es, Providence, da cuenta de ello cuando ya todo nuestro razonamiento es inútil). Como resortes de una maquinaria teatral que los envuelve, ninguno de ellos, ni protagonista ni antagonista, llegará nunca a ocupar el lugar del autor dramático, si es que propiamente existe autor y no una improvisación impersonal que va siempre por delante de los actores. El malvado ocultista queda apartado del éxito previsto de su plan, y sin embargo ha servido como un agente necesario. Pues como bien cantó el poeta Ozzymandias (Orborne) en memoria del que acaba de fallar y ha hecho fallar a Mina:

Mr. Charming, did you think you were pure?
Mr. Alarming, in nocturnal rapport
Uncovering things that were sacred
Manifest on this Earth
Ah, conceived in the eye of a secret
And they scattered the afterbirth
Mr. Crowley, won't you ride my white horse?
Mr. Crowley, it's symbolic of course



Un "mal viaje" de Wilhelmina Murray en 1969, durante un fracasado intento de posesión (infernal) del ocultista Oliver Haddo sobre la persona predispuesta de Mick Jagger, mantendrá a la Liga de los Extraordinarios Valedores de Albión fuera de escena hasta 2009, año en que el paisaje de Fantasía espera la llegada apocalíptica del hijo (mágico) o Anticristo, habiendo resistido hasta entonces a base de mujeriegos agentes 007.


Escuchamos otra vez: “descubriendo cosas que eran sagradas / manifiestas sobre esta Tierra / de un secreto en el ojo concebidas / y [que] dispersaron la placenta“… y preguntamos otra vez: ¿la placenta de qué o de quién? Como espectadores, nos vemos envueltos en la misma ignorancia que el dúo protagonista / antagonista en medio de la acción heroica. Pasando las páginas de La Liga, andando los tiempos, resultará que la placenta esparcida por Crowley a los cuatro vientos es también (aparentemente) la caricatura de sus propósitos de engendrar un hijo de la Luna, pues el resultado del plan del ocultista se agotará en algo –o más bien en alguien- cuya llegada el propio Haddo / Crowley no podía divisar, y que él percibe como el fracaso en su única oportunidad de liberar el fuego de ese apocalipsis mágico que buscaba desde 1910. Al encontrarse en el colegio oculto (Hogwarts) con su hijo de la Luna, siendo ya éste adulto, el antagonista mostrará su decepción, aceptando que sus actos han quedado expuestos a un resultado ridículo: “eres un Anticristo banal, un hijo de la Luna trivial”. De un acto mágico interruptus sólo ha podido salir un hijo de la Luna deforme: el subsuelo infernal de la Imaginación del mundo contemporáneo, parece ser, no albergaba materia ni mana suficiente como para dar lugar a un Hijo de la Luna como es debido. Igual que los sucesivos 007 (el nuevo héroe British) con los que se va topando Mina en sus tratos con el MI5 británico son unos sustitutos triviales de los amigos de Mina -Allan Quatermain, Hyde, Nemo, el hermafrodita Orlando y compañía-, el enemigo con el que se van a encontrar finalmente no será sino un Anticristo light: el reflejo, el correlato ficticio (o una semilla ultraterrena) a la medida de un mundo en el que hay matanzas con arma de fuego en los institutos de secundaria e invasiones humanitarias preventivas por parte del Imperio, a las mismas tierras donde antes llegaban las falanges de Alejandro Magno: mal banal para muchos, mal sin el recorrido que podían tener los planes de los primeros enemigos de la Liga (Moriarty, Fu Manchú, los marcianos invasores de Welles), pero mal, a fin de cuentas. Y ojo: quien, en la trama ficticia donde habitan Mina y La Liga(…) resulta el antagonista final según la lógica interna del espejo de la ficción, se replica como el protagonista final en la cultura de comienzos del siglo XX, de acuerdo con la lógica de la trama de lo que realmente es ser, en la que estamos nosotros –concedamos que Moore anda ya más allá que acá. Y es que, después de Harry Potter, ¿habrá alguien capaz de merecer un nuevo volumen de La Liga, o sólo ya el vacío insípido de los maniquíes, que nos compele a rebuscar un mejor entretenimiento en los ajados libros de nuestros abuelos?


 


Ambientado en los años 50, La Liga(…): Black Dossier presenta una Inglaterra donde ya ha aterrizado el espectro de la Guerra Fría, la carrera espacial y el agente 007. Por supuesto, se dedica una atención especial a la publicidad comercial de la época, como ya había sucedido en From Hell. 

 

 El hecho ficcional a considerar y desmadejar dentro de la conclusión de Alan Moore es éste: para saber algo del tullido y paticorto hijo de la Luna / Anticristo (anglicano) que resultó del acto mágico supuestamente fracasado en el concierto de rock de 1969, tenemos que fijarnos en el repentino interés generado en las masas juveniles por la figura de un cierto aprendiz de magia y hechicería de finales del siglo XX, cuya frente lleva la señal de un destino funesto. Dejando aparte juicios y prejuicios estéticos y literarios, es necesario que aceptemos como un hecho social y ficcional significativo la existencia de un Harry Potter y su importancia y aparición en el paisaje de la Fantasía del mundo contemporáneo. El día que la señorita J.K. Rowling comenzó a escribir la primera página de HP y la piedra filosofal, algo nació de verdad y se transformó efectivamente en el paisaje oculto bajo las tierras occidentales en el que habían existido los personajes de la Odisea, a medio camino entre la realidad y la ficción, entre el ser y el no-ser; o más bien, algo se removió ese día en los infiernos de la Imaginación, y J.K. Rowling tuvo que escribir algo para dejar constancia de ello. Sí: decimos –siguiendo a Moore- que algo hay necesariamente inspirado en lo que ha dejado escrito J.K. Rowling, aunque no desde luego como contaba Aleister Crowley que le habían inspirado su Libro de la Ley. Para terminar la historia de la Liga de los valedores de Albión, Moore ha tenido que asumir –o ha tenido que poner la vista en- la aparición a finales del siglo XX, como inmediato fenómeno de masas, de una serie de novelas juveniles sobre estudiantes que acuden a una oculta escuela-internado de magia (British style) mientras se les viene encima, o se van echando encima, el cataclismo de la resurrección de un Señor Oscuro de las artes mágicas que desprecia a la humanidad no-mágica (unas artes mágicas, por cierto, presentadas y representadas en su componente más similar a la manipulación tecnológica moderna de los fenómenos naturales, sin entrar en complicaciones metafísicas sobre el sentido de la alquimia). Como veníamos explicando, Moore relaciona la aparición y –atención a lo que viene- el éxito social espontáneo de esta serie de noveletas post-pulp con el fracaso de Oliver Haddo / Crowley a la hora de generar un antimesías mágico en Inglaterra mediante artes mágicas. En algún momento, la manipulación infernal (frustrada) realizada en 1969 por Haddo durante el concierto de los Rolling en Hyde Park y en todos los años que llevan a dicho concierto como su hito visible, colaboró en la preparación de este advenimiento de un nuevo interés por lo mágico y por su paradójica banalización. The Magical Revival (1972) de Kenneth Grant, como El Libro de la Ley de Crowley de 1904, han puesto hitos de la nueva magia (la post-psicodelia y la moda burguesa del ocultismo de comienzos del XX) y después reverberado sus influencias en el inframundo de los espectros contemporáneos, hasta verse definitivamente ridiculizados, incomprendidos y caricaturizados en este súbito e inexplicable interés generado por la figura del Sr. Potter, a causa y a pesar del aparente éxito cultural del Imperio Británico. El Sr. Moore no va a limitarse, ni mucho menos, a centrar su explicación del éxito de Harry Potter en la presunta eficacia de la maquinaria del mercado de consumo entusiasta para la generación de deseo entre los inermes espectadores, sino que apuntará a algo que, viniendo formalmente dentro –o en el subsuelo- de la figura de Harry Potter y su entramado ficcional, permite que su peculiar género de acción teatral y su trasfondo de sentido, y especialmente éstos y no otros, sean inmediatamente aceptados como propios del mundo de los lectores jóvenes de finales del siglo XX. ¿Quién puede decirle a los jóvenes lectores infatuados de Harry Potter que su interés en dicha seria de novelitas para jóvenes se debe principal o exclusivamente a la necesidad de vender libros, muñecos y todo tipo de artículos vagamente relacionados con los personajes, y que es un epifenómeno de la verdadera función social -comercial- de esas novelas? Según lo que viene sosteniendo esta interpretación, la verdadera magia de Harry Potter no es la que se pinta en sus escenas cuasi-cinematográficas, sino en los actos que han preparado el subsuelo de la Imaginación colectiva para que dicha serie ficción llegue a ser, y llegue a ser exitosamente. Roturar un terreno oculto y bajo la capa accesible a los actos conscientes; roturarlo para sembrar una semilla de una especie desconocida y así, sembrar para cosechar un fruto desconocido en el futuro incierto, es algo que se ha tenido que hacer por quienes no hemos conocido directamente y en el día en que no pudimos estar presentes.





Y al hablar de The Magical Revival de Kenneth Grant, se nos da el último pretexto que necesitábamos para pasar a mortificarnos en público por nuestra culpable admiración, compartida por el chamán de Northampton, por alguien cuyo valor ha sido arrinconado en el terreno del pulp por los juiciosos y entendidos literatos y críticos culturales: Howards Philip Lovecraft. ¿Cómo me pueden explicar a mí que las historias de H.P. Lovecraft hayan dado ocasión a tanto merchandising andando los años y las décadas, cuando el propio Lovecraft murió en la penuria económica, y cuando su obra ha ido siendo objeto de una difusión siempre dificultada y limitada por el tipo de ficción que le tocó escribir? ¿Por qué Lovecraft no ha quedado olvidado una vez se dejaron de vender las revistas pulp donde se publicaron sus historias? ¿De dónde la fijación con la existencia de un Necronomicón fuera de la inventiva de Lovecraft, y por qué los intentos de reconstruirlo como una obra con existencia propia? La explicación de Moore, siguiendo a su manera la tesis de Kenneth Grant sobre el carácter mágico, inspirado y psicodélico de la obra de Lovecraft, creo que está sugerida en Providence, si entendemos que el argumento enlaza con lo que vemos al final de La Liga(…): Black Dossier: todo el devenir de la ficción hacia una entretenida pero insustancial versión contemporánea de los héroes eternos –léase 007, léase Harry Potter-, que nos dejan a nuestro alrededor un panorama desesperante de ficciones y ensoñaciones colectivas giligoyescas (goyescas por la deformidad que parecen haber tomado del estilo de los aguafuertes del fuendetodino) no pueden sino tener el sentido de hacernos asumir como salida deseable y creíble el cataclismo o la destrucción ficcional (que no necesariamente real) del mundo contemporáneo, e incluso de hacérnosla desear desde lo más hondo e incomprendido de nuestra sustancia cultural e histórica, desde el tuétano de eso que los seguidores de Freud siguen llamando el Tánatos (impulso de destrucción). Este devenir, que nos acerca inevitablemente a los cuentos de Lovecraft, responde a un plan providencial para devolver el ser de la realidad a su sitio tras el presunto paso “del mito al logos”, a un plan para restaurar los derechos del ser de lo ficticio frente a “lo realmente ser”, y además hacerlo en la única manera en que era posible: no a través de rituales reales ejecutados mediante técnicas manipulativas en el seno de la realidad (fracasan todos los que intentan batir a la realidad por medio de cultos prohibidos realmente ejercitados: unos tiroteados por el FBI y otros consumidos por fórmulas mágicas que no dominan), sino a través del relato ficcional de dichos rituales y cultos inenarrables, un relato que, como tal relato de ficción, debía comenzar en el canon imitativo de lo verosímil para luego desmoronarlo (de ahí el género de “horror sobrenatural”), llevando al lector desde lo conocido hasta la sugerencia más que suficiente de un horror ilimitadamente desconocido e incognoscible desde la lógica real; este relato, sin importar que se estuviera realizando hechicería en la realidad o no, debía darse a conocer a todo el mundo a través de alguien que viviera para dejar las esporas de la vida de Yuggoth esparcidas por la imaginación colectiva, y así permitirles colonizar el subsuelo a su propio ritmo y según sus propias formas (mágicas). De esta manera, Lovecraft, que escribía sin tener que preocuparse –como autodefinido racionalista- de aclarar que las fuentes de su obra eran fingidas y no hechos reales, se las apañó para difuminar con sus relatos la prohibición racional que separa el ser de lo que es del no-ser de la ficción en la intimidad de generaciones de lectores, mientras éstos andaban, como el Comediante ante su televisor la noche de su muerte, con la guardia baja. Y era fundamental –aquí el genial aporte de Moore- que esos relatos estuvieran virtualmente “dados”, “revelados” (en este caso, por un mensajero libre y bienintencionado: el periodista Robert Black, que traslada éstos a Lovecraft a través de un diario, y no por medio de espíritus); era esencial que esos relatos estuviera despojados de cualquier origen comprobable en la psicología efectiva e individual del narrador, y que se encontrasen ellos solos con el narrador adecuado, en el momento adecuado y el lugar adecuado: Norteamérica, resultado cultural de la diáspora de sectas minoritarias y sospechosos de brujería, hija del miedo a sus propios indios y a sus vastos paisajes; producto y causa de la colonización incesante del Oeste que se desplaza siempre hacia más allá y que nunca es suficiente –ad astra per aspera- , y primera nación en dejar la religión “como un hecho privado” por presunto amor del deísmo y el librepensamiento. En Providence, Robert Black se propone escribir –sin más- sobre la América oculta a la vista en Nueva Inglaterra, en la que él, como homosexual y extraño, tiene siempre puesto un pie, por bien que lo disimule con su éxito como periodista (otro personaje como el de Un pequeño asesinato). Esa Norteamérica pública y presente en los libros de Historia contemporánea era esencialmente desde antes una cara visible de un “país oculto”, con una vida soterrada oculta a la vista de todos, pero que luego cobra forma, o una pluralidad de formas: Yuggoth. El underground o subsuelo psíquico de su paisaje estaba preparado ya como el de ningún otro lugar-tiempo para albergar las fantasías sobre hechicería a las afueras de Arkham / Salem e hibridación con seres monstruosos y degeneración racial en los arrecifes de Newburyport. Joseph Curwen (El extraño caso de Charles Dexter Ward) o el patriarca Marsh (La Sombra sobre Innsmouth) producirán sin saberlo su último hechizo, siempre en favor del retorno de los dioses olvidados, por medio de la pluma del escritor que les tenía que dedicar su vida, y que después de salir de Nueva York para regresar a su ciudad natal, no pudo volver a hacerse esperanzas sobre encontrar en el mundo contemporáneo el encanto perdido de sus ensoñaciones sobre las ciudades de civilizaciones pasadas; ese escritor escogido, quien había recibido en la intimidad de su hogar, tanto los cuentos de Poe y Lord Dunsany como las historias orales de su abuelo sobre brujas y númenes de los bosques y mares de Nueva Inglaterra, será quien, fracasando como escritor racionalista, tenga el mayor éxito posible como mago (involuntario), con un lugar principal como transformador de la diferencia entre lo real y lo ficticio, y así, como explorador de las vías subterráneas de paso entre los sueños –o más bien pesadillas- y los paisajes reales de su país. En la América de Lovecraft, un homosexual como Robert Black, viviendo en las catacumbas de dicha civilización tan pronto abandonaba su máscara de soltero, era alguien íntimamente extraño a la normalidad aceptable y amigo del subsuelo; él, pese a su negro destino, era el elemento mediador que habría que poner en la rueda de transmisión entre las fantasías de la América oculta y el propio Lovecraft, para alejarla de su primera presentación como algo real –o semejante e inferior a lo real, como la pesadilla- y dejarla libre en su condición propia de ficción relatable. Sólo lo ficticio, en cuanto ficticio, podía dar lugar a una transformación del ser de lo real que pudiera difuminar esa supuesta anterioridad e impermeabilidad de lo que “es realmente ser” frente a lo que lo que no es. Sí: el delirio ontológico (e idealista) de Providence, verbalizado finalmente por una explicación del Rey de Amarillo sobre lo sublime terrible, se merece que le hagamos a esa magistral serie un estudio separado, pues por momentos, la doctrina ocultista se permite tomar el formato de una filosofía del ser en cuento ser. Las lecciones de filosofía idealista alemana con las que se justifica cómo el lenguaje Aklo (nombrar lo innombrable) permite esta evolución son la prueba de que o bien en Moore está la idea de Naturaleza de Schelling o bien Schelling tuvo algún contacto con la Sociedad de la Estella Sapiente, o con Swedenborg a través de Kant.



Providence: los disturbios callejeros de Boston en 1919 anteriores al acta Volstead (“ley Seca”) durante la huelga de los policías, son un antecedente sociológico que puede explicar el contexto de crimen organizado y atracos a mano armada donde aparecerían los cómics de superhéroes y los Minutemen de Watchmen en los 40. Pero explicar cómo la vida psíquica carente de individuación, reinante entre los que somos llamados “el populacho”, lleva a tal escenario, y luego gira para engrosar el esfuerzo de guerra contra el Eje, es un enigma que dejamos para los discípulos de Jung.  


De haber un libro o una amalgama de páginas y relatos entrecruzados que, como el Necronomicón o comoEl Rey de Amarillo de R.W. Chambers, conduzca a la locura –o al menos a la desesperación y al suicidio- al ser leído, y mientras desde el lado del ser no podamos recobrar lo que a dicho libro se le ha perdido para siempre en el no-ser, como páginas arrancadas y desperdigadas por los vientos en los paisajes de la umbría Carcosa, no tendremos que buscar la causa de dicha locura en lo que dice, sino en lo que no nunca llega a decir, porque cae del lado donde las palabras ya no llegan, pero donde el ser se rasga para dejar pasar lo que no es, como en el lenguaje Aklo. El conjunto de las obras de Lovecraft, los que le han precedido y los que le han seguido ejerce, a falta de un texto separado y manejable, reproducible y analizable como lo sería un incunable, esa función cultural que tendría el Necronomicón inspirado, sin que haya necesidad de que tengamos un Necronomicón canónico y real localizado en alguna biblioteca y realmente existente. El conjunto de las obras de Lovecraft, sus referencias cruzadas con “el círculo epistolar” donde se fueron labrando los mitos, así como su repercusión posterior, valdrían, hasta donde humanamente podemos llegar, como un corpus que, contemplado desde la distancia y con conocimiento suficientemente del mismo y sus implicaciones simbólicas y mágicas –según Moore- , conduce inevitablemente a toparse con la desesperación y acaso hasta la locura. Acabamos otorgando así a ese corpus de los mitos de Cthulhu, vicaria pero suficientemente, el lugar y el poder del Necronomicón, cuyas funciones viene a realizar igual: el título o lugar del libro que va volviendo loco a lo largo de sus páginas le corresponde, pues por el conjunto de la obra de Lovecraft los nombres de lo muerto han vuelto a esparcirse y a ejercer su influjo entre los hombres reales, preparando sus ánimos para un advenimiento ajeno a la lógica de lo real. Como el libro El Rey de Amarillo, mencionado por diferentes relatos y personajes en la obra homónima de Robert W. Chalmers y sólo presentado a retazos, lo que asoma la patita al recorrer y reconocer las implicaciones de los harapos de la capa del Rey (aunque sean ficticios) basta para llevar a la desesperación: la vestimenta del Rey de Amarillo –mencionada siempre bajo el problema y la obsesión sobre si es vestimenta o es su cuerpo- aparece en retazos, ondulante, hecha siempre jirones, múltiple, como sus apariciones en relatos desperdigados e insuficientes que fascinan y hechizan a quien intenta abordarlos seriamente, como debe hacerse. Aunque nunca vayamos a tener un volumen real conteniendo la obra llamada Necronomicon, su mera presencia y sugerencia ficcional a lo largo de las obras de Lovecraft y sus seguidores –incluyendo lo que el propio Moore haya podido añadir mediante la trama de Providence- ya es causa suficiente para que se cumpla su destino y su función, pues los retazos dispersos, sin tener peso real, rozan y hacen sonar suficientemente las cuerdas adecuadas en la Imaginación colectiva, llevando en sí ya la crisis final de ésta, y siendo el vehículo necesario de la locura y la desesperación/suicidio de los protagonistas: no la locura de un hombre, sino el rapto final de toda la Imaginación del mundo contemporáneo, culminada en la revelación definitiva de Yuggoth en las ciudades de Nueva Inglaterra. Ésta es, creo, la tesis última de Moore en Providence, y de ahí el papel de Redentor que se le reserva a Lovecraft; pero todo se verá más adelante, cuando podamos decirle un tiempo al análisis de esta segunda obra –aunque, por otro lado, según escribo estas líneas me doy cuenta de que, en efecto, mi corazón desespera, y quién sabe si la vanidad de firmar esas líneas podrá más que este presentimiento ominoso que nos invade al considerar.



Conocida es la referencia del melodrama televisivo True Detective al inexistente, pero no por ello menos poderoso, Rey de Amarillo. Hay también una serie reciente (Lovecraft Country) que hace pensar que el éxito secreto de la obra de Lovecraft se debe a que lo era ya cultura popular pulp en su tiempo y entretenimiento facilón tenía que volver a encontrar a su público en las masas, aunque fuera con retraso. Pero las masas para las que escribía Lovecraft resultaron llegar después de que su obra estuviera disponible. El Rey de Amarillo ha pasado de enloquecer a los snob decadentes de París que pintaba R.W. Chambers a mostrarse descaradamente a la muchedumbre, como si estuviera ya integrado para siempre –o para nunca, mejor dicho- en nuestro paisaje.


La magia, una cuestión de conjunto (III)

 

Réplica autoconsciente del espejo de Veidt: el acto mágico de Sir William Gull en From Hell y el valor sintomático y mágico de la publicidad en el siglo XX.


Revista ilustrada de sucesos de 1888, presentando a "Jack el Destripador" al público inglés (es reproducida por Campbell en los capítulos centrales de From Hell). El Dr. Gull sabrá aprovechar el significado cultural y antropológico de la figura pública del Destripador para sacar adelante su misión secreta para con el nuevo siglo XX.


De acuerdo con esta premisa es como William Gull ofrece a la Inglaterra de 1888 y a toda la posteridad, dictando palabras al cochero Netley, la carta periodística firmada por el fingido / proto-real Jack el Destripador: ha tomado el pulso a los movimientos de la Imaginación colectiva del Londres en que se prepara el siglo XX, con un vistazo a los barrios bajos, la prensa y los folletines ilustrados, y luego ha manipulado esos infiernos en su propio juego, sin imponerle ningún aditivo propio del saber liberal, apolíneo y salvífico que él se reserva para sí mismo (como buen masón), estando seguro de que el apetito de esa ficción dirigida (“ésa”, y no cualquiera) en la masa de los londinenses ejerce mayor ascendente que cualquier propósito racional de cambio y progreso social. La famosa carta de Jack el Destripador, recibida en un periódico con un pedazo de las vísceras de una víctima y continuada por otras de espontáneos imitadores, la firmará uno en la máscara de otro, pero es una obra colectiva, tal como hacen ver descaradamente Moore y Campbell en el capítulo central de Desde el Infierno: es indiferente que la hayan preparado el médico masón y su cochero, un pastor anglicano, dos adolescentes en un rato festivo, un pequeño comerciante o un banquero del West End, pues su esencia es la mímesis, la participación de una colectividad indeterminada y másica en un ritual cruento, con chivo expiatorio o con héroe incluido (A). Esto enlaza con “la ascensión de Gull”: en su tránsito final, el Dr. Gull se transforma en un espíritu terrible, generando apariciones portentosas (mágicas) y sobrenaturales en diferentes lugares y tiempos, hasta que finalmente tiene que ser retratado por William Blake -quien se las arregló para presentar El Matrimonio del Cielo y el Infierno- como una suerte de arconte monstruoso o ministro siniestro: porque el poeta verdadero, también desde la Imaginación, le acaba haciendo justicia al aspecto final del héroe, cuando ha habido verdadera magia. Artista y héroe oculto son, en esta teoría al fondo de la obra de Moore, aprendices de la Imaginación: pero sólo uno la ata y la intenta dominar, con un propósito ajeno a ella, para reírse del resto de los mortales y obtener un poder mágico exclusivo y secreto en mitad de una misión divina que exige poner víctimas sobre un altar.




Gull trabaja, durante su misión heroica y tal como indica en la carta pública firmada por Jack el Destripador, en el Infierno, o más bien -diríamos nosotros- en los infiernos de la Imaginación. Estos infiernos tienen su correlato en la cartografía del mundo real: los barrios bajos del Londres de 1888, donde los efectos de la Revolución industrial y el surgimiento del proletariado industrial y su sufrimiento se hacen más patentes.

Como decíamos, al sentarse enfrente de la pared y reconocer, en un mosaico de televisores encendidos -una obra colectiva pop cambiante en que se emiten publicidad o imágenes de ídolos populares, se reparten tendencias musicales o educativos melodramas- esos patrones y confluencias que las masas humanas muestran en sus movimientos generales y sus apetitos irreflexivos, Veidt “baja al barro” (o “se eleva a lo divino”, según se mire), forzando a aparecer ante su vista a los fantasmas, las ensoñaciones y a la imaginería que su época está liberando y reforzando en sí misma según va definiendo su Zeitgeist, su espíritu colectivo, su estilo de ser propio, y así se anticipa a los anhelos que pueden ir surgiendo a continuación en las masas de sus contemporáneos: eso hace de él alguien que, en definitiva, no coincide con el “tipo normal”, pues para alcanzar esa conciencia y no dejarse llevar por la misma corriente, Veidt ha tenido que situarse más allá de lo que le vincula a sus contemporáneos en un elemento pre-consciente e irreflexivo de comunidad humana limitada a su época y su situación histórica y espiritual. Todavía más, Veidt se prepara ahí, estando atento al mosaico pop de síntomas televisivos, para decidir sobre cuál es el tipo y el nivel de su intervención heroica en la historia, “sin tanto heroísmo evidente”, una intervención que ya sabe que tiene que trabajar ese componente oculto y a la vez continuo y cotidiano del irreflexivo desarrollo de las tendencias psíquicas humanas de un tiempo y un lugar. Aprovechando la misma potencia de la irreflexiva e impersonal corriente de anhelos que descubre en esa pre-consciencia colectiva del final de la Guerra Fría, ha de encontrar el punto justo donde hacer palanca para impulsar a la masa hacia donde él aspira a llevarla, como un luchador aprovecha el impulso que viene de su enemigo para proyectarlo y dejarlo a su merced. Pero además tiene que hacerse cargo de dotar de contenido afirmativo (el contenido que a él le interesa) a esa protoconciencia simpática, imitativa y participativa de sus contemporáneos. Sus ejercicios gimnásticos sobre los aros, tan difíciles como esta gimnasia mental de seguir la emisión de casi medio centenar de televisores, ejercicios también televisados durante una gala benéfica, no son sólo ni primeramente una manera de exhibirse para ganar popularidad; son, antes que eso, un mensaje necesario más en una cadena de píldoras pedagógicas que va deslizando con sutileza, destinada a llenar con pequeños gestos, noticias, modas y objetos el ambiente en que viven sus conciudadanos, pero también, a modificar el modo general en que dichos conciudadanos van formando, inadvertidamente, los estilos y hábitos de su deseo y actuación, adecuándose éstos a un programa que no tienen por qué comprender.

El grupo de empresas Veidt se ha ocupado, sabiéndolo o no, de mucho más de lo que salta a la vista: sus líneas de juguetes con la figura de Ozymandias, sus perfumes, sus tintes de pelo, sus métodos de autoayuda y entrenamiento personal, sus producciones audiovisuales; su éxito comercial y su popularidad no valen nada si se desconectan de su mero carácter de pretextos para la inspiración en las masas de un nuevo anhelo mimético, que en combinación con la revelación traumática del horror cósmico (el monstruo fabricado) caído en Nueva York, dé lugar a la intervención de taumaturgo que Veidt reclama secretamente. Al hombre más listo del mundo, que renunció a su fortuna en su juventud y la volvió a amasar desde cero, lo que ciertamente menos le importa es vender mercaderías por el sólo beneficio económico. En los apéndices de Watchmen, cuando hojeamos sus notas de trabajo internas en Veidt Enterprises, descubrimos que aconseja a sus publicistas sobre cómo ejercer una más efectiva influencia en ese primer nivel del mercado entusiasta, con una intención aparentemente trivial: les indica, por un lado, que deben presentar en los anuncios de sus productos modelos masculinos y femeninos con rostros andróginos para aprovechar las tendencias homosexuales inconscientes del consumidor, como si en esto se jugase sólo con la psicología empírica de individuos presentes; pero por otro lado, como seguramente él calla, despliega una influencia simbólica mucho más poderosa, dirigida a la producción de lo que esos individuos y sus descendientes no son todavía y van a ser en el futuro. Cuando habla de esas tendencias homosexuales, lo que en realidad quiere potenciar en el público es la cercanía mimética con la figura del andrógino primordial, una figura netamente simbólica y más allá de sus intereses capitalistas, presente ya en el mito del origen del amor (la narración de Platón en su Banquete, o sobre el Amor) y cargada de significado mágico y, para quien lo quiera, gnóstico: el andrógino es la forma oculta de todas las potencias humanas, el ser humano completo anterior a la división en sexos, espiritual y somáticamente libre de las miserias de Adán y Eva. Una intención, por tanto, que casa mucho mejor con su programa de la nueva humanidad que la mera venta de sus productos por el solo beneficio económico. Como sentenciaría el Joker de El Caballero Oscuro de C. Nolan, refiriéndose a la fascinación crematística de los mafiosos de Gotham: “esta ciudad merece una clase mejor de criminal”.




Lo terrible de la publicidad subliminal desplegada por Veidt (estamos en los 80, cuando la propia publicidad subliminal era una moda) no es que incite al deseo del producto por debajo del umbral empírico de la atención, burlando el carácter racional de la voluntad y sujetándolo a fuerzas que impiden que discurra claramente y para su propio bien; lo terrible es que es siempre más que publicidad subliminal, puesto que deja en el fondo de la vida psíquica de millones de individuos la primera impronta de un nuevo estilo de ser y hacer que está más allá del consumo, para instalarlo como norma constituyente. Es decir: el mayor peligro de la publicidad subliminal estriba en que, al entrar por la vía del entretenimiento ocioso, es mucho más educativa de lo que se pretende, y que por tanto, una vez que juega con los símbolos o las figuras arquetípicas adecuadas, suele ser mucho más poderosa de lo que estrictamente se necesita para movilizar el deseo impersonal de una pura mercancía. Moore ya había tocado este problema cuando hace del protagonista de Un pequeño asesinato (A Small Killing, ilustrado por Óscar Zárate) un publicista que renuncia a su carrera de éxito como asociado de Forbes cuando se da cuenta de que su vida se ha separado definitivamente de un estrato anterior de su persona, llevándolo a responder a compromisos profesionales y personales que ni desea ni deja de desear: como tantos adultos, no puede acallar la conciencia de que necesita retrotraer el curso de su vida a un nivel al que ya no responde y que ha cobrado vida separada, que en este caso se le presenta en la forma emblemática del niño que le persigue. El Ciudadano Kane de Orson Welles también tuvo éxito en ese sentido (e impulsó el estallido de la guerra Hispano-Estadounidense de 1898 a través de la prensa sensacionalista y la vieja leyenda negra), pero se vio perseguido por la falta de algo perdido y ya nunca más recuperado hasta el momento de su muerte. El publicista de Moore, como el Superman de Moore (¿Qué pasó con el hombre del Mañana?), alcanza a apearse del carro de su propia tragedia antes de culminar el camino protagónico. Veidt – Ozymandias, literalmente entre el personaje de Welles y el otro de Moore-Zárate, no saldrá airoso de su aproximación a los infiernos sobre los que ha vertido el ensalmo de su publicidad.



La fractura entre el protagonista adulto y su antagonista preadolescente queda resuelta al final de Un pequeño asesinato como un acto de renuncia del adulto a su exitosa carrera como diseñador de publicidad, renuncia que es esencial para que éste encuentre su vía en el proceso de individuación (Jung),  encendiendo así esa pequeña llama de conocimiento "en la oscuridad del simple ser". Mientras él y su némesis charlan en un pub, están rodeados por personajes a medio dibujar y por palabras sin autor en las que sólo se leen los temas y tópicos impersonales del momento.




La magia, una cuestión de conjunto (II)

El espejo de los infiernos y el enigma para el héroe-taumaturgo.

Cuando Veidt / Ozymandias se sienta frente a la televisión, no hay en su inteligencia un gesto de relajación, ni de participación mimética, ni de feliz olvido de su yo en el común –e igualador- sentimiento de lo bello, que implica la aceptación final de una comunidad moral dada. La comunidad que le interesa a Veidt no está en una televisión que exista en su tiempo, sino en la que él tiene que hacer posible a partir de su reforma de la humanidad, lo que le obliga a mirar más allá de las emisoras realmente dadas, haciéndose con todas ellas como un síntoma de lo viejo y un posible vehículo de su ideal. A diferencia del Comediante, frente a la televisión no puede ver la televisión ni dejar de actuar con atribuciones de domeñador de los anhelos y miedos de sus contemporáneos. La televisión no es sólo para Veidt un instrumento sociológico: cuando se mira con el ojo de Horus (grabado sobre su collar dorado), las partes separadas del cuerpo de Osiris se recomponen y le revelan una verdad mágica; el cuerpo desperdigado y múltiple de las televisiones, unas funcionando junto a otras en una masa incoherente, forma un enigma o manifestación sintomática, un caudal sobre el que remontarse a un plano de realidad no-consciente anterior a lo representado, un signo de las influencias que actúan subterráneamente (“desde los infiernos”) en el momento de la historia del género humano. 






En un panel de su “Fortaleza de la Soledad”, Veidt enciende una treintena o media centena de televisores, formando un mosaico fluido de secuencias televisivas, cada aparato sintonizado con una emisora diferente, para tomarle el pulso a la humanidad entera (o por lo menos, a la que cuenta con aparatos de televisión), y saber de antemano cómo los miedos y los impulsos inconscientes están operando lentamente y sin control en la masa del género humano, carente de la firme individuación psíquica que él mismo ha conseguido producir sobre sí (sí es, a su manera, un discípulo aplicado de C.G. Jung). No sólo ha cumplido la individuación psíquica: él es el único de los enmascarados que, a su entender, ha llevado el control de su transformación en el personaje que adoptó, a fuerza de voluntad, esfuerzo, estudio e inteligencia, y también de meditación budista. Los otros miembros del grupo de héroes enmascarados, incluyendo al Dr. Manhattan / Jon Osterman, han sido progresivamente arrinconados y engullidos, como Jekyll por Mr. Hyde, por los personajes que les permitieron entrar en el club de los Vigilantes, tras quedar rotas sus biografías por hechos más allá de su voluntad –afortunadamente esto no es así en el caso de Dreiberg y Laurie, que nunca han llegado a ser del todo sus respectivos (y heredados) personajes. Veidt se ha logrado reformar a sí mismo como Ozymandias. Ha superado el ideal de la pedagogía, la educación y la reforma pública, moral y económica de la humanidad tomado de la Ilustración y se ha enterrado a sí mismo en el conocimiento prometeico de una tarea secreta y subliminal como fuente del progreso que desea traer a la Tierra. Ha comprendido, según él, los motivos del fracaso/desarrollo de la Ilustración (tanto de la Ilustración anterior a Alejandro Magno como la del siglo XVIII) en las guerras napoleónicas y, a la postre, en las grandes guerras del siglo XX. En lugar de “dar luces” y enseñanza directa al género humano (en efecto, eso es “ilustrar”) mediante una tarea formal de instrucción pública, decretos de reforma económica o institucional y –en menor medida- guillotina quirúrgica; en lugar de atacar los vicios, los miedos y la superstición con un trabajo de estadista moderno y una programada reforma que suponga cambios sociales introducidos con férula y vigilados por un sistema policial y judicial posterior, Veidt se ha preparado para desencadenar la buena voluntad y la sociabilidad natural y espontánea del hombre con una fórmula que ya no podemos denominar ilustrada, sino fáustica (pero del Doctor Fausto inglés de Ch. Marlowe, que entra al Infierno cuando el reloj da las 12 de la noche), y por tanto, mágica e infernal: la fórmula de Veidt es unir a los hombres a la ignorancia y la brutalidad en la misma medida en que han estado fatalmente separados y enfrentados en la ignorancia y la brutalidad, tal como había avisado el Comediante; y a partir de ahí, empezar a deslizar un lento tratamiento inconsciente que vaya erosionando y sustituyendo la política del siglo XX, generada desde y para el conflicto bélico y social sin límite, por una nueva política, generada desde y para la paz de Ozymandias (aunque sea por la paz mentirosa). Para conseguirlo, Veidt tiene que hacer esto desde su acción secreta y, al tiempo, ponerse tras la falsa apariencia de un enemigo diseñado desde los terrores colectivos propios del siglo –temores cósmicos ya expresados por artistas, como el Lovecraft de Providence, o la pareja Manish / Max Shea de Watchmen-, para así producir un terror preconsciente y religioso en los hombres inmaduros del siglo XX [véase en esta bitácora Viaje psicodélico por los tentaculos del calamar], un terror que sirva de contrapeso irracional a la igualmente irracional ansia de dominio y agresión que está a punto de llevarles al conflicto nuclear: los afectos sólo pueden ser anulados por otros afectos, demostraba Baruch Spinoza.



Veidt ha retomado la idea de Progreso tras su descarte en el siglo XX, pero lo ha hecho desde la asunción de que la Paz Perpetua no viene del desarrollo tecnológico y la moderna política de estados nacionales: pues si bien las ciencias naturales y las artes (técnicas) –como también, no olvidemos, las ciencias sociales- propiciadas por la Ilustración han sido capaces de dejar al hombre la bomba atómica que en Watchmen parece estar a punto de llevar a la destrucción final (“el arma que acabaría con todas las guerras”), éstas no han sabido dirigirse al hombre en un lenguaje tan pedagógico que pueda liberarlo de su sobradamente irracional historial de ataques y traumas violentos, y su descarriada colección de hábitos psíquicos proto-conscientes, agresivos y escasamente compatibles con la armonía universal. Ozymandias juega con el siglo XX habiendo visto que su principal acción ha de dirigirse justamente, antes que a la conciencia y a una racionalidad individual o voluntad elevadas -que todavía no se han puesto en marcha en un grado suficiente entre los hombres reales- al subsuelo de la vida psíquica, que en la fase anterior a su correcta formación o individuación queda doblegada, en el hombre común, por la fuente colectiva de la violencia y la agresividad en su componente transcendental, pre-consciente y generalizado, del que partirá la individuación psíquica posterior. Si el pecado original trasmitido a los descendientes de Adán y Eva (transcendental) tenía una fuente colectiva, descontrolada y anterior a la acción individual, la gnosis peculiar de Veidt promete sublimar dicha fuente, de una vez para siempre, sin intervención de los sacramentos, y a base del mismo material (pre-consciente) del que ha venido el pecado, forzando la concentración de todas las fuerzas tanáticas del impulso de destrucción en un terror cósmico que haga a la humanidad dejarse educar con su nueva simbología de superhombre: primero homeopatía, y luego alquimia. Veidt es un hereje sociológico que, de no haber salido de la graciosa pluma de G.K. Chesterton tendría que haber salido de la fantasía de un freudo-marxista emigrado a EEUU. Es decir: este apaciguador del género humano cuenta con que, dada la inevitable influencia en el hombre real de lo que viene siendo una fuente desbordante, esencialmente poco refinada e irreflexiva de la psique, tiene que dirigirse, en primer lugar, a un terreno que responde a la idea de inconsciente colectivo, pero que nosotros preferimos llamar, sin más, la Imaginación, o mejor, los infiernos de la imaginación, tal como lo hace el Dr. Gull en From Hell. El Infierno, en su acepción pagana o simbólica más amplia de “los infiernos”, “lo subterráneo y fuera de la vista de los vivos”, y no tanto en su presentación posterior como un lugar de castigo en el fuego (la Gehena) por la Justicia de Yahvé, ofrece un destino de ida y vuelta para la vida psíquica plena, bien un destino común para la psique de los vivos, bien un lugar de paso para la iniciación del héroe, al que éste tiene que aproximarse o que tiene que superar, como en el caso de Ulises o Dante -o el que quiera decirnos Jung. Pero ahí, en los infiernos, se encuentran también los fantasmas siempre poco afortunados de héroes anteriores, como Aquiles, avisando de que la gloria inmortal no es lo que parece. Incapaz de detenerse en esta advertencia trágica, el héroe oculto, mientras actúa soterradamente para conseguir un efecto (mágico) más allá del alcance de los otros mortales y que encadene a los otros mortales a unos patrones secretos de pensamiento y deseo, no puede sino trabajar y remover el magma del que se desprenden las inclinaciones psíquicas pre-conscientes de sus contemporáneos, y hacerlo, además, según las propias formas infernales: no puede pretender que la figura apolínea y clara de los razonamientos, la mesura, las leyes generales y el control de la voluntad venga a poner orden en los infiernos, por el mero hecho de haber alcanzado él ambos extremos en su expedición entre lo superior de la Razón y lo inferior de la Imaginación; lo que se remueve de manera terrible en el Infierno (en este sentido de los infiernos de la Imaginación) sólo puede ser domeñado y manipulado según la manera infernal, demonios conjurados contra demonios, para que así pueda mantener su fuerza original y termine vinculando a todos los que, todavía infantilizados, se encuentran bajo el influjo irresistible e impersonal de las fuerzas subterráneas.



Lámina de El matrimonio del Cielo y el Infierno, de W. Blake. La oposición obediente pasivo (a la Razón) - emergente activo desde la Energía (del cuerpo) delimitará en From Hell el contenido de la oposición Razón apolínea - Imaginación, señalándose el camino de lo infernal como un descenso del héroe a las formas indómitas y creativas (femeninas) de la Imaginación, lo que implica que todo héroe será, a su vez, un hechicero, como en el caso del Dr. Gull.



La magia, una cuestión de conjunto (I)

 I. Un perfume, imposible objeto de un anuncio televisivo.

Bajo las luces del anuncio de perfume Nostalgia (by Veidt), tal como lo reconstruye el director Zacarías Snyder en su película-calco de 2009, nos llega un momento aclarador y que nos da pie a hablar sobre la importancia de los anuncios de perfume en todo lo que tenga que ver con la magia. Justo cuando no hay propiamente adaptación en el metraje de la película, sino invención o añadidura, asoma algo que enriquece la obra adaptada y que en ésta apenas estaba sugerido en la esquina de unas viñetas, para más inri del artista que buscaba la fidelidad al original.

https://youtu.be/GXLfTv42T8A




Zack Snyder se representa, para introducir la acción, a un hombre en bata sentado frente al televisor en un apartamento, dándole al mando a distancia para dejar de escuchar los pronósticos racionales, pero dialécticos, sobre la posible guerra con la URSS. El hombre está solo y lleva, sin embargo, la chapa del Comediante en la solapa. Cuando se cansa de los razonamientos a favor y en contra sobre la inminencia de un conflicto nuclear, cambia el canal hasta dar con algo que causa agrado con declarada utilidad, y que no es otra cosa que un anuncio televisivo, una presentación comercial de un producto importado desde un país utópico para ser consumido como un remedo de sí mismo, un destello de algo en esencia tan insignificante y efímero que, igual que no puede causar otra cosa, no puede ser objeto de análisis. En la escena que nos pinta Snyder el hombre que se sienta embobado ante tal teatro, un tal Edward Blake, ha dado con un anuncio sobre un perfume, una pequeña pieza cinematográfica que en unos planos regala el acceso a una realidad estilizada, distinguida de lo cotidiano y arduo del vivir; en tal escena se compone un reflejo intencionadamente más afín al ser del espectador (afín al “anhelo” o “yo aplazado”) que la realidad prosaica, una composición más propia de la fantasía de un deseo o destino atisbado que de la realidad tosca y terca. La canción Unforgettable, con la voz de Nat King Cole, acompaña un desfile de trampantojos imbuidos de un código sublime (más que subliminal) donde se traslada, y no tanto se exhibe, una nueva medida del ideal de la vida, un recuerdo enamorado de una humanidad más en su molde; en esa secuencia, los actos, los objetos y los actores pueden ser sustituidos por otros semejantes sin mayor pérdida, pero no el estilo que parece ser el centro de gravedad o el punto de fuga secreto al que apunta la refinada escena. El esfuerzo racional de lo cotidiano de un mundo en conflicto se torna actividad contemplativa gozosa y apacible en el espectador; el disfrute espontáneo oculta lo calculado de la composición de la escena, los movimientos de cámara, el atrezo y los fondos.


La atención constante a la decoración callejera y las expresiones efímeras, másicas e impersonales de la vida psíquica, la denominada "baja cultura" (entre las que se incluye la publicidad y el cómic como género) forma parte de las máximas de Moore como guionista. El anuncio del perfume Nostalgia es sustituido por otro de diferente tono ("Millenium by Veidt") después de la culminación del gran plan de Ozymandias en Watchmen. La importancia de estos decorados colectivos como fuente colectiva y cotidiana de deseo y acción será alumbrada también en From Hell. Por su papel de "forma de transacción" entre lo consciente y lo inconsciente, y como principio socializador y formador del individuo, para un seguidor de la analítica de Jung la publicidad puede tener un valor sintomático sobre las diferentes fases de desarrollo de la vida de una nación.

En el metalenguaje de la película (“filme de 2009 presentando anuncio de televisión de 1985”), vemos a un hombre curtido que se rinde, como un Marte ante Afrodita, a lo ameno y bello de una ficción; en esta relación algo nos iguala y nos aproxima a éste en una misma condición de público, casi sentándonos una fila por detrás en el mismo teatro. Se nos presenta, pese a su nada disimulado aspecto de púgil burlesco, su rostro mutilado y sus inclinaciones vulgares, a un tipo normal, mejor o peor en lo ético y en lo moral, pero a la postre, capaz de dejarse llevar, con la guardia baja, por los placeres de una ficción bien representada; un hombre violento por convicción práctica y argüida necesidad, pero en el extremo, dispuesto a acomodarse en las filas de la platea y sumarse, sin más, a la oscuridad anónima de los espectadores. (A este hombre, caído en su flaqueza, por alguna razón se le puede imaginar buscando amparo en la Virgen María, pero no al que llega ahora).

Cuando la ilusión televisiva se interrumpe, alguien acaba de entrar a matar al Comediante en el apartamento de Edward Blake, reventando la puerta de un golpe furtivo. Saliendo de su rapto por lo bello, Edward Blake se pone en pie y sale a escena, pues deja de ser espectador y vuelve a ser personaje, siendo imperativa la acción sobre la voluntad. Volvemos a la historia agónica que cantó Homero al describir la lucha entre Héctor de Troya y Aquiles el Pélida: la estructura protagonista-antagonista, pero pudiendo invertirse los papeles, como en una lámina del test de Rorschach. El que acaba de echar la puerta abajo ya no es un tipo normal. Es capital señalar que ése que entra ahora a derramar la sangre de Blake es el mismo que estaba detrás del sutilísimo y embriagador efecto de la escena publicitaria de la que estaba participando el propio Blake un momento atrás; quien acaba de irrumpir en la habitación es el taumaturgo o autor sublime (no autor técnico) de la ilusión misma que se ocultaba en las escenas del anuncio; no un ejecutor material de los detalles del anuncio visible, sino alguien que ya en los preliminares estaba ejerciendo un poder mayor, jugando con los símbolos y el sentido programático del anuncio, conduciendo bajo el nombre de Adrian Veidt el trabajo de quienes iban a preparar ese ‘spot’ en su aspecto visible y material; es quien, por medio de una breve secuencia presentada con el pretexto de hacer comprar un frasco de perfume, traslada al espectador una impronta sobre algo que falta y ha de venir, una impresión de un carácter duradero y re-creativo, y a su manera, preternatural, como el alquimista que transforma “la realidad exterior por la realidad interior, lo material por lo espiritual, lo físico por lo metafísico, lo emanado por lo primero, lo pasajero por lo eterno, lo inferior por lo superior”. Ése que irrumpe en el piso de Edward Blake para matar al Comediante no es sino el profeta y el augur oculto de una humanidad divinizada, un héroe que, antes de ponerle su falso nombre al anuncio televisivo, lo ha consagrado –ya antes de que comiencen a prepararlo en el estudio- a una verdad más divina, haciéndolo vehículo de una esencia oculta que está intentando administrar en pequeñas dosis a los hombres vulgares, para que se desarrolle en ellos la espera de una vida transfigurada, elevada del hierro al oro. Pero –y ahí la gran brecha- este héroe oculto, Ozymandias, mantiene una distancia insalvable respecto a Edward Blake, respecto a los otros enmascarados (como Dreiberg y Laurie) y, en general, respecto a cualquiera que pueda quedarse embobado frente al televisor: ya no es un tipo normal, sino alguien que se ha iniciado en la ostentación de un poder superior (un poder faústico, mágico, por lo que tiene de oculto y formado sobre los númenes), un poder anterior a los resultados del cuerpo expuesto de cualquier obra, y alguien, por tanto, que jamás se vería atrapado o embaucado sin más por un mensaje sutil preparado en las trastiendas de la publicidad, las modas populares y/o los tumultos callejeros. Se trata, sí, de alguien que, con la mira puesta en las supuestas esferas de conciencia iluminada, moriría negándose a sí mismo la relativa paz que puede traer el dejarse reposar en la irrelevancia del espectador anónimo. Sigue sonando Unforgettable en el anuncio de perfume, que atrapa y reforma en ese momento -mientras Edward Blake sale lanzado por una ventana- los pensamientos y pupilas de millones de tipos normales, mejores o peores, pero todos ellos partícipes o víctimas de una lenta transformación, que a través de los gestos y mensajes cotidianos más triviales (entre los que puede haber modas juveniles, música pop, miedos viscerales al gran malvado o cambios súbitos en el gusto por determinados género de cine), está dándoles de beber de la corriente subterránea de un porvenir propiciado en un acto sangriento. El poder de hacer esto desde la gran máscara, llámese la apariencia “Mago de Oz”, “Jack el Destripador” o el “Monstruo-Calamar de Nueva York”, sea el augur el cirujano William Gull de From Hell o el Ozzymandias / Adrian Veidt de Watchmen, se merece el nombre de taumaturgia, es decir, el nombre de Magia (vamos a dejar la palabra con mayúscula inicial, pero que conste que de Aleister Crowley no sabemos nada más que, en su momento, lo tuvieron que pintar, siendo todavía un niño, en el Londres de From Hell).


Encuentro casual entre el inspector Abberline y un joven Aleister Crowley, ilustrado en From Hell. El joven Crowley aprovecha la ocasión para señalar el carácter mágico (ritual) del sacrificio y mutilación de los cuerpos de las prostitutas, indicando que quien esté detrás de los asesinatos está buscando hacerse "mágico e invisible". Como veremos más adelante, este carácter mágico de la tarea del Dr. Gull se completa con la presentación a la mal llamada "memoria colectiva" del mito del Destripador, impulsado a través de las revistas ilustradas de sucesos de la época.




martes, 22 de enero de 2013

Del Hombre del Mañana al caballito de mar (provisional)

1. Al llegar a la última página del epílogo de From Hell, nos encontramos terminando la conversación entre los dos ancianos que veíamos en el prólogo "Los ancianos en la costa". Hemos dado un vuelta sin añadir ningún triunfo heroico. Esos hombres son el inspector de policía y el falso adivino, confesor de la reina Victoria, que en 1888 descubrieron (para ellos dos) la identidad de Jack el Destripador (sin saber que lo estaban haciendo). Esa tarea de desenmascaramiento progresivo carecía de interés para el lector, y por eso From Hell no tenía que tratar de la investigación policial sobre quién era Jack el Destripador, sino de cómo, a las puertas del siglo XX, los crímenes del Destripador no hacían sino repasar el trazo de "una espiral de dominación y violencia" (en palabras del propio Dr. Gull) que debía dar una nueva vuelta y tomar nueva velocidad en el nuevo siglo; por eso, porque no tenía interés (ni aportaba nada) hacer una nueva hipótesis sobre quién era Jack el Destripador, el lector conocía desde el principio quién iba a cometer los crímenes y cuáles eran las razones que, para la clase dominante de la Inglaterra victoriana, hacían necesaria la ejecución de las prostitutas. El thriller no era el género de melodrama que le interesaba a la pareja Eddie Campbell / Moore: otro género permitiría decir lo que iban a contar, aunque esto hiciera la obra menos accesible. Lo interesante era el acto mágico del Dr. Gull tras la máscara del Destripador, y sobre todo, cómo este acto excedía los motivos inmediatos del encargo que le había hecho la reina Victoria.

Cuando llegamos a las últimas páginas del relato, nos encontramos con una rara despedida: el falso adivino, tras recordar junto al inspector cómo llegaron a "capturar" a Jack el Destripador, le confiesa que sus "éxtasis adivinatorios" eran fingidos; y, a pesar de eso, no tiene otra cosa que decirle que ésta: "creo que va a haber otra guerra". Como el día de 1888 que  condujo a su interlocutor hasta la puerta del hombre que era Jack el Destripador, ahora, en 1928, acierta sin saberlo: unos años después de ese epílogo, Inglaterra se verá envuelta en una guerra todavía más terrible que la Gran Guerra, "la guerra que terminaría con todas las guerras", la guerra a la que también tuvo que acudir el bueno de Hugo Danner [véase El hombre que pudo ser Superman], sin poder cambiar el curso de los hechos, y por tanto, para fracasar. Es decir: que por alguna razón, la secuencia de los hechos de 1888 volvía a asomar en una guerra del siglo XX (la que sería la II Guerra Mundial) en la que la destrucción iba a alcanzar "una escala industrial", un nivel de muerte nunca antes desarrollado, y que ahora sería posible gracias a una movilización bélica al nivel de los nuevos tiempos.

Prólogo de From Hell "Los ancianos en la costa". El viejo policía y el médium de la reina Victoria vuelven sobre la cuestión obrera. Pronto tendrán que tocar el tema de los asesinatos de Whitechapel.



"Es la historia de la masonería, Netley: la historía de la civilización": éstas son las palabras del Dr. Gull (Jack el Destripador) que escucha en su agonía el pobre cochero que le había servido de cómplice y ayudante, mientras yace con la cabeza partida en dos a los pies de un obelisco, o lo que en From Hell viene a ser igual: de un símbolo del poder de la gran obra de la masonería a lo largo de "la historia de la civilización" (de la Razón). Pues, a fecha de hoy, no parece haber otra "ley del Progreso", ni parece haberse manifestado ningún otro principio de la "evolución social" que aquél que va impulsándose por medio de las guerras, en las que el papel más directo lo tienen aquellos a los que menos interesan. Y es que aquellos que no son "clase dominante" no pueden esperar otra cosa del porvenir, si es que lo dejan en manos de la "ley del Desarrollo de la Sociedad hacia las formas sociales definitivas".

¿Y de parte de quién están los héroes? ¿De los dominados? ¿De las pobres putas de Whitechapel? De ninguna manera -y pese a las mejores intenciones. El Dr. Gull no alberga dudas sobre ello: él es un héroe oculto, es decir, un héroe de verdad (como Adrian Veidt), no un héroe de folletín, que es como interesa a las clases dominantes presentar a todo héroe: por eso su tarea entraña una parte que no parece encajar en lo que nos gusta decir que es heroico, y que lo convierte en un villano (de folletín ilustrado de sucesos) a los ojos de todos. Pero, ¿y si ser el héroe (de unos) fuese también tener que ser el villano, precisamente porque se es un héroe de verdad? El jefe de la inteligencia militar es, al mismo tiempo, el Napoleón del Crimen (Moriarty) (La Liga (...) vol. I). Y es que quizás, para desempeñar con eficacia un papel, no puede dejar de asumir el otro. Sólo en la ficción más tramposa ambos papeles pueden separarse.


2. La introducción del "cambio de perspectiva sobre el acontecimiento heroico" tiene que venir por medio de un teatro marxista (si es que eso puede existir): por eso Bertol Brecht, y la reaparición de la Ópera de los Tres Peniques. Decíamos que el Navío Negro que se llevó al náufrago de Watchmen y con él a Ozimandias (Adrian Veidt) venía ya de la Ópera de Tres Peniques; pero lo menos esperado, y al mismo tiempo más pertinente, es que los propios personajes y los versos de Bertol Brecht tengan que integrarse en La Liga de los Hombres Extraordinarios: Century. Justo cuando el Navío Negro (el Nautilus) ha bombardeado uno de los muelles del Londres victoriano, un lugar donde el lumpen de la Inglaterra industrial que asoma al siglo XX se muestra en su más miserable lucha por la vida, viene la explicación necesaria: es como si se nos estuviera preguntando "¿qué otra cosa podría esperarse?". El guión de Moore retorna a unos versos de la parte final del segundo acto de la ópera de parias de Brecht:

MACHEATH: ¿Qué mantiene vivo al Hombre? El hecho de que millones son, a diario, torturados, sofocados, castigados, silenciados, oprimidos. Sólo puede el Hombre seguir vivo porque de raíz sabe olvidar que es un Hombre.

CORO: Señores: no se engañen sobre eso. El Hombre vive, únicamente, de la atrocidad.

[Traducción del original]

Hay por cierto, un chiste difícil de tragar, pero muy significativo, poco antes de la matanza del Nautilus; un chiste que nos remite directamente a la cuestión de From Hell: cuando Macheath, conocido apuñalador y chulo de putas, está a punto de ser colgado de la horca -justo como ocurre en la opereta de Brecht- por haber sido declarado culpable de los asesinatos de Whitechapel de 1888, un miembro de la nobleza inglesa se declara culpable de las muertes de las prostitutas. La liberación de MacHeath es inmediata: da lo mismo a cuántas putas haya acuchillado -ya sabemos que en los últimos días ha acuchillado a más de una. Tal es la fascinación que sigue ejerciendo el mito de Jack el Destripador: con mucha razón, un noble inglés se ha de sentir Destripador de las mujeres de Whitechapel. Pero Moore nos hace una seña: si vamos a la obra de Brecht descubrimos que el indulto final de Macheath, condenado ya a la horca, se debe a la necesidad de evitar que, en plena coronación de la reina Victoria, tenga lugar una ejecución que amenace con enturbiar el acontecimiento: es el gesto de generosidad (de la clase dominante) que confirma que la dominación seguirá adelante, por medio de las atrocidades necesarias, de una manera general. No habrá nada nuevo para las putas del guetto y sus chulos: posiblemente, en unos años habrá un continuador de la tarea de Jack el Destripador.

DR y Quinch. Una gamberrada de estos dos adolescentes pone en movimiento la historia del Hombre. "¿Qué mantiene viva a la Humanidad? No se engañen sobre ese punto: la Humanidad sobrevive cometiendo atrocidades". No parece, así, nada solemne.


Pero la enseñanza en esos versos de Brecht ("el Hombre vive de la atrocidad") es que la gran historia del Hombre, o de la Civilización, debe ser objeto de distanciamiento y cuestión, y no de reverencia: porque el hombre ha decaído, ha renunciado a su racionalidad, a su humanidad, para engañarse interesadamente y contentarse en una perpetura miseria. Para Brecht la toma de una adecuada conciencia (racional) de que la gran historia del género humano no es más que el maquillaje de una opresión de clases dominantes sobre clases dominadas es un punto de giro, motivo que basta a su teatro. El conflicto esquivado no tiene que desviarse a la lucha miserable entre los parias, en los arrabales de Londres o en las trincheras de la Gran Guerra, sino apuntar a lo que se ha querido disimular: a la explotación económica y al sometimiento de las clases dominadas a aventuras históricas que están conducidas por los intereses de la clase dominante de turno. Pero -y ahí va lo que quiero decir- para Moore, que bien podría ser también un escéptico de la gran historia del Hombre, la salida no es una revolución por venir ni una reclamación de "lo que hace al Hombre (más) hombre": el porvenir, incluso como "un mañana más humano" está ya pensado desde la lógica que le interesa abandonar. La calculada "huida hacia delante" (hacia un mañana "más racional") en que ha consistido -parece ser- toda era histórica no es, entonces, lo que propone: esa huida hacia delante que, a fin de cuentas, sigue pareciendo necesaria cuando hablamos del superhombre: primero el Homo Sapiens, luego el Homo Sapiens Sapiens, por último... ¡el Hombre de Acero, el Hombre del Mañana! Si estamos dispuestos a apostar por una suerte de "Ley de la Evolución (Social)", que tiene que continuar la tarea de la evolución de las especies para dar lugar a una Sociedad perfecta y a individuos sobrehumanos que han quedado libres de todas las miserias del cuerpo y la inteligencia por medio de su propia acción (como pretende hacer el Veidt de Watchmen), no nos hemos zafado de la trampa primera: la huida hacia delante. No hay ningún adelante en garantía: sólo queda dejarse a la involución. La evolución no trae nada nuevo en el sentido en que a Moore le interesa.

3. Lo que acaso se tiene que anunciar no es, entonces, es el superhombre, la forma más desarrollada y más trabajada por la Ley del Progreso, el individuo en que mejor se ha alcanzado la progresiva individuación y formación del Yo a través del paso de un tiempo cronológico y meramente externo. No hay que ponerse objetivos, ni seguir aumentando el Yo para devolverlo allí donde estaría su origen, su matriz. Si hay un escape del avance del tiempo cronológico, éste queda siempre tras el embrión, en tanto está siendo recuperado por la memoria que viene de él; y este estado embrionario no es el antagonista del superhombre, no es el rival del protagonista de la evolución, sino la la forma vital en que no hay ninguna agónica proyección que exija "domar el futuro". No interesa la evolución, sino la vuelta a las formas originarias, a los primeros aleteos de la vida, al pasado de toda individuación. El recogimiento en eso es ya la gran recapitulación, la gran manera de evitarse el enredo en la agonía del futuro. Cuando al final de El Amnios Natal Moore se pregunta por el principio, por lo originario, después de haber recorrido la duración real de su biografía, acaba dando con la secuencia del ADN: "adenina, citosina, uracilo, guanina..." Pero tras la "escalera de caracol" del ADN (Serpientes y Escaleras) no hay conceptos con los que dirigirse al origen, sino una imposibilidad: "nuestros labios están... sellados". Así finaliza El Amnios Natal. [Esto es un tema propio de Henri Bergson, pero igualmente podría ser un tema de... ¿Proust?] Mientras tanto, él mismo había dicho, al hacer mirar hacia el futuro a sus personajes de From Hell: "Creo que va a haber otra guerra". El camino hasta el superhombre sería una mera prórroga de la huida hacia delante que ya se ha instalado, dolorosamente, en nuestras vidas, en nuestra duración real.


Ilustraciones de E. Campbell para las últimas páginas de El Amnios Natal (The Birth Caul).



4. Pues, como ya veíamos diciendo [véase El reinado del Super-Hombre], el culmen de toda evolución (biológica y social), el Mañana de la historia del Hombre, no tiene que traer, ni mucho menos, lo mejor (para nosotros) -especialmente cuando somos los parias. Los propios padres del Superman de 1938, los jóvenes Siegel y Shuster, antes de inventarse al "Hombre de Acero" le hicieron una primera cata al Super-Hombre y hubieron de asumirlo en su aspecto más ambiguo: podría ser la personificación de una lógica evolutiva despiadada que, al ir destilando una nueva etapa de la cerebración (de ahí, decíamos, que el Super-Hombre sea calvo, a diferencia del Homo Sapiens Sapiens), haría inevitable la implantación histórica de una racionalidad dominadora y terrible, que se deshará de cualquier residuo de la evolución social (pongamos: los parias, los débiles, los que no han sabido "estar en la vanguardia del desarrollo progresivo de la evolución biológico-social") al objeto de abrirse paso. Porque -y aunque no lo habíamos contado antes- lo único que impide al Super-Hombre, al final de esa historieta ilustrada, desencadenar una nunca antes vista guerra de todas las naciones modernas, es algo que parece la mano de la Providencia, si es que no es una casualidad: pues el extraordinario poder mental del Super-Hombre desaparece sin aviso en el momento más oportuno, y éste se ve obligado a asumir de nuevo su lugar en la "cola del pan", entre los otros "despojos humanos" de lo que para muchos sería la imparable marcha de la Historia. En esa historieta ilustrada los justos, aunque sean más débiles, no perecen bajo el reinado del Super-Hombre: y no ha sido necesaria la intervención justiciera del Hombre de Acero.  La operación circense que llevó a Siegel y Shuster a hacer una nueva presentación del Hombre del Mañana, a depositar en él sus esperanzas y ponerle el título de defensor de los oprimidos (tras dotarle de un músculo que al despiadado y manipulador Super-Man le resultaba innecesario) no repara el hecho de que el Mañana no traiga consigo ninguna garantía. Si ya la evolución de las especies era azarosa en la dirección, pero implacable al descartar a los individuos y perfiles inadaptados, la evolución histórica del género humano, de acuerdo con la mayor falacia sociológica del burgués británico del siglo XIX, tendría que llevarse por delante muchos pordioseros que podrían estar retratados en la Ópera de los Tres Peniques. ¿Tanto se merece el Hombre del Mañana?


5. En los últimos años, tras el "repliegue involutivo" que había propuesto en El Amnios Natal, Moore ha dicho algo más un tanto más inquietante sobre ese "Mañana", ese más allá del esquema de la evolución en el que se ha negado a tener parte: lo que trae, en caso de que insistamos en la huida hacia delante, es el retorno incontrolado y destructivo (por cuanto fue reprimido) de formas abandonadas y latentes, que siguen "llamándonos" hacia el mar desde el que salimos arrastrándonos, que nos recuerdan los nombres de dioses que gobernaron y volverán a gobernar la Tierra. Esas formas ancestrales "no-alcanzadas pero implícitas" son todo el mañana: eso es lo que se divisa al entrar en la meseta de Leng (The Courtyard) y ver doblarse el tiempo externo sobre sí mismo. Por eso hay un asesinato ritual que siempre deforma el cuerpo humano para darle forma de estrella de mar, sin manos ni cabeza. Los dioses que acabarán toda civilización, precariamente reprimidos, siguen saliendo a flote en los suburbios de nuestras ciudades, en la música juvenil, en la literatura de revista pulp, en el malestar preconsciente que repone los olvidos y que se agita contra las exigencias del Mañana más racional. Cuando Moore se ha permitido recoger las ficciones de Lovecraft, se ha tenido que poner de parte de los dioses olvidados: "han sido, son y serán". Al final de Neonomicon, deja que su protagonista juzgue así la historia de evolución del género humano:

-Fíjate en nuestra especie. Somos alimañas, prácticamente.
Da igual, ya lo solucionaremos cuando él [Chtulhu] llegue. (...)
Los extraños eones empiezan entre mis muslos, y para todo lo demás, para el resto de gilipolleces...
Es el fin.

¿Cómo, ante esta revelación, querríamos seguir adelantando el Mañana en los superhéroes? Y, puestos ya a dejar a Moore en su lugar de novelista que debe vivir de sus novelas, y por tanto, endiosarse, ¿es acaso menos inquietante el vaticinio de que "seguiremos adelante como Humanidad" (como diría Bertol Brecht) "cometiendo atrocidades"?

The Courtyard. El agente del FBI Aldo Sax, un personaje racionalista, se encuentra con lo sublime terrible, el antagonista invencible de la Razón (protagonista de la Historia). El mismo ímpulso dominador que le había llevado a intentar elaborar una teoría racional sobre una serie de asesinatos rituales aparentemente faltos de nexo se transforma, "por el retorno de lo reprimido", en la fuerza que le lleva a participar del descuartizamiento ritual que estaba investigando.