lunes, 28 de junio de 2010

La oscuridad del simple ser (I).


"He visto bostezar al oscuro universo
Donde los negros planetas giran sin objeto,
Donde los negros planetas giran en un sordo horror,
Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre."
LOVECRAFT, Howard Phillips. Hongos de Yuggoth y otros poemas fantásticos. Valdemar, Madrid, 1988. "Némesis".

[Los enmascarados de Watchmen hacen metafísica a partir de sus biografías: la ilusión de la vida personal (moral) como el engaño fundamental al que está sujeto el hombre común. La sospecha sobre la broma universal como antecedente del capítulo IX.]

En el argumento dramático del capítulo IX de Watchmen resuena, entre medias de las viñetas (1), un argumento filosófico, un argumento que tiene por tema el asunto del puesto del hombre en el cosmos y, en esa medida, la cuestión última de una antropología metafísica de raíz cristiana: ¿qué sentido tiene, para cada persona mortal -para cada uno de nosotros, señores lectores-, el esfuerzo cotidiano por instalarse en el mundo? ¿Qué le cabe esperar a la persona mortal cuando no sabe si ese mismo mundo podrá recoger de alguna manera sus esperanzas, o si, por el contrario, esta empresa biográfica de "hacerse un hogar en el mundo" la dejará sólo "vacía, desilusionada... rota" [IX, 12]? ¿Puede resultar, a la postre, el conjunto de una biografía -como el conjunto de la historia del género humano- en una colosal "broma", una broma de mal género, un juego de apariencias engañosas durante el que, mientras al individuo se le deja hacer y buscar hasta que desfallece, es ya seguro que sus actos se tendrán que estrellar contra su condición caduca y provisional, y así, anularse cómicamente? O cambiando los términos: ¿implica todo intento de interpretar moralmente la existencia, de hacerse -de principio a fin- una biografía, entregarse a una chanza universal por la que cual el entero cosmos se burla de uno, hasta el punto de dar pábulo a un chiste hecho a costa de nuestras ilusiones, un chiste amargo que, tras concluir, no deja nada que pueda responder a las esperanzas últimas de la persona mortal? [Véanse nuestras notas sobre la producción de lo cómico por la cancelación de la acción].

Ante estas cuestiones, algunos de los personajes de Watchmen ya nos habían ofrecido sus respuestas en dos monólogos que adelantaban una resolución desesperada: el capítulo VI "El abismo te devuelve la mirada" y el capítulo IV "Relojero" integran, antes que recogen, estas respuestas, porque en ellos los bosquejos (auto)biográficos de ambos personajes -Kovacs y Osterman- son, igualmente, los que sostienen las premisas y albergan la conclusión de sus argumentos -una conclusión que, efectivamente, desgarra el fondo moral de sus vidas. Finalmente coinciden, tras dos sublimes -demasiado sublimes- y muy dispares relatos, es un "no" último, agónico y sintomático: "no hay Dios", "no hay Relojero", es lo que desde diversos puntos de vista acaban afirmando las máscaras de Kovacs y Jon Osterman -que son, ante todo, máscaras hechas a base de razonamientos: razonamientos que abarcan el conjunto de sus vidas. Tampoco el náufrago de Relatos del Navío Negro [III, 21] espera ya nada de un Dios: presume primero, aislado, que su ciudad está en peligro; después, al llegar a la costa, que ya ha sido saqueada por los piratas y su hogar destruido, y es así como va dejándose tragar por una opción desquiciada. Tenemos ya que parar mientes en ello: tanto se habla del asunto de la "falta de Dios" en Watchmen, que podemos pensar que la "dispersión" en sus páginas de un fallido relato superheroico conduce, por sí misma, hasta esos monólogos ateos. ¿Apunta esto hacia una íntima dependencia entre la pérdida del Dios y la aparición de los superhéroes?

Por lo que se ve, una vez afirmada la ausencia de un Dios -al menos mientras no podamos escapar de nuestra tradición histórica o acontezca el superhombre (el Übermensch de Nietzsche, o quizás el Superman de Siegel y Shuster)-, tanto los personajes ficticios como nosotros, los lectores, no podremos sino concluir que nuestras vidas, la vida mortal de cada uno de nosotros -en lo que tenga de personal e histórica (biográfica) y no de meramente etológica-, carecen del sentido que no podemos dejar de suponerles mientras no desfallezcamos de ellas -suponerles, sí: suponerles ese sentido último como una suerte de motor de nuestro "ánimo moral" por hacer un mundo habitable. Resulta, entonces, que, a falta de un Dios-Relojero (un Dios de los filósofos metafísicos modernos), nuestras vidas son gratuitas tanto en su "estar ahí" como en su esforzada voluntad de habitar un mundo en el que la vida misma tenga propósito, o acaso, alcance a dotarse de propósito.


Ambos personajes, Rorschach y Manhattan, nos han invitado -aunque en ellos hablemos también nosotros, a costa de los autores- a asumir la falta de un efectivo horizonte moral de nuestro paso por el mundo, a asumir el carácter engañoso de la ilusión "vital" que conduce nuestro quehacer en él y que nos evita la renuncia (desmoralizante) a hacernos un hogar en el mundo. Esa ilusión es la que, de acuerdo con el discurso de ambos personajes, no sobrevive a la "mirada del abismo" o al examen desapasionado "bajo la especie de lo eterno" [entendiendo la eternidad como el conjunto sistemático del tiempo del movimiento cósmico, y nada más]. Y ambos justicieros, no sabemos todavía por qué, han tenido que sabotear esta "ilusión vital" -en expresión del difunto Julián Marías- atacando allí donde parecía que estaba su punto de descanso: en la idea de un Creador del universo que, además de ser omnipotente, fuese una realidad personal: una infinita vida personal tan bondadosa que resultase casi increíble, y que hubiese dejado impresa esa bondad en todas las cosas del universo, para que la persona mortal pudiese habitar entre ellas.


Los argumentos de estos dos convergen, para nuestra sorpresa, en lo siguiente -y es ya muy significativo que sea en esto-: "no hay razón para esperar que este mundo responda a la interpretación (moral) que hace de su vida cada persona, porque no ha sido creado por un omnipotente Dios, por una suprema realidad personal, sino que evoluciona por sí mismo". Aplicándose esta negación, cada uno ha presentado su propia vida como el argumento con el que nos debe convencer de la imposibilidad de "estar en el mundo según un canon de sentido moral": no hay interpretación moral de la existencia que no sea engañosa, porque o el mundo carece de rostro -Rorschach- o el patrón que lo rige no está configurado en términos personales de posibilidad y quehacer, sino en términos de necesidad cósmica inmanente, de causalidad ciega -Osterman- y en todo caso, falta de propósito, e incapaz, por autosuficiente, de incorporar el esforzado propósito del viviente humano. Éste es, tras muchas mascaradas, el fondo del determinismo "científico" -metafísico, aunque ateo- defendido por el Dr. Manhattan, en un argumento amargo que es más viejo de lo que parece: pues, pese a recurrir -magistralmente, desde luego- a nuevos lugares comunes en su exposición -los tópicos divulgativos en los que nos movemos los que vivimos en el mundo de las ciencias modernas-, esta exposición de Jon Osterman no nos lleva hasta ninguna tesis ética a la que no hubiesen llegado los filósofos atomistas de la Antigüedad pagana.

Los dos hombres sublimes, Kovacs y Osterman, han tenido oportunidad de aclararse ante nosotros acerca de sus respectivas biografías sólo para darnos a entender algo que no nos podemos dejar de aplicar: que el conjunto de sus vidas, como las nuestras, carece del sentido que pudieron estar buscándole mientras éstas estaban haciéndose, y que por tanto, no hay biografía posible, sino sólo la ilusión -el engaño complaciente, y quizás necesario mientras se quiere vivir- de estar haciéndola: se pasa por el mundo, se está y se resiste en él, pero en ningún caso esto va cobrando un significado efectivo, ni está "llamado" a tener significado alguno.