miércoles, 4 de marzo de 2009

Pasatiempo a partir de una casualidad.

[Un reloj retrasado, pero cerca de las 11'55]

Las agujas del “reloj del Día del Juicio Final” se empezaron a mover hacia su encuentro en las 12 en punto ya tras la conclusión de la II Guerra Mundial, en 1947. Según el criterio de los físicos reunidos en el grupo de los editores del Boletín de científicos atómicos, sobre cuya portada apareció por primera vez el reloj en junio de ese año, las agujas se adelantan o retrasan respecto de su coincidencia en las 12 en punto para dar una medida de la proximidad del “fin (nuclear) del mundo (nuclear)“. Podemos ahorrarnos la hipótesis de que el desencadenamiento de ese fin viniese a ser, respecto del conjunto del mundo de la Modernidad, lo que una música de campanas o un juego de autómatas son respecto del movimiento de un reloj de campanario: una suerte de gran final del tiempo que, por su carácter espectacular, sirva como “buen cierre” del programa de entretenimientos; un “fin“ de la trama histórica universal que, de poder ser participado como espectáculo -lo que sería imposible, al menos para los mortales, a cuya costa tendría lugar la escena- evite al espectador hacerse las preguntas “¿Esto ha sido todo? ¿Me devolverán el dinero de la entrada?”.



Si, por el contrario, queremos creer que nos encontramos en un mundo-Reloj cuyos movimientos progresan según la previsión de un Gran Relojero -un Hacedor infalible que ya no interviene en él ni interrumpe su marcha para repararlo, un “Dios de los deístas“-, entonces tenemos que pensar en un “fin del mundo” con algún significado metafísico. Si el “fin” supone una programación impresa en los engranajes del mundo-Reloj moderno, entonces su desencadenamiento responderá no a accidentes o a malos funcionamientos internos, causados por las imperfecciones en el diseño de la maquinaria o por el imprevisible desgaste recíproco de las piezas, sino que será un “fin del tiempo” ya previsto antes de la puesta en marcha de los engranajes, un “sentido formal” para cuya producción se ha provisto una determinada configuración de los elementos de la máquina. El Gran Relojero, omnisciente e infalible, no habría construido una máquina que pudiese fallar a su programa. Entonces, si invertimos la comprensión positiva del Apocalipsis como “fin de la historia en el Ajusticiamiento de vivos y muertos”, “transfiguración de los cuerpos mortales en incorruptibles” o “reparación final de las miserias de la vida sometida al tiempo”, ya no será una victoria final (inexorable) de la Justicia y el Bien lo que encontremos en esa culminación del programa. Si, invirtiendo esa comprensión metafísica del “sentido de los hechos“, volvemos a producir una metafísica (negativa) del “movimiento de la marcha histórica“, entonces encontraremos que ese “gran final inevitable”, lejos de ser una “liberación de los hombres de las miserias de la vida terrenal”, no es sino un ejercicio final de violencia con el que un Dios cruento somete la imperfección de lo pasajero a la Armonía de un Orden absoluto, a un régimen atemporal de lógica metafísica que sólo puede instalarse entre los cuerpos corruptibles por medio del derramamiento de su sangre o su purificación en el fuego nuclear. Pero reparemos en que la comprensión “positiva” del programa y su inversión negativa son igualmente metafísicas: suponen la mano de un “Dios”, justo y cruel a partes iguales, tras el movimiento de los engranajes del tiempo histórico. De alguna manera, ambas están sujetas a una apuesta por una comprensión última (metafísica) del conjunto del tiempo y su “sentido”.



Otra manera, todavía metafísica en lo que resueltamente antimetafísica, de enfrentarnos a la llegada de ese programado fin de los tiempos, sería tomándolo como la culminación de una situación que, en su conjunto, se descubre en ese “final culminante” como una broma o un gag. La broma es capaz de explicarse por sí sola en su intranscendencia, sin necesidad de acudir a un resultado “más allá“ de su propia conclusión para resultarnos comprensible -comprensible en la cancelación interna de su “sentido“; comprensible en la risa. De esto ya hablaremos cuando tengamos que leer bajo la frase del Comediante “todo es una broma” y veamos de qué modo en lo cómico, así como en la trama de Watchmen, se intercambian los papeles del (super)héroe y la casualidad. Por el momento, en el párrafo anterior sólo nos hemos permitido encontrar una transformación del Relojero (ausente) de Watchmen, presente a través de sus ambiguas “marcas“ -las apariciones de la sonrisita amarilla-, en el Supremo Arquitecto del Tiempo en nombre del cual actúa el Dr. Gull en From Hell, ocultando el sentido de su verdadera tarea tras el mito de Jack el Destripador. Por tanto, siguiendo la lógica del paso de Moore entre el Relojero y el Arquitecto, hemos intentado aproximar a Ozimandias y al Dr. Gull, por razones que daremos más adelante. Y en principio, que justamente uno de los aspectos del Supremo Arquitecto del universo (el Dios masón de Gull) sea Osiris, cuyo ojo lleva impreso Ozimandias sobre el corazón, nos podría estar avalando en esta aventura.

Pero volvamos a mirar el “reloj del Día del Juicio Final“. Si el movimiento de ese “reloj” pretende valer como un pronóstico -por incierto e impreciso que sea- ¿realmente no tendría que haberse empezado a hablar de un “reloj del Día del Juicio Final” próximo a las doce en punto ya mucho antes de 1945, años antes de que el recuento de muertos en la Guerra Mundial alcanzase los 40 millones y el siglo XX nos hubiese enseñado sin pudor lo que Rorschach llama “su interior oscuro“ [VI, 15]? Es más: ¿no se tendrían que haber puesto en marcha las agujas sobre esa esfera mucho antes de que alguien las pintase sobre la portada del Boletín de científicos atómicos? Vemos las agujas sobre la esfera, pero éstas se mueven con un significativo retraso respecto de la maquinaria que las mueve -si es que hay una maquinaria de reloj que las mueve según un plan sistemático trazado por algún Dios-Relojero, y no responden a otras fuerzas más terrenas, incluidas las de la casualidad. Según se dice, las agujas se han adelantado hasta las doce menos cinco en 2009.


En El gran dictador, una película sonora estrenada por Charlie Chaplin en 1940, podemos encontrar un plano de un colosal reloj que marca casi (casualmente) las doce menos cinco. Afortunadamente, la casualidad -¿o la mano de un Demiurgo?- nos permite corregir ligeramente la posición de las agujas. Sostenido por una colosal efigie de Hynkel levantada en una plaza de la capital de Tomania, el reloj atrae la mirada de Napaloni, dictador de Bacteria en visita oficial, al que Hynkel debería abrumar con su personalidad. Pero Napaloni anula el sentido de la situación dispuesta por Hynkel con una intervención graciosa:

NAPALONI. - [Mira su reloj de pulsera] ¡Tu reloj [se refiere al de la plaza] va un poco retrasado!
ADENOID HYNKEL. - [Señalando hacia la derecha] (...) Por aquí, por favor.

El ajuste entre el significado que, retrospectivamente, encontramos a ese reloj y los resultados de la Segunda Guerra Mundial es -queremos pensar- meramente casual, no un efecto deliberado introducido por un hombre o por un Dios. En esa sustitución de lo deliberado por lo casual podemos hallar, como veremos, la preparación involuntaria de un gag -o una broma o chiste que, sin embargo, podría no tener gracia. Pero también este ajuste ¿casual? nos ayuda a comprender la relación arquitectónica -según la metafísica de Moore- entre el 1888 de From Hell y el 1985 de Watchmen. Quizás el reloj del Día del Juicio Final que aparece en 1985 estaba ya en marcha en 1888, avanzando hacia las doce menos cinco gracias a la intervención del Dr. Gull como oficiante de sacrificios. En el capítulo V de From Hell podemos encontrar una sugerente escena -por otro lado, pletórica del mito de la “maldad diabólica“ de ciertos hombres-: el momento de la concepción del hombre que sería Adolf Hitler. En plena coyunda sexual, la madre del futuro canciller del Tercer Imperio alemán es asaltada por una visión: una de las iglesias de Londres, especialmente significativa para Gull y para Moore por su factura masónica, abre sus puertas para dar lugar a un torrente de sangre que ahoga a los judíos. La presunta Arquitectura del Tiempo comienza a hacerse efectiva para el siglo XX ya en ese 1888 de Jack el Destripador. Aunque, desde luego, habría que examinar si finalmente Gull, como Ozimandias, no son burlados en un punto por una pequeña “fuga”, un algo que “se escapa“ y que detiene el sentido de su empresa, de un modo ciertamente cómico -en el caso del segundo, la reaparición y lectura del diario de Rorschach. Entonces, ¿realmente tenemos que olvidarnos de ese Relojero-Arquitecto y hablar de un auténtico Dios que se mantiene a sus espaldas para vigilarlo, olvidarnos del aspecto cruento del “Dios de los deístas” de Willian Blake -el visionario de la “terrible simetría“- para recuperar el aspecto generoso de la eternidad? Si Adrian Veidt pudiese decir que su caída en la visión del Navío Negro es una suerte de “cierre trágico“ de su empresa titánica como Ozimandias, una suerte de “castigo divino“ que él mismo provoca por medio de sus actos heroicos y su “enfrentamiento con el destino“, todavía podría sufrir este “castigo” como lo haría un Prometeo, esto es, tomar ese castigo como una confirmación de su carácter de figura legendaria: en cambio, sería insoportable para él, un hombre metafísico, saber que el asalto de esa visión no es más que un producto imprevisto e inevitable de una coincidencia de cursos de hechos en principio independientes, o en otras palabras, un fruto de la casualidad. Pues la llegada de esa visión del Navío Negro que se lo lleva consigo se explica sin necesidad de afirmar que un Dios se había ocupado de escribir, para asegurar el triunfo final de la Justicia, un destino trágico para el luciferino personaje de Veidt: basta con saber que, entre las “emisiones psíquicas” que el cerebro de la falsa criatura extraterrestre podía irradiar, se contaban las páginas del escritor Max Shea, guionista del cómic de piratas Relatos del Navío Negro; basta con pensar que, a fin de cuentas, ese siniestro deus ex machina ha estado oculto durante unos días en la fortaleza polar de Veidt, siendo observado por el náufrago que no se reconoce en su reflejo. Esto es, para el hombre metafísico, lo más terrible de la simetría: que se produce sin la clara intervención de fuerzas metafísicas, por medio de los resortes de la mera casualidad. [Véase también la parte final de nuestro cap. 3 "El abismo te devuelve la mirada"]