[Un aviso hermenéutico]
Supuesto que
aquí somos todos amigos del Sr. Moore, pero más amigos de la verdad (entiéndase:
de la verdad con minúscula inicial,
sí: de la verdad en cuanto no puede dejar de ser, en su núcleo, entresacada, interpretada, urgente y ocasional), en esta incursión no vamos a dejarnos
llevar por uno de los juegos interpretativos en los que Watchmen nos invita a enredarnos: el juego de ver el conjunto de
sus páginas como una lámina en movimiento del test proyectivo de Rorschach, esto
es, de mirarlas como una colección de marcas sobre el papel trazadas por el
azar que, también, pueden contener una cierta belleza formal, y que escrutamos
en busca de un significado, cuando el único sentido que encierran, para quien
no se quiera engañar, se reduce a lo que nos pone delante Walter Kovacs en su
última declaración ante el psiquiatra: “el auténtico horror es que [lo que
presenta la lámina] no es una mariposa, ni la cabeza de un pastor alemán
abierta por la mitad… son sólo manchas de tinta (…) Este mundo no ha sido
creado por un Dios, ni por fuerzas metafísicas que lo dirijan (…)”. Así es: en
el capítulo “El abismo te devuelve la mirada” se nos adelanta el vértigo que
llega cuando alcanzamos la última página del número XII y parece que hemos
terminado de leer Watchmen: no había
nada de lo que enterarse, porque en realidad, sólo nos íbamos a enterar de lo
mismo que fuésemos capaces de forzar a decir a la obra, como llevándola a
declarar aquello que más convenga a la postura que adoptemos en cada lectura,
dado que ésta, si en su momento salió de las manos de sus autores como algo que
cobró vida propia, en nuestras manos no deja de ser sino un muñeco de
ventrílocuo con el que jugamos hasta convencernos de que nos está hablando de
verdad, con una voz oracular. ¡Ay, sujeto hermenéutico de los re-modernos! Como
aquel revolucionario Yo
transcendental del Idealismo de Manolo Kant, que tenía que abordar la
Naturaleza desde su interna manera de desenvolverse hacia un sistema de leyes (no
vamos a decir “acorde a su manera de conocer”), nos vemos condenados a no poder
aspirar a “la cosa en sí”, que a lo que parece, no es sino una vorágine de
fuerzas generativas que nos exceden (la “voluntad de poder”), una masa informe
de excesiva profundidad y variedad en la que en el extremo no es la diferencia
entre ciencia y ficción lo que nos jugamos, sino la misma cordura, como en la
presencia ominosa del Rey de Amarillo.
Es (casi) innegable que la última viñeta de Watchmen en el número XII vuelve a presentar, en un juego de simetría que da la razón al mismo tiempo a Rorschach y al Comediante (o que acaso se burla de sus muertes), la primera viñeta del número I: la mancha de sangre vuelve a aparecer, en la misma disposición, sobre el color amarillo de la sonrisa del smiley, recordándonos, por un lado, lo que afirma el Dr. Manhattan en su despedida: “nada acaba nunca”, y por otro (y esto ya es, con todo derecho, “mi proyección”), lo que los seguidores de cierta escuela de la gnosis cristiana (según refiere Hipólito de Roma) reprochaban a los que habían adorado como Padre al Yahvé de la Ley de Moisés, acusado por ellos de ser, bajo la máscara, ni más ni menos que el Demiurgo suplantador: “ vuestro Dios ha sido siempre homicida y amigo de sacrificios cruentos” [ver también la serie “La sangre, lo verosímil y la transfiguración del superhéroe (…)” de este mismo cuaderno].
[Las bibliotecas de un hidalgo manchego y de un
policía neoyorquino]
Sin embargo,
esta pretendida “proyección” en que pudiera consistir nuestra interpretación no
funcionará nunca sobre la estructura discursiva y gráfica de Watchmen como si sólo tuviéramos delante
una mancha simétrica preparada por la caída caprichosa de la tinta sobre una
cartulina que doblamos por la mitad. Nos negamos a aceptar que el poder del Yo
tenga que ser tan sublime como para reducir todo, incluso el cómic, a su propio
capricho incontrolado: la humildad del lector intérprete también pasa por
aceptar la parte objetual de la obra, lo que otros han conseguido ponernos
delante con su trabajo y buen arte. A diferencia de una lámina del test de
Rorschach, el contenido narrativo de los doce números de Watchmen está esforzándose por resultar ambivalente, pero no totalmente ambiguo o indiferente: no es un sólo
un espejo disimulado para sacar a luz la tendencia espontánea del paciente y
hacer que se delate él solo, como lo era el test proyectivo de Rorschach, sino
una contraposición declarada de
figuras ficticias que resalta las diferencias insalvables entre las figuras
superheroicas de papel del Sueño
Americano y los hombres (y féminas) de
carne y hueso de los Estados Unidos posteriores a la aparición de los cómics
de Superman, hombres (y mujeres) que se vistieron trajes circenses y se echaron
a hacer justicia en las calles y a defender la libertad del país (o al menos la
pujanza) en las trincheras, sobre el telón de una historia-ficción
“alternativa” que no es, ni por asomo, “un cuento de hadas” o una resolución
triunfal de la historia contemporánea. Justamente, en esa “línea temporal”
alternativa 1938-1985, en la que sigue la Guerra Fría, se retrasa unos años la
invasión soviética de Afganistán y sigue habiendo intervención de E.E.U.U. en
la Guerra de Vietnam, no hay apenas nuevos aportes o grandes licencias que
puedan hacernos sospechar de la calidad de la verosimilitud de la trama.
Sin embargo, encontramos dentro de su lógica dos hitos en los que se basa el
planteamiento como en una premisa lejana: en primer lugar la aparición del Dr.
Manhattan sin razón aparente en los Estados Unidos de la Guerra Fría
-una aparición supuestamente accidental-; y en segundo lugar, y lo que es más
importante: el atrevimiento de aquellos lectores de los cómics de Superman y
Batman que, después de ver lo que ocurría en las viñetas, se disfrazaron de
justicieros enmascarados y se echaron a las calles de los arrabales de América
y a las trincheras de la Guerra con el Eje, como el hidalgo manchego del Quijote
se echó a los campos de Montiel “para el ejercicio de la andante caballería“ en
la estela del Amadís, en lugar de
aceptar la marcha a la vida pastoril de La
Diana.
A partir de ahí, tenemos el pretexto que permite exponer una serie de tesis sobre las ficciones superheroicas y su papel en el mundo histórico, que se van a hacer verdaderas a la manera de la tragicomedia en la vida de los personajes: personajes no sólo de una, sino de varias generaciones de “cuasi-superhéroes” o “vigilantes enmascarados americanos”: los Minutemen y los Vigilantes. Pues a diferencia del manco de Lepanto, que puso a Don Quijote a vivir y a morir en menos de lo que va entre 1605 y 1615, siendo este tiempo suficiente para que el hidalgo manchego caiga en cuenta de su errancia, el druida de Northampton necesita extender el efecto del autoengaño de América en la ficción superheroica en al menos dos generaciones: la que verá la Guerra con el Eje y la que irá a la Guerra de Vietnam. Son dos generaciones de vivos las que requiere el espejismo para irse notando sin engaño, como si fuera necesaria una especie de “terapia cultural” prolongada y dolorosa que afectase a los hilos más ocultos de la ficción producida por el Sueño Americano. Y esto es, quizás, porque la perspectiva pesimista (por oposición al optimismo de ciencia-ficción del Hombre del Mañana) que se desenvuelve en el fondo de Watchmen está también ahí para convencernos, en pocas palabras, de que el mundo del Sueño Americano se ha echado a perder sin remedio, colándonos una baza filosófica idealista que a duras penas consigue encontrar, entre tanta fatalidad, una salida de consuelo (que no de gloria) para el mundo deísta americano que leyó los cómics de superhéroes.
Y aquí ya no valen meras proyecciones, sino que se necesitan referencias analógicas que están intencionadamente puestas o simplemente ejercitadas por los autores de Watchmen dentro de su obra, quienes antes que hacer un Ciudadano Kane de los cómics de superhéroes, como se suele decir, lo que han conseguido es echar a andar una siniestra versión del Quijote donde las novelas de caballerías han sido sustituidas por los cómics de superhéroes, al menos como pretexto en el planteamiento, o acaso para dejar constancia en un cambio en la relación entre los lectores / autores y un determinado conjunto de ficciones que son expresión de una época y la idea épica que envuelve el ejercicio del poder. Sí: estamos diciendo que Watchmen ha conseguido situarse a un nivel pragmático, posiblemente sin pretenderlo, y pese a las enormes diferencias formales y de composición que obviamente tienen que darse entre ambas obras, en el planteamiento que sirvió como fulcro de la novela El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, residiendo la novedad en que Watchmen recoge la historia de varias generaciones de Alonsos de Quijano ya caídos en las playas de Barcelona para mostrar dramáticamente la inanidad de las figuras superheroicas, a falta de un Sancho, un cura, un barbero o de un Sansón Carrasco, quienes obviamente no podrían darse en los Estados Unidos de los cómics de superhéroes, pero que desde el principio hubiesen advertido a los Minutemen sobre la falta de prudencia y buen juicio que entrañaba el vestirse como caballeros andantes, siendo la andante caballería una invención apropiada para un cierto tipo de ficciones, pero no para el ejercicio de las armas, y mucho menos para la impartición de justicia en las ínsulas. Pese a su pretendida ambigüedad, Watchmen es, en definitiva, una obra que necesita arrancar desde un género de aventuras que va a tener que abandonar, pero no ya en nombre de lo verosímil y prudente, como en el caso de El Ingenioso Hidalgo (…) -y la prueba de esto es que en Watchmen requiere para llegar a buen puerto un licencia propia del género de ciencia-ficción anglosajón contemporáneo, que es la licencia de sacar ex machina la existencia del Dr. Manhattan-, sino a causa del fracaso traumático que supone haber sido casi tanto como un superhéroe, y sin embargo, tener claro por una ley misteriosa de lo realmente existente (una prohibición “transcendental”) que sencillamente no admite réplica, que ni una figura inmortal de piel azul capaz de teletransportarse a Marte ni un empresario-taumaturgo tan ágil como el divino Aquiles -un ultra-hombre que puede agarrar una bala disparada contra él antes de que le toque- serán nunca, suceda lo que suceda, superhéroes, sino sólo figuras en las que los superhéroes de papel vienen a confirmar su definitiva y esencial separación de lo realmente posible, cuando no su incompatibilidad constitutiva con la vida mortal en carne y hueso.



