[La Nueva York de Watchmen,
ciudad desgraciada, de luces perdidas]
Hay un
aspecto que tiende a quedar obviado en la grandeza retórica de la obra en
cuestión: la manera en que las técnicas y estilo de dibujo y color de Dave
Gibbons y John Higgins se ajustan a los fines del relato. Al igual que Eddie
Campbell fue capaz de mantener el nervio narrativo de From Hell mediante una técnica de dibujo que parece haberse
inspirado en el código blanco/negro de la tradición de la que mana Will Eisner
(Un contrato con Dios) y de las
ilustraciones de los folletines ilustrados populares de la década de
1890, en Watchmen comprobamos que,
más allá de lo que dicen y hacen los personajes, el estilo de dibujo y color consigue
trasladarnos un sutil mensaje que de inmediato nos hace ver que la Nueva York
de Watchmen no pertenece a la misma
América que se deja ver en el trampantojo de los cómics de superhéroes, y a la
que tampoco se le puede atribuir la estilización noir de la Sin City de Frank Miller o la realista Gotham de
Cristóforo Nolan. En Watchmen no hay lugar
para hacerse ilusiones de haber ido a parar a un escenario donde sea posible
una total autonomía y limpieza de las formas, donde la sangre pueda verse como
una explosión de puro rojo sobre un fondo indiferente, como la flor roja pasajera
que engalana y culmina la acción. Y no nos hacemos tales ilusiones porque el
dibujo nos advierte, desde la primera viñeta, que hay una pátina de decadencia
y una mácula de fracaso o errancia que lo envuelven todo en las calles de Nueva
York, donde alguien se afana en limpiar la sangre de un agente secreto del gobierno
Nixon que se ha estrellado sobre una acera, ofreciéndonos una primera estampa
desde la que el foco se va ampliando hasta mostrarnos una moderna Roma donde
todo ha optado por resultar infecto, manchado, falto de gracia, sin que nadie
se haya preocupado de que fuera de otra manera, o sin que nadie haya demostrado
la suficiente presencia de ánimo como para al menos intentar mantenerlo en su
claridad e inocencia originarias. Parece, por señales, que la Nueva York de Watchmen está inmersa en una especie de
desgraciada apostasía, conociendo en atisbos la inminencia del fin de sus
tiempos.
Paradójicamente,
la perspectiva negativamente
idealizante (pero idealizante) del diario de Rorschach, escrito por un
enmascarado proscrito, con la que se abre la narración, parece guardar perfecta
sintonía con el estilo de dibujo que se va confirmando desde las primeras
viñetas: es lúgubre porque la ciudad es taimada; es sórdida como la vida de la
ciudad y sus bajos fondos. La luz, siguiendo la metáfora de Agustín de Hipona,
llega limpia del cielo, pero tan pronto entra en la atmósfera de Nueva York y
nos permite ver sus objetos y el despliegue de sus colores, nos devuelve la
idea de que todo está manchado, pervertido o indebidamente mezclado con
inmundicia y apartado de su fuerza originaria; asimismo, la luz intelectual que
ofrece el buen juicio, según atraviesa esta atmósfera de la ciudad terrena
encarnada en Nueva York, se descompone en las perspectivas dolientes y el
juicio desamparado de los diferentes personajes sobre su situación, y nos lleva
a la retórica de Rorschach, cuyo diario es el primer faro que nos introduce en
la narración. Si Rorschach pudiera hablar con sus creadores, les podría dirigir
con todo derecho la frase que el monstruo de Frankenstein le dirige a su
creador: “hazme feliz, y volveré a ser virtuoso”. Pero él sabe que ya no hay
marcha atrás, que la máscara se ha tragado la voluntad de Walter Kovacs como su
último refugio moral. La sucia gabardina de Rorschach, atesorando salpicaduras
de sangre seca; las marquesinas de cines y teatros habitadas por la miseria del
sexo callejero; la casa de Dreiberg, donde el polvo cubre lo que fue su equipo
de batalla y los cristales de las ventanas, y el aceite escurre desde el
interior de los servos; la piel avejentada de Sally Júpiter, mirando los cómics
eróticos que le dedicaron mientras era joven, como recuerdos descoloridos; el joven
Jon Osterman siendo pulverizado por un accidente en un laboratorio del proyecto
Manhattan; más tarde, los recuerdos del Dr. Manhattan causando la
desintegración de los cuerpos de los matones de Moloch, señor del crimen, en un
club nocturno; el rótulo oxidado del taller de Hollis Mason y su última mirada
a los jóvenes que le abren el cráneo con el trofeo que la ciudad le entregó
como premio de retirada; en cada callejón los carteles desprendiéndose de las
paredes y los vapores de las alcantarillas y los cubos de basura; las manos y
el traje de Adrian Veidt salpicados por la sangre de su secretaria y del
sicario que les ha disparado; los edificios de los arrabales intentando
contener las miserias de un mundo donde cada acto de violencia justiciera acaba
abriendo una fuga más en el Sueño Americano, una ilusión que se ha olvidado de
su presenta inocencia desde el recurso a la bomba atómica en 1945, y para la
que violencia de los justicieros se ha convertido en la única manera de pagar
el alquiler no ya de una opulencia material añorada (los EEUU del serial The Wonder Years), sino del mismo
derecho a existir como una nación con un Destino Manifiesto, capaz de exportar
a sus aliados una serie de fórmulas sociológicas que hubiesen sido la
alternativa al marxismo-leninismo y hubieran acreditado que “la Mano Invisible”
(la metáfora deísta de Adam Smith) seguía respaldando la emisión de cada
billete de dólar y el logro de la máxima felicidad para el máximo número de
individuos.
En la Nueva
York de este 1985 hay ya, por cierto, en lugar de motores de combustión, coches
eléctricos, y gente fumando en váper por las calles en lugar de sacándose un
Marlboro o un Lucky Strike del bolsillo, adelantándonos elementos de un futuro
de ciencia-ficción sociológica; pero también hay una convicción de que, se haga
lo que se haga, incluso amputando traumáticamente una parte de la vida de Nueva
York, y aplicando una terapia colectiva de shock (véase La doctrina del shock, el documental referido a la obra de Naomi
Klein), no habrá ninguna manera de levantar sobre el mundo real una
escenografía épica de la Humanidad redimida por sí misma (el Hombre del Mañana
salvando a los hombres del hoy), ni un esplendor que dure más de un verano sin
empezar a pudrirse. En el presente histórico de Watchmen, en lugar de haber lectores
de cómics de superhéroes, hay lectores de cómics de piratas sanguinarios
que se llevan a los héroes al Infierno tras haber jugado con ellos; y, tras el
ataque de falsa bandera extraterrestre, el trauma engañoso preparado por Adrian
Veidt, hay lectores de cómics de muertos vivientes: esos muertos vivientes son
el reflejo de un mundo en que los lectores están atrapados en una muerte en
vida, enajenados en cuerpos que están animados por un embrujo externo a ellos,
pero no por sus entrañas.
Mas, en esta misma línea, y retomando la coincidencia puntual de premisas que encontrábamos antes, tenemos que decir que en Watchmen prima un imperativo no ya de lo verosímil, como en El Ingenioso Hidalgo (…), sino de “lo caído”, de la insuficiencia de lo real ante lo sublime, del desajuste permanente entre una facticidad que se presenta como desproporcionada, contrahecha, y siempre defectuosa o infecta respecto a la suficiencia y belleza de lo ideal: y esto ocurre desde el trazo de sus líneas y el uso de sus colores, poniéndose enfrente de nosotros la convicción de que, ni siquiera en el elemento sumamente dúctil del dibujo, se le va a conceder a la ficción épica el lujo de confundirse con el mundo histórico al que quiere permanecer atento Moore, al menos para evitar el entusiasmo superheroico. Y pese a esto, en Watchmen, a diferencia de lo que ocurre en El Quijote, es mucho más difícil poder entresacar algún acto o discurso que podamos tomar como un asidero desde el que defender el valor de lo fáctico y lo histórico frente a lo ideal-abstracto, puesto que el peso que dichos actos o discursos tienen en el conjunto grandioso de la obra queda completamente disimulado u oculto entre los sublimes discursos y hechos de la historia de los enmascarados, doblemente idealistas y desengañados. Muchos lectores pueden quedarse encallados o encanallados en los retratos de los personajes que parecen estar esperando la destrucción del mundo, pasando por encima de los pequeños actos donde pueden reconocerse los conatos de conmiseración y fortaleza comunitaria que pueden salvar a la ciudad: salvarla no de la destrucción, sino de la total corrupción anímica, que a fin de cuentas, es la destrucción retardada y silenciada (ver la serie “Amantes de Hiroshima”). Allí donde se empieza a descubrir que Dreiberg y Laurie están dispuestos a llevar su amor carnal a una forma estable de confianza, dado que el cuerpo, a no ser que uno se convierta en luterano radical, ni molesta para hacer el bien ni es origen permanente de todas las miserias; allí donde dos se prometen auxilio mutuo sosteniéndose el uno al otro con sus limitadas fuerzas, y se comprometen al auxilio de sus vecinos, rescatándolos de un edificio en llamas; allí donde se ve que la relación entre el vendedor de prensa y el joven que se sienta a su lado para leer cómics de piratas es algo mucho más poderoso e inesperado de lo que podría parecer, allí, y sólo allí, vemos que la ciudad de Nueva York puede todavía dar lugar a algo bueno y generoso, que todavía no es una ciudad maldita en la que es imposible que algo crezca recto. Pero, como decíamos, la mayor parte de las viñetas de Watchmen están entregadas, sin más, a resaltar la corrupción visual y espiritual que parece animarlo todo con una fascinación enferma por la pérdida de valor del mundo histórico, representado en el arquetipo de la ciudad de los rascacielos.
[El doble juego de viñetas y discursos en Watchmen]
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