[Las muertes paralelas de Hollis Mason y el cochero Netley]
Esto nos lleva de nuevo a la novela pulp Gladiator de P. Wylie, que el anciano Hollis Mason de Watchmen todavía tiene como libro de cabecera en su casa hasta el día de su muerte: la historia pulp sobre el hombre que, por sus potencias milagrosas, pudo ser Superman, pero que tiene algo encima de él –“la mirada de un Dios panzudo, cínico”, dice literalmente el narrador- que lo separa por principio de la posibilidad de tomar el papel del Hombre del Mañana que aparecería en 1938, replicado por dos jóvenes judíos de los EEUU pocos años después con las mismas potencias milagrosas. Estamos ante el voluntarismo creacionista corregido por el mismo voluntarismo: la hipótesis del Dios misterioso que puede frenar a un hombre titánico también hipotético sólo porque necesita mantener el diseño original del mundo creado, que sin embargo, para los occamistas modernos, no tiene mayor razón para ser así que de la otra manera: ése es el planteamiento de Gladiator. Parece ser que el causante culpable de esta separación insalvable entre el hombre de carne y hueso y el Superman de papel no es el hecho de que la figura de Superman se haya producido precisamente como abstracción idealista de una realidad vital tomada como punto de partida y retorno, sino que se toma como causa de esta incongruencia mundo-superhéroe el supuesto drama que hay en que la realidad incluya dentro de sí un principio por el cual ésta se empecina en no admitir el triunfo superheroico, quizás por el capricho (dice Wylie) de ese Dios panzón y cínico: no hay anterioridad lógica de la vida en la que estamos, de la facticidad histórica, respecto a la ficción superheroica, sino que están al mismo nivel, y por tanto no se puede explicar esta incompatibilidad de otra manera: sólo es una cuestión de la voluntad de un Dios que maneja el universo sin tener que dar razón de por qué lo ha dejado así, pero poniéndolo ante nosotros como algo inalterable una vez ha optado por una cierta configuración de lo real desde su omnipotencia, sin tener que explicar este rechazo de lo real para con la fantasía del superhéroe, o al menos ocultándonos la razón por la que tenga que mantenerse este mundo sin superhéroes fuera del papel como el mejor de los mundos posibles. El paso de la presunta esencia a la existencia no tiene, en el caso del superhéroe, la venia del Ser Supremo: ¿es que el cómic es capaz de diseñar esencias, o sólo de jugar con apariencias? ¿Tiene cualquier cosa puesta delante por las bellas artes y el cuento el derecho de pasar del trampantojo a la realidad, igual que ha hecho de la realidad trampantojo, como parece insinuarse en Providence?
La secuencia
de viñetas que presentan la muerte de Hollis Mason en Watchmen, en que
se presenta en paralelo al anciano Hollis Mason (ex Búho Nocturno), intentando
defenderse de un grupo de jóvenes punks (o lo que sean) que le han atacado en
su propio hogar, por un lado, y por otro lado, el combate de Búho Nocturno en
sus días de gloria frente a los supervillanos (que pudo nunca haber sido tal,
sino sólo una fantasía desiderativa cortada según los patrones de los tebeos
que llenaban su imaginación), es una muestra del cruel patetismo con el que
esta separación traumática del ideal
superheroico y la realidad de la América de Watchmen
se arrojan a la vista del lector, con un tono que en lugar de exponer
graciosamente las caídas de Don Quijote en su porfía sobre el ejercicio de la
andante caballería, va preparando al lector para llegar a una conclusión
cruenta y monstruosa, tras habérsele enseñado que en el progreso de la
narrativa de Watchmen, precisamente
para dejar de lado la ficción superheroica, tiene que haber derramamiento de
sangre, y que además, tiene que haberlo para darle un poco de tiempo más a un
mundo que parece de antemano perdido,
irresistiblemente arrastrado hacia el momento en que las agujas del Reloj del
Día del Juicio Final van a marcar las doce en punto. El pago que el mundo
entrega al anciano Hollis Mason por su carrera como Búho Nocturno está
ambiguamente hecho de oro y regado de su propia sangre: mientras que la ciudad
le premió con una estatuilla dorada en el momento de su retiro, el grupo de
jóvenes de cultura underground que lo asalta en su casa durante la
víspera de Todos los Santos utiliza el mismo premio para rematarle y derramar
su sangre. La “terrible simetría” o retribución hace que lo que parecía ser la
vida de un hombre justo y honrado culmine de una manera que nos hace poner en
duda el valor de todo lo que él había hecho por la ciudad (sin que haya en el
personaje un solo doblez que justifique este terrible premio final), luchando
contra las organizaciones criminales de los suburbios: la forma en que su vida
termina parece insinuar que la misma dinámica de la existencia no tiene en
cuenta el valor de sus esfuerzos, que no hay una ecuación que relacione mérito
moral y felicidad para que el que ha llevado una virtuosa alcance al menos un
adelanto ya en esta vida de la felicidad que parece deberle el mundo.
Por ahora,
tal como veremos más tarde al intentar ofrecer una reconstrucción ambivalente,
en clave gnóstica, del conjunto de las páginas de Watchmen, ya en esta escena del capítulo “Viejos fantasmas” se podría
estar adelantando una secuencia de From
Hell que también hace referencia a la muerte, por un golpe traicionero en
el cráneo, de un personaje secundario de la trama: la escena en la que el
fantasma del Dr. Gull aparece como un genio sobre la esfera solar, y espanta a
los caballos del coche que conduce Netley, dando así lugar a un aparente
accidente (que no ejecución) en que aquél que había sido su cochero durante los
días de el Destripador recibe una paradójica “retribución final” por su
cooperación en la tarea secreta de Gull. Netley, un hombre de muy humilde extracción
social que había aceptado el encargo de asistir a Gull sin saber muy bien en
qué se estaba implicando, acaba abriéndose el cráneo contra uno de los
obeliscos de Londres que tanto le había señalado Gull durante sus tours iniciáticos por el paisaje
arquitectónico de la ciudad, y que el cochero no dejaba de ver como una figura
fálica. El mítico arquitecto del templo de Jerusalén, Hiram Abif, al que se
refiere la presentación de los misterios masónicos que hace Gull capítulos
antes (por cierto: Hollis Mason… ¿no
podría haber tenido otro apellido?), también recibe un último golpe mortal en
la cabeza con un mazo, tras haberse negado a entregar a los tres traidores (los
juwes) los secretos de su arte y la
palabra de paso. ¿Es en realidad un honor heroico oculto dentro de una muerte
violenta (un premio paradójico y nunca deseado) la manera en que mueren tanto
Hollis Mason como Netley? Si, a fin de cuentas, pueden acabar su vida
compartiendo con Hiram Abif esa muerte violenta, alguien habrá -Gull, sin ir
más lejos- que considere que este paso mistérico, horrible a los ojos de los no
iniciados, supone un alto honor, el más aquilatado reconocimiento que el Dios
de los deístas puede ofrecer a los que le han prestado algún tipo de servicio:
la extracción de su pensamiento más allá de su soporte material. En contra de
lo que pudiera parecer, la muerte sangrienta de Hollis Mason como último honor
y reconocimiento por sus años como Búho Nocturno no es una venganza de los
espíritus malvados de sus enemigos derrotados o de sus demonios: es el premio
paradójico y definitivo entregado por un cosmos, o por un Relojero tras ese
cosmos, que le reconoce los servicios, imponiéndole un destino que sólo pocos
pueden ver como una participación privilegiada en el misterio fundado por la
muerte de Hiram Abif. Si bien en Watchmen
sólo las circunstancias (la elección de la fecha en la víspera de Todos los
Santos) y el título del capítulo (“Viejos fantasmas”) nos insinúan las acción
de algún tipo de influencia preternatural en la preparación de la escena, como
si un mal espíritu guiase la mano y la ignorancia de los jóvenes que le asaltan
en su casa confundiéndolo con Daniel Dreiberg, en From Hell no hay necesidad de dejar las cosas apuntadas a medias:
la presencia sobrenatural del Dr. Gull, ya ascendido a la eternidad, se dibuja
como un espejismo en el cielo de Londres hasta hacerse valer como causa oculta
del accidente que abrirá el cráneo de Netley, sellando para siempre el secreto
que tiene que guardarse sobre el mito visible del Destripador. Sea o no un
espejismo, la aparición del fantasma de Gull es la que hace que el cochero
pierda el control del carruaje: “pese a su no existencia en términos materiales
(…) no por eso los dioses son menos poderosos, menos terribles” (cito de
memoria). ¿Qué tipo de agente
preternatural puede preparar las circunstancias necesarias para que tenga lugar
un aparente castigo que, sin embargo, por sus causas ocultas resulta ser más
bien un premio paradójico, deshaciendo para el iniciado la diferencia común
entre lo bueno y lo malo, sumergiéndolo en un nuevo nivel de conocimiento
secreto que sólo es posible con la apertura violenta de su cráneo? Aquí
comenzamos a tener abierta la posibilidad de pensar que, pese lo que digan los
personajes de Watchmen, el Relojero
ausente de su universo comparte con el Dios masón al que asciende Gull tras
ejecutar su gran tarea (en una peculiar presentación que, presumo, muchos
masones rechazarían), un mismo sentido de la necesidad de otorgar a los que le
han prestado servicios destacados un gran premio espiritual que, sin embargo,
se convierte en la destrucción del cuerpo viviente singular: un gran bien que
va oculto dentro de un gran mal y que es sólo alcanzable como tal por los que
manejan sus causas y claves secretas, presentándose como algo monstruoso y
repulsivo a la mirada del común. Pero entonces, ¿qué sentido tiene imponer este
trofeo a los que no han aspirado nunca a asemejarse a Hiram en su destino, ni
han pretendido pasar por los misterios necesarios para formar parte del
espíritu y los secretos del maestro perdido? ¿Quién tiene que ocupar el papel
de los tres traidores y quién tiene que ocupar el papel de Hiram en esta
representación?
La forma en
que Watchmen abarca, mediante apéndices y rememoraciones, un segmento
temporal en que se implican las acciones y los fracasos de varias generaciones
de justicieros enmascarados (1938-1985), parece ya orientada a trasladar al lector la
impresión de que este mundo no admite, ni puede admitir, una épica realizada en
la historia, de la misma manera en que una composición arquitectónica de
hormigón y ladrillo factible no admite como molde una ilusión óptica
trazada por M. C. Escher en las dos dimensiones del papel, mostrando un objeto tridimensional incongruente que,
sin embargo, se hace posible en cuanto se abstrae como un mero dibujo. Los cómics de superhéroes son
justamente una suerte de ilusión escheriana aplicada a la enmienda de los males
del mundo, con una premisa entre la ciencia-ficción y el horror que estaba ya
presente en la novela Frankenstein o el
moderno Prometeo: la posibilidad de producir una raza de ultrahombres que
ofrezca una solución sociológica a
los males que arrastran las civilizaciones desde los tiempos de la ciudad de
Enoch. Yo no diría que Watchmen es un
lamento sobre la pérdida de la ilusión abierta por la primera visión del papel
que podían tener los superhéroes si se les forzaba a salir el papel y a tener
un cuerpo de carne y hueso: es un argumento para forzar al lector a deshacerse
de la ilusión escheriana que puede atraparnos en cuanto ponemos los ojos sobre
un cómic o película de superhéroes, dado que posiblemente hay mejores ficciones
a las que entregarse, a partir de una cierta edad -sobre todo si no se van a
repasar con el buen sentido del humor que Moore exhibe en Supreme. La
cuestión es: ¿de verdad no sabíamos esto antes de que nos desengañásemos de los
superhéroes? ¿Es este descubrimiento algo tan dramático? ¿Es que tenemos que
ser idealistas hasta cuando acudimos al entierro del mismo idealismo y nos toca
despedirnos de éste? La mera sustitución en el mundo “alternativo” de Watchmen
de los comics de superhéroes por los cómics de piratas (Los relatos del Navío Negro que acompañan el avance de la trama) nos
avisa de que el intento de hacer del superhéroe un molde de la vida real no
sólo entraña condenarse a la incongruencia con la realidad, sino que lleva a la
transformación de la ficción misma, acentuando el carácter grotesco, cruel y
sanguinario tanto de los nuevos cómics de moda como del mundo que los produce y
los lee con fascinación adolescente.
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