lunes, 28 de junio de 2010

La oscuridad del simple ser (II).

[La esfera de cristal de las ilusiones personales de Laurie se vuelve a romper: ante su propio relato biográfico, Laurie acaba asumiendo que su vida "no tiene sentido".]
Éstos son los antecedentes desde los que, ahora, en el capítulo IX, vamos a tener que escuchar la recapitulación biográfica de Laurie, quien no ha asumido -aún- que su vida, y que toda vida humana, tenga que consistir en un "(auto)engaño fundamental", en un simulacro de significación, en una improvisación vana del propósito que -se entiende- debiera llenar cada biografía; una improvisación o ilusión que nos evita topar con aquello que nunca estamos dispuestos a asumir mientras dure esa "actuación": que cada individuo mortal es, pese a la ilusión de "irrepetibilidad" que le lleva a defender y cultivar su condición personal en eso que se llama su biografía, un producto de coincidencias azarosas en el devenir de la materia, y que, entonces, la caducidad de cada vida debe enfrentarse más desde lo que ésta tiene de azar "insignificante" e indiferente en el orden del cosmos que por lo que tiene de "empresa irrepetible", personal, y por tanto, moral. Laurie, como la mujer que no deja de ser -pese a que, puntualmente, se disfrace de supermujer-, se resiste a tragar el pensamiento que anula -por cancelarlo en un chiste- el conjunto de sus trazos biográficos, fallidos o no: el pensamiento de que nuestra vida -la vida de cada uno de nosotros, lectores de Watchmen- no consiste de salida y no puede consistir, más allá de este fraude fundamental, en un pulso que se le echa, con mejor o peor éxito, a la inercia y el abandono; en una tensión hacia un fin que se resuelve en un inseguro quehacer durante el que están en juego, efectiva y no ilusoriamente, significados e importancias; el pensamiento de que a nuestra vida no puede incorporarse ningún significado -por parcial que sea- porque ésta consiste, más bien, en un accidente ciego y casual de la organización de la materia en el cosmos, un accidente que no se detuvo al nivel de los coacervados, sino que llegó sin ningún propósito, para mayor chiste, hasta cada uno de nosotros (2).


La vida personal, la vida de cada cual, está entonces sujeta a algo: sujeta a un falso amarradero fantaseado por ella misma, que le hace creer que no va flotando, sin finalidad, entre el resto del cosmos. La vida que, para cada uno de nosotros, han presentado los personajes de Watchmen hasta el presente capítulo es, entonces, un fraude sospechado por todo el siglo XX (3), un fraude que tenemos que resistir, pero que descubierto, nos resulta imposible enfrentar con alguna energía moral -y mírese bien: "el deber" al que, como el propio Superman, se atiene Rorschach en su quehacer tras haber "descubierto el fraude", no es sino el último asidero, y también el menos convincente, que le queda a un individuo antes de su total renuncia moral, de su "salto al abismo": de ahí que se tenga que agarrar a éste desesperadamente, con rigidez inusual, y que en todo lo demás, (se) haya abandonado.


En conclusión: hasta el capítulo IX, los personajes de Watchmen que más largamente han hablado lo han hecho para pintarnos un horizonte histórico y vital desesperante -un mundo al borde de su destrucción: de su destrucción como mundo, y de su disolución en el cosmos, sólo culminada por la bomba atómica- haciéndonos pasar por una prueba que ahora Laurie va a tener que enfrentar a solas, sea ya para terminar de persuadirnos de que nuestra vida es, en tanto personal, un completo fraude, sea ya para darnos aliento: y yo diría que es esto último lo que, sin pretenderlo, va a conseguir con sus lágrimas, cuando la esfera de cristal que rompió en su infancia vuelva a romperse, y se derrumbe el magnífico palacio de cristal que ha formado la arena marciana, como queriendo confirmar, con un gran efecto de la máquina escénica, el razonamiento (desesperado) del Dr. Manhattan sobre la falta de un Creador del universo.

La posibilidad terrible que va a estar asomando las orejas durante toda la conversación entre Laurie y Osterman está tan hundida en nuestras vidas como en la biografía de la joven justiciera, más allá de que vaya a toparse con ella, recibiendo un doloroso golpe moral, al descubrir el secreto sobre la identidad de su padre, y por tanto, el engaño sobre quién venía, también, siendo ella, al margen de su frágil intento por ser quien creía que era. Y esta posibilidad monstruosa que, decíamos, parece a punto de ser glorificada y confirmada por el espectáculo del planeta rojo es la siguiente: puede que, si para el conjunto del cosmos la aparición de tal o cual individuo personal es indiferente, también para cada persona tenga que ser indiferente el esforzarse por hacer de sí misma, durante su presencia en el cosmos, "una figura moral", un ser biográfico, que vaya aventurándose en medio de significados y propósitos inseguros -tan inseguros que pueden quedar, como la vida de Laurie, sujetos a una confusión que afecte al conjunto-; puede, entonces, que toda existencia personal se agote en producir ilusiones que se extinguen con su propia duración, ilusiones que acaban "rompiéndose" -como la esfera de cristal que Laurie recuerda haber roto durante su infancia- contra la indiferencia y la falta de misericordia del cosmos, que se cierra sobre un orden impersonal. ¿Es ésta la conclusión que quisieran defender los autores de Watchmen al cerrar el capítulo con la sentencia de C. G. Jung "por lo que sabemos, el único propósito de la existencia del ser humano es encender una luz de conomiento en la oscuridad del simple ser"? ¿Puede haber otra conclusión, ateniéndonos en rigor a "lo que sabemos" sobre el cosmos?


Tal es la renuncia a la que nos convida, al dirigirse a nosotros a través de Laurie, la única persona inmortal del universo, tras asomarse a la eternidad y descubrir que ésta no es la eternidad personal de la vida inagotable del Dios cristiano, Creador del cielo y de la Tierra, sino la eternidad impersonal e inerte del giro infinito de las levas de un mecanismo que no ha sido creado; Osterman nos señala, con esto, la renuncia a tener parte en "todo este esfuerzo innecesario, toda esta lucha" [IX, 10] en que consiste habitar el mundo, y en definitiva, la vida: la vida de cada cual, la vida mortal -que es la única que conocemos. Casi oculta la voz helada de Manhattan la voz de un entero cosmos que grita a cada criatura viviente: "¡Ríndete ya a la inercia! ¡Entrégate a la entropía, y no luches ya por una mejor vida! ¿No ves cuán majestuoso llego a ser incluso sin que tengas que mirarme?". Pero Laurie, ante esta terrible invitación, no cede; y diríase que, mientras le quede un punto de tensión moral en su ánimo, no podrá, en rigor, ceder la integridad de su ilusión vital ante esta postura, como tampoco el enmascarado Walter Kovacs cedió toda posibilidad vital -pese a lo que diga en el capítulo VI- ante su máscara post-moral: la falta de rostro de Rorschach. Laurel Jane, hija de una superheroína y ella misma una mujer entregada al disfraz durante buena parte de su vida, sólo flaqueará cuando sepa que su madre llegó a amar a Eddie Blake tras un intento de violación, y que además, es ese hombre, el único enmascarado que parece haber estado riéndose de la (moralmente) dolorosa farsa del mundo y la interpretación moral del mismo (a la americana, para el caso), su padre.

Esto no es, sencillamente, un drama familiar del psicoanálisis -y aquí vamos a seguir la exposición de Juan B. Fuentes en La impostura freudiana, un ensayo que, en principio, nadie vincularía con los temas de Watchmen, pero que apunta al conjunto del siglo XX, del que este cómic dice demasiado. Esta persona, Laurie, no sólo ha dejado de saber, entonces, quiénes eran propiamente aquellas dos figuras adultas en las que ella había visto resguardada y soportada su propia configuración personal y moral -su padre y su madre-; resulta que tampoco sabe ahora, al destaparse el fraude, quién ha podido ser propiamente ella misma, si la única figura moral que ellos le ofrecieron y sobre la que ella ha fundado su biografía fue, secretamente, "traicionada" por ambos: ¿cómo pudo amar su madre a Blake tras un intento de violación? ¿Cómo pudo su padre matar a mujeres y a niños durante la Guerra de Vietnam y hacerse collares con sus orejas?

Aquí Laurie ha descubierto que durante toda su vida adulta podría haber estado encerrada en la ilusión de la bola de cristal que rompió ya en su primera infancia: "dentro de la bola la nieve caía lentamente: el tiempo parecía pasar más lento, como si la bola fuese de otro mundo... Pero [pese a las apariencias] dentro sólo había agua". La esfera que ahora se tendrá que romper -no necesariamente para peor-, y por la que se ha estado dejando engañar durante toda su vida adulta es la de su propia figura moral y personal: pues del mismo modo en que fue "embaucada" por esa esfera de cristal, que, sin embargo, dentro "sólo tenía agua", ha sido embaucada desde su primera génesis biográfica por la ilusión engañosa de poder ser quien creía que era, de contar con un horizonte moral en su paso por el cosmos: una persona que, moralmente, no desmereciese de sus padres - y hasta este descubrimiento, ella hubiese dicho que fue Justicia Encapuchada, el primer superhéroe "en carne y hueso" de América, su padre secreto.

Cap. IX, p. 7. Vuelve a presentarse el tema del "rostro sonriente" del mundo, un motivo que, a lo largo del capítulo, servirá para sugerir la posibilidad de recuperar la ilusión "que se había roto como una esfera de cristal" ante el descubrimiento de la "broma de la vida". El propio cosmos será el que brinde esta posibilidad, al "permitir milagrosamente la aparición de cada vida".


Al romperse esa apariencia del sentido moral de su vida -de ése que ya va sin remedio unido a ella, y de cualquier otro que hubiese proyectado-, descubre que "dentro sólo había una broma". Cuando Laurie dice y maldice "mi madre y Blake me gastaron una broma" está ya dando la razón a Osterman: sus padres carnales permitieron que se encerrase dentro de un "trampantojo moral" en que, como en la esfera "en la que el tiempo pasaba más despacio", pudiese conducir su vida siendo persona (moral), sin advertirle que en esa ilusión, como dentro de la esfera de cristal, sólo había agua: porque el cosmos no permite interrupciones a su evolución mecánica, ni deja que, en esa "esfera ilusoria" en que se mira la vida, broten significados que no sean sino "falsas apariencias" del proceso de la materia: pues la unión y dispersión de los átomos en nuestros cuerpos mortales no es, desde el punto de vista del cosmos, nada que pueda tener un propósito, sino sólo un efecto más de la evolución del mismo (4). ¿Da lugar este "engaño" -dando por supuesto que lo es- a una broma de mal o a una broma de buen género? Si invertimos el argumento, podríamos decir que esa biografía de Laurie, sin dejar de ser una broma, puede todavía verse como una broma de buen género: sus padres le ofrecieron esa ilusión, la ilusión de que el cosmos puede recibir una interpretación moral, precisamente para que ella hiciera su vida dentro de ella bajo un horizonte moral; para que fuese la persona que alcanzase a ser, independientemente de que ellos ya hubiesen renunciado a serlo en esa ilusión. Pero, ¿acaso nos basta con una ilusión?

La espantosa cicatriz del rostro del Comediante, que hacía parecer que "siempre se estuviese riendo", se imprime ahora sobre el reflejo del propio rostro de Laurie.



Tampoco Laurie puede tomarse tan a la ligera el descubrimiento sobre su origen, que es igualmente, como decimos, un descubrimiento sobre su identidad [recuerden nuestra tríada (super)heroica origen-identidad-tarea]. Ante este contundente golpe moral (o cómico, según se mire), por el que una mano traicionera ha retirado de súbito la silla sobre la que hizo reposar el significado del conjunto de su empresa biográfica, Laurie baja los brazos y se rinde: se rinde ante la voz del cosmos que simulábamos antes, acusándonos de ser un resultado casual del devenir de la materia. La supermujer rompe a llorar ante la evidencia: porque ha sido ella, y no Manhattan, quien se ha persuadido de lo que su interlocutor iba a hacerle ver: las razones de Osterman no han surtido su efecto, pero sí ha bastado a este respecto el argumento que había en su propia vida, y que ella acaba de descubrir. Laurie, al ir recogiendo el hilo de su biografía en el recuerdo, ha logrado persuadirse de aquello que negó al comienzo del diálogo: que su vida ha consistido, de cabo a rabo, en la ilusión de estar haciendo algo con propósito; una ilusión engañosa ahora amargamente delatada. Su propia recapitulación biográfica, que ella introdujo justamente para defender su postura frente a la de Osterman, la conduce a la misma consecuencia a la que habían llegado, en sus propios relatos autobiográficos (cap. IV y VI), Osterman y Rorshach: "la vida humana, cada vida humana mortal, carece de sentido, y aquí, ante el conjunto de mi propia vida, cuando ya he llegado hasta el fondo de una opción biográfica (moral) adulta, es como puedo alcanzar tal verdad".




La mujer renuncia y le pide a Osterman que la devuelva a una Nueva York amenazada por la bomba atómica, "para morir con el resto de los inútiles seres humanos". Y aquí viene la segunda parte del intercambio de papeles: Osterman corrige su discurso, defendiendo a su manera lo que Laurie ya ha dejado de defender. Este personaje va a decir ahora que, en efecto, el cosmos hace una excepción en su propia marcha mecánica para dar lugar a cada vida individual; que el mecanismo de la Naturaleza interrumpe su decurso ciego y retira sus leyes -para dejar lugar a lo que él llama "un milagro termodinámico"- en la aparición y formación de cada individuo viviente; afirma, además, que ese "milagro" tiene lugar no de una manera indiferenciada y general, sino que se produce en cada caso concreto, atendiendo a un principio aparente de "individuación" -y esto es, desde luego, la condición para que haya vida personal. Si han estudiado ustedes algo sobre la filosofía moderna, sabrán que Kant ya le dio su importancia a este asunto, que él abordaba en el problema sobre la conciliación entre las leyes de la Naturaleza y la ley Moral -dos legislaciones que podrían excluirse- por medio de la teleología y la "conformidad a fin". Pero este planteamiento, tan decisivo en su sistema filosófico, ciertamente no tuvo que ser manejado sistemáticamente por los autores de Watchmen: les bastó manejarlo mundanamente, y así se lo dejamos nosotros.